Venganza en las Highlands Capítulo 17
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Capítulo 17

El Grito del Cuervo

Dejo caer la punta de la espada hasta que roza el barro.

Es un gesto pequeño, casi imperceptible, pero en el lenguaje de un combate a muerte es un grito: estoy cansada, mi brazo ya no aguanta, la guardia se me viene abajo.

Gunn lo lee al instante porque es lo que ha hecho toda su vida, leer a los hombres que están a punto de romperse, y su postura cambia de una forma que no es obvia pero que yo noto porque pasé veintinueve días aprendiendo a notar cosas que no son obvias: relaja los hombros un grado, separa los pies medio paso más, y la claymore sube a una posición que no es de ataque sino de finalización, la posición de quien se prepara para dar el último golpe y volver a casa.

Va a golpear de arriba. Lo sé antes de que lo sepa él.

Pero no lo intento inmediatamente. Porque si lo hago ahora, con el brazo izquierdo colgando como un muerto atado a mi hombro, el giro va a salir torcido.

Lo sé como sé que el brezo huele más fuerte cuando va a llover: no por pensamiento, sino por un conocimiento que se instaló en el cuerpo durante las miles de repeticiones y que ahora me dice con una claridad que no admite discusión que el Grito del Cuervo necesita dos brazos o necesita algo que los reemplace.

Gunn lanza el golpe. No es el último golpe que esperaba: es un ataque medio, una prueba, un gesto para ver si bajo la guardia más de lo que ya he bajado.

Lo paro con el brazo derecho y el impacto me hace morder el interior de la mejilla hasta que el sabor a sangre se mezcla con el de la lluvia.

No estoy fingiendo el cansancio. Lo estoy exagerando, lo cual es diferente, y la diferencia es importante porque si exagero demasiado Gunn lo notará y dejará de creerme, y si no exagero lo suficiente no podré usar la sorpresa cuando llegue el momento.

Necesito algo más. Necesito que Gunn deje de ser cauto y empiece a ser arrogante, porque la arrogancia es la única puerta que puedo abrir lo suficiente para que quepa el Grito del Cuervo adaptado que todavía no existe, pero que tengo que inventar antes de que mi brazo derecho deje de funcionar.

Lo miro a los ojos por primera vez desde que empezó el combate.

Hasta ahora había evitado el contacto visual porque los ojos no me decían nada útil sobre los golpes, pero ahora busco otra cosa: busco la dirección de su mirada.

Aedan nunca me enseñó a leer los ojos porque los ojos mienten más que los hombros, pero los ojos de un hombre que nunca ha necesitado ocultar lo que hace son diferentes a los de un hombre que tiene algo que perder, y Gunn no tiene nada que perder, y eso significa que quizá, solo quizá, sus ojos no mientan porque nunca aprendieron a hacerlo.

Gunn lanza otro golpe, este desde la derecha, un corte diagonal que bloqueo con un ángulo que me duele en el hombro.

Pero antes de que la espada se mueva, sus ojos van al lugar donde va a golpear.

No una mirada larga: un destello, una fracción de segundo donde la pupila se desplaza hacia mi costado izquierdo antes de que el brazo empiece a moverse.

Es sutil. Es tan sutil que si no lo estuviera buscando no lo notaría. Pero lo noto.

Otro golpe. Mis ojos van a los suyos en lugar de ir a sus hombros.

La pupila se mueve hacia abajo y a la derecha, y un instante después la espada viene de abajo a la derecha.

Lo bloqueo. Otro golpe. Los ojos van al centro de mi pecho y la espada viene recta, una estocada que desvío girando el cuerpo, y la cuerda se tensa y se suelta y el giro me pone en una posición desde la cual puedo ver su perfil completo: la forma en que su barbilla se inclina ligeramente hacia abajo cuando prepara un golpe pesado, la forma en que los párpados se estrechan cuando apunta a algo específico.

Lo hiero.

No es un golpe limpio ni es un golpe que planee.

Mi espada se mueve porque mi cuerpo ve una apertura que mi mente no ha procesado todavía: Gunn termina un corte horizontal y sujeta la espada con ambas manos a la altura del pecho, y hay un instante, un solo instante, donde su costado derecho queda expuesto porque el brazo que debería protegerlo está extendido por el impulso del corte.

Mi claymore no está en posición para un golpe limpio, así que lo que hago es más un empujón que un corte; la punta de la hoja se clava en la tela de su túnica y la rasga desde la última costilla hasta la cadera.

No es profundo. La tela retiene la mayor parte de la fuerza y lo que llega a la piel es un arañazo que sangra pero que no pone en peligro nada.

Gunn mira su costado como si no pudiera creer lo que acaba de pasar. Es la primera vez que alguien le saca sangre en un combate en quince años, y su cara no muestra dolor sino incredulidad, como si la espada que le rasguñó la piel hubiera violado una ley que él daba por inmutable.

—¿Eso es todo? —dice, y su voz ha perdido la calma de gato y tiene ahora un borde áspero que no estaba ahí antes.

No respondo. Responder es gastar aire. Pero sonrío, no con la boca sino con los ojos, y ese gesto pequeño le dice más que cualquier palabra: puedo tocarte. Puedo hacerte sangrar. No eres invencible.

Se lo dice el brezo. Se lo dice el barro bajo sus pies.

Se lo dice la cojera que intenta ocultar y que cada vez que empuja para golpear se delata un poco más porque la tierra blanda no le perdona lo que el suelo firme le perdonaba.

Se lo dice el rasguño en su costado, de donde un hilo rojo gotea por la tela de la túnica.

Gunn ataca con más furia y menos técnica.

Los golpes llegan más rápidos pero más descuidados, y cada uno que bloqueo me dice que está perdiendo algo que no puede recuperar: la compostura, la paciencia, la certeza de que esto va a acabar como todos los combates anteriores.

Y cada golpe que bloqueo me cuesta más que el anterior porque mi brazo derecho está llegando al límite que Aedan describió aquella vez que me hizo sostener la espada siete minutos seguidos, ese punto donde el temblor empieza y no se detiene hasta que bajas el arma.

Lo hiero otra vez. Esta vez es más deliberado: Gunn lanza un golpe descendente que bloqueo con la espada vertical, y cuando su hoja resbala por la mía hacia abajo, su torso se inclina hacia delante y su cuello queda expuesto por un instante que no dura ni medio segundo.

Mi espada sube, no un corte limpio sino una sacudida desesperada que le abre un surco en el lado del cuello, poco profundo, pero suficiente para que la sangre corra por encima de la clavícula y manche la lana de su túnica con un rojo que se oscurece tan pronto como la lluvia lo toca.

El clan Sinclair grita. Esta vez sí distingo palabras: mi nombre, y algo que suena como una oración, y la voz aguda de Fiona que grita algo que no puedo entender pero que me llega como un puñetazo en el estómago porque suena a esperanza, y la esperanza es peligrosa cuando estás en medio de un combate a muerte.

Gunn se toca el cuello con la mano libre y mira la sangre en sus dedos con una expresión que ya no es incredulidad sino algo más cercano a la rabia pura, la rabia del hombre al que acaban de hacer algo que nadie se atrevió a hacerle en una década y media.

Aprieta los dientes y los músculos de su mandíbula se marcan como cuerdas bajo la piel, y la forma en que aprieta la claymore cambia: los nudillos se ponen blancos y los brazos se tensan hasta que las venas del antebrazo sobresalen como ríos en un mapa.

Viene el golpe. Lo veo antes de que empiece a moverse porque sus ojos van arriba, hacia mi cabeza, y luego la espada sube por encima de su hombro derecho en un arco que es más largo y más abierto que los anteriores, un golpe descendente que trae todo el peso de su cuerpo detrás.

Es el golpe que estaba esperando. Es el golpe que necesita el Grito del Cuervo.

Lo intento.

Recibo el golpe en la espada, dejo que la fuerza corra por la hoja como aprendí, empiezo el giro con la cadera derecha, pero el brazo izquierdo no acompaña.

El giro se descompensa en la fracción de segundo donde debería ser fluido, la espalda se tuerce más de lo que debería para compensar el peso muerto del brazo, y la hoja sube en un arco que no llega al punto correcto.

En lugar de golpear la empuñadura de Gunn, la claymore pasa por el aire a un palmo de sus manos y el impulso del giro me deja de espaldas a él con el equilibrio perdido y la espada fuera de posición.

No caigo. Pero casi.

Gunn no desaprovecha la oportunidad. Su pie derecho se hunde en el barro al pivotar para golpear, y la cojera le roba el medio segundo que necesita para que el golpe sea limpio, así que lo que llega es un golpe lateral que no tiene toda su fuerza pero que tiene la suficiente para impactarme en las costillas del lado izquierdo.

El dolor es inmediato y total, una explosión que me cruza el pecho de lado a lado como una barra de hierro al rojo vivo, y el aire sale de mis pulmones con un sonido que no es un grito sino un vaciado, como si alguien hubiera abierto una válvula y todo lo que había dentro se hubiera derramado de golpe.

Me doblo. No caigo, pero me doblo, con la claymore apoyada en el suelo y la mano libre apretada contra las costillas como si pudiera contener el dolor con la presión de los dedos.

Respirar duele. No duele como el brazo ni como el hombro: duele como algo que está roto por dentro, y cada inhalación es una decisión consciente de abrir una puerta que no quiero abrir porque detrás hay dolor esperando.

El clan no grita esta vez. El silencio es peor que los gritos.

—Respira.

La palabra de Aedan cruza el círculo y me llega como si la hubiera susurrado al oído.

Respiro. No porque quiera, sino porque es lo único que puedo hacer que no sea caer, y respiro aunque cada vez que el aire entra las costillas protesten con un dolor que me borra la visión por un segundo y me la devuelve con manchas de color que bailan frente a mis ojos como moscas en verano.

Gunn está a tres pasos de mí con la espada levantada, pero no ataca inmediatamente.

Me mira con la boca abierta y la sangre corriendo por el cuello y el costado, y su pecho sube y baja con una rapidez que delata que tampoco está tan fresco como aparenta, que los golpes que le di y el movimiento constante en tierra blanda le están cobrando un precio que no esperaba pagar.

Y entonces lo entiendo.

El Grito del Cuervo no funciona con dos brazos porque solo tengo uno.

Pero no necesito dos brazos si cambio lo que el giro hace con el cuerpo.

Si en lugar de girar con la cadera y dejar que la espalda y los brazos sigan, giro solo con la cadera derecha y dejo que la espalda haga el trabajo que el brazo izquierdo debería hacer, el giro será más cerrado, más doloroso, más desequilibrado, pero la espada recorrerá el arco necesario porque la espalda tiene más fuerza que cualquier brazo y la cadera es el motor que Aedan siempre dijo que era.

Nunca lo practicé. Nunca lo intenté. Voy a hacerlo por primera vez en el único momento donde fallar significa morir, y lo único que impide que el miedo me paralice es el dolor de las costillas, que es tan grande que no deja espacio para otro miedo.

Me enderezo. Cueste lo que cueste. Las costillas gritan y la visión se me nubla y el brazo izquierdo cuelga y el derecho tiembla y la claymore pesa lo que pesaría un caballo muerto si pudieras sostenerlo por la crin. Pero me enderezo.

Gunn me ve hacerlo y algo cruza su cara que no es sorpresa ni es rabia: es respeto, un respeto pequeño y reacio, como el que se le da a un perro que sigue ladrando después de que lo hayan golpeado.

—Insistente —dice, y escupe sangre al suelo entre nosotros—. Mereces algo mejor que morir en el barro.

Lanza el golpe. De arriba. Con todo su peso. Con toda su furia. Con toda la certeza de un hombre que ha hecho esto cientos de veces y que no puede imaginar que esta vez va a ser diferente.

La espada baja.