Capítulo 9
T ony no tiró la casa abajo de pura casualidad y no por Conor—si fuera por él no hubiese movido un dedo—sino por esa trilogía que le marcó en la adolescencia, que la hizo disfrutar de la lectura y que la acompañó incluso en los malos momentos.
Por eso y más, buscó por todos lados las anotaciones que había hecho durante las lecturas y las relecturas, pues no solo se había aprendido los diálogos, sino que había llenado cuadernos con teorías, hipótesis de cómo continuaría la novela y que habían llenado horas y horas de charlas con su madre, su abuela y Leslie; o cómo acabaría la historia de la chica enamorada o si la hechicera recuperaría el trono.
Al final lo encontró, a eso de la medianoche, y respiró tranquila, debido a que no estaba segura de que la caja donde lo tenía la hubiera traído cuando se mudó de casa de sus padres.
No la revisó de inmediato; estaba tan cansada que se fue a dormir creyendo que caería redonda nada más poner la cabeza en la almohada, pero en cambio no fue así.
Parecía mentira que no supiera que cuanto más cansada estaba peor dormía, de ahí que no parase de dar vueltas ni que encontrase la postura propicia para quedarse dormida.
Cuando cayó redonda, a las pocas horas ya se despertó con dolores por todos lados, lo que era ideal para un día en el que tendría que andar de allá para acá.
Con resignación se levantó, y tras ducharse y hacerse un buen café cargado, pues le esperaban las horas más mortales de su vida al lado de Conor, fue a tomarlo a la terraza de arriba, desde donde podían contemplarse las ondulaciones de las colinas del Hudson.
Era un placer que solo ella conocía, veía y disfrutaba en soledad, observando cómo se iban dibujando por encima de los tejados de las casas contiguas a la suya.
A medida que los colores oscuros se desvanecían en el horizonte y por otras zonas se abrían claros, como si una mano invisible rasgara las nubes, se fijó como la luna, todavía un tanto brillante, se acoplaba al cielo azul antes de desaparecer de la vista, con ello entraban unos colores rojizos y amarillos como si toda la bóveda celeste se prendiera en llamas quemando la noche y ayudando al día a despuntar.
Mientras, el valle iba creando sombras, las copas de los árboles parecían tintarse con los colores celestiales hasta que, de repente, y progresivamente, el verdor del verano se volvió a adueñar de todo, bajo el temprano e incipiente canto de los pájaros.
Aquella magia transformadora despejó su mente y sus inquietudes por afrontar el día.
Era el poder que tenían sobre ella aquellas tierras.
Tony, pese a todo, incluso a los malos momentos que la alejaron de Cold Spring, nunca cambiaría aquello por la ciudad o ningún otro lugar.
Su casa, su vida, estaba allí, en ese pueblo, donde el reloj transcurría con monotonía y sosiego.
Había viajado mucho, había hallado lugares únicos, lugares que siempre llevaría en el corazón, pero no pudo resistir la llamada de Cold Spring cuando le hizo saber que era hora de regresar a casa. Y mucho había pasado desde entonces.
Pero, por jugarretas del destino, estaba en el mismo pueblo con el mismo hombre.
¿Qué era mejor? ¿Ponerse a reír o llorar? Ninguna de las dos. Dejó la mente en blanco para que Conor no se filtrase sibilinamente en sus pensamientos, y se quedó mirando la naturaleza que la rodeaba.
Pasado un rato, bajó a desayunar y mientras lo hacía, cargó con la caja que había recuperado hasta la cocina.
Era una estancia diáfana, pequeña, blanca, con el color roto por la madera de las alacenas y el aluminio del fregadero.
Para ella era más que suficiente con esa mesa redonda y cuatro sillas haciendo juego, junto a dos ventanales grandes con la puerta corredera que daba al jardín trasero en el que crecían el limonero y los distintos manzanos que daban frutos en esa época.
Con una gran sonrisa de emoción, abrió la caja que estaba atestada por los libros (sí, había encontrado una edición en bolsillo), fotocopias y un mapa que había dibujado de Cold Spring junto a otro de Springville en el que había hecho lo que necesitaba Conor.
—Creo que valdrá —se dijo en voz alta a la vez que los enrollaba y les ponía una goma para que no se soltasen.
Un poco antes de la hora acordada y con una mochila de tela que iba a estrenar ese día, bajó a pie hacia Main Street, parándose en la panadería.
—¡Hola! —saludó a Shannon.
—Hola, ¿qué tal? —Se giró y de la estantería sacó el pedido de siempre—. Lo tuyo.
—Podía estar mejor, Shannon —respondió a la vez que cogía su barra y el pan de chocolate.
—¿Y eso?
—No te hagas la tonta, ¿vale?
—¡Ah! Ya… —Su amiga había caído en lo que sucedía.
—Sí, ya, te parecerá bonito, ¿no? —le recriminó molesta.
—Me compadecí de él.
—Pues no lo hagas, y ya tendremos una charleta tú y yo.
—¿Cenamos juntas hoy? —propuso su amiga.
—Hecho. —Cuando guardó todo en la mochila se despidió—: ¡¡¡Chao!!!
Nada más salir, también paró en su querida tienda por si tenía que ayudar a Abby con algo, pero la muchacha era muy resolutiva y parecía que lo tenía todo bajo control.
Con una sonrisa de tranquilidad, se dispuso a ir a la cafetería de las chicas y vio a Conor en la puerta hablando por teléfono.
Estaba guapo o eso parecía bajo la luz dorada del sol matutino, que caía sobre él como si quisiera acariciarlo: tenía unas bermudas negras deportivas y una camiseta azul claro por fuera del pantalón que lo favorecía tremendamente, lo que no le permitía pasar desapercibido entre las féminas.
Cuando se acercó, la saludó con la cabeza, ya que estaba muy enfrascado en la conversación.
—¡Buenos días, chicas! —saludó a Imogen y a Kendall.
—¡Hola! —saludó Kendall mientras reponía bandejas de dulces que tenían muy buena pinta.
—¿Sabéis donde está sentado ese loco? —Las tres miraron a Conor que estaba braceando en mitad de la acera como si discutiera con un ente invisible que solo él podía ver.
—En la mesa del fondo. —La señaló con el dedo Imogen.
—Gracias. —Se dispuso a ir hacia allí.
—¿Un cafecito? —Kendall sabía que no se iba a resistir.
—No se pregunta y hoy lo necesito doble; ponlo en una bacinilla, será lo mejor, y por favor rocíalo con crema de paciencia, si es que tienes. —Le sonrió por encima del hombro y las chicas se rieron.
«Hoy necesitaré todo eso y más», pensó antes de tomar asiento dejando la bolsa en la silla de al lado.
En cuanto se sentó, Conor entró de nuevo en la cafetería.
—Buenos días, ¿has pedido? —quiso saber.
—Sí, un café.
Él asintió a su respuesta y fue a pedir a la barra.
—Listo. —Se sentó frente a ella y entrelazó las manos encima de la mesa, aunque se notaba que movía una pierna debajo de la mesa.
—No se te ve muy tranquilo, si quieres lo podemos dejar para otro momento —dijo ella esperando una respuesta afirmativa que la salvase de ese día.
—No, nada, era mi hermano, Taylor, que se ha levantado un poco «tocapelotas».
—¿Anda por aquí? —Tony lanzó la pregunta, esperando que el hermano de Conor también estuviera por el pueblo.
Ella conocía a toda su familia, como él la de ella, y se acordaba del parecido tan brutal que compartían, pues tenían la misma cara, aunque con una diferencia: Taylor tenía los ojos claros y el pelo era de un castaño bastante oscuro, tirando a negro.
—No, se quedó en Manhattan —explicó de un modo escueto.
—¿Y logró ser profesor? —Sabía que se estaba metiendo en cuestiones demasiado familiares.
—Sí, y escritor de novela negra.
—Interesante.
—Mucho —respondió con ironía y poniendo los ojos en blanco—. Aunque hay determinadas discusiones que nunca encuentran un fin.
—¿Por? —Frunció levemente el ceño.
—Porque soy escritor de novela romántica.
Tony parpadeó en silencio y varias veces en su dirección.
—Perdona, ¿cómo has dicho? —No había salido del shock inicial.
—Soy escritor de novela romántica —repitió con una gran sonrisa.
—Una preguntita, ¿sabes de finales felices? —El subconsciente le jugó una mala pasada.
Bajó la cabeza avergonzada y cerró los ojos tomando aire por la nariz; se había pasado.
«Mierda, parezco resentida, todavía», advirtió.
—Sí, y todas mis novelas hablan de amor y terminan bien, aunque también escribo historias que tiene un final abierto o esas que se consideran sentimentales.
—No te pega un carajo. —Estaba tan consternada por eso, que no se dio cuenta de su respuesta.
Imogen apareció con la bandeja.
—Aquí tenéis, más unos dónuts que corren a cuenta de la casa. —Imogen se abrazó a la bandeja al quedar vacía y los observaba con una sonrisa, luego le guiñó un ojo a Tony.
Tony miró los dulces, luego a su amiga.
—Dónuts, Imogen, ¿en serio? —La situación estaba pasando de gris a negro en cuestión de segundos.
Tony asesinó con la mirada a su amiga.
—Muchas gracias —dijo él.
—Conor, ¿es que no te das cuenta? —Su actitud le molestó mucho.
—¿De qué?
«¿De verdad es escritor o solo quiere ir de guay para impresionar a las mujeres?», se planteó Tony sin tener muy clara la respuesta.
—En los supermercados, ¿cómo vienen los dónuts industriales? —lanzó la pregunta para que así reaccionase.
—De dos en dos… —Conor se quedó quieto unos segundos hasta que sus cejas se alzaron—. ¡Oh! Somos nosotros. —Alzó la mirada hacia Imogen—. Muchas gracias, qué mañana más buena vamos a tener.
«Este hombre es más tonto de lo que me acordaba», cerró los ojos para evitar soltar una bordería de las más grandes.
—Os podéis ir un poquito a la mierdecilla —masculló ella entre dientes.
—¡Uy!, Tony, en tu boca esa expresión suena peor. —Imogen nunca la había escuchado decir tacos.
—¡Conor, hijo! —Lilian entró en la cafetería y se dirigió directamente a ellos—. Al fin te veo.
Él se levantó y la abrazó.
—Lilian, ¡qué alegría!
—¡Oh! Pero… —Lo repasó de arriba abajo—. Menudo hombretón. —Se volvió a Tony—. Tony, no seas tonta.
Ella asintió lentamente sin poder creerlo y esa frase fue un punto de inflexión.
«Vaya, como son los pueblos. Cuando alguien llega nuevo se le mira con ojos entornados y un brillo de desconfianza, pero ahora aparece un antiguo vecino que me dejó hecha una piltrafilla, que para poder salir de la estela de dolor que me dejó me tuve que marchar a la universidad y después viajar sin regresar aquí, y van y lo reciben con los brazos abiertos…
¿Qué hice para merecer esto?», pensó para sí misma.
—Bueno. —Imogen cogió a Lilian por el brazo—. Os dejamos con lo vuestro.
—¡Me encanta veros juntos! —exclamó la mujer, originando que a Tony se le subieran los colores.
En cuanto se alejaron, Conor le prestó toda su atención a ella como si nada hubiera pasado.
—Después de este break y luego de desayunar —apuntó él a los dónuts—, ¿cómo hacemos?, ¿qué hacemos?
Tony revolvió el café sin mirarlo; notaba mucho calor en la cara, le había dado mucha vergüenza el comentario de Lilian y no entendía el por qué.
Entre ellos solo quedaban las cenizas de una historia que ya había quedado atrás.
Así que, sin decir nada, cogió su mochila para sacar lo que había metido, entre lo cual estaban los dos planos que estiró encima de la mesa.
—Espero que no los manches con los dónuts. —Sonó muy fría.
—¿No vas a comerte el tuyo? —le preguntó.
—Adelante, se me han quitado las ganas.
—Me lo como yo. —Él no dio opción a nada más, ya que lo cogió y fue dando buena cuenta de él al tiempo que iba ojeando los planos mientras Tony iba bebiendo el café.
Observaba con cierto disimulo como sus ojos estudiaban los papeles y a medida que masticaba, era su mandíbula la que captaba toda su atención, ya que las sienes se le abultaban y era el modo de tensar la mandíbula bajo su piel recién afeitada lo que más le agradaba.
Sus dedos le picaron por acariciarla y sentir ese movimiento. Era demasiado atractivo—. ¿Qué son?
Tony tuvo que agitar la cabeza para salir de su embrujo.
—Planos. —Carraspeó y luego bebió un sorbo para aclarar la voz.
—Lo sé, pero ¿de dónde?
—Este —señaló el primero—, es de Cold Spring, el otro es el plano de los lugares de Springville .
Conor alzó la vista hacia ella cortándole el aire, ya que fue una mirada tan intensa que tuvo que apartar los ojos de él.
—¿Sabes que Springville es Cold Spring? —Estaba asombrado con ella.
Al no separar sus ojos de ella, incluso se olvidó del dónut, Tony empezó a sentir calores de nuevo.
—No lo sé, pero era una teoría entre los lectores de la trilogía. Se rumoreaba que podía haber un paralelismo entre los dos pueblos. Es más, Leslie y yo sospechábamos que así era y por eso hice, en su momento, estos mapas para esclarecerlo. Si pueden ser de ayuda, sabemos de dónde partir.
—Mi abuela alucinaría con esto. —Sonrió, pero no era para cautivarla, sino que era de satisfacción.
—¿Tú abuela? —soltó ella sin apenas aliento.
—Sí. —Asintió.
—¿Tu abuela? —Tony repitió la pregunta sin parpadear.
—Es la autora.