Venganza en las Highlands Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

No porque él me lo diga, sino porque es lo único que puedo hacer que no sea quedarme aquí esperando que la espada de Gunn baje.

Respiro y el aire entra frío y húmedo y lleno del olor del brezo, y ese olor desata algo que estaba amarrado dentro de mí, algo que no es la furia que Aedan dice que me salva sino otra cosa más oscura y más limpia: rabia contra mí misma.

Rabia por haber pensado en Fiona cuando debía pensar en la espada.

Rabia por haberme ido tres días a verla y haber perdido ese tiempo.

Rabia por no haber entrenado lo suficiente, por no haber leído los golpes, por haber caído como una novata en el primer combate real de mi vida.

Rabia pura y autoinfligida que no tiene nada de heroico y que, sin embargo, hace lo que la rabia heroica no podía: me limpia la cabeza de todo lo que no es este momento, este suelo, esta espada a un metro de mi mano.

Alcanzo la claymore. Mis dedos se cierran alrededor de la empuñadura y el acero está resbaladizo por la lluvia, pero lo aprieto con todo lo que tengo, que no es mucho porque el brazo derecho protesta donde Gunn me golpeó y el izquierdo ya es casi inútil, pero es suficiente para levantar la hoja del barro.

Gunn no ha bajado su espada. Me está mirando con algo que podría ser sorpresa, como si no esperara que me moviera tan rápido del suelo, y en esa sorpresa hay una apertura, un instante donde su guardia no es perfecta, y mi cuerpo lo ve antes de que mi mente lo procese.

No lo ataco. No es el momento. Me levanto del barro con la espada delante y los pies buscando firmeza en la tierra blanda, y la cuerda queda floja otra vez porque el giro que di al caer me dio vuelta alrededor de la estaca y ahora tengo espacio.

Gunn recupera su expresión de gato en menos de un segundo y vuelve a la guardia, pero algo cambió en la forma en que me mira. Antes me evaluaba con curiosidad fría. Ahora me evalúa con atención, como si acabara de descubrir que el ratón tiene dientes.

—Bien —dice, y la palabra suelta un poco de la presión que mantiene sobre su espada—. Pensé que te quedarías ahí.

—Pensaste mal.

Es todo lo que digo. No tengo aire para más.

El brazo izquierdo cuelga a mi costado con un peso que ya no es solo entumecimiento: es como si alguien lo hubiera reemplazado por un trozo de madera mojada que cuelga del hombro y responde cuando quiere y deja de responder cuando no quiere.

El derecho funciona, pero duele, un dolor sordo en el hueso del hombro que me dice que el golpe de plano dejó un moretón que va a incapacitar ese brazo si recibe otro impacto similar.

Gunn lanza otro golpe descendente. Lo paro, pero el brazo izquierdo no acompaña el bloqueo como debería y el impacto me desplaza tres pasos hacia la derecha.

Giro. La cuerda se enrolla alrededor de la estaca y gano distancia.

Él avanza, sus pies hundiéndose más que los míos en el barro blando, y cada vez que pisa y empuja para golpear hay un microsegundo donde su pie derecho se hunde un poco más profundo de lo normal porque el pie malo no tiene la fuerza para sostener el peso de forma limpia.

Es una fracción de segundo, casi invisible, pero mis ojos la encuentran porque la buscan.

Aedan tenía razón. La tierra blanda es mía. No porque me dé ventaja, sino porque le quita la suya.

Otro golpe. Lo paro. Giro. Otro. Lo desvío con un ángulo que no es limpio pero que funciona.

Mi brazo derecho empieza a pesar, el cansancio se acumula en los músculos como sedimento en un río, y sé que tengo un límite que se está acercando más rápido de lo que necesito.

El brazo izquierdo ya no es un factor: lo ignoro, lo dejo colgar, adapto mi postura para depender solo del derecho, y eso me hace más predecible pero también más estable porque no estoy esperando algo de un brazo que no va a responder.

Gunn nota el cambio. Su expresión se ajusta, se vuelve más calculadora, y empieza a atacar desde la izquierda, mi lado muerto, porque sabe que no puedo cubrir ese flanco.

El primer golpe que lanza desde ahí me obliga a girar todo el cuerpo para interceptarlo, un movimiento grande que gasta energía que no tengo, y el segundo y el tercero me fuerzan a hacer lo mismo, y en cada giro la cuerda se tensa y se suelta, la claymore se vuelve más pesada, el brezo huele más fuerte y el dolor del hombro derecho sube un grado cada vez que bloqueo un golpe.

No puedo seguir así. Si Gunn sigue atacando mi lado izquierdo, voy a gastar toda mi energía en girar y cuando se acabe no tendré nada para el Grito del Cuervo.

Necesito que cambie su patrón, que deje de atacar el lado muerto y vaya a otro donde pueda leerlo mejor, y la única forma de hacerlo es darle una razón.

Finjo una apertura. Bajo la espada un centímetro más de lo necesario al bloquear un golpe, dejo un espacio en mi guardia derecha que no debería estar ahí, un hueco que cualquier espadachín con experiencia notaría y explotaría.

Gunn lo nota. Sus ojos pasan por la apertura y vuelven a mi cara, y luego van a la apertura otra vez, evaluando si es real o es trampa.

Decide que es real. Quizá porque no cree que una niña con un brazo muerto sea capaz de fingir algo tan sutil.

Quizá porque su propia confianza le impide imaginar que alguien en mi posición estaría tramando algo en lugar de simplemente sobrevivir.

Golpea hacia mi derecha. Lo paro limpiamente porque el brazo derecho todavía funciona cuando el ángulo es el correcto, y por primera vez en todo el combate estoy en una posición que reconozco, una posición que he practicado, un ángulo que mis ojos saben leer.

Su hombro se mueve antes que el brazo. Su peso se desplaza hacia delante.

Y en la fracción de segundo donde su cuerpo le dice al mundo entero lo que va a hacer, veo la apertura para el Grito del Cuervo.

No la tomo. Aún no.

Porque el brazo izquierdo no va a acompañar el giro, y si intento el Grito del Cuervo como lo practiqué, el giro de cadera va a salir descompensado y la espada no va a llegar donde necesita llegar.

Necesito algo que no he practicado, una versión del movimiento que no existe porque nadie me la enseñó, y voy a tener que inventarla en medio de un combate a muerte con un hombre que me ha cortado y golpeado y que puede matarme en el siguiente segundo si me equivoco.

Pero antes de poder intentarlo, necesito que Gunn vuelva a golpear de arriba. Necesito el golpe descendente. Y para conseguirlo, necesito que crea que estoy cansada, que estoy al límite, que ya no tengo nada que oponerle.

No es difícil fingirlo. Porque no es del todo mentira.