Capítulo 13 #2
Están los cinco. Murdoch en su silla con el bastón entre las rodillas.
Douglas con los brazos cruzados en el rincón.
Kenneth de pie junto a la ventana con la cara inexpresiva de siempre.
Bhaltair junto a la puerta, que es donde estaba cuando entré, lo que significa que bajó por otro camino para llegar antes que yo.
Y Rory, sentado en el tercer banco, con las manos en el regazo y la cara que pone alguien que no sabe que lo van a enfrentar.
—Cierra la puerta, Bhaltair —digo sin dejar de mirar a Rory.
La puerta se cierra. Murdoch levanta una ceja pero no habla. Kenneth gira la cabeza lentamente hacia mí. Douglas sonríe, y esa sonrisa me dice todo lo que necesito saber sobre cuánto sabe y desde cuándo.
—Rory Sinclair —digo, y saco el pergamino arrugado de mi bolsillo y lo lanzo a sus pies—. ¿Quieres explicarme qué es esto?
Rory mira el pergamino en el suelo y luego me mira a mí, y durante dos segundos su cara muestra algo que podría ser pánico. Luego se recompone con una velocidad que casi admiro, recoge el pergamino con calma, lo desenrollo, lo lee, y lo vuelve a doblar con la misma calma.
—Una carta. No veo el problema.
—Lee la firma. O mejor, mira el sello. Es el tuyo, Rory. La escribiste tú y se la enviaste a Malcolm Gunn a través de un jinete que salió del pueblo ayer al anochecer.
El silencio que llena la sala es tan denso que puedo oír la respiración de cada uno de los cinco ancianos.
Murdoch endereza la espalda en su silla.
Kenneth deja de mirar por la ventana y se gira completamente hacia Rory.
Douglas deja de sonreír, no porque le sorprenda la acusación sino porque la acusación se ha hecho pública y ahora tiene que decidir qué cara poner.
—Es una mentira —dice Rory, y su voz se quiebra en la última sílaba de una forma que delata más que cualquier confesión—. Alguien está forzando mi sello, es una...
—El sello no está forzado. Lo vi yo mismo. Y el jinete llevaba la carta en una bolsa con la marca de los Gunn, así que no vengas con historias de falsificaciones porque no me las creo y no te las cree nadie en esta sala.
Rory se pone de pie y me mira con los ojos de un animal acorralado, y en ese momento veo claramente lo que Aedan describió anoche: no hay convicción en esos ojos, no hay lealtad traicionada ni ideología rota. Hay miedo. Puro, simple, feo.
—Tú no tienes autoridad para interrogarme —dice, y la voz le sube de tono—. Eres una peleadora que no ha ganado nada todavía, no eres la jefa de este clan, no eres...
—No soy la jefa porque aún no he ganado el combate que me da ese derecho —lo interrumpo, y doy un paso hacia él que lo hace retroceder uno—.
Pero sí soy la persona que va a enfrentar a Malcolm Gunn en catorce días, y tú le acabas de decir que puedo ser rota si presiona lo correcto.
Así que voy a hacer una pregunta simple y quiero una respuesta simple: ¿es verdad o no?
Rory me mira. Luego mira a Murdoch. Luego a Douglas. Douglas no le devuelve la mirada: está mirando el suelo con una expresión que podría ser vergüenza si Douglas fuera capaz de sentir vergüenza.
—Lo hice —dice Rory, y las dos palabras caen como piedras en un pozo seco—.
Pero no es traición. Es sentido común. Gunn iba a ganar de todos modos, Rowena.
Tú no puedes ganarle. Lo sabes, lo sé, lo sabe todo el clan aunque nadie lo dice en voz alta.
Así que elegí el lado que va a seguir en pie después del combate.
Si eso te parece traición, llámalo como quieras.
La sala explota. Kenneth da un paso hacia Rory con la mano en el cuchillo.
Murdoch levanta el bastón y golpea el suelo tres veces pidiendo silencio.
Douglas, por fin, levanta la cara y mira a Rory con una expresión que no es cómplice sino despectiva, como si el hecho de que Rory admitiera la verdad lo hiciera menos valioso a sus ojos.
—Basta —dice Murdoch, y su voz de viejo corta el ruido como una hoz corta trigo—. Rory Sinclair, has admitido ante el consejo y ante un miembro del clan que filtraste información del consejo a un enemigo declarado. La pena es destierro.
—Murdoch, piensa lo que haces —interviene Douglas, y por primera vez en semanas su voz lleva algo que suena a urgencia real—. Si destierras a Rory, Gunn lo tomará como una provocación.
—Gunn ya recibió la carta, Douglas. La provocación ya está hecha. Lo que decidamos ahora no cambia lo que Gunn ya sabe.
Rory se pone pálido. Abre la boca para hablar, la cierra, y luego se gira hacia mí con algo que se parece a la desesperación.
—Tu padre habría enviado a un hombre —dice, y la voz le tiembla de una forma que transforma la frase en un arma—. Envió a una niña que corre a casa cada vez que su hermana estornuda. Gunn lo sabe. Y el día del combate, va a usar eso. Yo solo le dije lo que ya era evidente para cualquiera con ojos.
Las palabras me golpean en un lugar que no estaba protegido. No porque sean verdad en lo que importa, sino porque contienen un fragmento de verdad que no puedo negar: me fui. Corrí a casa. Y ahora el hombre que voy a enfrentar sabe que puedo ser alcanzada por donde soy más débil.
No le respondo. No porque no tenga nada que decir sino porque si abro la boca ahora mismo, lo que salga no va a ser una respuesta: va a ser un grito. Me giro hacia Murdoch.
—Destiérrenlo. Hoy. Ahora. Y si Douglas quiere irse con él, que vaya.
Douglas se pone de pie de golpe.
—¿Cómo te atreves? No eres nadie todavía, Rowena. No has ganado nada, no eres jefa, no tienes derecho a...
—Tengo el derecho que me da la sangre de mi padre y la ley que tú mismo aceptaste cuando validaste mi reclamo —respondo, y me giro hacia él con una lentitud que no es natural, que es la lentitud de alguien que está contando del uno al diez dentro de su cabeza para no hacer algo que no pueda deshacer—.
A menos que quieras cambiar de opinión ahora.
¿Quieres retirar tu validación, Douglas?
¿Quieres decirle al clan que te equivocaste?
Adelante. Pero si lo haces, también te vas, porque nadie va a confiar en un anciano que cambia de bando cada vez que sopla el viento.
Douglas me mira y hay odio en sus ojos, un odio puro y sin adornos que me dice que si pudiera me mandaría matar ahí mismo. Pero no dice nada. Se sienta de nuevo en su rincón con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, y en ese silencio admite más de lo que cualquier palabra podría admitir.
Murdoch golpea el bastón una vez.
—Rory Sinclair, por traición al consejo y al clan, quedas desterrado de las tierras Sinclair desde este momento. Tienes hasta el anochecer para recoger tus cosas y salir. Si te encuentras en estas tierras después del anochecer, será considerado enemigo y tratado como tal.
Rory no dice nada. Me mira una última vez con esos ojos de animal asustado y sale de la sala sin recoger el pergamino que sigue en el suelo.
La puerta se cierra detrás de él. El silencio que deja es diferente al de antes: es un silencio más ligero, como si algo que estaba pudriendo el aire acaba de ser sacado a la calle.
Salgo de la casa del consejo y me quedo un momento en la plaza, sola, con el viento del norte pegándome la ropa al cuerpo.
Necesito sentir algo que no sea esta mezcla de rabia y miedo y esa pequeña punta de duda que las palabras de Rory clavaron en un lugar que no debería ser accesible.
Me duele la mandíbula de tanto apretarla.
Me duele el estómago como si hubiera tragado algo caliente.
Y en medio de todo eso, debajo de las capas de emoción, hay una pregunta que no quiero hacerme pero que se hace sola: ¿y si Rory tiene razón?
¿Y si Gunn puede romperme usando a Fiona?
No contesto la pregunta. La meto en el mismo lugar donde guardo el miedo y el dolor y todo lo que no puedo permitir que me frene, y subo la colina antes de que oscurezca, como Aedan me pidió.
Cuando llego a la cabaña, hay un jinete esperando junto a la puerta. Lleva la capa con el diseño de los Gunn y sostiene un pergamino sellado que me extiende sin decir una palabra. Lo rompo y leo la letra torpe de alguien que escribe rápido, sin cuidado, como si lo que dice no mereciera buena letra.
"Malcolm Gunn acepta el desafío modificado. El combate se realizará en once días, al amanecer, en la colina de piedras sagradas. El cambio de fecha es una cortesía del clan Gunn al clan Sinclair, ya que la entrenada parecía necesitar más tiempo con su familia."
Once días. No catorce. Gunn adelantó el combate tres días y lo disfraza de cortesía, y al hacerlo me dice algo más claro que cualquier carta: sabe que me fui. Sabe por qué me fui. Y quiere que lo sepa yo también.
El jinete se va. Yo me quedo en la puerta de la cabaña con el pergamino en la mano y el viento del norte golpeándome la cara, y necesito tres respiraciones largas antes de poder entrar y enseñarle a Aedan lo que acabo de perder.