Capítulo 8
D urante los dos días anteriores a empezar a trabajar con Conor en la búsqueda de las localizaciones, Tony tuvo que contratar a Abigail, una chica que siempre la ayudaba cuando ella tenía otros compromisos y le cuidaba la tienda y los clientes, incluso, en agosto cuantos más turistas había, ella le echaba una mano.
Acudió a su llamada con rapidez y comenzó un día antes de lo previsto, lo cual Tony agradeció infinito y hasta se planteó contratarla de modo definitivo después del verano.
La conversación con Flora le había resultado de vital importancia por algo tan sencillo como que necesitaba el consejo de alguien, aunque iba a evitar por todos los medios determinadas conversaciones con él.
No quería discutir, era más, no le agradaba hacerlo, no le gustaban los enfrentamientos y en ese caso menos cuando se trataba del pasado, sin embargo, lo sentía sobre su cabeza y su intuición le indicaba que no se necesitaría mucho para que explotase todo entre ellos.
Como le prometió a Shannon, le prestó una de sus versiones de la tetralogía y también se acercaron a la biblioteca donde Emma, la bibliotecaria, leía algunos capítulos, atrayendo a adolescentes y adultos de todas las edades, pues cualquier residente de Cold Spring había leído esos libros en algún momento de la vida.
Aquella lectura provocó que le picara el gusanillo para releerla en casa, algo que podía ser bueno para la búsqueda.
Tras las lecturas, la bibliotecaria estuvo charlando con ellas y les comentó que Martha le había propuesto convertir la biblioteca en La casa de libros que aparecía en la historia, lo que le iba a dar más trabajo.
«Siempre tiene que estar de por medio», se riñó en el momento en que en su mente apareció Conor.
Una vez en casa y a medida que la noche iba cayendo sobre Cold Spring y sus largas lenguas iban cubriendo el cielo en el valle del Hudson y apagaban así el resplandor de la naturaleza, Tony cenó en el despacho de su casa con el audiolibro del primer tomo de la trilogía sonando en el ordenador, narrado por una famosísima actriz.
«Era la víspera de Halloween, como lo era eternamente en la ciudad de Springville, por la maldición que pesaba sobre la ciudad desde hacía años».
Aquel comienzo la hizo sonreír, porque su mente lo tomó como un «regreso a la adolescencia», ya que esos libros la habían marcado y la convirtieron en una lectora voraz, además de nutrirle la imaginación.
Tanto había sido así, que hubo un tiempo que quiso ser escritora, pero lo desechó cuando otros gustos y preferencias se interpusieron, como tener su propia tienda.
«Sus habitantes, acostumbrados a que el tiempo nunca pasase, se habían adaptado a la expectación, de igual modo que la muchacha enamorada esperaba un amor que sabía que no la haría feliz.
Pero ese día la magia en el ambiente se percibía distinta, había adquirido otro cariz, Springville respiraba como si hubiera cobrado vida y ningún habitante de ese lugar mágico sospechaba el cambio que se iba a producir, auspiciado por los esfuerzos de la hechicera».
Estaba terminando la mini quiché que había horneado para ella Shannon, cuando el timbre sonó.
Antes de levantarse, cerró de inmediato el ordenador, pero la persona de fuera debía estar desesperada, porque volvió a pegar otro timbrazo.
Tony, sentada en el suelo, se levantó cuando alguien se asomaba por la ventana poniendo de prismáticos las manos sobre los cristales.
—¿Qué querrá ahora? —protestó al descubrir que era Conor.
Fue hacia la puerta y al abrir lo pilló mirando hacia el interior.
—¿Es que vas de espía? —Lo asustó—. Lo haces fatal, que lo sepas. —Apretó los labios y se cruzó de brazos.
—No.
Tony agitó la cabeza.
—Pero ¿cómo has dado con mi casa? —Nada más soltar aquella pregunta se dio cuenta—. Flora, vale.
—No, fue Shannon.
—¿Perdona? —No se lo podía creer
—Sí, me dijo que iba a ser la última vez que se iba a compadecer de mí y me lo dijo. —Esa respuesta hizo que Tony se mordiera la lengua, mientras él sonreía como si hubiese ganado una primera batalla.
—Pues podría haberlo aplicado a la de ya —meditó en voz alta—. Vale, ¿qué quieres?
—Recordarte que mañana…
—Te veo el careto. —Utilizó una palabra que Shannon e Imogen repetían—. Sí, cómo olvidarme.
—Ese lenguaje no te pega.
—Me alegro haberte decepcionado. —Cogió la puerta con la intención de echarlo—. Bueno, si era para eso, ¡hasta mañana! —La iba a cerrar, pero no pudo, él interpuso un pie—. A ver, chico, ¿qué pasa ahora? ¿Es que mañana no puedes? Pues mira mejor. —Ella ya se respondía sola.
—No, quiero saber por dónde empezamos, ¿puedo pasar y lo hablamos? —pidió él.
—¿Tienes alguna ETS? —preguntó a bocajarro y sabiendo que caería en la trampa.
Él, con una leve sonrisa dibujada en la cara, miró hacia los lados y, de repente, asomó la punta de la lengua con la que se acarició el labio superior. Aquel simple gesto hipnotizó a Tony demasiado pronto y por acto reflejo se removió en sí misma.
—Si quieres saber mi estado civil, es soltero, y hace tiempo que no tengo relaciones sexuales.
—Aquella explicación por parte de él le daba a entender que sí tuvo novietas, mientras ella rechazó a todos los hombres, pero para no demostrar debilidad o malestar abrió la boca todo lo que le dio—.
Y no. —Subió la vista hacia ella no sin antes recorrerle el cuerpo entero con lo que Tony empequeñeció más de lo que ya era—.
No tengo ninguna enfermedad de transmisión sexual.
—¡¡¡Serás guarro!!! —exclamó escandalizada por lo que le había confesado.
—Oye, me has preguntado tú.
—Perdona, pero no me interesa donde metes ese pedazo de carne que de repente sin venir a cuento se vuelve rígida, ¡como si lo metes en un cubo de pinturas!
A lo que me refiero es si tienes algún tipo de enfermedad de transmisión de la psique, es decir, ¿estás cuerdo o ya has perdido la cabeza y me puedo contagiar?
—¿Qué? —Ahora el boquiabierto era él—. ¿De dónde sacas esas cosas?
Ella asentía mostrando una compasión que no era tal.
—De leer artículos científicos —le contestó.
Él cobró un aire de autosuficiencia, como si supiera algo en lo que ella no había caído.
—Esa palabra, psique, empieza por «P» —aclaró.
—Claro, entonces tú lo pronuncias como pesique , pesicólogo , es decir, te pasaste con la Pepsi. Y bueno, dime, ¿tienes algún parásito? —Conor se quedó de piedra, no se podía creer que le preguntara aquello—. No me interesan tus caries, porque no habrá intercambio salival.
—No estaría tan seguro.
—Cuidadito con lo que haces, y no me has respondido.
—No, Tony, no, estoy sano y tranquila, no te contagiaré nada.
—Eso está por ver. —Entornó los ojos con desconfianza—. Vale, ahora dime qué quieres, porque si me has respondido no me enteré, es más, no te presto atención.
—Gracias.
—No hay de qué.
—Quiero saber por dónde vamos a empezar —volvió a repetirle.
—Mañana mismo te lo digo, tengo que buscar unas cosillas. —En esos instantes se acordó de que tenía alguna cosilla que les podía ayudar.
—¿De Dora la exploradora?
Tony estiró los labios en una mueca que pretendía ser una sonrisa.
—Tranquilo, Ken, no va a pasar nada, pero te aconsejo que no vengas vestido como un pijo de ciudad, sino un poquito más informal, para que no te rompas la crisma o ninguna articulación de tu rígido cuerpo, aunque pagaría por ese espectáculo y verte rodar cual bola de nieve.
—No se podía callar, pero para sí misma se riñó, ya que estaba muy guapo con ese vaquero negro, con la camiseta ajustada del mismo color que mostraba que por debajo existía un cuerpo de infarto, como el que de repente apareció en su guarra mente.
—Vale, desisto, ¿mañana nos vemos en tu tienda o te vengo a buscar?
Tony respiró profundo.
—En la cafetería, mejor.
Él se giró y se marchó sin despedirse, pero al instante se detuvo, para incordio de ella, y al girarse la miró con un brillo extraño en los ojos.
—Buenas noches, Tony, descansa. —Le guiñó un ojo.
Ella cerró la puerta.
—Esto va a ser una guerra.
No fue un simple comentario, si no que sonó a augurio.