Capítulo 8
La marca en su espalda
Aedan no me dirige la palabra durante todo el día siguiente.
Se levanta antes que yo, sale de la cabaña con las dos espadas de práctica y espera de pie junto al poste con la espalda dándome la cara, como si ni siquiera quisiera verme de reojo.
Cuando salgo y lo alcanzo, no dice nada.
Solo lanza mi espada al suelo y se pone en posición.
Recojo el arma y me preparo, y empezamos a entrenar con la misma rutina de siempre excepto que ahora el silencio tiene filos.
No es un silencio cómodo como el de los primeros días, ese vacío neutro donde ninguno de los dos esperaba nada del otro.
Este es un silencio activo, pesado, construido piedra sobre piedra con cada golpe que lanzo y cada golpe que él bloquea sin mirarme a los ojos.
El entrenamiento es más duro que de costumbre: los golpes llegan más rápido, desde ángulos más incómodos, y cuando logro parar uno que no debería haber podido parar, no hay inclinación de cabeza ni palabra de reconocimiento. Solo otro golpe, y otro, y otro.
Hacia la cuarta hora de entrenamiento, el sol está alto y el aire huele a hierba calentada por la mañana.
Aedan lanza un ataque bajo que logro desviar lateralmente, una mejora que habría celebrado hace dos días pero que ahora recibo en silencio.
Él retrocede un paso para recuperar la posición y en ese movimiento su pie tropieza con una raíz que sobresale del suelo.
Es un error mínimo, una fracción de segundo donde su cuerpo se descompone, pero lo que veo en esa fracción no es el error sino lo que el error revela: la camisa deslizada le cuelga de un hombro y la espalda queda expuesta bajo la luz del sol.
Lo que veo me detiene.
No son cicatrices de combate. Conozco las cicatrices de combate: mi padre tenía tres en el antebrazo izquierdo y una en la pantorrilla, cortes limpios hechos por hojas que fallaron su objetivo o que llegaron demasiado cerca.
Lo que tiene la espalda de Aedan es otra cosa.
Son líneas paralelas que cruzan la piel de lado a lado, desde el hombro derecho hasta la cadera izquierda, tan uniformes en su separación que podrían ser obra de un artesano si no fuera por la irregularidad del tejido cicatrizado, los bordes levantados y blanquecinos de heridas que se abrieron profundas y sanaron sin cuidados.
Hay al menos quince, quizá veinte, y cubren tanta superficie de su espalda que la piel que queda entre ellas parece la excepción y no la regla.
Dejo de moverme. La espada de práctica cuelga de mi mano derecha sin que la sostenga conscientemente y mi boca se abre sin que salga nada.
Aedan se endereza y tira de la camisa para cubrirse en un movimiento brusco que grita más que cualquier grito, y cuando se gira hacia mí su cara tiene una expresión que nunca le había visto: no es rabia, es algo más crudo, más expuesto, como si le hubiera arrancado la piel del rostro igual que le acabo de ver la espalda.
—Baja la espada —dice, y su voz suena extraña, como si pasara por un conducto demasiado estrecho—. Entrenamiento terminado.
—Aedan...
—Dije que el entrenamiento ha terminado.
Deja su espada en el suelo y camina hacia la cabaña con pasos que son más rápidos de lo normal, casi una huida, y cierra la puerta con un golpe que hace temblar los troncos de las paredes.
Me quedo donde estoy, con la espada en la mano y las imágenes de lo que acabo de ver grabadas en la parte de la memoria que no tiene borrador.
Flagelación. Eso es lo que son esas marcas.
Alguien azotó a este hombre con algo que tenía múltiples colas, un látigo de las que usan para el ganado o algo peor, y lo hizo con la sistematicidad de quien no busca lastimar sino destruir.
El resto del día pasa sin que salga de la cabaña.
No como a buscar leña, no se asoma a la puerta, no hace ningún sonido que pueda oír desde fuera.
Yo me quedo sentada junto al poste con la espada cruzada sobre las rodillas y espero algo que no llega.
Cuando oscurece, entro en la cabaña. Él está sentado en su silla junto al fuego, con la jarra en una mano y la mirada fija en las llamas.
La camisa está abotonada hasta el cuello y los brazos cubiertos hasta las muñecas.
No me mira cuando me siento en mi jergón, ni cuando me acuesto, ni cuando cierro los ojos pero no duermo.
Pasan horas. El fuego se reduce a brasas y luego a un resplandor rojo que apenas ilumina el techo.
Oigo a Aedan moverse en la silla, el crujido de la madera, el sonido de la jarra al ponerla en el suelo.
Espero que hable en sueños como las otras noches, pero esta vez no hay murmullos, no hay nombres, solo un silencio que pesa más que todas las palabras que no estamos diciendo.
Me levanto del jergón sin hacer ruido y me siento en el suelo junto al fuego, a su lado, con las rodillas contra el pecho.
Me mira entonces, y sus ojos tienen el color de las brasas reflejado en ellos.
—No iba a preguntarte —digo en voz baja—. Lo que vi hoy, no iba a preguntarte. Pero necesito que sepas que no fue compasión lo que vi en mi cara. Fue reconocimiento.
—¿Reconocimiento? —Su voz sale raspada, gastada por el whisky o por el silencio o por las dos cosas.
—Reconocimiento de que tienes marcas que no se ven. Como yo tengo las mías. Las mías están dentro y las tuyas están en la espalda, pero al final son lo mismo: lugares donde alguien nos rompió algo que no se puede arreglar.
No responde. Mueve la jarra entre las manos, la gira, la detiene, la vuelve a girar, y el fuego proyecta sombras en su cara que se mueven como aguas oscuras. Cuando habla, lo hace sin mirarme, con la vista clavada en algo que solo él puede ver entre las brasas.
—Se llamaba Elspeth. Mi hermana. Tenía dieciséis años cuando Callum Robertson decidió que le gustaba.
El nombre cae en el aire de la cabaña y se queda ahí, flotando, y yo no lo toco porque sé que si lo toco se rompe.
—Era el hijo mayor del jefe. El heredero.
Todo el clan sabía lo que era: un cerdo con espada que se llevaba a las criadas a la fuerza y nadie decía nada porque era el hijo del jefe.
Pensé que Elspeth estaba a salvo porque era de la familia, porque el jefe la protegería.
Pero una noche la encontré en el establo.
Estaba en el suelo, con la ropa rasgada, y no se movía. Creí que estaba muerta.
Hace una pausa. La jarra se detiene en sus manos y se queda quieta como si él también se hubiera detenido por dentro.
—No estaba muerta. Pero me miró con unos ojos que... —La voz se le quiebra por primera vez, una fisura mínima que cierra inmediatamente apretando la mandíbula—. Me miró como si yo también la hubiera matado. Como si el hecho de estar vivo y no haberlo impedido fuera peor que lo que él le hizo.
—No fue tu culpa, Aedan.
—Lo sé. Pero ella no lo sabía. Y yo no supe cómo decírselo. Así que en lugar de palabras, le di otra cosa.
Saca un trago largo de la jarra y la vuelve a bajar con un golpe seco contra el suelo.
—Al día siguiente fui a la casa del jefe.
Callum estaba en el patio, limpiando su espada como si fuera un hombre honorable.
Le corté la garganta frente a veinte personas.
No fue un duelo, no fue un combate, fue una ejecución.
Lo miré a los ojos mientras se desangraba y lo único que sentí fue decepción porque murió demasiado rápido.
El fuego cruje y una chispa sale de las brasas y se pierde en la oscuridad de la chimenea. No le interrumpo. No le toco. Solo me quedo donde estoy y dejo que las palabras salgan porque si se detienen ahora, no volverán a salir nunca.
—El jefe me mandó azotar esa misma noche.
Veinticinco latigazos delante de todo el clan.
Su orden fue que no me mataran, que me dejaran vivo para que supiera lo que era vivir con la marca de la vergüenza.
Y funcionó, ¿sabes? Funcionó porque lo que me quitó esa noche no fue el orgullo ni la dignidad: fue a Elspeth.
Me gira a mirar entonces, y sus ojos tienen algo que no le había visto nunca, algo húmedo que refleja el fuego y que niega con cada fibra de su cuerpo.
—Tres días después del azote, mi hermana se ahogó en el río. Se largó al agua con piedras en los bolsillos y no intentó nadar. Alguien la encontró al amanecer. Yo no pude ir al funeral porque ya me habían desterrado.
El silencio que sigue es el más largo que he compartido con otra persona en mi vida.
Dura minutos enteros donde lo único que se mueve es el fuego y el pecho de Aedan subiendo y bajando con respiraciones que intentan ser normales y no lo consiguen.
Pongo mi mano sobre la suya, la que tiene apoyada en la rodilla, y la siento tensa, rígida, lista para retirarse. No se retira.
—¿Por qué aceptaste entrenarme? —pregunto, y la voz me sale tan baja que casi no la oyo yo misma.
Se queda mirando nuestra mano sobre la suya durante un tiempo que no puedo medir.
—Porque cuando me pediste que te enseñara a pelear contra el hombre que mató a tu padre de forma injusta, me estabas pidiendo que te enseñara a hacer lo que yo no pude completar.
Yo maté al que lastimó a mi hermana, sí.
Pero no protegí el resto. No me quedé para asegurarme de que ella estuviera a salvo después.
La dejé sola con su dolor mientras yo me ocupaba de mi propia furia.
Y cuando ella murió, entendí que la venganza sin protección no sirve de nada.
Aprieta mi mano con una fuerza que me sorprende y suelta un aire por la nariz que tiembla.
—Tú no vas a cometer ese error. Voy a enseñarte a golpear, sí.
Pero también voy a enseñarte a ganar de una forma que signifique algo después.
Que tus hermanas estén seguras. Que tu clan esté protegido.
Que cuando Gunn caiga, no quede nadie detrás tuyo que pueda ser lastimado como lastimaron a Elspeth.
La abrazo. No lo pienso, no lo decido, simplemente me levanto del suelo y lo abrazo con los brazos alrededor de sus hombros y la cara contra su cuello, y él se queda rígido durante un segundo que se estira como cuerda, y luego sus brazos suben y me rodean la espalda con una fuerza que me aprieta las costillas y me hace doler y no me importa porque en ese dolor hay algo que no tiene nombre pero que se siente como dos cosas rotas que encajan por los bordes afilados.
No lloramos. Ninguno de los dos. No hace falta.