Venganza en las Highlands Capítulo 12
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Capítulo 12

El golpe que cambia todo

El vigésimo quinto día amanece con un cielo que no puede decidir si quiere llover o hacer sol, y termina optando por una grisácea persistente que hace que la luz se distribuya uniformemente sobre las colinas como si alguien hubiera extendido una sábana blanca sobre el mundo.

Aedan no sale de la cabaña a la hora habitual.

Espero fuera con la espada en la mano durante diez minutos, quince, veinte, y cuando ya estoy a punto de entrar a buscarlo, la puerta se abre y aparece con una expresión que no le había visto antes: seria de una manera distinta, como si estuviera a punto de decirme algo que ha estado guardando durante semanas.

—Hoy no hacemos rutina —dice, y pasa junto a mí hacia el claro donde entrenamos—. Hoy te enseño algo que no le enseño a nadie. Nunca se lo enseñé a nadie.

Sigo detrás de él sin preguntar. Se detiene en el centro del claro, lejos del poste, en un terreno llano donde la hierba está más pisada que en el resto. Se queda de pie con la espada a un lado y me mira como si estuviera decidiendo si realmente va a hacer lo que está a punto de hacer.

—Se llama el Grito del Cuervo. Es un movimiento de cierre, no de intercambio. No lo usas durante el combate: lo usas cuando ya has leído los patrones del oponente y sabes que viene un golpe predecible. Cuando lo ejecutas, o termina el combate o te expones a un golpe mortal. No hay punto intermedio.

—¿Por qué no se lo enseñaste a nadie?

—Porque es lo que usé para matar al hijo del jefe de mi clan. Es mi firma, Rowena. Si alguien lo ve y lo reconoce, sabrá quién te entrenó. Y si saben quién te entrenó, saben que hay un Robertson vivo que no debería estarlo.

La gravedad de lo que está diciendo se asienta sobre mí como una segunda capa de humedad en el aire. No es solo una técnica: es una confesión, un pedazo de su identidad que está sacando a la luz y entregándome como si fuera un objeto que ya no necesita guardar.

—Enséñamelo.

Asiente una vez y levanta la espada. Lo que hace a continuación es algo tan lento que parece una danza en cámara lenta, cada fase del movimiento separada de la siguiente por un espacio que puedo ver y estudiar.

El Grito del Cuervo empieza con una parada baja, la espada horizontal, a la altura de la cintura, con el filo hacia arriba.

Cuando el oponente golpea de arriba, no desvío el golpe hacia un lado como he aprendido a hacer: lo recibo con el filo de mi espada y lo dejo correr por el acero hasta que su peso me empuja hacia abajo.

Es ahí donde viene la parte que no entiendo: en lugar de resistir la caída, la acompaño, girando todo el cuerpo hacia la derecha mientras la espada describe un arco que empieza abajo y termina arriba, y en ese giro toda la fuerza del golpe del oponente se convierte en la fuerza de mi contraataque.

La hoja sube por el lado izquierdo del enemigo, cortando desde la cadera hasta el hombro en un solo movimiento que usa la energía que él mismo aportó.

Lo repite otras dos veces, cada una un poco más rápido que la anterior, y cuando termina la tercera ejecución está respirando con más fuerza de la que debería por un movimiento tan breve.

—La clave está en el giro —dice, bajando la espada—.

No giras con la espalda: giras con la cadera.

La espalda sigue a la cadera, la espada sigue a la espalda, y el corte sigue a la espada.

Si giras con la espalda primero, pierdes el ángulo y el corte llega débil.

Si giras con la cadera primero, el corte llega con todo el peso de tu cuerpo detrás.

—¿Y si el oponente no golpea de arriba?

—Entonces no lo usas. El Grito del Cuervo solo funciona contra un golpe descendente. Si Gunn te ataca de otra forma, tienes las otras herramientas. Esta es la última, la que usas cuando todo lo demás ha fallado y necesitas que algo termine.

Lo intento. La primera vez, el giro me desequilibra y termino dando dos vueltas sobre mí misma como una peonza antes de caer al suelo.

Aedan no se ríe pero veo la comisura de su boca tensarse en algo que podría ser una sonrisa contenida.

La segunda vez, el giro es mejor pero la espada se me escapa de las manos en el momento del corte porque no aprieto lo suficiente durante la transición.

La tercera, la cuarta, la quinta, la sexta: cada intento es un desastre distinto.

A veces giro demasiado pronto. A veces demasiado tarde.

A veces la cadera gira y la espalda no, o la espalda gira y la espada no, y el resultado es siempre el mismo: un movimiento desordenado que no se parece en nada a lo que él acaba de mostrar.

—Deja de pensar en las partes —dice después del intento número quince—. Piensa en el todo. El Grito del Cuervo no es una secuencia de movimientos: es un solo movimiento que tiene fases, como el agua que cae de una cascada no es gotas separadas sino una cosa continua.

—Eso no me ayuda, Aedan. Necesito entender las partes para que el todo funcione.

—No, necesitas dejar de entender las partes para que el todo funcione. Mírame.

Vuelve a ejecutarlo. Esta vez a velocidad normal, no lento, y lo que veo es completamente diferente de lo que vi las veces anteriores: ya no son fases separadas sino una espiral fluida que empieza abajo y termina arriba sin que pueda decir dónde termina una cosa y empieza la otra.

Es bello de una manera que no esperaba de la violencia, una belleza funcional que tiene un propósito claro y letal.

—Otra vez —dice—. Pero esta vez cierra los ojos.

—¿Cerrar los ojos?

—Cierra los ojos. Siente el movimiento en lugar de verlo. Tu cuerpo ya sabe qué hacer porque lo ha intentado quince veces. Lo que no sabe es confiar en lo que sabe. Cierra los ojos y déjalo hacer.

Cierro los ojos. La oscuridad es completa y al principio me desorienta porque todo lo que he aprendido en estos veinticinco días viene de los ojos, de leer el cuerpo del oponente, de ver los ángulos y las aperturas.

Pero entonces Aedan golpea desde arriba, un golpe controlado que sé que viene, y mi cuerpo hace algo que mi cabeza no le ordenó: recibe el golpe en la espada, lo deja correr, gira.

No es limpio, no es el Grito del Cuervo que él ejecuta, pero es un giro real con la cadera por delante y la espada subiendo, y cuando abro los ojos mi hoja está a un palmo de su costado.

—Otra vez —dice, y esta vez suena diferente.

Lo hago veinte veces más con los ojos cerrados.

Cada vez el giro es un poco más completo, un poco más fluido, un poco más cercano a lo que él mostró al principio.

No lo logro del todo, pero el cuerpo empieza a encontrar el camino por sí solo, como un río que encuentra el cauce después de haber estado desbordado.

Abro los ojos y seguimos practicando a velocidad normal.

Intento tras intento, golpe tras golpe, giro tras giro.

Aedan no se cansa de lanzarme el mismo ataque descendente una y otra vez, con la paciencia de quien sabe que la repetición es la única puerta que lleva a donde queremos ir.

Pierdo la cuenta después del intento treinta.

Mis hombros arden, la cadera derecha me duele por el giro constante, y el sudor me cae por la espalda en ríos que me enfrían tan pronto como llegan a la cintura.

En el intento cuarenta, algo pasa.

Aedan lanza el golpe descendente. Lo veo venir, lo recibo, la espada de madera corre por la mía, y en lugar de forzar el giro lo dejo pasar por mí como agua a través de los dedos.

Mi cadera gira primero, luego la espalda, luego el brazo, y la espada sube en un arco que siento más que veo, un movimiento que nace de algún lugar debajo de la conciencia y que sube por mi cuerpo como una ola.

La hoja de madera golpea la suya en el punto exacto donde la empuñadura se une a la hoja, el punto más débil del agarre, y la fuerza del golpe combinada con el ángulo hace que sus dedos se abran.

Su espada sale volando hacia la izquierda y cae a tres metros de distancia con un ruido seco contra la hierba.

Me quedo de pie con la espada levantada y los ojos muy abiertos y el corazón me late tan fuerte que lo siento en las orejas.

Aedan no se ha movido. Está de pie donde estaba cuando lanzó el golpe, con las manos abiertas y vacías frente a él, y me mira desde abajo porque sus rodillas se han doblado un poco, un gesto involuntario que lo hace parecer más bajo de lo que es, como si el impacto del desarme lo hubiera empujado hacia abajo sin tocarlo.

Nadie se mueve. El viento pasa entre los abedules y lleva una hoja seca que cruza el claro entre nosotros dos y sigue su camino sin que ninguno la mire.

Hay un pájaro cantando en algún lugar de las colinas y su canto entra en el silencio como una aguja en un telar, cosiendo algo que no puedo nombrar.

Aedan baja la mirada a sus manos vacías y luego la sube hasta mi cara, y lo que veo en sus ojos me quita el aliento.

No es sorpresa, no es desconcierto, no es ninguna de las cosas que esperaba ver.

Es orgullo. Puro, desnudo, sin adornos ni disimulos.

Orgullo de quien ve algo que construyó funcionar por primera vez, y debajo del orgullo, enterrado pero visible para quien sabe buscarlo, hay otra cosa que me hace sentir como si el suelo se moviera bajo mis pies.

—Lo lograste —dice, y su voz sale con un temblor que no encaja con el hombre que me tiró al suelo durante semanas sin que su voz temblara una sola vez.

Bajo la espada lentamente, como si moverla demasiado rápido pudiera romper el momento y dejarlo caer al suelo hecho pedazos.

Aedan se endereza y da un paso hacia mí y extiende la mano, no para recibir la espada sino para ayudarme a bajar el brazo que aún está levantado, y cuando sus dedos tocan mi antebrazo, algo pasa que no tiene explicación: sus manos se quedan.

No aprietan, no sueltan, simplemente están ahí, envolviendo mi antebrazo con una presión que es tan suave que podría ser accidental si no fuera porque sus ojos me están mirando de una forma que nada tiene de accidental.

—Tus manos tiemblan —digo, y no decido decirlo, sale solo, como el Grito del Cuervo.

—Las tuyas también.

Es verdad. Levanto la otra mano y la pongo sobre la suya y ambas estamos temblando, un temblor fino que no viene del cansancio porque el cansancio no hace esto, el cansancio te hace pesada, no temblorosa, y esto es otra cosa, esto es lo que pasa cuando dos cuerpos reconocen algo que las cabezas aún no han nombrado.

No nos besamos. Ninguno de los dos se mueve para hacerlo.

Pero tampoco nos separamos. Sus manos en mi antebrazo, mi mano sobre la suya, y el claro y las colinas y el pájaro que sigue cantando como si el mundo no se hubiera detenido, como si dos personas pudieran quedarse inmóviles en el centro de un claro y el resto del universo siguiera funcionando como si nada pasara.

Soy yo quien suelta primero. Retiro mi mano de la suya y doy un paso atrás y el aire vuelve a moverse entre nosotros como si hubiera estado contenido esperando a que alguien rompiera lo que sea que esto era.

Aedan baja los brazos y se queda donde está y su cara recobra la expresión de siempre, esa máscara de control que ha llevado puesta desde antes de que yo llegara a su vida, pero yo ya vi lo que hay debajo y eso no se puede deshacer.

—Ve a recoger mi espada —dice, y su voz ya no tiembla—. Y vuelve a la posición. Cuarenta no es suficiente. Necesitas cien antes de que termine el día.

Voy a recoger la espada. La levanto del suelo y la llevo hasta donde está él y se la entrego con el mango hacia arriba.

Nuestros dedos se rozan en el intercambio y ninguno de nosotros hace ningún comentario.

Me pongo en posición. Él levanta la espada.

El golpe baja. Giro. Fallo. Lo intento de nuevo.

Y otra vez. Y otra. Cuarenta y una, cuarenta y dos, cuarenta y tres.

Hacia el intento cincuenta, el cuerpo empieza a encontrar el camino otra vez, y cuando el sol se esconde detrás de las colinas y la luz se vuelve gris y púrpura, lo he logrado siete veces más.

Cincuenta y siete de cien. No es suficiente.

Pero es más de lo que tenía esta mañana.