Venganza en las Highlands Capítulo 19
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Capítulo 19

Lo que la victoria no puede dar

La viuda de MacBean me venda el brazo con manos que tiemblan y yo no le digo que se detenga porque si le digo que se detenga va a pensar que lo hace mal y si lo hace mal va a empeorarlo y no quiero que se sienta peor de lo que ya se siente.

Las heridas son lo que son: el corte del brazo izquierdo es el más limpio, una línea que cerrará sin problemas si no se infecta; las costillas están magulladas, no rotas, la viuda lo comprueba presionando una por una mientras yo aprieto los dientes y miro el techo; el hombro derecho tiene un moretón que se extiende desde el hueso hasta el músculo y que me impide levantar el brazo más arriba del pecho.

Nada de esto va a matarme. Todo esto me duele como si pudiera.

Fiona entra y sale de la habitación tres veces con cuencos de agua caliente, vendas limpias, una pasta de hierbas que la viuda usa para las heridas que supuran, y cada vez que entra me mira como si esperara que me haya desvanecido entre una visita y la siguiente.

Isla se sienta en una silla junto a la puerta y no habla, solo observa, con los ojos siguiendo cada movimiento de la viuda como si estuviera aprendiendo para la próxima vez, y la idea de que haya una próxima vez me hace apretar la mandíbula porque no quiero pensar en próximas veces, quiero pensar en que esto terminó y que no tengo que volver a un círculo de piedras nunca jamás.

Cuando la viuda termina, me envuelve en una manta y me dice que no mueva el brazo izquierdo durante tres días y que no me acueste sobre el lado derecho por una semana y que vuelva a verla mañana para que revise el corte.

Asiento con la cabeza porque hablar me duele, no el cuerpo sino algo más profundo que el cuerpo, algo que se agota cuando uso las cuerdas vocales como si las palabras pesaran más de lo que pesaban esta mañana.

Se van. Fiona es la última, se detiene en la puerta y se gira con algo en la cara que no es sonrisa ni es lágrima sino algo intermedio, una expresión que parece estar intentando decidir qué sentir y que todavía no ha llegado a una conclusión.

—Puedo quedarme —dice—. Si no quieres estar sola.

—Quiero estar sola.

No lo digo con dureza pero tampoco lo digo suave, lo digo con la verdad plana de quien no tiene energía para suavizar nada, y Fiona asiente y cierra la puerta y sus pasos se alejan por el pasillo hasta que desaparecen.

Me quedo en la cama con la manta hasta la barbilla y el brazo izquierdo inmovilizado contra el pecho por la venda y las costillas protestando cada vez que respiro más hondo de lo estrictamente necesario.

Fuera hay fogatas, música, voces que celebran algo que yo debería estar celebrando pero que no puedo porque la celebración requiere una parte de mí que se quedó en el círculo de piedras mirando la sangre de Gunn mezclarse con el barro.

No es tristeza lo que siento ni es alegría ni es ninguna de las emociones que debería sentir después de ganar un combate a muerte.

Es vacío. Un vacío limpio y total que no duele porque no es una ausencia de algo bueno sino simplemente un espacio donde antes había algo y ahora no hay nada, y ese nada es tan completo que casi es cómodo, como una habitación vacía después de que se han ido todos los muebles.

Me levanto. Las costillas gritan pero me levanto igual, porque quedarme en esa cama mirando el techo no es lo que necesito aunque mi cuerpo diga que sí.

Me pongo la capa sobre la manta porque hace frío y el brazo vendado lo acomodo contra el pecho con la otra mano y salgo de la casa por la puerta trasera.

El pueblo está iluminado por las fogatas pero yo no voy hacia las fogatas.

Voy hacia el sendero que sube a la colina, el mismo que he subido cada día durante casi un mes, y camino despacio porque la tierra está blanda por la lluvia y mis piernas no son las de esta mañana, son piernas que han hecho algo que no deberían haber podido hacer y que ahora cobran el precio con cada paso.

Lo encuentro sentado en la piedra donde solía sentarse a observarme entrenar.

No tiene la espada. No tiene la piedra de afilar.

Tiene las manos en el regazo y la mirada fija en las colinas al norte, hacia donde se fueron los Gunn, y cuando me oye llegar no se gira, solo inclina la cabeza un grado como si ya supiera que vendría.

—La viuda dijo que no te movieras —dice sin mirarme.

—La viuda dice muchas cosas.

Se gira entonces y me ve de pie a tres pasos con la capa sobre la venda y el pelo mojado y la cara que debe tener el mismo vacío que siento por dentro, y algo en su expresión cambia, se ablanda, no mucho, solo lo suficiente para que yo note la diferencia entre la máscara que usa con el mundo y la que usa cuando estamos solos.

—¿Cómo estás? —pregunta, y la pregunta es tan simple que casi me hace reír.

—Viva.

—Eso es algo.

—Eso es todo.

Se levanta de la piedra y viene hacia mí con pasos que son más lentos de lo normal, como si estuviera midiendo la distancia no en pasos sino en algo más difícil de contar.

Se detiene a un paso de distancia y levanta la mano derecha, la que no está herida, y sus dedos tocan el borde de la venda que me cubre el brazo con una delicadeza que no encaja con las manos que me golpearon durante un mes, con las manos que sostienen una espada como si fuera una extensión del hueso.

No desliza los dedos debajo de la tela: se queda en el borde, en el límite, como si tocar más fuera cruzar una línea que no sabe si puede cruzar.

—El corte es limpio —dice, y su voz es baja, más baja que el viento que mueve el brezo—. La viuda sabe lo que hace.

—Lo sé.

—Las costillas.

—Magulladas. No rotas.

—El hombro.

—Un moretón. Se curará.

Asiente y baja la mano de la venda y la deja caer a su lado, y el lugar donde sus dedos tocaron la tela se siente diferente del resto del brazo, más cálido, como si hubiera dejado algo ahí que no es calor exactamente sino la memoria del contacto.

—Todos quieren tocarte —dice, y no es pregunta—. Las mujeres del clan, tu hermana, Bhaltair, todos quieren poner las manos sobre ti como si necesitaran confirmar que estás sólida, que no te vas a desvanecer, que la victoria fue real porque pueden palparla.

—Y yo no quiero que me toquen.

—Lo sé. Por eso estás aquí.

Me mira y yo lo miro y hay algo en el aire entre nosotros que no es tensión y no es deseo y no es ninguna de las cosas que estaban ahí antes del combate, es algo más quieto, más cansado, como dos ríos que han corrido con tanta fuerza que al encontrarse ya no tienen cómo chocar, solo pueden mezclarse lentamente en un remanso donde el agua deja de moverse.

Le toco la cara. No es un gesto que piense, es algo que mis dedos hacen por su cuenta, suben desde donde cuelgan a mi lado y llegan a su mandíbula y se posan ahí con una presión que es casi nada, el peso de tres dedos contra la piel rasurada que todavía es extraña porque durante un mes solo la vi cubierta de barba.

Él no se mueve. No aparta la cara ni se acerca.

Se queda donde está con los ojos cerrados y la mandíbula bajo mis dedos y la respiración que se hace un poco más lenta, un poco más profunda, como si el toque lo estuviera durmiendo en lugar de despertando.

Lo beso. No como la vez anterior, no con la urgencia del miedo ni con el hambre de quien necesita olvidar.

Lo beso despacio, con los labios entreabiertos y los ojos cerrados y el tiempo estirándose como caramelo caliente, y sus labios responden con la misma lentitud, con la misma falta de prisa, como si ambos supiéramos que no hay razón para apurarnos porque nadie nos va a interrumpir y nada nos va a obligar a parar y lo que estamos haciendo no tiene un destino que necesitemos alcanzar.

Su mano sube a mi cuello y se queda ahí, con los dedos en la nuca y la palma contra la piel debajo de mi oreja, y el pulgar hace un círculo pequeño detrás de mi oreja que me envía un escalofrío por la columna que no tiene nada que ver con el frío de la noche.

Separo los labios de los suyos un centímetro y él me sigue, no para profundizar el beso sino para mantener el contacto, como si el espacio entre nuestras bocas fuera un lugar que tampoco quiere abandonar.

—Dentro —digo contra sus labios, y no es una orden ni es una súplica, es una declaración de intenciones que no necesita más palabras.

Caminamos hasta la cabaña sin soltarnos del todo.

Su mano baja de mi nuca a mi espalda y se queda ahí, plana, con los dedos extendidos sobre la venda que me cubre las costillas, y cada vez que doy un paso que me hace gemir por el dolor, sus dedos aprietan un poco más, no para sostenerme físicamente sino para decirme que sabe que duele y que está ahí.

Dentro de la cabaña, el fuego está apagado y solo queda la brasa y el olor a leña vieja y a whisky y a algo que es solo él, ese olor que ya conozco tanto que me parece más mío que el de mi propia casa.

Me quita la capa con cuidado de no tocar el brazo izquierdo y la dobla y la deja sobre la silla, y cuando se gira hacia mí sus manos van al broche de mi vestido y se detienen ahí, con los dedos en el metal pero sin moverlo, esperando.

—No puedo acostarme sobre el lado derecho —digo, y mi voz sale más baja de lo que quiero—. Las costillas.

—Lo sé.

—Y el brazo izquierdo no puedo moverlo.

—Lo sé.

—Esto va a ser torpe.

Una sonrisa. La primera sonrisa real que le veo en semanas, no la media sonrisa de cuando desarmé su espada ni la mueca de cuando le conté de Elspeth, sino una sonrisa completa que le abre la boca y le hace arrugas alrededor de los ojos y que dura exactamente un segundo antes de que vuelva a la expresión seria, pero ese segundo es suficiente para que vea al hombre que fue antes de que el mundo lo rompiera.

—Todo lo importante es torpe —dice, y desabrocha el broche con una precisión que delata manos que han abierto y cerrado cosas toda su vida, espadas, cerraduras, puertas, y que ahora abren esto con la misma atención que pondría en afilar una hoja.