Capítulo 7
La visita que no esperaba
Bhaltair aparece al amanecer del décimo día de entrenamiento y desde el momento en que lo veo bajar por el sendero con la cara tensa y la mandíbula apretada sé que no trae buenas noticias.
Vengo de la cabaña a recibirlo porque Aedan aún no se ha levantado y no quiero que mi tío llame a la puerta y rompa el frágil equilibrio que he construido aquí en estos diez días de golpes y silencios y callos en las manos que ya no me duelen.
—Gunn envió mensajeros anoche —dice sin preámbulo, deteniéndose a tres pasos de mí con las manos en las caderas y los ojos fijos en los míos—. Llegaron al pueblo cuando oscurecía, cuatro hombres a caballo con las insignias de los Gunn en las capas. Pidieron hablar con la jefa del clan Sinclair.
—¿Y quién les abrió la puerta?
—Douglas. Se presentó como portavoz de los ancianos y los recibió en el salón. El mismo salón donde sigue... donde sigue tu padre.
El hueco que deja la palabra que no dice se llena con el sonido del viento entre los abedules.
No necesito que la pronuncie. Mi padre sigue allí porque no lo hemos enterrado todavía.
No hemos enterrado a nadie porque una parte de mí insiste en que no es real hasta que la tierra lo cubra, y mientras la tierra no lo cubra puedo seguir actuando como si pudiera entrar al salón y encontrarlo sentado junto al fuego con una copa de vino y una historia sobre su juventud.
—¿Qué querían?
—Protección. Es la palabra que usaron. Gunn ofrece su protección a las mujeres y niños del clan Sinclair a cambio de que retires el desafío.
Si aceptas, te permite quedarte en las tierras como arrendataria.
Tu familia viviría, tendría comida, techo, seguridad.
Gunn incluso se ofrece a buscar maridos adecuados para ti y para tus hermanas entre sus aliados del norte.
La rabia llega antes de que pueda detenerla, caliente y rápida, y tengo que apretar los puños junto a los muslos para que no se note en la voz cuando hable.
—¿Y mis hermanas? ¿Ya sabían esto?
—Isla sí. Fiona no se lo dijimos, está con la viuda de MacBean y no sabe nada de la visita.
Pero Isla me mandó a buscarte porque Douglas está presionando a los ancianos para que acepten.
Dice que el desafío es una locura, que una mujer no puede ganarle a Gunn, que estamos arriesgando vidas por orgullo.
—¿Vidas? ¿Qué vidas, Bhaltair? ¿Las de las mujeres que Gunn ya está amenazando?
Mi tío baja la mirada y la mueve por el suelo como si buscara las palabras entre las piedras y la hierba.
—Los mensajeros no dijeron amenazas directamente. Pero antes de irse, uno de ellos se acercó a Isla y le dijo algo al oído. Ella no me quiso repetir qué, pero cuando lo hizo estaba blanca como la leche.
—¿Y Douglas?
—Douglas dice que es la mejor opción que tenemos. Que si no aceptamos, Gunn no mandará más mensajeros: mandará hombres.
El silencio que sigue dura lo suficiente para que un pájaro cruce el cielo entre nosotros y desaparezca detrás de las colinas.
Siento el peso de la información como una losa sobre los hombros, porque no es solo mi vida lo que estoy jugando: son mis hermanas, son las mujeres del clan, es todo lo que queda de los Sinclair después de que Gunn pasara por nuestras tierras como una tormenta.
Y ahora resulta que mientras yo estoy aquí aprendiendo a parar golpes, allá abajo alguien está negociando la rendición a mis espaldas.
—Tengo que ir al pueblo —digo, y me giro hacia la cabaña.
—No puedes irte ahora —responde Bhaltair, agarrándome del brazo—. Faltan veinte días. Si pierdes un día de entrenamiento...
—Si pierdo el clan mientras entreno, no habrá nada que defender cuando termine.
—Rowena, escúchame. Douglas es un cobarde pero no es estúpido.
No va a aceptar nada sin el voto de los ancianos, y Murdoch no va a votar a favor después de haber validado tu reclamo.
Kenneth tampoco. Eso ya lo hablamos la noche que llegaron los mensajeros.
Douglas ruge mucho pero no tiene los votos.
—¿Y las amenazas a Isla? ¿Esas también son ruido?
Bhaltair suelta mi brazo y se pasa la mano por la cara con un gesto que ya le he visto antes, el gesto de un hombre que está cansado de llevar pesos que no deberían ser suyos.
—No sé qué le dijeron. Pero Isla está asustada, sí. Y cuando la gente está asustada, hace cosas que no haría si pensara con claridad.
—Necesito hablar con ella.
—Ve entonces. Pero vuelve antes del mediodía. Este hombre te necesita entrenando, no corriendo de un lado a otro resolviendo problemas que pueden esperar.
Bajo al pueblo con las piernas moviéndose más rápido de lo cómodo y la mente dándole vueltas a lo que Bhaltair me contó como un perro dándole vueltas a un hueso.
Encuentro a Isla en la cocina de la casa, sola, frotando una olla que ya está limpia con un trapo que no necesita más frotación.
Le quito el trapo de las manos y ella levanta la cara y la veo: blanca, sí, con ojeras que no tenía hace diez días y los labios tan apretados que han perdido el color.
—¿Qué te dijeron? —pregunto sin rodeos.
—Nada que importe.
—Isla.
—Rowena, por favor, no empieces.
—Dime qué te dijeron o juro por todo lo sagrado que voy a subir esa colina, voy a buscar a Gunn personalmente, y no voy a esperar treinta días para...
—¡Que si no retiras el desafío, Fiona será la primera en pagar el precio!
—exclama, y la olla que tenía en las manos cae al suelo con un ruido metálico que resuena en toda la cocina—.
¿Eso es lo que quieres oír? Que ese hombre miró a mi hermana menor y me dijo que una chica tan bonita no debería desperdiciarse en un clan derrotado.
Que Gunn tiene amigos en el norte que pagan bien por caras nuevas.
Que si nos portamos bien, nos tratarán bien.
¿Eso, Rowena? ¿Eso es lo que necesitabas oír?
La olla rueda por el suelo y se detiene contra la pared.
Isla tiene los ojos llenos de lágrimas que no caen, contenidas por esa fuerza de voluntad que siempre la ha caracterizado, y yo siento la rabia transformarse en algo más oscuro, más pesado, algo que se asienta en el estómago como una piedra caliente.
—¿Douglas lo sabe?
—Douglas dice que exagero. Que eran palabras, nada más.
—¿Y tú le crees?
—¡No sé qué creer! —Su voz se quiebra y por fin las lágrimas caen, silenciosas, rápidas, limpiándole los surcos que la preocupación le ha cavado en la cara en estos diez días—.
Solo sé que Fiona tiene quince años, Rowena.
Quince años. Y yo no puedo protegerla si tú no estás aquí y los hombres de Gunn vuelven una noche y se la llevan.
La miro y siento algo que no es culpa pero se parece mucho, un peso en el pecho que me dice que ella tiene razón, que me fui a las colinas a aprender a pelear y dejé atrás a las personas que debía proteger, y que todo este entrenamiento no sirve de nada si mientras tanto mi hermana menor está en peligro.
—Vuelve esta tarde —le digo, y mi voz sale más firme de lo que siento—. Habla con Murdoch, con Kenneth. Diles lo que te dijeron, todo, sin suavizar nada. Si Douglas quiere aceptar el trato de Gunn, que lo diga delante de todos con las amenazas sobre la mesa. A ver si tiene los votos entonces.
—¿Y si los tiene?
—No los tiene.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Murdoch es el jefe de los ancianos y validó mi reclamo.
Si ahora acepta la oferta de Gunn, admite que se equivocó, y un hombre como Murdoch no admite que se equivoca delante de nadie.
Kenneth tampoco: odia a los Gunn desde antes de que naciéramos.
Rory te apoya, eso lo sabemos. Y Bhaltair tiene voz en el consejo por ser el hermano de mi padre. Douglas está solo.
Isla se seca los ojos con el dorso de la mano y respira hondo, y cuando me mira de nuevo hay algo en su expresión que se parece a la mujer que era antes de que todo esto empezara, la hermana mayor que siempre supo lo que hacer cuando yo era la que se desmoronaba.
—Vuelve al entrenamiento entonces. Y gana, Rowena. Gana para que ninguna de nosotras tenga que volver a oír palabras como esas.
Subo la colina con el estómago revuelto y la rabia convertida en algo que no puedo nombrar pero que me aprieta la garganta como un puño.
Cuando llego a la cabaña es casi mediodía y Aedan está afuera afilando una de las espadas de práctica con una piedra que mueve en círculos lentos sobre el filo de madera.
Me ve llegar y nota algo en mi forma de caminar porque deja la piedra y la espada y se queda mirándome con los brazos cruzados.
—Llegas tarde. ¿Qué pasó?
—Nada que no pueda manejar.
—Mientes mal, Rowena. Venimos de las mismas tierras: sé lo que parece alguien del clan Sinclair cuando lleva malas noticias encima.
—No son mías. Son de mi hermana.
Le cuento. No todo, pero lo suficiente: los mensajeros, la oferta de Gunn, la amenaza velada a Fiona, la presión de Douglas.
Hablo rápido, apretando las palabras unas contra otras como si pudiera expulsar la rabia a través de ellas, y cuando termino me quedo de pie frente a él con los puños cerrados y la respiración más acelerada de lo que debería.
Aedan no dice nada durante un momento que se estira como goma. Luego se agacha, recoge la espada de práctica del suelo y me la lanza. La pillo al vuelo por pura costumbre, sin pensar, las manos ya saben qué hacer.
—Golpea —dice.
—¿Qué?
—Golpea algo. El poste. La pared. El aire. No me importa qué. Pero saca eso de tu sistema antes de que te corroa desde dentro.
—No quiero golpear algo. Quiero...
—Quieres bajar al pueblo y buscar al hombre que amenazó a tu hermana y cortarle la garganta. Lo sé. Lo leo en tu cara desde que llegaste. Pero si lo haces, pierdes el combate, pierdes las tierras, y tu hermana queda igual o peor que antes. Así que golpea.
El poste de madera que usa como blanco está a mi derecha.
Me giro y golpeo. La espada de madera impacta contra el tronco con un sonido sordo y el impacto me sube por los brazos hasta los hombros.
Vuelvo a golpear. Y otra vez. Y otra. Cada golpe lleva un nombre: Gunn, Douglas, el hombre de la cicatriz que cortó la cuerda del tobillo de mi padre, el mensajero que miró a Fiona como si fuera mercancía.
Golpeo hasta que los brazos arden y la respiración se me corta y la espada pesa más de lo que puedo sostener, y entonces me detengo con las manos apoyadas en el poste y la frente contra la madera rugosa y el cuerpo temblando de algo que no es solo esfuerzo físico.
—¿Te sientes mejor? —pregunta Aedan desde detrás de mí.
—No.
—Bien. Porque mejor no es lo que necesitas. Lo que necesitas es claro. Y claro es lo que vas a tener cuando termines de sacudir la rabia y te sientes a pensar como la persona que va a enfrentar a Malcolm Gunn en veinte días, no como la hermana aterrada que quiere proteger a su familia.
Me giro bruscamente y lo miro con una furia que ya no sé si es contra Gunn o contra él o contra mí misma.
—¿Tú qué sabes de proteger a alguien? —arrojo, y la voz me sale más alta de lo que pretendía—. Tú que estás aquí escondido en una cabaña bebiendo hasta olvidar, tú que mataste al hijo de tu jefe y luego te dejaste flagelar sin pelear, tú que...
Me detengo porque lo que voy a decir cruza una línea que no debería cruzar, pero es demasiado tarde porque las palabras ya salieron y ahora están colgadas en el aire entre nosotros como algo que no se puede recoger.
Aedan se ha quedado inmóvil. No hay rabia en su cara.
No hay nada en su cara. Es un muro de piedra con ojos grises, y eso es peor que si me hubiera gritado.
El silencio dura lo suficiente para que me dé cuenta de lo que acabo de hacer. Bajo la mirada y aprieto la espada contra mi pecho como un escudo.
—Perdón. No debí decir eso.
—No —responde, y su voz es tan baja que tengo que hacer un esfuerzo para oírla—. Tú no sabes nada de lo que he perdido.
No dice nada más. Da la vuelta y entra en la cabaña y cierra la puerta con un golpe seco.
Me quedo fuera con la espada en las manos y el peso de lo que dije cayéndome encima como agua fría.
No insisto. No llamo a la puerta. Me siento en el suelo junto al poste y miro las colinas que se extienden hacia el norte hasta donde la vista alcanza, y no hablamos más ese día.