Capítulo 20 #2
Me levanto y voy a donde dejé la claymore de mi padre en la casa, la misma que usé para derrotar a Gunn, y la traigo de vuelta.
La clavo en la tierra de la tumba, vertical, con la cruz de la guardia hacia arriba y la hoja apuntando al cielo gris, y el acero reluce bajo la luz del amanecer con ese brillo húmedo que tienen las cosas recién limpiadas por la lluvia.
No es una cruz de piedra ni es un monumento ni es nada que un cantero pueda hacer, pero es lo que tengo y es lo que él habría querido: su espada clavada en la tierra que defendió durante toda su vida, junto a la mujer que amó y lejos del salón donde lo mataron.
Me quedo de pie frente a la tumba con las manos vacías y los brazos doloridos y el pecho que hace algo que no es llorar y no es respirar y no es nada que tenga nombre.
Aedan se pone a mi lado. No me toca. No dice nada.
Está ahí, con las manos llenas de tierra y la camisa manchada y el pelo revuelto, y su presencia no llena el hueco pero lo hace más pequeño, lo reduce a un tamaño que puedo cargar sin que me doble las rodillas.
—La claymore debería estar en el clan —dice finalmente, con la voz ronca de quien no ha usado las cuerdas vocales en horas—. Es el arma del jefe. Los Sinclair van a necesitarla para las ceremonias.
—Se queda aquí —respondo—. Mi padre se quedó veintitrés días en un salón sin que nadie lo tocara. Lo menos que puedo hacer es dejarle lo que era suyo.
No discute. Acepta lo que dije con esa facilidad que tiene para aceptar las cosas que no se pueden cambiar, y nos quedamos de pie un momento más, los dos, mirando el montículo de tierra fresca con la espada clavada en el centro, y el viento del norte que empieza a soplar con más fuerza trayendo el olor de la turba y la promesa de más lluvia.
Bajamos a la casa. Me lavo las manos y la cara en el cubo de agua que hay en la cocina y el agua se vuelve marrón con el barro y la sangre de las ampollas rotas.
Aedan se lava al lado y no cabemos los dos junto al cubo así que nos empujamos un poco sin decir nada y ese pequeño roce de hombros es la forma más íntima de contacto que hemos tenido desde que salimos de la cabaña esta mañana.
Cuando salimos de la casa, el pueblo ya está despierto.
Nos ven venir por el camino de la colina, los dos manchados de tierra, y sé lo que piensan porque lo leerían en la cara si supieran leer: dónde estaban, qué hicieron, por qué tienen barro en las manos y en las rodillas y en la ropa.
Isla es la primera en llegar. Me mira de arriba a abajo y luego mira la colina detrás de mí y luego me mira otra vez, y entiende sin que le explique nada.
Se acerca y me abraza con una fuerza que me hace gemir y luego se aparta y me mira la cara con los ojos brillantes y no dice nada porque no hace falta.
Fiona viene detrás. Tiene los ojos rojos de dormir mal y el pelo suelto y la cara de quien no sabe si debe llorar o reírse, y se decide por las dos cosas al mismo tiempo: se echa a llorar mientras sonríe y me abraza con la cabeza contra mi pecho y sus lágrimas mojan la tela de la venda que me cubre el brazo.
—Lo enterraste —dice entre sollozos—. Lo enterraste, ya no está en el salón.
—Ya no está en el salón.
Las mujeres del clan empiezan a llegar una a una, en grupos de dos y tres, y se quedan a distancia con las manos cruzadas y los ojos fijos en mí.
No miran con la misma esperanza de antes.
Ya no hay incertidumbre en esos ojos, no hay esa pregunta que me seguía cuando bajaba al pueblo a ver a Fiona: ¿Podrás?
¿Lo harás? ¿Eres suficiente? Lo que hay ahora es algo más pesado y más tranquilo, una certeza que se parece a la que se tiene después de ver algo que no se puede deshacer.
Me gané esto. No con palabras ni con promesas sino con un corte en la mano de un hombre que nadie pudo detener y con un brazo que ya no funciona y con unas costillas que van a doler durante semanas.
Esto me pertenece porque lo pagué con el cuerpo, y ellas lo saben, y eso cambia lo que ven cuando me miran.
Murdoch aparece con el bastón y Kenneth a su lado, y detrás de ellos viene Bhaltair con la cara de quien no ha dormido y los ojos que se le cierran cada pocos segundos.
Murdoch me mira, luego mira la colina, luego mira a Aedan, que se ha quedado un paso detrás de mí sin intentar adelantarse ni ocultarse.
—Es tarde para ceremonias —dice Murdoch con la voz gastada de la madrugada—. Pero hay algo que necesita hacerse frente al clan.
—No quiero ceremonias.
—No es una ceremonia. Es una declaración. Si este hombre se queda en las tierras Sinclair, el clan necesita saberlo de tu boca, no por rumores.
Miro a Aedan. Él me devuelve la mirada sin expresión, esperando. No le pide nada y no me presiona, simplemente está ahí, listo para aceptar lo que yo decida o para marcharse si eso es lo que necesitan.
Me giro hacia el grupo que se ha formado en la calle. No son todos los del clan, pero son los suficientes: mujeres, ancianos, algunos hombres que han vuelto de las tierras vecinas atraídos por las noticias del combate. Todos me miran.