Capítulo 2
A quel día el valle del Hudson resplandecía pese a que la lluvia no había arreciado en toda la noche, y cuando los vecinos de Cold Spring se fueron levantando, ya no había señal de la cantidad de agua que había caído del cielo, algo que tampoco parecía importarles a los turistas que llegaban desde Nueva York.
Las colinas del Hudson, como los bosques colindantes al pueblo, estaban reverdecidos por las últimas lluvias y provocaban que, en el ambiente, bastante caldeado por el sol como por la humedad que desprendía el río, se pudieran reconocer aromas naturales, campestres y frescos a tierra mojada, a madera, así como al aroma metálico que el Hudson siempre soltaba en su transcurrir a través de las piedras.
Así olía Cold Spring.
Como todos los días, Main Street estaba a rebosar de gente que se acercaba al valle y a todos sus pueblos para alejarse del calor de la ciudad y eso hacía que en todas las tiendas hubiera un ir y venir incesante de visitantes que estaban dispuestos a comprar algo, lo que fuese.
Sin embargo, había una tienda diferente a todas, ya que allí se podía hallar aquello que uno no sabía que estaba buscando.
Se trataba de Books, Bells and Antiques, la tienda de antigüedades que regentaba Tony y que era su mayor alegría.
Entre sus dos escaparates, las bonitas vitrinas, estanterías y sus mesas bien dispuestas que, con ayuda de sus amigas, había cambiado la disposición antes de la llegada masiva de turistas, se podía encontrar de todo: libros de segunda mano, velas aromáticas especialmente hechas para la tienda, preciosos colgantes, atrapasueños o conchas que en el pasado Tony había encontrado en los distintos viajes que había hecho en aquella época en la que Cold Spring la ahogaba, así como cualquier objeto que pudiera resultar interesante a ojos de la dulce y agradable dueña.
Esa tienda lo significaba todo para ella, un sueño que le vibró en la mente y en el pecho, que comenzó a forjar cuando llegó a la universidad para realizar sus estudios de Administración y Dirección de Empresas y se convirtió en una realidad cuando al regresar a Cold Spring vio que los antiguos dueños liquidaban los productos por cierre.
Ella aprovechó esa oportunidad única y se hizo con todo, y así, poco a poco, con una remodelación que hizo ella misma con la ayuda de su amiga Leslie, la heladera del pueblo, consiguió abrirla en tiempo récord.
Y ahí continuaba.
La tienda la ayudó a cerrar viejas heridas con nuevas ilusiones, esperanzas y, sobre todo, anécdotas.
—¡Qué bonita! —Una turista señaló una concha en cuyo interior, dependiendo de cómo se mirase, aparecían los colores del arcoíris en un suave tono perlado.
—Sí, lo es —asintió Tony con una gran sonrisa, pues al verla colocada en una bandeja de cristal junto a otras recordó cómo la había encontrado.
—Me recuerda a cuando estuve en Hawaii —dijo la mujer que sostenía en las manos su pamela y a modo de diadema tenía las gafas de sol.
—Vino de ahí. —Le sonrió con confianza Tony—. ¿La quieres?
—Me gustaría, pero no es representativa de Cold Spring, me gustaría llevarme algo que sea más de aquí —explicó la mujer.
—Pero siempre te acordarás que fue aquí, en este pueblo, donde la has comprado. —Tony le proporcionó otro punto de vista.
Tras un rato en el que la mujer no le quitó ojo de encima a la bonita concha, de pronto sus labios dibujaron una gran sonrisa.
—Me has convencido. —Se encogió de hombros—. ¡Me la llevo!
—Muy buena elección.
Con sumo cuidado la cogió y de inmediato se agachó para coger una de las cajas que llevaban grabado el nombre de la tienda con la dirección, que había mandado hacer en una empresa de Manhattan.
Envolvió la concha en una bolsita forrada con papel de seda que cubría el plástico de burbujas, la colocó y precintó la caja con una gran pegatina, para colocarla en una bolsa.
Todos sus productos salían igualmente envueltos, tanto si eran pedidos por internet como en la tienda física.
Estaba terminando cuando vio a Leslie entrar fatigada y con coloretes en las mejillas; no hacía falta observar mucho para saber qué algo había sucedido.
—Muchísimas gracias —expresó su gratitud la mujer.
En cuanto la cliente se alejó para salir de la tienda, Tony y Leslie se acercaron la una a la otra.
—Leslie, ¿estás bien? —Tony quería tranquilizarla un poco, pues se había fijado en que estaba alterada.
—¡Ay, Tony! —dijo con la voz entrecortada al estar respirando por la boca.
—Parece que has venido de Manhattan corriendo —bromeó, pero no surtió efecto.
—Él está aquí, Tony, está aquí. —Los ojos azules de su amiga desprendieron un brillo de preocupación.
—¿Quién?
—Él, Tony, él. —A Leslie no le salían las palabras.
—¿Él? ¿Quién? —Tony agitó la cabeza.
—Conor. —Por fin Leslie dio el nombre.
—¿Qué Conor? —Al segundo de haber lanzado esa pregunta, Tony se dio cuenta de que era una tontería.
—Conor —repitió Leslie arrugando la nariz—. Conor, tu Conor. —Respiró hondo por la nariz.
—¿Lo has visto? —Tony ni se escuchó.
De repente, su mundo y el reloj de su vida se paró al estar ese nombre palpitando en el aire y por lo que suponía para su memoria.
Aquello no era motivo de celebración, sino un mal recuerdo de lo que había sucedido en el pasado.
En esos años creyó que había pasado página y era fácil de pensar cuando él no andaba por el pueblo, en cambio, en cuestión de segundos, su piel percibió que el aire acondicionado se había convertido en el viento del norte que soplaba en invierno y se estremeció.
«No quiero verlo», reconoció para sí misma.
—¿Lo has visto? —repitió la pregunta en esta ocasión sin apenas aire.
—Lo hablaban un grupo de personas a las puertas de la heladería y luego sí me pareció verlo pasar de largo —le contó con franqueza.
—Bueno… —¿Cómo podía continuar?—. Es normal que pase de largo, no sabe que te has convertido en heladera ni que tengo una tienda de antigüedades.
—Se encogió de hombros, mostrando una indiferencia que no era tal, debido a que sudaba frío—.
Si resulta que no me reconoce, haré lo mismo con él, así de fácil —soltó con una sonrisa que escondía el dolor del pasado, que parecía renacer dentro de ella mientras un aluvión de malas sensaciones la recorrían de arriba abajo.
—¿Estás bien?
—Sí, tranquila, vuelve al trabajo —la sosegó Tony.
—Vale, pero si quieres hablar, avisa.
Tony asintió con la cabeza notando como el pasado que regresaba a Cold Spring le hacía perder altura.