Venganza en las Highlands Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Gunn mira hacia mí desde el centro del círculo y yo lo miro desde el borde, y la distancia entre nosotros es de unos quince pasos pero se siente más corta, como si el aire dentro del círculo de piedras estuviera comprimido y todo estuviera más cerca de lo que debería.

Murdoch golpea el bastón en el suelo tres veces. El sonido rebota en las piedras y vuelve multiplicado, un eco que parece venir de todas las direcciones a la vez.

—El combate se realizará según la ley antigua —dice Murdoch con la voz de quien ha hecho esto antes aunque no lo ha hecho en muchos años—.

Armas: claymore de cada combatiente, sin armadura.

Atadura: cada combatiente amarrará su pie derecho a la estaca central con cuerda de cáñamo de tres brazas de longitud, lo que permite moverse dentro del círculo pero no salir de él.

Testigos: los presentes de ambos clanes.

Termina cuando uno de los dos no pueda sostener su arma o deje de moverse.

¿Ambos combatientes aceptan estas condiciones?

—Acepto —dice Gunn, sin vacilar.

Todos los ojos se vuelven hacia mí. Las mujeres del clan detrás, Bhaltair a mi lado, los hombres de Gunn al otro lado del círculo, y en el centro Murdoch y Kenneth y las piedras milenarias que han visto esto antes y que van a verlo otra vez.

Aedan está a mi derecha, un paso detrás de mí, donde debe estar un segundo.

No me toca. No me dice nada. Pero está ahí, y su presencia es lo que me permite abrir la boca y hacer que salga la palabra.

—Acepto.

Murdoch asiente y se retira del centro del círculo.

Gunn se queda ahí un momento más, mirándome, y luego se gira y camina hacia su lado con ese paso que ya conozco, la cojera mínima en el pie derecho, la espalda recta, la claymore en la espalda.

Antes de llegar a sus hombres, se detiene y se gira de nuevo.

—¿Eres tú la que entrenó con el renegado Robertson? —pregunta, y su voz cruza el círculo sin esfuerzo—. Me dijeron que andabas con un Robertson. No sabía que quedara ninguno vivo.

Nadie responde. El silencio que sigue es el silencio de treinta hombres de los Gunn y veinte de los Sinclair que han dejado de respirar al mismo tiempo porque todos saben lo que significa esa pregunta: Gunn sabe quién me entrenó.

Y si lo sabe, también sabe lo que Aedan me enseñó, o al menos parte de lo que me enseñó, y eso borra cualquier ventaja de sorpresa que pudiera haber tenido.

—Curioso —dice Gunn, y la sonrisa que le cruza la cara no es amable ni es cruel: es la sonrisa de alguien que ha encontrado un detalle interesante en un juego que ya sabía que iba a ganar—. Un renegado y una niña. Qué combinación.

Se da la vuelta y se une a sus hombres. Aedan no ha dicho una palabra. Cuando me giro para mirarlo, su cara es una máscara que no me dice nada, pero sus manos, bajas junto a los muslos, están apretadas en puños tan fuertes que los nudillos son blancos.

—Si sabe que eres tú —susurro—, sabe lo que me enseñaste. El Grito del Cuervo...

—El Grito del Cuervo es mío —responde, y su voz es tan baja que casi no la oyo—. Pero nadie más lo ha visto ejecutado salvo tú. Puede saber que me entrenaste. No puede saber qué te enseñó. A menos que alguien más se lo haya dicho.

La frase cuelga en el aire entre nosotros y ambos pensamos en Rory al mismo tiempo, en la carta que envió a Gunn describiendo el entrenamiento, en lo que pudo o no pudo haber incluido en ese mensaje. No lo sabemos. Y no hay forma de saberlo antes de entrar al círculo.

—¿Qué hacemos? —pregunto.

—Lo que planeamos. Nada cambia.

—Todo cambia si sabe lo que viene.

—No sabe lo que viene, Rowena. Sabe que un Robertson te entrenó.

Los Robertson tenemos reputación con la espada, eso es todo.

Puede suponer que te enseñé bien, puede suponer que te enseñé mal, puede suponer lo que quiera.

Pero hasta que vea el Grito del Cuervo, no sabe que existe.

Y cuando lo vea, si lo haces, va a ser demasiado tarde para que haga algo al respecto.

Me dice esto con una certeza que no siento, y quiero creerla porque necesito creer algo en este momento donde todo se siente como si se estuviera desmoronando, así que asiento y camino hacia el borde del círculo donde Bhaltair me espera con la cuerda de cáñamo y el torzal.

Nos quedamos en nuestro lado del círculo durante una hora que se estira como cuerda mojada.

Los hombres de Gunn hacen un pequeño fuego que la lluvia no deja crecer, y los del clan Sinclair se agrupan detrás de las piedras sin hablar mucho.

Fiona aparece en algún momento de la mano de Isla, y cuando me ve se le llenan los ojos de lágrimas que no caen, y aprieta la mano de Isla con tanta fuerza que puedo ver los nudillos blancos desde donde estoy.

No puedo ir a abrazarla. No puedo cruzar el círculo.

Solo puedo mirarla desde aquí y esperar que entienda que todo lo que estoy a punto de hacer es por ella.

Murdoch se acerca a mí cuando falta menos de una hora.

—El combate empieza cuando el sol toque la piedra del este —dice, señalando el monolito más alto del círculo—. Eso será en unos cincuenta minutos. Tu segundo te ayudará con la atadura. ¿Tienes algo que decir antes?

Miro las piedras, la estaca de roble, la cuerda que va a amarrarme a este punto como se amarró mi padre, y luego miro a Murdoch con los ojos secos y la mandíbula firme.

—No —digo—. Solo que cuando termine, mi padre va a dejar de estar en el suelo de ese salón. Esta noche lo entiero.

Murdoch asiente una vez y se retira. Aedan se acerca y se arrodilla frente a mí con la cuerda de cáñamo en las manos.

Sus dedos envuelven mi tobillo derecho con una precisión que no es la de un instructor que amarra a su alumna: es la de alguien que está tocando algo que no quiere lastimar, y el nudo que hace es firme pero no aprieta, lo suficiente para sostener pero no lo suficiente para cortar la circulación.

—Recuerda —dice, todavía arrodillado, con la vista fija en el nudo y no en mi cara—. Tres brazas de longitud. Puedes moverte por todo el círculo pero no salir. Si la cuerda se tensa, no tires: gira. Si giras con la cuerda tensa, te ahorcas el pie. Si giras con la cuerda floja, ganas espacio.

—Lo sé.

—El brezo huele más fuerte. La tierra va a estar blanda. Él es más pesado: sus pies se hundirán más que los tuyos. Cada vez que golpee y falle, va a perder un segundo recuperando el equilibrio. Esos segundos son tuyos. No los desperdicies.

—Lo sé.

Se levanta y por fin me mira a los ojos.

Hay algo en su cara que no es la máscara de siempre ni es la compasión que mostró cuando me contó de Elspeth, es otra cosa que no tengo tiempo de nombrar porque el sol acaba de tocar la piedra del este y un rayo de luz gris atraviesa la llovizna y cae sobre el centro del círculo como un dedo señalando el lugar donde todo va a pasar.

Murdoch golpea el bastón tres veces.

Los combatientes, al círculo.