Capítulo 20
La hija que mi padre imaginó
Me levanto antes de que nadie se despierte.
El brazo izquierdo está rígido dentro de la venda y las costillas me recuerdan que existen con cada respiración profunda, pero me levanto igual, me pongo la capa sobre los hombros y calzo las botas con una mano sola porque la otra no responde como debería.
Aedan duerme cuando salgo de la cabaña y no me giro a mirarlo porque si lo miro voy a quedarme y si me quedo no hago lo que vine a hacer.
Bajo la colina en la oscuridad. El sendero lo conozco de memoria, cada piedra, cada raíz, cada punto donde el terreno se hunde más que en otros, y mis pies lo recorren sin que los ojos necesiten intervenir.
El aire huele a turba mojada y a la lluvia que cayó ayer y a algo más dulce que viene del brezo, ese olor ácido y meloso que ya es parte de mí como lo son las cicatrices que llevo en el brazo.
Va a llover otra vez. El brezo lo dice con una certeza que no necesita confirmación.
El pueblo está dormido cuando paso por las calles.
Ni una luz en las ventanas, ni un perro que ladre, solo el sonido de mis pasos en el barro y el de mi respiración que sale en nubes blancas bajo el cielo que empieza a clarear en el este con un gris que no es del todo día ni es del todo noche.
La casa está silenciosa. Abro la puerta trasera con la llave que siempre está debajo de la piedra plana junto al umbral, un gesto que hice miles de veces antes de que todo esto empezara y que ahora se siente extraño, como usar una llave de una cerradura que ya no es tuya.
El salón está oscuro. El olor me golpea antes de que mis ojos se adapten: ese dulce pesado que ya conocía, la muerte instalada en la madera y la piedra durante veintitrés días, un olor que debería haber hecho algo antes, que debería haberme impulsado a hacer esto mucho antes, pero que dejé acumularse porque había otras cosas que parecían más urgentes.
Enciendo una vela que dejé en la mesa la última vez que estuve aquí y la llama tiembla y se estabiliza y la luz llena el salón con sombras que se mueven como agua.
Mi padre está donde lo dejé. La manta que le puse la primera noche se ha deslizado del todo al suelo y su cuerpo está expuesto, más pequeño de lo que era en vida, reducido por el tiempo a algo que parece una versión desinflada del hombre que conocí.
La herida en el pecho ya no es roja: es marrón oscuro, seca, como una grieta en la tierra durante una sequía.
Tiene la barba crecida y la piel tirante sobre los huesos de la cara y las manos abiertas a los lados del cuerpo con los dedos curvados como si estuviera agarrando algo que ya no está ahí.
Me quedo de pie junto a él con la vela en la mano y no digo nada porque no hay nada que decirle a un hombre que no puede oírme y que ya sabía todo lo que yo podría contarle.
Lo que hago es algo que no necesita palabras: me arrodillo, le toco la mano fría y rígida, y la sostengo durante tres respiraciones mías que no se mezclan con ninguna respiración suya porque ya no hay respiración suya que mezclar.
Voy a las herramientas y cojo la pala. Es la pala grande, la que usamos para cavar zanjas de drenaje en primavera, y pesa más de lo que debería pesar porque mi brazo derecho está magullado y el izquierdo no sirve.
La agarro con la mano derecha y la aprieto contra el cuerpo y salgo de la casa por la puerta trasera con la vela en la otra mano y la pala golpeándome la pierna a cada paso.
La tumba de mi madre está en la colina que hay detrás de la casa, un terreno elevado desde donde se ven las tierras del clan extendiéndose hacia el norte hasta donde las colinas se confunden con el cielo.
Hay un montículo de tierra cubierto de hierba que en primavera se llena de flores blancas, y una piedra plana en la cabecera con su nombre grabado por el cantero del pueblo, un trabajo tosco pero suficiente.
Me detengo frente a esa piedra y toco las letras con los dedos y siento la rugosidad de la talla bajo la yema, y luego me aparto un metro y clavo la pala en el suelo.
La primera palada es la más difícil. No por la tierra, que está blanda por la lluvia, sino porque es la que confirma que esto es real, que estoy cavando un hoyo donde voy a poner a mi padre, que la ceremonia no va a ser con sacerdote ni con cantos ni con todo lo que la muerte merecería en otras circunstancias.
Voy a enterrar a mi padre con mis propias manos, con un brazo que funciona a medias y unas costillas que gritan cada vez que la pala baja y sube, y eso es lo que es y no puede ser otra cosa.
La segunda palada es más fácil. La tercera también.
Para la décima encuentro un ritmo que no es cómodo pero que es sostenible: clavar, empujar con el pie, levantar, girar, depositar la tierra a un lado.
El brazo derecho hace todo el trabajo y el izquierdo cuelga como un adorno inútil, y cada vez que la pala entra en la tierra las costillas protestan con un dolor que ya no intento ignorar sino que simplemente dejo estar, como se deja estar el ruido de la lluvia cuando no tienes forma de detenerla.
Cavo durante un tiempo que no mido. Podría ser media hora, podría ser una hora.
El hoyo se hace más profundo y más largo y mis manos se llenan de ampollas que se rompen y sangran y la sangre se mezcla con la tierra húmeda y se convierte en barro rojizo que se pega bajo las uñas.
El sudor me cae por la frente y me entra en los ojos y me quema pero no paro porque parar significa pensar y pensar significa sentir y sentir es lo que no puedo hacer ahora mismo, no con el hueco en el pecho que el combate dejó y que no se ha llenado del todo a pesar de la noche pasada.
Oigo pasos detrás de mí antes de ver quién es.
No me giro porque sé quién es: no hay nadie más en este pueblo que pudiera estar despierto a esta hora y que subiera esta colina con este propósito.
Los pasos se detienen a mi espalda y luego una mano agarra la segunda pala que no sabía que estaba ahí, apoyada contra la cerca que delimita el terreno, y Aedan se pone a mi lado sin decir una palabra y empieza a cavar en el extremo opuesto del hoyo.
Cavamos juntos sin hablarnos. El ritmo de sus paladas se ajusta al mío sin que nadie lo pida, como dos remos en una barca que encuentran la cadencia por pura física, por el movimiento de los cuerpos en el mismo espacio respondiendo a la misma gravedad.
La tierra sale del hoyo en montones que crecen a ambos lados y el hoyo se hace más profundo y más ancho y el cielo se hace más claro encima de nosotros, pasando del gris oscuro al gris claro al blanco sucio del amanecer que no tiene sol pero que tiene suficiente luz para que pueda ver su cara mientras cava: concentrada, seria, con la mandíbula apretada y el pelo suelto cayéndole por la frente y los músculos de la espalda moviéndose bajo la camisa con cada palada.
No habla. No me mira. Solo cava, como si esto fuera lo más natural del mundo, como si enterrar al padre de una mujer con la que dormiste anoche fuera algo que se hace sin necesidad de explicaciones.
Cuando el hoyo tiene la profundidad suficiente, dejo la pala clavada en el suelo y me limpio las manos en la hierba.
El sangrado de las ampollas se ha detenido y las palmas me arden pero es un dolor limpio, un dolor que tiene un origen claro y un final previsible, y eso lo hace casi agradable comparado con los otros dolores que llevo.
—Voy a buscarlo —digo, y es lo primero que hablo en toda la mañana.
Aedan asiente y se queda junto al hoyo con las dos palas clavadas en la tierra a ambos lados como dos cruces improvisadas.
Bajo a la casa y entro al salón. La vela se ha apagado y la luz del amanecer entra por las ventanas con ese gris que hace que todo parezca hecho de ceniza.
Mi padre sigue donde lo dejé. Me arrodillo a su lado y le paso los brazos debajo del cuerpo, uno por los hombros y otro por las rodillas, y cuando me levanto el peso me arrastra hacia abajo porque él pesa lo que pesaba en vida y yo no peso lo que pesaba antes del combate.
Las costillas gritan. La venda del brazo se tensa.
Doy un paso, dos, tres, y llego a la puerta, y los umbrales son los peores porque hay que subirlos y cada umbral es una decisión que el cuerpo no quiere tomar.
El camino hasta la colina es corto pero se hace largo.
Cada paso es una negociación entre lo que quiero hacer y lo que mi cuerpo permite, y gano algunas y pierdo otras, y cuando llego a la cima Aedan ya está junto al hoyo con los brazos extendidos para recibirlo.
Le entrego el cuerpo de mi padre y lo bajo con cuidado al fondo de la tumba, y lo acomodo de espaldas a la tierra con las manos cruzadas sobre el pecho y los ojos cerrados porque no puedo dejarlo con los ojos abiertos mirando un cielo que ya no ve.
Aedan y yo empezamos a echar tierra encima.
No usamos las palas para esta parte: usamos las manos, y la tierra húmeda y fría pasa por los dedos y cae sobre el cuerpo de mi padre con un sonido suave que es casi tierno, como si la tierra lo estuviera abrazando en lugar de enterrándolo.
Echamos tierra hasta que el cuerpo queda cubierto y luego seguimos echando hasta que el hoyo se llena y luego seguimos echando hasta que hay un montículo encima que se levanta sobre el nivel del suelo, y cuando terminamos los dos están de rodillas a ambos lados de la tumba con las manos llenas de tierra y el barro en la cara y la ropa manchada de lo que queda de la noche pasada y de la mañana presente.