Venganza en las Highlands Capítulo 11
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Capítulo 11

Las hermanas que dejé atrás

La noticia llega el vigésimo segundo día por la mañana, antes de que empecemos a entrenar.

Es Bhaltair quien sube la colina y cuando lo veo aparecer por el sendero con el paso apresurado de quien trae prisa pero no urgencia, sé que no es otra amenaza de Gunn porque la urgencia de esas cosas se lleva distinta, más tensa, más seca.

Esta es otra cosa. Bhaltair se detiene frente a la cabaña donde Aedan y yo estamos listos para empezar la sesión, se quita el gorro y se pasa la mano por la cabeza como hace cuando no sabe cómo decir algo.

—Fiona está enferma —dice mirándome a mí, no a Aedan—. Tiene fiebre desde anoche. La viuda de MacBean la está cuidando pero no baja y lleva más de doce horas sin comer.

—¿Qué tipo de fiebre?

—No lo sé. No soy curandero. Isla dice que es algo leve, que probablemente sea el susto de las últimas semanas saliendo por donde no debe, pero yo no soy médico y tú tampoco, así que no sabemos si es eso o algo peor.

Mi estómago se cierra. Fiona. Quince años y la cara manchada de lágrimas cuando encontré a nuestro padre muerto y la mano apretada en mi manga pidiéndome que no fuera.

Fiona, que dormía en la cama de al lado de la mía toda la vida y que ahora duerme sola en una casa donde falta alguien que nunca va a volver.

—Tengo que ir a verla.

—No —dice Aedan desde mi izquierda, y la palabra sale seca, cortante, sin espacio para discusión—. Si te vas, pierdes tres días. Ida, estancia, vuelta. No te puedes permitir tres días.

—Es mi hermana.

—Es una fiebre. Tu hermana tiene a personas que la cuidan. Lo que no tiene es una hermana que sepa pelear cuando llegue el día del combate.

—No me digas lo que mi hermana tiene o no tiene.

Me giro hacia él y lo miro con una firmeza que no siento del todo porque parte de mí sabe que tiene razón, que cada hora cuenta, que tres días son seis sesiones de entrenamiento y sesenta horas de práctica nocturna que no voy a recuperar.

Pero otra parte de mí, la parte que todavía recuerda el peso de la mano de Fiona en mi manga el día que maté a nuestro padre, no puede quedarse aquí golpeando un poste de madera mientras su hermana pequeña arde de fiebre a dos horas de camino.

—Rowena —interviene Bhaltair, con la voz que usa cuando intenta mediar sin meterse demasiado—. Aedan tiene un punto. Si pierdes tres días...

—¿Y si pierdo a Fiona? —Lo interrumpo—. ¿Qué me dices entonces? ¿Qué al menos sé sostener una espada una hora?

—Nadie te está pidiendo que la pierdas —responde Aedan, y da un paso hacia mí con la espada todavía en la mano, un gesto inconsciente que delata que estaba listo para entrenar antes de que Bhaltair apareciera—.

Te estoy pidiendo que confíes en las personas que están ahí cuidándola.

La viuda de MacBean ha cuidado a más enfermos de los que puedes contar. Isla está con ella. No está sola.

—No es lo mismo y lo sabes.

—Lo sé. Pero si vas y la fiebre baja en un día, habrás perdido tres por nada.

Y si la fiebre no baja, tampoco podrás hacer nada desde ahí que no estén haciendo ya.

No eres curandera, Rowena. Eres lo que yo te he estado enseñando durante veintidós días, y eso es lo único que puede salvar a Fiona a la larga.

No la fiebre de hoy: el hombre que la amenazó la semana pasada.

Las palabras caen con un peso que no esperaba. Se queda callado después de decirlas, como si él mismo no hubiera planeado decirlas y ahora las estuviera mirando caer al suelo con sorpresa. Bhaltair mira a uno y luego al otro y se queda al margen con los brazos cruzados, esperando.

—Voy —digo, y le quito la espada de la mano a Aedan antes de que pueda reaccionar, la apoyo contra la pared de la cabaña y me giro hacia Bhaltair—. Bajo contigo ahora mismo. Si la fiebre es leve, vuelvo mañana. Si no es leve, me quedo el tiempo que necesite quedarme.

—Rowena... —empieza Aedan, y hay algo en su voz que no es enfado, algo que suena más cercano a la frustración de quien ve un edificio que construyó con cuidado empezando a tambalearse.

—No estoy pidiendo permiso —le digo, y no es agresividad, es honestidad—. Estoy avisando. Hay una diferencia.

Bajo la colina sin mirar atrás. Bhaltair va a mi lado y no habla durante los primeros veinte minutos del camino, lo cual es inusual en él porque mi tío nunca ha sido de guardar silencios largos. Cuando por fin abre la boca, no es para insistir en que vuelva.

—¿Cómo va el entrenamiento? —pregunta, con un tono que intenta ser casual y no lo logra del todo.

—Mejor de lo que esperaba. Peor de lo que necesito.

—¿Eso quiere decir algo?

—Quiere decir que tengo posibilidades reales si todo sale bien el día del combate. Y que si algo sale mal, no las tengo.

Bhaltair asiente y no hace más preguntas.

El resto del camino lo pasamos en un silencio que es cómodo porque no está cargado de nada, es solo el silencio de dos personas que caminan juntas y no necesitan llenar el aire con palabras porque el paisaje ya lo hace: los robles se van espesando a medida que bajamos, el sendero se vuelve más ancho y más firme, y empiezo a oír sonidos que no se oyen arriba en la colina, el mugido de una vaca, el golpe de un martillo sobre el yunque, la voz de un niño gritando algo que no puedo distinguir.

Sonidos de un pueblo que sigue vivo a pesar de todo, y ese pensamiento me hace sentir algo que se parece a la culpa porque yo me fui de aquí y me pasé veintidós días en una cabaña aprendiendo a golpear y no sabía qué encontraría al volver.

Lo que encuentro es peor de lo que imaginaba.

El pueblo se ve igual desde fuera, las mismas casas de piedra, los mismos tejados de paja, los mismos caminos de tierra que recorrí toda mi vida.

Pero algo cambió en el aire, en la forma en que la gente se mueve, en los ojos que me miran cuando paso.

Las mujeres que antes me saludaban con una sonrisa ahora me miran con una mezcla de esperanza y miedo que no sé cómo recibir, como si fuera un talismán que podría salvarlas o romperse en cualquier momento.

Llego a la casa y entro sin llamar. Isla está sentada junto a la cama de Fiona con un paño mojado en las manos y las ojeras de quien no ha dormido en un día y medio.

Fiona está acostada con la cara colorada y el pelo pegado a la frente y los ojos cerrados, y parece más pequeña de lo que es, reducida por la fiebre a algo frágil que no encaja con la imagen que tengo de ella.

—¿Desde cuándo? —pregunto, acercándome a la cama.

—Ayer al mediodía. Empezó con escalofríos, luego subió la temperatura. Le he dado infusiones de menta y le he puesto paños fríos en la frente pero no baja del todo.

Le toco la frente. Está caliente, sí, pero no arde de la forma en que arde alguien con una fiebre peligrosa.

Es una fiebre moderada, incómoda pero no aterradora, y en cuanto toco su piel, Fiona abre los ojos y me mira con esa expresión de medio sueño que tienen los enfermos cuando el mundo no termina de ser real.

—Rowena... —murmura, y suena alegre y triste al mismo tiempo—. Viniste.

—Vine.

—¿Terminaste de entrenar?

—No. Vine a verte.

Sonríe con los ojos cerrados y aprieta mi mano con una fuerza que sorprende para alguien con fiebre, y luego se duerme otra vez o algo que se parece al sueño. Me quedo mirándola un momento y luego me giro hacia Isla, que me observa con una expresión que no puedo descifrar.

—¿Es solo fiebre? —pregunto en voz baja.

Isla me mira un segundo más de lo necesario y luego baja la vista al paño que tiene entre las manos.

—El curandero del pueblo la vio esta mañana. Dice que no hay daño en el cuerpo, que la fiebre no viene de una herida ni de una infección. Dice que viene de la cabeza.

—¿De la cabeza?

—Del miedo, Rowena. Dice que hay personas que enferman de miedo sin darse cuenta, que el cuerpo se apaga porque la mente no aguanta lo que está viviendo.

Fiona no ha dormido bien desde que mataron a nuestro padre.

Tiene pesadillas, se despierta gritando, no quiere quedar sola en ninguna habitación. Y ahora esto.

Me siento en el borde de la cama con las manos en el regazo y miro a mi hermana pequeña dormida con la cara colorada y el pecho subiendo y bajando, y siento que algo dentro de mí se cruje como una rama pisada.

Me fui a aprender a pelear y dejé atrás a alguien que necesitaba que me quedara, y ni siquiera me di cuenta porque estaba tan ocupada siendo la heroína de esta historia que no vi a la niña que se quedaba sin nadie.

—Me quedo esta noche —digo—. Mañana veo cómo amanece y decido si vuelvo a la colina o no.

—Vuelve —responde Isla, y su voz tiene una firmeza que no esperaba—.

No digas que lo piensas, vuelve. Fiona necesita que ganes ese combate más de lo que necesita que le sostengas la mano esta noche.

Lo que necesita es saber que la persona que va a enfrentar al hombre que nos destruyó no va a fallar.

Y no vas a fallar si estás ahí arriba entrenando, no aquí sentada junto a una cama viéndola dormir.

La miro y veo en sus ojos algo que no había visto antes: no es debilidad ni es resignación, es la misma determinación que hay en los míos pero expresada de otra forma, la determinación de quien aguanta donde está porque alguien tiene que hacerlo mientras otra persona hace lo que no puede hacer ella.

—¿Douglas sigue presionando?

—Menos. Murdoch le dijo que si volvía a mencionar la rendición ante los ancianos, lo sacaría del consejo. Kenneth lo respaldó. Douglas calló, pero no está contento.

—¿Y los hombres de Gunn?

—No han vuelto. Pero están ahí, en las tierras del norte. Los centinelas los ven de vez en cuando, moviéndose por los bordes de nuestro territorio como lobos esperando a que bajemos la guardia.

Me quedo esa noche. Me siento junto a la cama de Fiona y le cambio los paños y le doy de beber cuando se despierta medio dormida y le murmuro cosas que no son promesas exactamente pero que suenan parecido: que va a estar bien, que voy a ganar, que nadie le va a tocar un pelo.

A medianoche la fiebre baja un grado. A las tres de la mañana baja otro.

Cuando el sol empieza a asomar por la ventana, Fiona abre los ojos y me mira con una claridad que no tenía ayer.

—Tienes que volver —dice, y su voz ya no es el murmullo del enfermo sino la voz de mi hermana, la voz de la niña que me dijo que no era guerrera el día que le conté sobre el desafío—. Sé que tienes que volver.

—La fiebre bajó.

—Ya lo sé. Bajó porque viniste. Ahora vuelve antes de que suba otra vez.

Le acaricio el cabello y le beso la frente y me levanto antes de que pueda cambiar de opinión. Isla me espera en la puerta con un trozo de pan y un odre de agua.

—Dile a Aedan que no sea idiota —dice, y hay algo en el tono que me hace pensar que sabe más de lo que dice.

Subo la colina sola. Bhaltair se quedó en el pueblo porque tenía cosas que resolver con los ancianos, así que el camino de dos horas lo hago sin compañía, con el sol naciente a mi espalda y el pueblo encogiéndose detrás de mí hasta que desaparece entre los árboles.

Cuando llego a la cabaña, la puerta está abierta.

Aedan está fuera, sentado en la piedra con las dos espadas de práctica a su lado, como si me estuviera esperando.

Me ve llegar y no se levanta, no dice nada, solo me mira con esos ojos grises que parecen leer demasiado.

—La fiebre bajó —digo, deteniéndome a tres pasos de él—. Vuelvo a entrenar.

—Lo sé.

—¿Cómo lo sabes si no fui a contártelo?

—Porque si no hubiera bajado, no habrías vuelto. Y estás aquí.

Se levanta de la piedra y recoge las dos espadas. Me lanza la mía y yo la pillo al vuelo sin pensar, un reflejo que ya no necesita participación de mi cabeza.

—Pensé que no volverías —dice, y su voz es plana pero hay algo debajo de la planitud, algo que suena a alivio disfrazado de indiferencia.

No le contesto. Nos ponemos en posición y empezamos a entrenar, y ninguno de los dos nombra lo que ambos sabemos: que volví, que elegí volver, y que eso significa algo que ninguno de los dos está listo para decir en voz alta.