Verano en Cold Spring Capítulo 3
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Capítulo 3

T ony, tras cerrar la tienda, se montó en el scooter de color rojo que su padre le había arreglado, y condujo hasta su casa.

Vivía en la parte alta de Cold Spring, en una casita que había heredado de su abuela materna, quien siempre le dijo que sería suya y así fue.

Estiró una pierna para empujar la portezuela de la verja y entró por el camino de piedra para aparcar la moto delante de la casa.

Era una pequeña construcción de dos alturas pintada en blanco y con un tejado muy pronunciado a dos aguas para evitar la acumulación de nieve durante el invierno.

Elevada del suelo por un pequeño muro, contaba con un porche en la parte delantera por el que se accedía subiendo tres escalones y que se había encargado de cerrar con ventanales para aprovecharlo en las tardes de invierno u otoño y desde ahí se entraba al interior.

En la planta baja contaba con un salón-comedor, un despacho-biblioteca donde tenía los libros y el ordenador, un baño y al fondo del pasillo la cocina que se abría al jardín trasero.

En el piso superior al que se podía acceder por la cocina o por las escaleras que había justo delante de la puerta de entrada, estaba un baño completo y la habitación principal.

Era pequeña pero muy acogedora.

Era la casa perfecta para ella. Cada día que llegaba de trabajar y se sacaba el casco, le encantaba ver las glicinias que se posaban en el tejado del porche, y observaba cómo se habían adueñado de un modo muy dulce de aquel espacio.

Una vez dentro, en el confort de su mejor refugio, Tony pudo respirar al fin con tranquilidad, esa que la noticia del regreso de Conor le había arrebatado por mucho que lo quisiera disimular, aunque pese a todo se notó nerviosa y tomó una decisión con la esperanza de arrinconar recuerdos que la envolvían en un aire frío, aunque hiciera un calor sofocante todavía a esas horas: darse un baño relajante.

En parte, su idea surtió efecto, pero movida por un impulso insano, bajó al sótano una vez que se enfundó en el albornoz, para buscar una caja floreada en cuyo interior había objetos que habían marcado una historia del pasado.

De una vida que fue y que no pudo ser. Al cogerla algunas lágrimas se le deslizaron por las mejillas, puesto que eran muchas las emociones encontradas que se le acumulaban y por mucho que quisiera abrirla, no lo hizo, sino que la subió y dejó al lado de la silla del escritorio en el despacho. ¡Ni le limpió la suciedad!

La realidad era otra: aquella herida estaba cerrada y lo que la caja contenía podía reabrirla y no estaba preparada para recordar el dolor que le había producido todo aquello. Con la espalda apoyada en el marco de la puerta su voz soltó un ruego:

—No puedo encontrarme con él, por favor, Dios mío, aléjalo de mí.

Esa noche apenas durmió, estuvo en un duermevela raro por el cual oía a los vecinos o el vuelo de aves nocturnas que no permitían al valle del Hudson descansar por las noches.

El cansancio con el que se levantó ni el café del desayuno lo arregló, por eso, antes de abrir la tienda un día más, se fue directa a la cafetería de Imogen y Kendall, quienes estaban hablando con Jared y Mark, sus respectivas parejas.

Tony no era tonta y se fijó en cómo guardaron silencio cuando repararon en su presencia.

—Buenos días —saludó—. Podéis seguir hablando. —Sonrió.

—Yo… —Mark empezó, pero al no saber qué decir, ofreció una disculpa—. Será mejor que me vaya al coche. —Salió despavorido.

«¡Qué mal saben fingir!», evitó poner los ojos en blanco.

Jared fue quien mantuvo el tipo.

—Estábamos hablando de Conor —dijo con sinceridad.

—Con la estampida de Mark me lo dejasteis claro. —No le había parecido mal—. Sé que sois, o erais, amigos.

—Jamás pretendimos que te sintieras mal.

—Lo sé, Jared, no me importa, de verdad, pero no quiero escuchar nada —le pidió a su amigo.

Él asintió con la cabeza y al oír el claxon del coche, Jared también se fue.

Tony se acercó a la barra, donde estaban apoyadas las dos chicas que ya la esperaban para poder hablar con ella.

—Pero ¿quién es ese tal Conor? —Imogen le preguntó, no por fastidiar, sino porque realmente no lo sabía.

—Un café, por favor. —Tony dio esquinazo a la pregunta y al tema.

—Menudo arte que tienes para salir por la tangente. —Se rio Kendall.

—Ya mismo. —Imogen fue la encargada de preparárselo.

—Cuenta Tony, sé que algo escondes. —Le tiró de la lengua Kendall.

—Conor no es nadie de quien quiera hablar. —Fue franca hasta consigo misma, si no se hablaba de un tema, no existía—. Cuando llegue el momento, lo contaré de verdad.

—Nunca te he oído hablar tan duramente de una persona. —Kendall estaba asombrada con su amiga.

—No lo sabe ni Shannon —apostilló ella.

—Compréndenos, eres demasiado dulce para eso. —Imogen le dio un café para llevar.

—En serio, chicas —insistió—. No es nadie.

—Gracias, Tony —habló un hombre detrás de ella.

Aquella voz masculina la congeló en el sitio y, de pronto, el verano se había transformado en un invierno sempiterno que había caído sobre ella. Lo tenía detrás, señalando que la había reconocido. El corazón saltó varios latidos y luego, cuando lo sintió de nuevo, le taponó los oídos.

—Es lo que te mereces. —Ni siquiera se dignó en decírselo cara a cara.

—Ha pasado mucho tiempo…

—Pero hay hechos que ni el olvido puede alejar —interrumpió mientras observaba como Kendall e Imogen los contemplaban boquiabiertas.

«Debo poner fin a esto», pensó para sí misma.

—Si me quieres insultar o hablarme, deberías mirarme a la cara.

—Me voy, chicas.

Se giró y se marchó de allí respirando el aroma que él desprendía y que era tan reconocible para ella, ya que en otro tiempo fue la cura que necesitaba para sanar todos los males.

Cuando llegó a la calle, corrió hacia la tienda para poner espacio entre ellos.