Capítulo 16
El primer sangrado
Caminamos hacia el centro del círculo al mismo tiempo, Gunn desde el este y yo desde el oeste, y la tierra bajo mis botas es más blanda de lo que esperaba; cada pisada se hunde medio dedo en el barro y hace un sonido que la llovizna no logra cubrir.
La cuerda de cáñamo se arrastra detrás de mí como una cola de serpiente muerta y el peso de la claymore en mi mano derecha es el mismo de siempre y, al mismo tiempo, es un peso que nunca he llevado, porque hoy el acero no es para practicar y lo que corte no se va a curar con hierbas y vendas.
Gunn llega al centro primero porque sus piernas son más largas y su paso es más seguro, o eso parece, aunque yo ya noté la cojera y sé que esa seguridad es una fachada construida sobre un pie que no funciona como debería.
Se queda de pie junto a la estaca de roble con las manos a los lados y la claymore todavía en la espalda, y me espera con esa expresión de gato que ya conozco, esa calma que no es calma sino indiferencia alimentada por demasiadas victorias.
Llego a unos tres pasos de él y me detengo.
Murdoch se acerca desde el borde del círculo con un cuchillo ritual sin filo, lo pasa por la hoja de mi claymore tres veces mientras dice palabras que no escucho porque estoy mirando a Gunn por encima del hombro del viejo, y luego hace lo mismo con la espada de Gunn.
La ceremonia termina y Murdoch se retira, y los dos nos quedamos solos en el centro del círculo de piedras con la lluvia cayendo sobre nosotros y el brezo oliendo tan fuerte que casi puedo saborearlo.
Gunn desenvaina su claymore con un movimiento que es lento, casi deliberado, como si quisiera que todos la vieran antes de usarla.
La hoja es más larga que la mía por casi un palmo, ancha y pesada, con un filo que la lluvia convierte en una línea de plata líquida.
La sostiene con ambas manos y la gira una vez en el aire, un movimiento innecesario que sirve para calentar el brazo y para mostrar, y el sonido que hace al cortar el aire es un siseo bajo que se pierde en la llovizna.
Desenvaino la mía. Las manos no me tiemblan.
Están firmes, más firmes de lo que espero, como si el cuerpo hubiera decidido que el miedo es un lujo que no puede permitirse ahora mismo.
La claymore de mi padre se siente diferente en mis manos de las veces que la sostuve antes de esto: más pesada, más real, como si hasta hoy hubiera sido un objeto y de repente se hubiera convertido en una extensión de algo que soy.
—¿Lista, pequeña? —pregunta Gunn, y la palabra «pequeña» no suena como un insulto sino como una descripción, como quien dice que el cielo es gris o que el barro es blando, simplemente constatando un hecho que no merece más atención que esa.
Levanto la espada a la altura del hombro, filo hacia afuera, pies separados a la anchura de los hombros, peso distribuido. La posición que Aedan me corrigió miles de veces. La posición que mi cuerpo conoce sin que la mente intervenga.
Murdoch golpea el bastón una vez.
Gunn ataca antes de que el eco se apague.
No es como en el entrenamiento. Nada es como en el entrenamiento.
En el entrenamiento, los golpes llegan de ángulos que puedo leer, con una cadencia que puedo predecir, desde un cuerpo que me da fracciones de segundo para reaccionar.
Lo que hace Gunn no tiene ángulos porque no parece venir de ningún lado específico: simplemente aparece, como si la espada estuviera en un sitio y de repente estuviera en otro sin que nadie la viera moverse.
Paro el primer golpe con la espada horizontal y el impacto me empuja hacia atrás un paso, dos; la cuerda se tensa detrás de mí y recuerdo lo que Aedan dijo y giro en lugar de tirar, y el giro me salva del segundo golpe, que pasa tan cerca de mi cuello que siento el viento de la hoja en la oreja.
No puedo leer sus hombros. No puedo leer su cadera.
Todo lo que Aedan me enseñó sobre leer el cuerpo del oponente funciona hasta que llega el momento de usarlo, y entonces se desvanece como humo porque Gunn no anuncia sus golpes de la forma en que lo hacen los hombres normales.
Golpea cuando quiere, como quiere, desde donde quiere, y la única razón por la que sigo en pie es porque mi cuerpo reacciona sin que la mente participe: bloqueando por instinto, retrocediendo por reflejo, girando por pura necesidad de no morir.
El quinto golpe me alcanza.
Viene de la izquierda, bajo, un corte horizontal que no esperaba porque los golpes horizontales bajos no son los que un hombre de su tamaño suele usar, y mi espada no está donde debería estar para interceptarlo.
La hoja de Gunn me abre el exterior del brazo izquierdo desde el codo hasta la muñeca, un corte que no es profundo pero que es largo, y el dolor no llega inmediatamente: primero viene el calor, un chorro de calor húmedo que baja por el antebrazo como agua tibia, y luego el dolor, agudo y blanco, que sube desde la herida hasta el hombro y me hace apretar los dientes con tanta fuerza que siento un molar crujir.
El clan grita detrás de mí. No escucho palabras, solo un sonido colectivo que sube y baja como una ola, y en algún lugar dentro de ese sonido creo oír la voz de Aedan diciendo algo que no puedo distinguir porque la sangre me late en los oídos con un ritmo que ahoga todo lo demás.
No miro la herida. Mirar la herida es perder un segundo, y un segundo es más de lo que Gunn me va a dar.
Levanto la espada con el brazo derecho, que todavía funciona, que todavía responde, y me pongo en guardia otra vez.
Pero algo cambió. El brazo izquierdo, el que no sostiene la espada pero que equilibraba mi postura, ya no es el mismo.
Empieza a pesarme, no con el peso de la carne sino con un entumecimiento que se extiende desde la herida como si alguien hubiera vertido plomo dentro de la piel, y cuando intento mover los dedos de la mano izquierda, responden tarde, como si el mensaje del cerebro tuviera que cruzar un río que antes no estaba ahí.
Gunn no se lanza otra vez de inmediato. Se queda a dos pasos de mí con la espada baja y me mira con la cabeza inclinada, como si estuviera evaluando algo que acaba de aprender sobre mí.
No sonríe. No se burla. Simplemente observa, y esa observación es peor que cualquier burla porque significa que está pensando, ajustando, calculando.
—Duele —dice, y no es pregunta—. Pero no es mortal. ¿Quieres que paremos y lo vendemos? Puedes rendirte ahora y nadie te culpará. Eres una niña con una espada demasiado grande. Nadie espera que ganes.
No respondo. Responder es gastar aire y el aire se me está acabando más rápido de lo que debería. Respiro como me enseñó Aedan, desde el diafragma, lento, controlado, y el dolor del brazo se reduce un poco; no desaparece, pero se vuelve tolerable, algo que puedo llevar sin que me doble la espalda.
Gunn ataca de nuevo. Esta vez el golpe viene de arriba, un golpe descendente pesado que usa todo el peso de su cuerpo, y lo paro con la espada vertical, pero el entumecimiento del brazo izquierdo me desequilibra porque, sin el contrapeso de ese lado, el impacto me empuja donde no quiero ir.
Mis pies se hunden en el barro, la cuerda se tensa, giro, y logro esquivar el segundo corte que sigue al primero por un margen que no puedo medir pero que siento como el paso de una sombra junto a mi cara.
Y entonces, en la fracción de segundo entre un golpe y el siguiente, mi mente hace algo que no debería hacer.
Fiona.
Pienso en Fiona. No en la técnica, no en el ángulo, no en los pies de Gunn ni en la cuerda ni en el barro.
Pienso en su cara el día que la vi tender la ropa, en las manos rojas y agrietadas, en el temblor que intentaba esconder cuando apretaba la horquilla de madera.
Pienso en lo que Gunn le dijo a Isla al oído, en lo que esos hombres harían si yo no estuviera aquí, y ese pensamiento, ese único pensamiento que no debería estar en mi cabeza en este momento, abre una puerta que no debería estar abierta.
Gunn lo ve. No sé cómo lo ve, pero lo ve, porque su siguiente golpe no viene de arriba ni de los lados: viene directo, una estocada horizontal que apunta al centro de mi pecho con una precisión que no había mostrado hasta ahora, y yo no estoy lista para ella porque mi mente estaba en otro lugar y mi cuerpo no recibió la orden a tiempo.
La hoja me golpea en el hombro derecho, no de filo sino de plano, un golpe que no corta pero que transmite toda la fuerza de su brazo directamente al hueso, y el impacto me levanta del suelo y me tira de espaldas.
Caigo mal, sin control, la espalda contra el barro y la claymore volando de mi mano, y la cuerda tirando de mi tobillo con un tirón que me hace gritar de dolor porque el pie se tuerce en la dirección equivocada antes de que pueda girar.
Estoy en el suelo. La lluvia me cae en la cara, el barro me empapa la espalda, la claymore está a un metro de mi mano derecha y Gunn está de pie sobre mí con la espada levantada y su sombra cubriendo mi cuerpo como un sudario.
El clan grita. Esta vez sí escucho palabras, oigo mi nombre una y otra vez, y en medio del ruido distingo la voz de Aedan, una sola palabra que cruza el círculo como una piedra lanzada con fuerza.
—Respira.
Respiro.