Verano en Cold Spring Capítulo 4
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Capítulo 4

A lo largo de ese día como del siguiente, Tony estuvo muy pendiente de la puerta, sobre todo, para saber quién entraba y así ponerse a la defensiva o hacer como que no veía a determinado cliente. Pero nada de lo imaginado sucedió y solo cabían tres posibilidades:

Primera: No vio dónde se metió.

Segunda: Que todavía no supiera que la tienda era suya y él continuase buscando.

Tercera: Que le hubiese caído un árbol encima.

Aquella le daba un poco de repelús, nunca fue una persona que se alegrase de la tragedia ajena, al contrario, era una mujer compasiva que siempre que podía ayudaba, era amiga de sus amigos y muy noble y, como decía Flora: «el corazón más cándido de Cold Spring».

Pero la broma pesada del destino, que Conor la oyese decir que no era «nadie», era darle a ese hombre con la puerta en las narices, ¡era lo que se merecía! Su parte malvada estaba encantada, aunque se arrepentía y para ella hubiese sido mejor cerrar la boca y salir de la cafetería en silencio.

A veces el silencio habla más que las palabras, las cuales se las lleva el viento.

¿Y si hubiese insultado a otra persona por eso Conor no aparecía? Esa duda le había aparecido cuando la tienda quedó media vacía.

Cuantas más vueltas le daba, más verosímil le parecía esa posibilidad.

Ese día estaba colocando un nuevo artículo en el escaparate cuando, de repente, vio a un hombre con unas facciones que le sonaban.

—O es un parecido razonable, demasiado razonable, o es Conor —musitó.

El hombre subía Main Street por la acera de enfrente a bastantes metros aún de estar frente a su tienda, por eso, le dio tiempo de coger el casco, se lo puso, y con el móvil en la mano salió y se montó en la moto.

Haciéndose pasar por una vecina más de Cold Spring y como quien va a hacer un selfie , hizo varias posturas hasta que él cruzó la calle.

Ella subió la mano y al tenerlo justo detrás de la moto, tomó la foto.

En cuanto el hombre desapareció y sin reparar en ella, volvió a la tienda y todavía con el casco puesto, le envió la foto a Leslie.

¿Este es el hombre que viste?

¡¡¡Sí!!! Es él, es Conor.

Creo que me vio en la cafetería.

Tony paró de escribir, Leslie le había enviado un nuevo mensaje:

Entró en la heladería, hará una o dos horas.

No sé decirte.

—¡No es verdad! —exclamó en voz alta y con suerte de que no había nadie.

Quiero una confirmación:

¿Conor es el de mi foto?

¡¡¡EL MISMO!!!

Y el tiempo lo ha tratado bien, me

imaginaba que estaba de otra manera.

¿Qué otra manera?

El pelo más canoso, más barriga

de cervecera, barba hipster

No sé, algo, pero chica,

hay bellezas que no mueren.

Mucha imaginación le has echado, ¡JA!

Hay que reconocerlo, no está mal.

Está más buenorro que de joven.

Tony, nada más leer, abrió las aletas de la nariz y cerró los ojos por el comentario de su amiga. Si no era suficiente con que pasara por delante de su tienda, tenía que aguantar los piropos que Leslie le regalaba.

¿Te reconoció?

No me vio.

¡¡Mejor!!!

Te dejo que Martha está aquí.

Tony al ver a Martha guardó debajo del mostrador el móvil.

—¡Hola, Tony! —saludó la alcaldesa Martha Dinsdalle.

Era una mujer bajita, regordeta, con el pelo siempre cardado y se la reconocía no por su forma de vestir, sino porque siempre iba muy enjoyada y con el bolso de mano colgando del brazo—.

No sé cómo lo haces, pero todo te sienta muy bien, hasta el casco.

Tony se lo sacó lo más rápido que pudo.

—Gracias, Martha.

—No hay de qué. —Sonrió con los labios apretados y girando un poquito la cara—. Pero gracias por sacártelo, porque te parecías un poco a… la hormiga atómica. —Los halagos de Martha siempre terminaban bastante mal.

—¿A qué debo tu visita? —Tony cambió de tema y se atusó un poco el pelo.

—Pues mira, eres la primera a la que le voy a dar esta gran noticia y voy a necesitar la ayuda de todos los comerciantes —soltó una risa de emoción.

—¿Y eso?

—Veras, —se acercó al mostrador, parecía que quería traspasarlo o meterse en él—, tengo un pedido especial.

Tony asintió con la cabeza.

—¿Cuál? —No le quedó más remedio que tirarle de la lengua a Martha, algo que le gustaba a la alcaldesa aparte de querer hacerse la importante.

—Tengo que transformar el pueblo en otro, pero literario.

—¿En serio? —Aquello iba a ser maravilloso para Cold Spring, un gran empujón, aunque ya lo era desde que Imogen se encargaba de traer al pueblo algún escritor que estaba de moda—. Dime, ¿en que se transformará?

—No te lo vas a creer. —Echó hacia delante la cabeza—. En Springville .

—¿De verdad? —Tony no se lo podía creer y sonrió de modo abierto y con gran entusiasmo—. Me encantaron esos libros, recuerdo que los he leído y releído durante mi adolescencia y con Leslie y mi madre siempre buscábamos alguna pista para saber cómo continuaría la historia.

—Todos los hemos leído, querida, son fantásticos.

—Martha, cuenta conmigo para lo que necesites. ¡Es fantástica esta noticia!

—Lo es, lo es, ahora voy a ir visitando las tiendas y los bares para informarles y saber si quieren participar.

—Ya verás cómo lo harán, dudo que alguien se niegue.

—Te mantendré informada y te tomaré la palabra, porque no podré con todo.

—¡Hecho!

Martha salió contoneándose, mostrando así el entusiasmo que le dio escuchar que Tony la ayudaría.

Sin embargo, en cuanto se quedó sola, se dio cuenta de que no le había formulado todas las preguntas que le hubiera gustado: como si estaría en Cold Spring la autora o si seguía vivía, pues fue una mujer que siempre había mantenido su anonimato y lo consiguió, ya que esa trilogía se había escrito en una época anterior a Internet, a los móviles y a la era digital.

Pero el entusiasmo le hizo mover los pies detrás del mostrador.

Sus libros favoritos iban a cobrar vida en Cold Spring, ¿qué más podía pedir?