Capítulo 9
El primer beso que no debió pasar
Al día siguiente el entrenamiento cambia y ninguno de los dos lo nombra.
Es un cambio que no se ve pero se siente, como una corriente subterránea que mueve el agua por debajo de la superficie sin que nada lo delate su presencia.
Aedan sigue golpeando con la misma fuerza, sigue corrigiendo mis errores con la misma franqueza, sigue siendo el hombre que me tiró al suelo docenas de veces en los últimos once días.
Pero ahora, cuando sus manos ajustan mi posición del hombro, los dedos tardan un segundo más de lo necesario antes de soltar.
Cuando se acerca a mostrarme un ángulo de ataque, su cuerpo queda lo suficientemente cerca para que sienta el calor que sale de su camisa.
Cuando paro un golpe y él asiente con esa inclinación de cabeza que ya conozco, hay algo en sus ojos que no estaba ahí antes de anoche, algo que no es gratitud ni es compasión ni es ninguna de las palabras que tengo para nombrar lo que pasa entre dos personas.
No digo nada porque no sé qué decir. Y porque si lo nombraba, si le ponía palabras a lo que está cambiando, tendría que decidir qué hacer con eso, y decidir qué hacer con eso requiere una claridad que no tengo.
Tengo treinta y cuatro días para aprender a no morir y una hermana menor amenazada y un clan que se desmorona y un padre muerto en un salón que todavía no he enterrado.
No hay espacio en esa lista para lo que siento cuando Aedan me toca el brazo y los dedos tardan un segundo más de lo necesario antes de soltar.
El entrenamiento de la mañana pasa sin incidentes.
O casi. Hay un momento, al final de la tercera hora, donde Aedan lanza un golpe que leo en la cadera y la espalda al mismo tiempo, una lectura doble que no había logrado antes, y lo desvío con un movimiento limpio que hace que su espada se desvíe hacia la izquierda mientras la mía queda libre para contraatacar.
No lo hago. Me quedo ahí, con la espada levantada y la apertura clara, y lo miro.
Él mira la espada, luego me mira a mí, y hay un segundo donde su boca se abre como para decir algo y luego se cierra de nuevo. Nada. Volvemos a la rutina.
Después de comer, algo diferente sucede en el entrenamiento.
Aedan me dice que vamos a practicar desarme, una técnica que no hemos tocado todavía porque requiere más control que fuerza y el control es algo que todavía no tengo del todo.
Me explica el principio con palabras cortas y precisas: cuando el oponente golpea de arriba, no intentes bloquear el golpe sino redirigirlo, usa el filo de tu espada para empujar la suya hacia afuera mientras giras la muñeca.
Si el ángulo es correcto, la espada del otro sale de su mano por la fuerza del propio golpe desviado.
—Inténtalo —dice, y se pone en posición con la espada levantada—. Golpea de arriba. No pienses. Solo mueve.
Levanto mi espada y golpeo. Él desvía mi ataque con un movimiento tan pequeño que casi no lo veo y de repente mi espada está girando en el aire y yo no tengo nada en las manos. Me quedo parada con los dedos abiertos mirando el arma caer al suelo.
—Así se hace —dice—. Ahora tú.
Recogemos las espadas y me pongo en posición de defensa.
Aedan levanta la suya y la baja hacia mí con un golpe controlado, más lento de lo que lo haría en un combate real, lo suficiente para que pueda ver lo que tengo que hacer.
Muevo mi espada como me explicó, giro la muñeca, empujo su hoja hacia afuera.
No funciona. Su espada no sale de su mano y el golpe sigue bajando hasta que él lo detiene a un palmo de mi cabeza.
—Otra vez.
Lo intento cinco veces más. Cinco veces fallo.
La sexta, algo cambia: siento el ángulo que él describe, la forma en que la fuerza de su golpe se convierte en la fuerza que lo desarma si la canalizo correctamente, y giro la muñeca con un movimiento que sale del instinto más que de la técnica.
Su espada sale volando hacia la derecha y cae a tres metros de distancia con un ruido sordo contra la hierba.
Nos quedamos mirándonos. Él tiene las manos vacías y abiertas y yo tengo la espada con la espada levantada y el corazón latiéndome en la garganta porque acabo de hacer algo que no debería ser capaz de hacer todavía, y su cara tiene una expresión que no le había visto antes, una mezcla de sorpresa y algo más cálido que no alcanzo a atrapar antes de que desaparezca.
—Bien —dice, y la palabra sale diferente, más suave, como si hubiera pasado por algo antes de llegar a sus labios.
Da un paso hacia mí para recoger la espada que tiré y yo doy un paso atrás al mismo tiempo sin pensar, un movimiento de retroceso que me hace tropezar con una raíz que no vi, y el suelo se me va de debajo de los pies y caigo hacia atrás con los brazos abiertos y la espada saliendo de mi mano.
Aedan reacciona antes de que caiga al suelo: su mano agarra mi brazo y tira hacia adelante con una fuerza que me endereza pero me acerca demasiado a él, y de repente estoy contra su pecho con la cara a la altura de su barbilla y sus manos en mis brazos con las manos aplastadas entre nuestros cuerpos.
No nos movemos.
Estoy lo suficientemente cerca para sentir su respiración contra mi frente, para oler el sudor del entrenamiento mezclado con algo que es solo él, madera y humo y algo amargo que podría ser el whisky que bebe cada noche.
Sus manos en mis brazos no me sostienen ni me empujan: están ahí, quietas, como si no supieran qué hacer conmigo ahora que me tienen.
Levanto la cara y lo miro. Él me mira. Sus ojos grises tienen las pupilas dilatadas y hay una vena que le late en la siento, un latido rápido que delata algo que su cara intenta esconder.
Me besa.
No es un beso que alguien planee. No hay inclinación previa, no hay momento de decisión donde los ojos se acerquen y los labios se preparen.
Simplemente sus labios están sobre los míos como si siempre hubieran estado ahí, como si el beso fuera el paso siguiente de una conversación que empezó hace once días y que no necesitaba palabras para llegar hasta este punto.
Es breve, tal vez dos segundos, tres, pero tiene una intensidad que me quema la boca desde adentro porque sus labios están calientes y firmes y saben a algo que no puedo nombrar y que quiero volver a probar.
Se aparta. No retrocede un paso ni dos: se aparta de golpe, como si le hubiera quemado, y sus manos salen de mis brazos como si mis mangas estuvieran hechas de fuego.
Se queda a un metro de mí con la espalda rígida y la mandíbula apretada y los ojos que no me miran, que miran algún punto sobre mi hombro izquierdo como si yo hubiera desaparecido y solo quedara la pared de la cabaña detrás de mí.
—No puede volver a pasar —dice, y cada palabra suena como si la arrancara de un lugar que le duele tocar—. No debió pasar. Fue un error.
No contesto. No porque esté de acuerdo sino porque no tengo voz.
Mis labios todavía sienten la presión de los suyos y mis manos todavía sienten el calor de su pecho a través de la camisa y hay una parte de mi cabeza que se ha desconectado de todo lo que no sea eso, el eco del beso repitiéndose como una onda que no encuentra orilla.
—¿Me oíste, Rowena? —Su voz sube medio tono, no de rabia sino de algo más cercano al pánico—.
No puede volver a pasar. Soy tu instructor.
Estás aquí para aprender a sobrevivir, no para...
eso no tiene lugar en lo que estamos haciendo.
Si me desconcentro, si tú te desconcentras, vas a morir. ¿Lo entiendes?
—Lo entiendo.
Las dos palabras salen planas, sin inflexión, y él asiente una vez con la cabeza y se gira a recoger su espada del suelo.
Yo me quedo donde estoy, con los pies clavados en el mismo sitio donde caí y donde me levantó, y lo miro agachándose con la espalda dándome la cara y las marcas que ya conozco escondidas bajo la camisa.
No le digo que no fue un error. No le digo que mis manos temblaban antes de que me besara y no era por el entrenamiento.
No le digo nada porque lo que dijo es cierto: si esto nos desconcentra, pierdo. Y perder no es una opción.
Esa noche no duermo. Me quedo en mi jergón con los ojos abiertos mirando el techo de la cabaña y repasando el beso con una precisión que casi me avergüenza: la presión exacta de sus labios contra los míos, el ángulo de su cabeza cuando se inclinó, el sonido que hizo al separarse, ese pequeño chasquido húmedo que se quedó grabado en mis oídos como una nota musical que no puedo dejar de silbar.
Oigo a Aedan darse vuelta en su cama una vez, dos, tres veces, y sé que tampoco duerme, y el saber que tampoco duerme me hace sentir algo que se parece peligrosamente a la esperanza.
Al amanecer me levanto antes que él, como siempre, y preparo el fuego para calentar agua.
Cuando sale de la cama, me mira de reojo mientras se pone la camisa y no dice nada sobre lo que pasó.
Yo no digo nada. Salimos de la cabaña, recogemos las espadas, y empezamos a entrenar con la misma rutina de siempre.
Pero cuando sus manos ajustan mi posición del hombre, los dedos tardan un segundo más de lo necesario antes de soltar.
Y cuando se acerca a mostrarme un ángulo de ataque, su cuerpo queda lo suficientemente cerca para que sienta el calor que sale de su camisa.
Y cada vez que nuestros ojos se cruzan, hay un peso nuevo que no estaba ahí antes de ayer, un peso que ninguno de nosotros nombra pero que ambos cargamos como si fuera de piedra.