Venganza en las Highlands Capítulo 15
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Capítulo 15

El camino a la colina de piedras

Llueve desde antes del amanecer. No es la lluvia gruesa que me tuvo sentada bajo la puerta de la cabaña aquella noche, sino una llovizna fina y persistente que moja sin que lo parezca, que te encuentra empapado cuando ya es tarde para buscar refugio.

El cielo es del color de la piedra mojada y no hay horizonte, solo una gradación de grises que se confunde con las colinas hasta que no sabes dónde termina el mundo y empieza el cielo.

Bhaltair llega a la cabaña antes de que el sol termine de salir, aunque el sol no ha salido realmente, solo ha dejado de estar completamente oscuro.

Trae mi claymore envuelta en tela de lino y un torzal de cuerda de cáñamo que sirve para atar al tobillo según la antigua costumbre.

Me tiende ambas cosas sin decir nada y yo las tomo sin decir nada.

Aedan sale de la cabaña con su espada al cinturón, la verdadera, y lleva la camisa limpia y el pelo recogido detrás de la nuca con una tira de cuero, la primera vez en veintinueve días que lo veo con un aspecto que no es el de un hombre que se ha rendido a la desidia.

Se ha afeitado la barba. La cara que queda es más angular de lo que recordaba, con la mandíbula marcada y una cicatriz pequeña en la línea del maxilar que la barba escondía.

—¿Lista? —pregunta.

—No —respondo—. Vamos.

El camino a la colina de piedras no es el mismo sendero que subo cada día para entrenar.

Es una ruta más ancha que cruza las tierras bajas del clan antes de subir por el flanco norte de la colina más grande del territorio Sinclair, un montículo que desde aquí parece un hombro de tierra cubierto de brezo morado.

El brezo está en flor a pesar de la lluvia, y el olor que sale de las matas es intenso, dulce con un toque ácido que se pega a la garganta como miel mezclada con limón.

Es un olor que conozco desde niña, el olor de estas tierras en época de lluvias, y esta mañana es más fuerte de lo normal, tan fuerte que casi puedo saborearlo en la lengua.

—El brezo huele más fuerte cuando va a llover —dice Aedan a mi lado, con la voz baja como si no quisiera que nadie más lo oyera—.

Va a llover de verdad dentro de poco. Usa eso.

Cuando el brezo huele así, la tierra se vuelve más blanda, los pies se hunden, y los hombres pesados pierden estabilidad. Gunn pesa más que tú. Recuérdalo.

Asiento y aprieto la claymore contra mi costado, envuelta en el lino como un cuerpo que no quiero que vean desnudo hasta que sea necesario.

Bhaltair va delante abriendo camino con un bastón largo que hunde en el suelo para probar la firmeza antes de pisar, y detrás de nosotros viene el resto: Murdoch en una silla de mano que dos hombres del clan cargan a brazos porque es demasiado viejo para caminar esta distancia, Kenneth con las manos cruzadas y la cara inexpresiva, y luego las mujeres del clan en grupo, las que han venido a ver, las que necesitan estar aquí aunque no quieran, porque si no están aquí no van a creer lo que pasó cuando se lo cuenten.

El terreno se vuelve más fangoso a medida que subimos.

Mis botas se hunden en la tierra con cada paso y un sonido de succión sigue cada pisada como si el barro quisiera retenerme.

El brezo crece más alto en las laderas de la colina, me llega a la cintura en algunos puntos, y las flores mojadas me pegan la falda a las piernas con un peso que me arrastra hacia abajo.

El olor es casi asfixiante ahora, dulce y ácido y vivo, y lo respiro con cada inhalación como si fuera el último aire que voy a respirar, lo que quizá sea verdad.

La colina de piedras aparece cuando doblamos el flanco norte.

Es un círculo de monolitos de granito que se alzan contra el cielo gris como dientes rotos de una criatura enterrada, cada piedra más alta que un hombre, algunas inclinadas como si el viento de siglos las hubiera empujado sin lograr derribarlas.

Hay doce piedras en total, distribuidas en un círculo perfecto de unos veinte metros de diámetro, y en el centro hay una estaca de roble clavada en la tierra, negra de antigua y de humedad, con un anillo de hierro oxidado en la parte superior donde se ata la cuerda del combate.

El césped dentro del círculo está más pisoteado que el de fuera, más corto, más amarillo, como si la tierra misma recordara lo que ha visto y se hubiera marchitado por el peso de la memoria.

No es un lugar sagrado en el sentido en que la capilla del pueblo es sagrada.

Es algo más antiguo que cualquier dios que los clanes rezan ahora, algo que viene de antes de las iglesias y los sacerdotes y las oraciones escritas, un lugar donde los hombres resolvieron sus diferencias con acero cuando aún no existía la palabra justicia.

Estar aquí es estar en un sitio donde la muerte no es un accidente sino una regla, y eso se siente en la piel como una corriente de aire frío que no viene de ningún lado.

—Allí —dice Bhaltair, señalando al otro lado del círculo.

Los Gunn ya están ahí. Los cuento rápido: treinta hombres, no los cincuenta que trajo la primera vez, porque para un combate singular solo se permite un séquito reducido por cada lado.

Están agrupados detrás de la piedra más grande del círculo, la que está al este, y llevan capas con el tartán rojo y negro que ya conozco de la flecha y de los mensajeros.

Sus caballos están atados a unos postes a cincuenta pasos de ahí, y un fuego pequeño arde entre ellos del que sube humo blanco que la llovizna aplasta contra el suelo.

Y en medio de ellos, separado por un paso de sus propios hombres, está Malcolm Gunn.

Es la primera vez que lo veo. No como una figura lejana o una sombra en la puerta del salón, sino de verdad, con suficiente cercanía para notar los detalles.

Y lo que veo no coincide con la imagen que me había construido en la cabeza durante estos veintinueve días.

No es un gigante. No es un monstruo. No tiene la cara de un demonio ni los ojos de un loco.

Es un hombre de unos cuarenta años, ancho de hombros pero no desproporcionadamente, con la barba rojiza recortada corta y el pelo del mismo color atado detrás de la cabeza de una forma que es casi pulcra.

Lleva una túnica de lana oscura sobre una cota de cuero sin armadura, porque el combate singular no permite armadura, y su claymore cuelga de la espalda en una funda de cuero que ha visto mejores días.

Sus ojos son pequeños y claros, un gris verdoso que mira todo con una tranquilidad que no es paz sino algo más cercano a la indiferencia de un gato que observa a un ratón sin decidirse a cazarlo todavía.

Camina entre sus hombres con las manos a los lados y la espalda recta, y lo hace con la naturalidad de quien está en un lugar que considera suyo, como si el círculo de piedras le perteneciera y nosotros fuéramos los invitados que no deberían estar ahí.

No tiene la postura de quien va a pelear: tiene la postura de quien va a hacer algo que ha hecho muchas veces y que ya no le produce ni emoción ni ansiedad.

—Es más bajo de lo que imaginaba —murmuro, y no sé por qué lo digo.

—No mires su tamaño —responde Aedan, sin girarse—. Mira sus pies.

Miro. Gunn camina con una ligera irregularidad en el pie derecho, un casi imperceptible levantamiento del talón en cada paso que alguien que no estuviera buscando no notaría.

Es una cojera mínima, una vieja herida que sanó mal o un hueso que se rompió y se soldó torcido, y cuando lo noto, algo se enciende en mi pecho que no es esperanza exactamente sino algo más parecido al alivio de quien descubre que el gigante tiene un tobillo de cristal.

—Lo vi —dice Aedan, como si me leyera el pensamiento—. Pero no confíes en eso. Un hombre que ha peleado treinta años con ese pie ha aprendido a compensarlo. Si intentas atacarle ahí, va a saber que lo viste y cambiará su postura para protegérselo. Guárdalo. Si llega el momento, lo sabrás.

Seguimos caminando hacia el círculo y cuando estamos a unos treinta pasos de las piedras, Gunn me ve.

Sus ojos pequeños se fijan en mí y no se mueven, no me recorren de arriba a abajo como hacen los hombres cuando evalúan a una mujer, simplemente se clavan en mi cara con una intensidad que es peor que cualquier escrutinio porque no está buscando belleza ni debilidad: está buscando algo que no puedo nombrar.

Inclina la cabeza un poco hacia la derecha, un gesto que podría ser curiosidad o podría ser diversión, y dice algo al hombre que tiene a su lado, uno alto con una cicatriz en la mejilla que reconozco como el que cortó la cuerda del tobillo de mi padre.

El hombre de la cicatriz mira hacia mí y se ríe.

No es una risa alta, es un sonido corto y seco que la llovizna casi no deja llegar hasta donde estoy, pero veo la boca abrirse y los hombros temblar y sé lo que es.

Aprieto la mandíbula hasta que me duele y sigo caminando.

Llegamos al borde del círculo y Murdoch se hace bajar de la silla de mano.

Kenneth lo sostiene del brazo mientras recupera el equilibrio y luego el viejo camina hasta el centro del círculo donde está la estaca de roble, apoya el bastón en el suelo y se queda de pie con la espalda recta a pesar de los años que le tuercen la columna.

Gunn camina desde el otro lado hasta el mismo punto y los dos se quedan frente a frente como dos árboles viejos que se miden antes de una tormenta.

—Murdoch —dice Gunn, y su voz es más grave de lo que esperaba, un sonido que sale del pecho como el rugido amortiguado de un animal grande—. Hace tiempo que no nos vemos.

—Hace tiempo que no deberías haber vuelto a estas tierras, Malcolm.

—Las tierras me pertenecen por derecho de conquista. Tu sobrino lo sabía cuando me desafió.

—Mi sobrino fue traicionado. El combate no fue justo.

—El combate fue lo que fue. Y ahora su hija quiere repetirlo. Que repita.