Venganza en las Highlands Capítulo 10
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Capítulo 10

Lo que aprendí en diez días

Aedan para el entrenamiento al mediodía del vigésimo día y se sienta en la piedra que usa como reposo con la espada crossada sobre las rodillas.

No es un descanso habitual: lo sé porque en veinte días no ha parado a mediodía ni una sola vez.

Me quedo de pie con la espada en la mano, sin saber si debo sentarme también o seguir lista por si cambia de opinión.

—Sostén la espada frente a ti —dice—. Posición de guardia. Sin moverte.

Levanto la espada y me pongo en guardia.

El sol pica en la nuca y el sudor me corre por la siento y la nuca y el sudor me corre por la siento y la nuca, pero no me muevo.

Pasan treinta segundos. Un minuto. Dos. Los brazos empiezan a vibrar con ese temblor fino que aparece cuando los músculos llevan demasiado tiempo tensos en la misma posición.

Cinco minutos. El temblor se hace más visible pero no bajo el arma.

Siete minutos. Los hombros arden y las muñecas gritan y siento que si alguien sopla fuerte la espada va a caer.

—Baja —dice.

Bajo la espada y los brazos me caen a los lados como si hubieran soltado cuerdas que me sostenían. Aedan se levanta de la piedra y viene hacia mí con algo en la cara que no logro leer.

—Siete minutos —dice—. La primera vez que lo intentamos, aguantaste cuarenta segundos.

En veinte días pasaste de cuarenta secundos a siete minutos.

Eso significa que puedes sostener la espada una hora si la alternas entre posiciones.

No una hora seguida en guardia, pero sí una hora de combate real donde la espada sube y baja y se mueve.

—¿Eso es bueno?

—Eso es lo mínimo que necesitas para no morir en los primeros cinco minutos contra Gunn.

No es exactamente un elogio pero está más cerca de lo que nunca he recibido de él. Se sienta de nuevo en la piedra y señala el suelo frente a él.

—Siéntate. Voy a evaluarte.

Me siento con las piernas cruzadas y la espada apoyada contra mi rodilla. Aedan me mira con esos ojos grises que parecen pesar lo que ven, y cuando habla lo hace despacio, como quien lee una lista que tiene memorizada.

—Doce golpes básicos. Los conoces todos y puedes ejecutar diez con precisión aceptable.

Los otros dos, el corte diagonal inverso y la estocada baja, siguen sin limpieza porque tu cadera no gira lo suficiente.

Tu lectura corporal ha mejorado: detectas los golpes por el hombro en el ochenta por ciento de los casos y por la cadera en el sesenta.

El desarme lo consiguió hacerlo completamente una de cada tres intentos, lo cual es mejor de lo que esperaba pero peor de lo que necesitas.

Tu resistencia física es adecuada para un combate de quince minutos.

Después de quince minutos, tu velocidad bajará y tus reflejos se volverán lentos.

—¿Y Gunn?

—Gunn puede pelear a plena velocidad durante al menos cuarenta minutos.

Tiene treinta años de experiencia en combate real, no en entrenamiento.

Ha matado a más de veinte hombres y no ha perdido un duelo en quince años.

Su técnica es bruta pero efectiva: golpea fuerte, golpea rápido, no da tiempo a pensar.

La única ventaja que tienes es que es predecible.

Usa los mismos patrones una y otra vez porque le han funcionado.

Si logras leer esos patrones, puedes anticipar sus golpes y encontrar la apertura.

—¿Y si no encuentro la apertura?

—Entonces no la encuentras y mueres. Es simple.

La brutalidad de la respuesta me golpea como uno de sus ataques, sin aviso y sin suavidad.

Pero no me duele como me habría dolido hace veinte días porque en veinte días he aprendido que la suavidad de Aedan no está en las palabras sino en los actos: en que no me dejó marchar la primera noche de lluvia, en que me contó lo de Elspeth aunque no tenía por qué hacerlo, en que me está dando todo lo que sabe aunque sabe que quizá no sea suficiente.

—¿Qué más necesito aprender en los diez días que quedan?

—Velocidad. Tu cuerpo ya sabe qué hacer pero lo hace despacio. Necesitamos que las instrucciones viajen más rápido del cerebro a los músculos, y la única forma de lograrlo es repetición. Miles de veces. Decenas de miles. Cada golpe hasta que no tengas que pensarlo.

—¿Y cómo hago miles de repeticiones en diez días si entrenamos seis horas al día?

No responde inmediatamente. Me mira con la cabeza ligeramente inclinada y hay algo en su expresión que podría ser duda o podría ser otra cosa que no identifico.

—No entrenamos seis horas —dice finalmente—. Entrenas tú seis horas. Yo te acompaño. Pero si quieres hacer las repeticiones que necesitas, tendrás que entrenar más. Solo.

—¿Solo?

—Por la noche. Después de que yo me acueste. Espadas de práctica, movimientos lentos primero, luego más rápidos. Cada golpe cien veces antes de pasar al siguiente. Si haces eso cada noche, para el día treinta habrás conseguido suficientes repeticiones para que el cuerpo responda sin pensar.

—De acuerdo.

—Pero si te quedas sin dormir, el entrenamiento del día siguiente será inútil. Así que lo haces máximo una hora cada noche. Ni un minuto más. ¿Entendido?

—Entendido.

Esa noche espero a que Aedan se acueste y a que su respiración se vuelva regular.

Cuento veinte minutos después del último sonido que hace, veinte largos minutos donde el fuego se reduce a brasas y la cabaña se llena de sombras, y luego me levanto del jergón con el cuidado de quien se mueve en casa ajena.

Cojo una de las espadas de práctica junto a la puerta y salgo al aire de la noche.

La luna está casi llena y proyecta una luz blanca sobre las colinas que hace que todo parezca hecho de plata y tinta.

Me pongo frente al poste de madera, el mismo que he golpeado cientos de veces durante el día, y empiezo.

Golpe recto. Uno, dos, tres. Los movimientos son lentos al principio, cada uno separado del siguiente por un segundo consciente donde pienso en la posición de los pies, el ángulo del brazo, el giro de la cadera.

Diez. Veinte. Cincuenta. El cuerpo empieza a encontrar un ritmo y los golpes se suceden con menos pausa entre ellos, como sílabas que forman una palabra que no había pronunciado antes. Setenta. Ochenta. Noventa. Cien.

Paso al siguiente golpe. Diagonal descendente.

Uno, dos, tres. El movimiento es más torpe que el recto porque requiere coordinar el giro del hombro con el de la cadera, y mi cadera todavía se resiste a girar lo que Aedan dice que debería girar.

Veinte. Cuarenta. A los sesenta empiezo a sentir el cansancio en el horno derecho, un peso sordo que se va acumulando como arena en un reloj. Ochenta. Noventa. Cien.

Llevo cuarenta minutos cuando lo oigo. Un crujido detrás de mí, el sonido de un pie en la hierba que alguien intentó hacer silencioso y no lo consiguió hacerlo completamente.

Me giro con la espada levantada y Aedan está ahí, de pie entre la cabaña y los abedules, con la camisa arremangada hasta los codos y el pelo suelto sobre los héroes.

Me mira sin expresión y yo lo miro sin saber qué decir porque no sé si estoy rompiendo una regla al hacer esto escondidamente.

—¿Cuánto llevas? —pregunta.

—Cuarenta minutos. Dos golpes completos, cien repeticiones cada uno.

—¿El corte diagonal inverso?

—Aún no. Iba a pasar a ese después.

Se acerca despacio, recoge la segunda espada de práctica del suelo junto a la puerta, y se pone a mi lado frente al poste.

No dice nada. Simplemente levanta su espada y ejecuta el corte diagonal inverso con una lentitud exagerada, cada fase del movimiento separada de la siguiente como si estuviera diseccionándolo frente a mis ojos.

Lo hace una vez. Dos. Tres. Y sin que me lo diga, entiendo que me está mostrando, que esta noche no va a regañarme por entrenar a escondidas sino que se va a unir a mí y el entrenamiento nocturno se acaba de convertir en otra cosa.

Levanto mi espada y lo imito. El primer intento es torpe, mi cadera no sigue al hombro y el corte llega al poste en un ángulo equivocado.

Aedan no corrige con palabras: simplemente repite el movimiento otra vez, más despacio si cabe, y yo lo observo y lo copio.

Segundo intento. Mejor. Tercero. La cadera gira un poco más.

Cuarto. El corte limpia el poste con un sonido que se acerca al que hace él cuando lo ejecuta.

Seguimos así durante los veinte minutos que me quedan de la hora.

No hablamos. El único sonido es el de las espadas golpeando la madera y de nuestra respiración mezclándose en el aire frío de la noche.

La luna se mueve sobre nuestras cabezas y las sombras de los abedules se estiran por el suelo como dedos negros que intentan alcanzarnos sin conseguirlo.

Hay algo en este silencio que es distinto a todos los silencios que hemos compartido: no es incóvido, no es tenso, no está cargado de cosas sin decir.

Es un silencio limpio, vacío de todo excepto del sonido de dos personas haciendo lo mismo al mismo tiempo, y esa simple coincidencia se siente de una manera que no tengo palabras para describir.

Cuando paso el límite de la hora, bajo la espada y Aedan hace lo mismo.

Nos quedamos de pie uno junto al otro mirando las colinas bañadas por la llena y el cielo lleno de estrellas que no se ven desde el pueblo porque las chimeneas y las fogatas las cubren con humo.

Aquí arriba el cielo es tan grande que da vértigo, y las estrellas son tantas que parecen un derrame de leche blanca sobre terciopelo negro.

—¿Por qué no me regañaste? —pregunto, y mi voz sale baja porque el momento parece pedir una voz baja.

—¿Por qué iba a regañarte?

—Me dijiste que entrenara sola. No que te buscara en medio de la noche para que entrenaras conmigo.

—¿Y la viste?

—Te vi levantarte en cuanto abriste la puerta. Llevo despierto desde que te acosté.

—¿Por qué?

Se queda callado un momento y luego suelta un aire por la nariz que tiembla.

—Porque no sabía si lo harías. Y necesitaba saberlo.

No digo nada más. Devolvemos las espadas a su lugar junto a la cabaña y entramos en silencio.

Cada uno a su jergón. El fuego está casi apagado y la cabaña está fría pero no me importa porque hay algo caliente en el centro de mi pecho que no tiene nada que ver con la temperatura.

Me acuesto y cierro los ojos y esta vez, a diferencia de las noches anteriores, el sueño viene rápido y profundo, y no sueño con espadas ni con Gunn ni con la sangre de mi padre en el suelo del salón.

Sueño con estrellas y con el sonido de dos espadas golpeando madera al mismo tiempo.