Capítulo 14
La noche antes de la guerra
Once días. Los cuento en la oscuridad de la cabaña mientras Aedan lee el pergamino a la luz del fuego, y cada uno de esos once días se siente como una moneda que alguien me arroja una a una al vacío: puedo oír caer cada una pero no puedo detener ninguna.
Cuando termina de leer, dobla el papel con precisión y lo deja sobre la mesa junto a la jarra, y el gesto es tan calmado que me parece obsceno.
—Once días —dice, y su voz no sube ni baja—.
Cambiemos el entrenamiento. A partir de mañana, solo Grito del Cuervo.
Mañana, mediodía, tarde y noche. Pasado mañana, lo mismo.
Once días de un solo movimiento hasta que tu cuerpo lo haga dormido, despierto, de pie, de rodillas, con los ojos cerrados y con un brazo atado a la espalda si hace falta.
—¿Y los demás golpes?
—Ya los tienes. Lo que no tienes es esto. Y esto es lo que va a decidir si vives o mueres.
Asiento. No hay nada más que decir sobre el entrenamiento, así que no lo digo.
Pero hay algo más que necesito hacer antes de que empiece la cuenta regresiva, algo que he pospuesto durante tres días porque no quería bajar al pueblo después de lo de Rory, y ahora no puedo posponerlo más porque once días no dan margen para posponer nada.
—Necesito bajar al pueblo. Hablar con mis hermanas antes de...
—Ve —dice, antes de que termine la frase—. Pero vuelve antes del anochecer.
Bajo la colina a primera hora de la mañana con el cielo encapotado y un olor en el aire que reconozco aunque no puedo nombrar: es denso, terroso, como si la tierra misma estuviera respirando, húmeda.
El sendero está más blando que de costumbre, la tierra cede bajo mis botas en puntos donde normalmente está firme, y el musgo de las piedras tiene un brillo que no tenía hace una semana.
Va a llover. No hoy, quizá no mañana, pero pronto.
El aire lo dice con esa certeza que tienen las cosas que no necesitan palabras.
El pueblo está quieto cuando llego. No es la quietud de la madrugada ni la de la siesta: es la quietud de quien ha sido amenazado y no sabe cómo comportarse.
Las puertas están cerradas aunque es pleno día.
No hay niños en la calle. Un perro duerme junto al pozo sin levantar la cabeza cuando paso.
Es como si el pueblo entero estuviera conteniendo la respiración.
Encuentro a Isla en la cocina de la casa, moliendo grano con una piedra que gira en círculos sobre la mesa. Fiona no está.
—¿Dónde está?
—En el jardín. Le dije que aireara la ropa para que tuviera algo que hacer. Se ha pasado los últimos días sin salir de la casa, le tiene terror a los hombres de Gunn, no quiere estar sola pero tampoco quiere que la mire nadie. La viuda de MacBean duerme con ella por las noches.
Dejo el grano que traje de la cabaña sobre la mesa y salgo al jardín por la puerta trasera.
Fiona está colgando camisas en la cuerda que tiende entre dos postes de madera, y cuando la llamo se gira con un sobresalto que me duele ver: los hombros se le suben hasta las orejas, las manos se aprietan en la tela mojada, y solo cuando me reconoce el cuerpo se le relaja, pero solo un poco, solo lo suficiente para que deje de parecer que va a salir corriendo.
—Rowena —dice, y sonríe, y la sonrisa es tan forzada que casi prefiero que no sonría—. No esperaba que vinieras.
—Vine a ver cómo estás.
—Estoy bien. Lavando ropa. La viuda dice que mantener las manos ocupadas ayuda con los nervios.
Me acerco y le ayudo a tender una camisa que se le está resbalando de los dedos. Tiene las manos rojas y agrietadas del agua fría y la lejía, y noto que le tiemblan un poco cuando estira la tela para clavarla con la horquilla de madera. Quince años. Tiene quince años y le tiemblan las manos.
—Fiona, necesito decirte algo.
—Ya sé. Gunn adelantó el combate. Bhaltair nos lo dijo anoche. Once días.
—Sí. Once días. Y quiero que sepas que...
—Que vas a ganar. Lo sé. Me lo dices cada vez que vienes. Lo sé, Rowena.
No lo dice con convicción. Lo dice como quien repite algo que ha escuchado tantas veces que ya se ha convertido en un sonido sin significado, como el canto de un pájaro que está siempre ahí y deja de oírse por pura costumbre.
La miro y quiero abrazarla y decirle que todo va a salir bien y que nadie la va a tocar y que Gunn va a pagar por lo que hizo y por lo que amenazó con hacer, pero las palabras se me quedan en la garganta porque no son verdad todavía.
No son mentira, pero no son verdad. Son una promesa que aún no puedo cumplir.
—No te voy a decir que va a salir bien —digo en su lugar, y me arrodillo frente a ella para que nuestros ojos estén a la misma altura—.
Te voy a decir que voy a hacer todo lo que pueda para que salga bien.
Y si no puedo, te voy a decir que Isla te va a cuidar, y que Bhaltair te va a proteger, y que el clan no va a dejar que nadie te lleve a ninguna parte. ¿Me entiendes?
Me mira con unos ojos muy abiertos que son como los de mi madre, y en esos ojos veo a la niña que era antes de que todo esto empezara, la que se reía fuerte y corría más rápido que los niños del pueblo y se trepaba a los árboles más altos sin pedir permiso.
Esa niña sigue ahí, enterrada debajo del miedo, y quiero sacarla pero no sé cómo.
—Te entiendo —dice, y aprieta la horquilla de madera con ambas manos—. Vuelve después. Vuelve cuando hayas ganado.
Me levanto y le toco el cabello, un gesto rápido que no dura más de un segundo, y vuelvo a entrar por la puerta trasera. Isla me mira desde la cocina sin dejar de moler el grano.
—¿Cómo está realmente? —pregunto.
—Como tú la dejarías si te fueras y no volvieras —responde, y la piedra golpea el mortero con un ritmo que es más golpe que molienda—. Vuelve a tu colina, Rowena. Y gana.
Salgo de la casa por la puerta principal y camino hacia la calle desierta con la intención de subir directamente a la cabaña sin pasar por ningún lado.
Pero mis pies me llevan por otro camino, el que va al salón, y antes de darme cuenta estoy frente a la puerta de madera gruesa con los herrajes oxidados que mi padre mandó poner hace quince años. La puerta está cerrada. Yo la abro.
El olor me golpea primero. No es el olor de la sangre fresca porque ya no hay sangre fresca: es algo más sutil y más persistente, un olor dulce y pesado que se ha impregnado en la madera y en la piedra y en los huecos que ya no se pueden ventilar.
Es el olor de la muerte cuando ha tenido tiempo de instalarse, y aunque he entrado aquí otras veces desde entonces, hoy me golpea con una fuerza que no esperaba.
Mi padre sigue donde lo dejé. El cuerpo ya no es lo que era: ha perdido volumen, la piel tiene un tono que no es ninguno de los tonos que tiene la piel viva, y las manos que fueron fuertes y seguras ahora parecen de cera endurecida.
Lo envolví en una manta la primera noche pero la manta se deslizó en algún punto y ahora está medio caída, exponiendo el corte que le cruza el pecho, ese corte limpio que Malcolm Gunn hizo con una espada que debió ser afilada como una navaja.
Me acerco. No sé por qué me acerco porque no necesito verificar nada, ya sé todo lo que hay que saber, pero mis pies se mueven y de repente estoy a un metro del cuerpo y entonces lo veo.
La flecha.
Está clavada en el marco de la puerta, a la altura de mis ojos.
No es una flecha cualquiera: el astil es de fresno pulido, las plumas son de grajo, y atado justo debajo de la punta hay un trozo de tela roja con un patrón tejido que reconozco porque lo vi en las capas de los mensajeros que vinieron al pueblo.
Es el tartán de los Gunn, el diseño específico de la rama norteña del clan, y está tan bien anudado que solo podría haberlo puesto alguien con dedos hábiles y tiempo suficiente para hacer un nudo que no se deshaga con el viento.
Me quedo inmóvil. La flecha está tan cerca de mi cara que puedo ver las vetas del astil, la pequeña muesca donde la cuerda del arco se apoyó para dispararla, el brillo metálico de la punta que no tiene sangre porque no fue disparada contra nadie: fue disparada contra la puerta. Como mensaje. Como firma.
Alguien entró en el pueblo. Alguien cruzó la calle desierta, llegó a esta puerta, clavó una flecha con el tartán de los Gunn en la madera, y se fue sin que nadie lo viera.
Nadie me dijo nada. Ningún centinela levantó la alarma.
Nadie vino esta mañana a contarme que el salón de mi padre había sido profanado otra vez.
Lo que eso significa es tan claro que me quita el aire durante tres segundos completos: Gunn puede entrar cuando quiera.
Puede entrar y salir y dejar su marca como quien deja una moneda en la barra de una taberna, y nadie puede detenerlo, y las mujeres del clan, Fiona, Isla, la viuda de MacBean, nunca estuvieron seguras, ni un solo día desde que él decidió que estas tierras le pertenecían.
Saco la flecha del marco con un movimiento brusco que me hace sangrar la palma porque la punta está afilada de verdad; no es ceremonial, es un arma real que podría matar a alguien.
La sostengo en mi mano y miro la tela roja y el patrón tejido y mis ojos enfocan cada hilo con una claridad que no necesito, que no quiero, y entonces algo se rompe dentro de mí.
No es miedo. Lo que siento no tiene el nombre de miedo.
El miedo es lo que sentí cuando vi a mi padre muerto, lo que sentí cuando Rory me dijo que Gunn usaría a Fiona contra mí, lo que siento cada noche antes de dormir cuando cuento los días que faltan.
Esto es otra cosa. Es un terror que viene de abajo, del lugar donde el cuerpo guarda las cosas que la mente no quiere procesar, y no me deja respirar porque mis pulmones se han olvidado de cómo se hace.
Mis piernas dejan de funcionar y yo me dejo caer contra la pared del salón, con la espalda contra la piedra fría y la flecha todavía en la mano y los dientes apretados con una fuerza que me cruje la mandíbula.