Capítulo 19 #2
Lo que sigue no es lo que los bardos cantan.
No hay pasión que queme, no hay giros dramáticos, no hay momentos donde el mundo desaparezca y solo queden dos cuerpos moviéndose como mareas.
Hay dos personas con heridas que no pueden ignorar, con límites que no pueden saltar, con un cuerpo que funciona a medias y otro cuerpo que también carga sus propias cicatrices aunque no sean visibles.
Me acuesto sobre el lado izquierdo porque es el único donde las costillas no gritan, y él se acomoda a mi derecha con cuidado de no rozar el hombro magullado, y cuando su piel toca la mía lo que siento no es el fuego del deseo sino algo más cercano al agua tibia, algo que entra y llena los espacios vacíos sin forzar nada.
Su mano recorre mi brazo derecho desde el hombro hasta la muñeca evitando el moretón con una precisión que parece calculada, y cuando llega a mis dedos los entrelaza con los suyos y aprieta, una presión firme que no pide nada y no da nada, solo está ahí, como una promesa física de presencia.
Lo beso de nuevo y esta vez es más lento si cabe, sus labios se mueven sobre los míos con una paciencia que no tiene prisa porque no hay un lugar al que llegar, no hay un clímax que buscar, solo este momento y el siguiente y el siguiente, una sucesión de presentes que no se acumulan hacia nada sino que existen cada uno por sí mismo.
Cuando finalmente se une a mí, lo hace con una lentitud que me hace contener la respiración no por dolor sino por la intensidad de sentir cada cosa por separado en lugar de que todo se mezcle en una borrachera de sensación.
Siento el peso de su cuerpo apoyado en su brazo izquierdo para no cargarse sobre mis costillas.
Siento su respiración contra mi cuello, caliente y irregular, cambiando de ritmo a medida que nos movemos.
Siento sus dedos en mi mano, que aprietan cuando algo se intensifica y se sueltan cuando algo se calma, como si estuviera hablando con las manos en un idioma que no necesita traducción.
Siento su frente contra la mía y el sudor que se forma donde nuestras pieles se tocan y el sonido que hace cuando la respiración se le corta, un sonido pequeño y roto que nadie más va a oír nunca y que se queda entre nosotros como algo compartido que no se puede compartir con nada más.
Dura lo que dura, que no es mucho tiempo ni es poco tiempo, es el tiempo que es, y cuando termina no hay un momento dramático de separación sino un deslizarse lento, un retirarse cuidadoso que me hace gemir cuando el movimiento tira de las costillas, y luego estamos tendidos uno al lado del otro mirando el techo de la cabaña con los cuerpos desordenados y las respiraciones que vuelven a su ritmo normal y el fuego que ha muerto del todo y solo queda la brasa que apenas ilumina las vigas de madera.
Su mano encuentra la mía en la oscuridad.
No la aprieta: la rodea, con los dedos curvados sobre los míos como una jaula que no encierra sino que protege, y yo aprieto de mi lado porque quiero que sepa que estoy aquí, que no me fui a ningún sitio, que el vacío que sentía hace una hora ya no está tan vacío.
—¿Dolió? —pregunta, y su voz sale ronca, gastada, como si hubiera usado todas las palabras que tenía durante el día y esta fuera la última.
—Un poco. No importa.
—Miente mal.
—Ya lo sé.
El silencio que sigue es diferente a todos los silencios que hemos compartido en esta cabaña.
No es incómodo, no es tenso, no está cargado de cosas sin decir.
Es un silencio lleno, como una habitación donde todo está en su lugar y no hace falta mover nada porque todo ya está donde debe estar.
Respiro y las costillas duelen pero el dolor es diferente ahora, es un dolor que pertenece a algo que pasó, no a algo que va a pasar, y esa diferencia cambia todo.
Su mano se mueve en la mía y sube por mi brazo hasta el cabello, y sus dedos se entrelazan con los hilos húmedos y los mueven en círculos lentos contra la almohada, un gesto que no tiene propósito más allá del gesto mismo, como acariciar un gato que ya se ha dormido y no necesita más atención pero la recibe igual porque darla es agradable.
Cierro los ojos. No me duermo inmediatamente, me quedo en ese espacio entre la vigilia y el sueño donde los pensamientos se vuelven líquidos y las formas pierden bordes, y en ese espacio noto algo que me hace abrir los ojos otra vez: Aedan no habla.
No murmura. No dice nombres en sueños. No pide perdón a nadie.
Su respiración es regular y profunda y las manos han dejado de moverse en mi cabello pero siguen ahí, quietas, y su cara vuelta hacia mí tiene los ojos cerrados y la boca entreabierta y una expresión que solo se ve en las caras que duermen de verdad, sin las tensiones del día ni las angustias de la noche.
Es la primera vez en casi un mes que no ha hablado dormido.
La primera vez que el hombre que me entrenó y me besó y me tocó y me miró como nadie me ha mirado duerme sin que los fantasmas lo despierten para arrastrarlo de vuelta a un pasado que no puede cambiar.
Y en ese silencio, en esa ausencia de nombres y de perdones, entiendo algo que no necesito decir en voz alta: me contó la verdad despierto y ya no necesita decirla dormido.
Las palabras que salieron de su boca aquella noche junto al fuego hicieron lo que tenían que hacer, y los fantasmas que lo perseguían se quedaron en el lugar donde los dejó, en el pasado, donde pertenecen.
Cierro los ojos otra vez. Su mano en mi cabello.
El olor a leña y a él. El dolor de las costillas que ya es solo un ruido de fondo, como el viento en los abedules o la lluvia en el techo.
Y duermo. No sueño con espadas ni con sangre ni con Gunn ni con mi padre.
Duermo como duerme él, en silencio, sin fantasmas, como dos personas que por una noche han dejado de cargar lo que llevan a cuestas y simplemente están.