Capítulo 18
La victoria sabe a hierro y sal
La espada de Gunn baja y el mundo se reduce al punto donde su hoja encuentra la mía.
Recibo el golpe con la claymore vertical, pero no bloqueo como he bloqueado los anteriores: dejo que la fuerza corra.
Es lo más contrario a los instintos que he construido en veintinueve días de entrenamiento, porque todo lo que Aedan me enseñó decía detener, desviar, redirigir, y lo que estoy haciendo ahora es lo opuesto, es recibir y dejar pasar, es abrir una puerta en lugar de cerrarla.
La hoja de Gunn resbala por la mía hacia abajo y su peso me empuja y yo no resisto, lo acompaño, y en el momento exacto donde su espada pasa el punto más bajo del recorrido y empieza a subir por inercia, giro.
Solo la cadera derecha.
Es un giro que no he practicado nunca, un movimiento que mi cuerpo no conoce, y lo siento como algo que viene de un sitio donde no hay músculo ni hueso sino pura necesidad.
La cadera derecha se tuerce hacia atrás con una fuerza que me quiebra algo en la columna lumbar, un crujido seco que no es un hueso rompiéndose sino una articulación forzada más allá de lo que debería moverse, y el dolor de las costillas se multiplica por diez y por cien y me borra la visión durante un instante que dura una eternidad y también dura nada.
La espalda sigue a la cadera no como una extensión natural sino como algo que se arrastra, que se forcejea, que se impone sobre el dolor con la misma brutalidad con la que una raíz rompe la piedra, y el brazo derecho, el único que queda, va arrastrado por ese movimiento como una rama llevada por una corriente que no puede detener.
La claymore sube.
No es el arco limpio del Grito del Cuervo que ejecuté aquella vez contra Aedan en el claro de la colina.
Es algo torcido, desequilibrado, feo, un movimiento que nadie calificaría de técnico en ninguna escuela de espadas de ninguna tierra.
La hoja sube por el lado izquierdo de Gunn, pero no en línea recta: describe una curva que se desvía hacia afuera porque mi espalda no gira lo suficiente, y en lugar de golpear la empuñadura de su espada, el filo de mi claymore impacta contra el lado de su mano derecha, la que sostiene el mango cerca de la guardia, y el acero corta a través de la tela del guante, la piel debajo y los tendones que conectan los dedos con el antebrazo.
Gunn suelta un sonido que no es un grito ni un gemido, sino algo más primitivo, un gruñido que sale del fondo del pecho como el de un animal al que acaban de herir, y su mano derecha se abre involuntariamente y la claymore cae de sus dedos y golpea el barro con un ruido que es el sonido más hermoso que he oído en mi vida.
La espada de Gunn está en el suelo. Mis pies están hundidos en el barro hasta los tobillos.
La cuerda de cáñamo se ha enrollado alrededor de la estaca tantas veces que apenas me permite moverme un paso en cualquier dirección.
La claymore me cuelga del brazo derecho con un peso que ya no puedo sostener y el brazo izquierdo no existe y las costillas me atraviesan el pecho como flechas rotas y la lluvia me cae en la cara y el brezo huele tan fuerte que casi me ahoga.
Gunn se mira la mano. La sangre brota de los cortes en los tendones con un flujo regular que la lluvia no logra diluir, y sus dedos se curvan hacia adentro en una posición antinatural que dice que algo importante se ha roto dentro de esa mano y que no va a volver a funcionar como antes.
Aprieta el puño con la izquierda y el puño derecho no responde: queda abierto y sangrando y colgando de la muñeca como algo que ya no le pertenece.
El círculo de piedras entra en un silencio que no es silencio realmente: es la ausencia de sonido humano en medio del sonido del agua cayendo y el viento moviendo el brezo y un cuervo que grazna en algún lugar de las colinas como si estuviera comentando lo que acaba de pasar.
Treinta hombres de los Gunn no se mueven.
Veinte personas de los Sinclair no se mueven.
Murdoch tiene el bastón levantado a medio camino de un golpe que no termina de dar, como si el tiempo se hubiera detenido en el momento exacto donde la espada de Gunn tocó el barro.
Murdoch baja el bastón. Lo apoya en el suelo con la punta y lo usa para sostenerse mientras se incorpora, y cuando su boca se abre la voz sale vieja y gastada pero lo suficientemente fuerte para que todos la oigan.
—El combate ha terminado. La espada de Malcolm Gunn ha caído al suelo por acción de la combatiente del clan Sinclair. Según la ley antigua del combate singular, la combatiente que provoca la caída del arma de su oponente es declarada vencedora.
Nadie se mueve. Ni los Gunn ni los Sinclair ni las piedras ni la lluvia.
Es como si la declaración de Murdoch flotara en el aire esperando que alguien la confirme o la niegue, y el alguien que debería confirmarla o negarla soy yo, pero yo estoy de pie en el centro del círculo con las piernas temblando y la espada que ya no puedo levantar, y la única cosa que quiero hacer en el mundo es sentarme en el barro y dejar de estar de pie porque estar de pie se ha convertido en la cosa más difícil que he hecho en mi vida.
Caigo de rodillas.
No es una caída dramática ni es una caída de rendición: es una caída de agotamiento, de un cuerpo que ha gastado todo lo que tenía y que ahora se apaga como una vela a la que le acaba de llegar el viento final.
Las rodillas golpean el barro y el impacto me hace gritar porque las costillas no perdonan ni el más pequeño movimiento brusco, y la claymore cae al suelo junto a mí con un golpe sordo que me hace temblar los dientes.
Inclino la cabeza hacia adelante y dejo que la lluvia me caiga en la nuca y en la espalda y me corra por la cara mezclada con el sudor y con algo más que podría ser lágrimas pero que no voy a nombrar porque nombrarlo lo haría real y no quiero que sea real, no quiero que nadie vea que estoy llorando después de ganar porque ganar no debería sentirse así, debería sentirse como algo más que este vacío que tengo en el pecho, este hueco donde debería haber triunfo y solo hay agotamiento y dolor y una pregunta que no puedo formular pero que está ahí, girando, preguntándome si esto fue suficiente, si mi padre está satisfecho, si Fiona está a salvo, si algo de lo que hice en los últimos veintinueve días significó algo más que sobrevivir un poco más de lo que Gunn esperaba.
Alguien se acerca. Oigo pasos en el barro, pisadas que no son de Gunn porque Gunn se está quedando de pie donde estaba con la mano derecha sangrando y la mirada fija en mí con una expresión que no puedo leer porque la visión se me borra y vuelve y se borra otra vez como una vela que vacila.
Las pisadas se detienen a mi lado y una mano toca mi hombro, la mano derecha porque la izquierda no puede, y reconozco el toque antes de reconocer la voz porque hay una forma de tocar que no se aprende en ningún entrenamiento y que solo viene de haber estado lo suficientemente cerca de alguien como para que los dedos sepan cosas que las palabras no dicen.
—Puedes levantarte —dice Aedan, y su voz no tiene el tono de quien celebra ni el tono de quien consuela: es plana, tensa, como una cuerda de arco que ha sido tensada demasiado tiempo y que no sabe si va a soltarse o a romperse.
—Dame un momento.
—Tienes que levantarte ahora. Los Gunn están mirando. No puedes quedar arrodillada delante de ellos.
Me obligo a abrir los ojos y miro hacia donde están los hombres de Gunn.
No están riendo. No están burlándose. Me miran con algo que no es respeto exactamente pero que tampoco es desprecio, es una evaluación nueva, como si acabaran de ver algo que no esperaban y no supieran todavía qué hacer con esa información.
El hombre de la cicatriz, el que cortó la cuerda del tobillo de mi padre, tiene la boca cerrada y los ojos muy abiertos y no se ríe.
Me levanto. No sola: Aedan me agarra del brazo derecho, el único que funciona, y tira con una fuerza que me saca del barro como si fuera una raíz, y cuando estoy de pie el mundo se me mueve un poco a la izquierda y luego vuelve al centro y me quedo ahí, balanceándome, con la claymore en el suelo y las manos vacías y la sangre de Gunn mezclada con mi propia sangre en la hoja que yace entre los dos como un puente rojo.
Murdoch se acerca caminando despacio con el bastón golpeando el barro a cada paso.
Se detiene frente a mí y me mira de arriba a abajo con esos ojos nublados por las cataratas que sin embargo parecen ver todo, y lo que hace entonces me pilla por sorpresa porque no es lo que hacen los ancianos después de un combate: alza el bastón y lo golpea tres veces contra el suelo, no hacia mí sino hacia Gunn, y cada golpe resuena en las piedras como un tambor fúnebre.
—Malcolm Gunn, por derrota en combate singular según la ley antigua, pierdes todo derecho sobre las tierras del clan Sinclair y sobre las personas que las habitan.
Tu presencia en estas tierras será considerada invasión a partir de este momento.
Retírate con tus hombres antes del anochecer o enfrenta las consecuencias.
Gunn no responde de inmediato. Se mira la mano otra vez, la abre y la cierra con la izquierda, y cuando levanta la vista sus ojos claros me encuentran entre la multitud y se quedan ahí, clavados en mi cara, y lo que veo en ellos no es rabia ni es derrota: es un cálculo frío, la evaluación de alguien que está decidiendo si lo que acaba de perder es temporal o permanente.
No dice nada. Se gira hacia sus hombres, dice algo bajo que no alcanzo a oír, y empieza a caminar hacia donde están los caballos con la mano derecha colgando y la izquierda apretando la espada que uno de sus hombres le ha recogido del barro.
Los Gunn se van. Los veo montar y salir de la colina por el norte con las capas rojas y negras mojadas por la lluvia y los caballos hundiendo las pezuñas en el barro con cada paso, y cuando el último de ellos desaparece detrás de la ladera, el aire que queda en el círculo de piedras se siente diferente, más ligero, como si alguien hubiera quitado una losa de encima de mi pecho.
Pero no me siento aliviada. No me siento nada.
El vacío sigue ahí, exactamente donde estaba cuando caí de rodillas, y la diferencia entre antes y ahora es que antes al menos tenía la excusa del esfuerzo físico para no sentirlo, y ahora que el esfuerzo terminó no tengo nada que poner entre mí y ese hueco.
El clan se acerca. Las mujeres primero, luego los hombres, luego Murdoch con su bastón y Kenneth con su silencio y Bhaltair con los ojos húmedos que intenta disimular parpadeando más de lo normal.
Fiona se abre paso entre las mujeres y llega hasta mí y me abraza con una fuerza que me hace gemir de dolor porque las costillas y el brazo y todo el lado izquierdo de mi cuerpo protestan a la vez, pero no la empujo, la dejo abrazarme porque necesita hacerlo y porque yo necesito que lo haga aunque me duela, y encima de su hombro veo a Isla de pie a tres pasos con los ojos brillantes y la boca apretada en una línea que es la versión de Isla de una sonrisa.
—Ganaste —dice Fiona contra mi hombro, y su voz es pequeña y temblorosa y suena a algo que podría ser risa o podría ser llanto o podría ser las dos cosas al mismo tiempo—. Ganaste, ganaste, ganaste.
—Sí —digo, y es lo único que puedo decir porque es verdad y no es verdad y no tengo energía para explicarle la diferencia.
Bhaltair me aparta suavemente de Fiona y me examina con ojos que no son de curandero pero que han visto suficientes heridas como para saber cuáles son graves y cuáles no.
Me mira el brazo izquierdo y frunce el ceño.
Me mira las costillas y el ceño se profundiza.
Me mira el hombro derecho y dice algo bajo que suena como una maldición.
—Necesita un curandero —le dice a Murdoch—. Ahora mismo.
—Que la lleven a la casa —responde Murdoch—. Que la viuda de MacBean la atienda. Mañana hablaremos de lo demás.
Kenneth se acerca y se queda frente a mí con los brazos cruzados y la cara inexpresiva de siempre, y me mira un momento largo y luego hace algo que nunca le he visto hacer a nadie: asiente.
Solo eso. Un movimiento de la barbilla que baja y sube una vez, y luego se da la vuelta y se va caminando hacia el pueblo sin decir una palabra.
Busco a Aedan con los ojos. Está donde estaba cuando me ayudó a levantarme, a tres pasos de mí, con los brazos cruzados y la espada al cinturón, y la cara que tiene es la cara de un hombre que no acaba de ver a alguien ganar un combate sino la cara de un hombre que acaba de ver a alguien no morir, y hay una diferencia entre esas dos cosas que solo se nota si has estado lo suficientemente cerca de la muerte como para distinguirla.
No se acerca. No me abraza. No dice nada.
Se queda donde está con los ojos grises fijos en mí y una expresión que no es orgullo y no es alivio y no es nada que pueda nombrar con las palabras que me quedan, y en esa expresión hay algo que duele más que las costillas y el brazo y el hombro juntos, algo que parece dolor pero que es demasiado grande para caber en esa palabra.
Bhaltair me lleva del brazo bueno hacia el borde del círculo y yo camino con las piernas que responden pero que se hunden en el barro con cada paso como si la tierra no quisiera soltarme, como si el círculo de piedras me estuviera reteniendo porque sabe que lo que acabo de hacer aquí no se termina cuando se cruza la línea de los monolitos, sino que se va a quedar conmigo para siempre como las cicatrices que ahora llevo en el brazo y en las costillas y en algún lugar dentro del pecho donde el vacío sigue sin nombre.
Antes de salir del círculo me detengo y me giro.
Miro la estaca de roble, la cuerda de cáñamo enrollada alrededor, las marcas en el barro donde nuestros pies se han hundido y girado y deslizado durante los minutos que duró el combate, y la mancha de sangre de Gunn que la lluvia aún no ha borrado del todo.
Es un lugar que va a seguir ahí después de que me vaya, un lugar donde la hierba no va a crecer igual durante años porque la tierra recuerda lo que pasó sobre ella, y yo voy a recordar también, no como una victoria sino como lo que fue: un momento donde casi no fue suficiente, donde el Grito del Cuervo falló la primera vez y tuve que inventar algo que no existía, y donde la diferencia entre vivir y morir fue el grosor de un tendón en la mano derecha de un hombre que cojea.
No es heroico. No es hermoso. Es lo que es.
Sigo caminando.