Capítulo 14 #2
Quiero llorar y no puedo. Quiero gritar y no puedo.
Quiero moverme y no puedo. Estoy pegada a esa pared como si la piedra me hubiera absorbido, y el único sonido que hago es un respirar corto y rápido que no me lleva aire suficiente, que me deja con la sensación de estar ahogándome en seco, y mis manos tiemblan y las piernas tiemblan y todo tiembla menos la pared que me sostiene porque la pared es lo único que no se mueve en todo este pueblo maldito.
No sé cuánto tiempo estoy ahí. Podría ser un minuto, podrían ser diez, podría ser una hora.
Lo que me saca de ese estado no es una decisión mía: es el sonido de pasos en la calle, pasos que se acercan, y el instinto de supervivencia que Aedan me metió en el cuerpo a golpes durante casi un mes se activa antes de que la mente pueda procesarlo.
Aprieto la flecha contra mi pecho, me levanto de la pared con las piernas que aún tiemblan pero que ya responden, y salgo del salón con la espalda recta y la mandíbula firme y toda la apariencia de alguien que no acaba de pasar lo que acabo de pasar.
Los pasos son de Bhaltair. Me ve salir del salón con la flecha en la mano y se detiene a medio camino de la plaza con la cara cambiando de expresión tres veces en dos segundos.
—¿Cuándo la pusieron? —pregunto, y mi voz suena normal, y eso me asusta casi tanto como la flecha.
—No lo sé. La vi esta mañana cuando pasé por aquí y pensé que era cosa de los niños del pueblo, un juego, no miré el tartán. Rowena, ¿cuándo...
—Esta mañana. O anoche. No lo sé. Lo que sé es que nadie me lo dijo.
—Nadie la vio. Los centinelas dicen que no pasó nadie por aquí después del anochecer.
—Entonces pasó antes del anochecer. O los centinelas mienten. O Gunn tiene gente dentro del pueblo que nosotros no conocemos. ¿Cuál de las tres opciones te parece peor, tío?
Bhaltair me mira y no responde porque las tres opciones son malas y lo sabe.
—No le digas a Fiona —digo, y giro hacia la calle que sale del pueblo—.
No le digas a Isla. No le digas a nadie.
Si Gunn quiere que me sienta acorralada, que lo sepa, pero no voy a dejar que el resto del clan se vaya a dormir esta noche pensando que un hombre con una flecha puede entrar en sus casas sin que nadie lo detenga.
Subo la colina con la flecha todavía en la mano y no la suelto hasta que llego a la cabaña, donde la clavo en el suelo junto a la puerta, vertical, como una bandera que nadie va a saludar.
Aedan está fuera cuando llego, sentado en la piedra con algo en las manos que no es una espada de práctica.
Es una espada real. La suya. La estoy viendo por primera vez porque siempre usó las de madera para entrenarme, y ahora la tiene en el regazo con una piedra de afilar pasando lentamente por el filo, y el sonido que hace es un roce metálico y constante que llena el claro como el zumbido de una abeja grande.
Se detiene cuando me ve llegar. No pregunta por la flecha. No pregunta por mi cara. Solo aparta la espada y la piedra y me mira con esos ojos que parecen pesar lo que ven, y espera.
—Gunn estuvo en el pueblo —digo, y me quedo de pie frente a él con los brazos pegados al cuerpo porque si los suelto van a temblar y no quiero que temblen—. Clavó una flecha en la puerta del salón con su tartán. Entró y salió sin que nadie lo viera. Puede hacerlo cuando quiera.
Aedan no se mueve. No se levanta. No cambia de expresión. Solo me mira y deja que el silencio haga lo que el silencio hace cuando hay dos personas que no necesitan llenarlo con palabras.
—Fue antes de que vieras a tus hermanas —dice, y no es pregunta.
—No lo sé. Probablemente. No importa cuándo fue. Lo que importa es que lo hizo y nadie lo detuvo.
—¿Qué sientes?
La pregunta me toma por sorpresa porque no es el tipo de pregunta que Aedan hace. Aedan pregunta sobre ángulos y posiciones y cuánto tiempo puedes sostener una espada. No pregunta sobre sentimientos.
—Rabia —digo, porque es la respuesta más segura.
—No. Eso es lo que quieres sentir. ¿Qué sientes realmente?
Me miro las manos. Están temblando. Lo sabía, pero verlo es distinto que sentirlo. Me aprieto los puños y el temblor no se detiene, solo se esconde debajo de los nudillos blancos.
—Que no puedo ganarle —digo, y las palabras salen como si alguien las arrancara de mi pecho con pinzas—.
Que me entrenaste lo mejor que pudiste y no es suficiente.
Que me quedan once días y el Grito del Cuervo no lo domino y mi brazo izquierdo es más lento que el derecho y Gunn puede entrar en mi pueblo y clavar flechas en las puertas de mi casa y yo no puedo hacer nada para impedirlo. Eso es lo que siento.
Aedan se levanta de la piedra. La espada queda sobre la roca, la piedra de afilar al lado, y él camina hacia mí con pasos que son lentos pero que no se detienen, y cuando está lo suficientemente cerca para que pueda oler el acero fresco de la hoja que estaba afilando, se queda ahí, a un palmo de distancia, y no me toca.
—Voy a decirte algo que no te va a gustar —dice, y su voz es baja, más baja que de costumbre—.
Tienes razón. Puede que no sea suficiente.
Puede que Gunn sea mejor, más fuerte, más rápido, más experimentado.
Puede que vayas a esa colina y vuelvas envuelta en una manta en lugar de caminando.
Eso es posible. Es real. Y si no puedes mirar esa posibilidad a los ojos y seguir adelante de todos modos, entonces baja esta colina ahora mismo, ve a tus hermanas, y pasa los once días que quedan con ellas.
Porque ir a un combate a muerte sintiéndote derrotada antes de empuñar la espada es la única forma segura de perder.
Mis ojos se queman. No lágrimas, no todavía, pero un ardor detrás de los párpados que me dice que están ahí, esperando, listas para salir en el momento en que baje la guardia. Aprieto los puños más fuerte y me muerdo la lengua hasta que el sabor de la sangre me devuelve al presente.
—No voy a bajar —digo.
—Entonces deja de sentir lástima por ti misma y úsala.
—¿Usar qué?
—El miedo. La duda. Todo lo que sientes ahora mismo.
No intentes sacártelo de encima: mételo en la espada.
Cada vez que golpees en los próximos once días, imagina que le estás pegando a la versión de ti que quiere rendirse.
Cada vez que ejecutes el Grito del Cuervo, imagina que estás cortando la flecha que clavó en tu puerta.
No te peleas contra Gunn, Rowena. Te peleas contra todo lo que él representa: el hombre que puede entrar en tu casa sin permiso, el hombre que amenazó a tu hermana, el hombre que mató a tu padre con trampa.
Si golpeas pensando en Gunn, vas a fallar porque Gunn es demasiado grande.
Si golpeas pensando en la flecha, en la amenaza a Fiona, en la sangre de tu padre en el suelo, vas a golpear con algo que no se puede medir en fuerza ni en velocidad.
Me mira y hay algo en sus ojos que no es compasión ni es amor ni es ninguna de las palabras que tengo, es algo más cercano a lo que vi en la cara de mi padre las veces que me dijo que podía hacer algo que yo creía que no podía: una certeza que no viene de la lógica sino de un lugar más profundo, más antiguo, más irracional.
Y entonces lo beso.
No es un beso que piense. No es un beso que decida.
Mis manos van a su cuello y mi boca va a la suya y lo empujo contra la pared de la cabaña con una fuerza que no sabía que tenía, y el beso no es suave ni es lento ni es nada de lo que los bardos cantan: es hambriento y desesperado y tiene el sabor del miedo que acabo de sentir y de la necesidad de sentir algo que no sea eso.
Sus labios responden durante un segundo, dos, y sus manos suben a mi cintura con una presión que me dice que también lo quiere, y entonces él aparta la cara y me sujeta los hombros y me empuja suavemente hacia atrás hasta que hay un espacio entre nosotros que se siente como un abismo.
—No —dice, y suena roto, como si le costara hacerlo—. No así.
—Aedan...
—No porque tengas miedo, Rowena. No porque necesites olvidar lo que sentiste abajo en el pueblo. Cuando me toques, que sea porque quieres tocarme, no porque necesitas que algo te saque de donde estás. No voy a ser eso. No para ti.
El ardor detrás de mis párpados gana. Una lágrima baja por mi mejilla y la seco con el dorso de la mano antes de que pueda llegar a la mandíbula.
No es tristeza lo que siento: es algo más complicado que eso, una mezcla de frustración y gratitud y rabia y algo que se parece demasiado al amor como para que me sienta cómoda nombrándolo.
—Quiero tocarte —digo, y mi voz sale más baja de lo que pretendo—. No por miedo. Porque quiero. Pero también tengo miedo, Aedan, y no puedo separar las dos cosas como si fueran agua y aceite. Lo que siento por ti está mezclado con lo que siento por todo lo demás y no sé cómo desenredarlo.
Se queda mirándome con las manos todavía en mis hombros y la respiración más pesada de lo normal, y durante un momento creo que va a ceder, que va a acercarse y besarme de nuevo y esta vez no se va a detener.
Pero no lo hace. Suelta mis hombros con una lentitud que es casi dolorosa y da un paso hacia la puerta de la cabaña.
—Once días —dice, sin girarse—. Después de los once días, si los dos estamos vivos, me tocas.
Me tocas porque quieres, porque puedes, porque el miedo ya no es lo que dicta lo que haces.
Pero no antes. No cuando todo lo que sientes está amontonado como leña suelta esperando una chispa.
Porque si nos quemamos ahora, no quedará nada para después.
Entra en la cabaña y cierra la puerta. Me quedo fuera con la flecha clavada en el suelo y el sabor de su boca todavía en los labios y el miedo y el deseo y la gratitud y todo lo demás revolviéndose dentro de mí como agua turbia, y bajo al arroyo a lavarme la cara con agua fría que no me limpia nada pero que al menos me da algo que hacer con las manos mientras el sol se esconde detrás de las colinas y el cielo se pone del color del tartán de los Gunn.