Venganza en las Highlands Capítulo 13
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Capítulo 13

La traición tiene nombre y consecuencias

Bhaltair sube la colina al anochecer del vigésimo sexto día y no se sienta ni saluda ni hace ninguna de las cosas que hacen las personas cuando llegan a un lugar.

Se queda de pie frente a la cabaña con un pergamino en la mano y una expresión en la cara que no le había visto antes: es algo entre la vergüenza y la rabia, como si llevara malas noticias que también son culpa suya de alguna forma que todavía no entiendo.

—Léelo —dice, extendiéndome el pergamino.

Lo desenrollo a la luz de la linterna que Aedan enciende en la puerta de la cabaña.

La letra es pequeña, pulcra, de alguien que sabe escribir bien, y el sello al final del pergamino no es el sello de Gunn sino un sello que reconozco porque lo he visto docenas de veces en los documentos del clan: el sello del consejo de ancianos.

Es una carta oficial, firmada por uno de los cinco, y lo que dice me hace apretar el pergamino con tanta fuerza que el papel se arruga bajo mis dedos.

"—La entrenada muestra progresos limitados.

Su mayor debilidad no es física sino emocional: abandonó el entrenamiento durante tres días por una fiebre leve en su hermana menor, lo que indica que su prioridad no es el combate sino la familia.

Si se presiona ese punto durante el duelo, probablemente perderá la concentración.

El combate está fijado para dentro de catorce días.

No hay señal de que esté preparada para un oponente del nivel de Gunn. "

No hay firma, pero el sello es inequívoco. Pertenece a Rory Sinclair, el más joven de los ancianos, el mismo que se levantó en la capilla el día que presenté mi reclamo y dijo que me apoyaba porque no veía otra opción que no fuera arrastrarnos como perros.

—¿Cómo conseguiste esto? —pregunto, y mi voz sale con un tono que no reconozco, bajo y liso como el filo de un cuchillo.

—No lo conseguí. Lo intercepté. Un jinete de Gunn salió del pueblo ayer al anochecer y Douglas lo vio desde su casa.

No hizo nada para detenerlo, lo que ya me pareció raro.

Fui detrás del jinete, lo alcancé en el cruce del río, y cuando vio que lo seguía tiró la bolsa donde llevaba los mensajes.

Esta carta era lo único que había dentro.

—¿Douglas lo vio y no hizo nada?

—Douglas lo vio y no hizo nada —repite Bhaltair, y al decirlo aprieta la mandíbula de una forma que me dice que hay más—. Que es exactamente lo que haría alguien que sabe que hay un espía en el consejo y quiere que la carta llegue a su destino.

El pergamino me tiembla en las manos. No es miedo lo que siento: es una especie de calor blanco que me sube desde el estómago y me quema la garganta, y tengo que respirar hondo dos veces antes de poder hablar sin que la voz se rompa.

—Rory sabe de la fiebre de Fiona —digo, y cada palabra sale pesada, meditada—. Sabe que me fui tres días. Sabe que estoy entrenando con Aedan. Sabe la fecha del combate. ¿Cómo sabe todo eso?

—Porque está en el consejo, Rowena. Tiene acceso a toda esa información.

—Pero la fiebre de Fiona nadie se lo dijo al consejo. Fue algo privado, de familia. Isla y yo lo mantuvimos entre nosotras.

Bhaltair se pasa la mano por la cara y mira al suelo, y en ese gesto reconozco algo que no quiero reconocer.

—Tío.

—Rory pasó por la casa la noche que volviste de ver a Fiona. Dijo que quería preguntar cómo estaba la niña, que le preocupaba la salud del clan. Isla le dejó entrar. Le dio un poco de agua caliente porque dijo que tenía frío del camino. Estuvo en la cocina quizá media hora.

—¿Isla sabe?

—Isla no sabe. Yo se lo dije esta tarde cuando encontré la carta y ella se puso blanca.

Rory le preguntó por Fiona esa noche, le preguntó por ti, le preguntó cómo había reaccionado al verla enferma.

Isla le contestó porque no tenía razón para no hacerlo.

Não sabía que estaba hablando con el hombre que le estaba vendiendo la información a Gunn.

Aedan se mueve detrás de mí. No ha dicho una palabra desde que empezó esta conversación, pero siento su presencia como se siente el calor de un fuego sin verlo. Cuando habla, su voz sale con una calma que contrasta con todo lo que siento dentro.

—¿Qué dice Gunn en respuesta?

—No lo sé —responde Bhaltair—. Esta carta iba hacia él, no venía de él. Pero si Gunn ya sabe lo que Rory le escribió, no va a dejar pasar la oportunidad de usar esa información.

—¿Qué información? —intervengo—. ¿Que me importan mis hermanas? ¿Eso es lo que va a usar contra mí?

—Va a usar que no eres lo que dices ser —dice Aedan desde la puerta, y su voz tiene un filo que no es para Bhaltair sino para mí—.

Una guerrera no abandona su entrenamiento por una fiebre.

Un guerrero no corre a casa cada vez que alguien a quien quiere tiene un susto.

Eso es lo que Rory le escribió a Gunn: que no eres lo suficientemente fría, lo suficientemente dura, lo suficientemente despiadada para ganar un combate a muerte.

Y si Gunn es medio listo, va a presionar ese punto durante el duelo.

Las palabras me golpean donde más duele, no porque sean falsas sino porque contienen un trozo de verdad que he estado evitando mirar desde que bajé de la colina para ver a Fiona.

Me fui. Dejé el entrenamiento. Y aunque la fiebre bajó y volví y todo pareció estar bien, la realidad es que perdí tres días que no recuperé, dan si esos tres días marcan la diferencia entre vivir y morir, la responsabilidad es mía.

—¿Douglas sabía que Rory era el espía? —pregunto, obligándome a volver al presente.

—Casi seguro. Douglas y Rory se han sentado juntos en las últimas reuniones del consejo, han votado igual en las últimas tres decisiones, y cuando Murdoch amenazó a Douglas con sacarlo del consejo si volvía a mencionar la rendición, fue Rory quien lo defendió.

No eran aliados antes de todo esto. Lo son ahora.

—Necesito enfrentar a Rory.

—No esta noche —dice Aedan, y da un paso hacia mí que lo pone entre mí y Bhaltair—. Esta noche necesitas dormir porque mañana el entrenamiento se duplica y no puedes permitirte estar cansada cuando lo hagas.

—No voy a dormir sabiendo que hay un traidor en el consejo de mi propio clan.

—No es un traidor, Rowena. Es un cobarde que eligió el bando que le parece más seguro.

Los traidores creen en algo y lo traicionan.

Rory no cree en nada. Solo quiere estar del lado del que gane, y cuando pensó que eras tú, te apoyó, y cuando vio que Gunn era más fuerte, cambió de opinión.

No hay ideología ahí: hay miedo vestido de pragmatismo.

—No me importa cómo lo llames. Mañana lo frente delante del clan.

—Hazlo después del entrenamiento. No antes.

Miro a Aedan y quiero discutir, quiero bajar al pueblo ahora mismo y sacar a Rory de su cama y arrastrarlo hasta la plaza y hacer que todos vean lo que hizo.

Pero hay algo en los ojos de Aedan que me detiene, no es autoridad ni es una orden, es algo más cercano a la preocupación disfrazada de sentido común, y sé que tiene razón aunque me duela admitirlo.

—Mañana después del entrenamiento —digo finalmente.

Bhaltair asiente y se da la vuelta para bajar la colina. Se detiene a mitad del camino y se gira.

—Rowena. Hay algo más. Rory escribió la carta hace cuatro días. Eso significa que Gunn lleva cuatro días sabiendo lo que sabe. Si iba a hacer algo con esa información, ya lo habría hecho. Así que prepárate para lo que venga, porque viene.

Se va. Me quedo fuera de la cabaña con el pergamino arrugado en la mano y el olor a tierra húmeda que sube de las colinas como un fantasma que no puedes ver pero sí oler. Aedan no dice nada. Entra en la cabaña y deja la puerta abierta detrás de él, una invitación silenciosa que acepto sin palabras.

No duermo esa noche, pero no es por la carta de Rory.

Es por lo que Aedan dijo antes de que Bhaltair se fuera: "Una guerrera no abandona su entrenamiento por una fiebre.

" Lo dijo sin mirarme, sin dirigírmelo a mí directamente, pero era sobre mí, y la peor parte es que tenía razón.

No en lo que importa, no en lo fundamental, porque sí habría vuelto a ir a ver a Fiona si volviera a pasar, pero sí en lo táctico: me fui, perdí tres días, y ahora Gunn sabe que puedo ser alcanzada a través de las personas que quiero.

Eso no es una debilidad que pueda corregir con más entrenamiento.

Es algo que soy, y si no puedo cambiarlo, tendré que aprender a vivir con él dentro del círculo de piedras.

Al amanecer entreno como si fuera el último día.

Aedan no me pregunta por la carta ni por lo que dijo anoche, y yo no se lo cuento.

Golpea duro, yo paro duro, y cada vez que la espada impacta contra la mía siento que estoy golpeando la cara de Rory, la sonrisa de Gunn, la indiferencia de Douglas.

Siento rabia pura y limpia que no tiene nada que ver con la furia que Aedan dice que me salva: esta es la rabia que me podría destruir si la dejo crecer demasiado, así que la encauzo en cada parada, en cada golpe, en cada giro.

Después del mediodía bajo al pueblo. Aedan quiere acompañarme y le digo que no.

—Esto es del clan —le digo—. No tuyo. Si voy con un Robertson a mi lado, parecerá que no puedo sola frente a los míos.

Me mira un momento largo y luego asiente con esa inclinación de cabeza que ya conozco.

—Vuelve antes de que oscurezca. Mañana empezamos con el Grito del Cuervo a velocidad real y vas a necesitar descansar.

Bajo la colina y cuando llego al pueblo no voy a mi casa ni busco a Isla ni a Fiona. Voy directo a la casa del consejo, el edificio de piedra junto a la iglesia donde los ancianos se reúnen cuando hay algo que decidir. La puerta está cerrada. La abro de golpe.