Capítulo 6
Los golpes que no dejan marca
Al tercer día de entrenamiento descubro que Aedan no golpea sin razón.
Cada ataque viene de un ángulo distinto y cada ángulo tiene un propósito que no entiendo hasta que me lo explica después, siempre después, nunca antes, como si el dolor fuera el primer idioma en el que necesitaba aprender antes de pasar al segundo.
El golpe que viene de arriba a la derecha me enseña a cubrir la cabeza.
El que llega bajo y en diagonal me obliga a bajar el centro de gravedad.
El golpe recto, simple, brutal, que parece el más fácil de parar es en realidad el que más veces me tira al suelo porque llega más rápido de lo que los ojos pueden seguir y el cuerpo tiene que reaccionar antes de que la mente dé la orden.
—Deja de pensar —me dice por cuarta vez esta mañana mientras me levanto del suelo con la espalda empapada de rocío—. El pensamiento es lento. El cuerpo es rápido. Si esperas a entender lo que voy a hacer antes de reaccionar, ya estás muerta.
—¿Y cómo reacciono sin pensar?
—Entrenando. Hasta que el cuerpo sepa lo que hacer antes de que tú lo sepas.
Es la respuesta que me da siempre que le hago esa pregunta, y siempre me frustra con la misma intensidad porque no es una respuesta, es una promesa que depende de mí cumplirla y de él cumplirla y de que el tiempo alcance para que las dos cosas pasen.
Pero no insisto porque aprendí en estos tres días que insistir con Aedan es como golpear un muro de piedra: no te rompes la mano, pero tampoco mueves nada.
Lo que sí ha cambiado es que ahora puedo parar три de cada cinco golpes sin caerme.
Las ampollas de las manos se han convertido en callos duros que duelen menos y agarran mejor, y mis pies ya saben dónde ponerse sin que yo les diga, un cambio tan sutil que no lo noté hasta que Aedan dejó de corregir mi postura cada vez que levantaba la espada.
No me felicita. No dice nada. Pero dejó de corregirme, y en el lenguaje silencioso de este hombre, eso es más que un elogio.
Durante el entrenamiento de la tarde algo diferente sucede.
Aedan lanza un golpe lateral que ya he visto antes, lo he parado docenas de veces en estos tres días, pero esta vez algo en su hombro se mueve una fracción de segundo antes de que el brazo baje, una tensión minúscula en el músculo que delata la dirección del ataque, y mi espada se mueve para interceptarlo antes de que mi mente procese lo que acabo de ver.
El choque de las dos maderas resuena entre las colinas con un sonido seco y limpio, y Aedan se queda donde está, con la espada cruzada contra la mía, tan cerca que puedo contar las grietas del iris gris de sus ojos.
No nos movemos. El fuego de la chimenea de la cabaña crepita a nuestra espalda.
Un cuervo grazna en algún lugar lejano. Su respiración es pesada pero controlada, y la mía no lo es tanto, y estoy lo suficientemente cerca para notar que tiene una cicatriz pequeña en la comisura izquierda del labio que no había visto antes, una línea blanca que podría ser un corte de navaja o el borde de una espada que llegó demasiado cerca.
El momento dura dos segundos, tres, четыре, y luego él aparta su espada con un movimiento brusco y da un paso atrás como si le hubiera quemado.
—Bien —dice, y la palabra sale apretada, como si le costara admitirlo—. Viste el hombro. Eso es leer el cuerpo. Sigue haciéndolo.
No pregunto a qué se refiere con eso de seguir haciéndolo porque lo sé: acaba de mostrarme la diferencia entre parar un golpe porque lo adivinas y parar un golpe porque lo leíste, y la diferencia es enorme, es la diferencia entre sobrevivir por suerte y sobrevivir por habilidad.
Anoto el detalle en algún lugar de mi cabeza donde no se va a perder y seguimos entrenando.
Pero el momento no se borra. Queda ahí, pegado a la memoria como una mancha que no sale, y durante el resto de la tarde soy demasiado consciente de cada vez que nuestras espadas se cruzan y nuestros cuerpos quedan cerca, demasiado atenta a la forma en que su brazo se tensa antes de golpear, a cómo su pecho sube y baja con la respiración, a cosas que no deberían importarme mientras estoy aprendiendo a no morir.
Cenamos en silencio como siempre. Aedan come pan y queso sentado en el suelo junto al fuego y yo me siento en el otro lado de la chimenea con mis propias porciones, y ninguno de los dos habla porque las reglas no escritas de esta cabaña dicen que la comida es para comer, no para conversar.
Pero esta noche el silencio se siente distinto, más cargado, como si las palabras que no estamos diciendo tuvieran peso y ese peso estuviera presionando el aire entre nosotros.
Me acuesto en mi jergón antes que él, como todas las noches, y cierro los ojos aunque no estoy dormida.
Oigo a Aedan moverse por la cabaña, el sonido de la jarra al ponerla en el suelo, el crujido de la silla cuando se sienta, el crepitar del fuego que se va apagando poco a poco.
Pasa una hora. Quizá dos. Yo sigo despierta, con los ojos cerrados y el cuerpo dolorido que protesta cada vez que me muevo pero que ya está aprendiendo a dormir con el dolor como un compañero constante.
Entonces lo oigo.
Es bajo, apenas un murmullo que se pierde casi de inmediato en el silencio de la cabaña, pero estoy lo suficientemente despierta para atraparlo antes de que desaparezca.
Un nombre. Dos nombres. El primero no lo distingo bien, suena como Moira o Morag, algo que empieza con M y termina con una vocal abierta.
El segundo es más claro, más nítido porque lo repite tres veces con una desesperación que no encaja con el hombre frío que me golpea durante el día.
—Perdón... perdón... no debí... perdón...
Abro los ojos lo suficiente para ver a través de las pestañas.
Aedan está sentado en la silla con la cabeza inclinada hacia atrás y los ojos cerrados, y su cara en la luz débil de las brasas no tiene nada del hombre que soy durante el día: es la cara de alguien que está siendo desgarrado desde dentro por algo que no puede soltar ni sujetar.
Habla otra vez, esta vez más largo, y pescar fragmentos que no forman una historia completa pero que sí forman una herida.
—...dejarte sola... no sabía... debería haber... tú no...
Se detiene. Su cuerpo se tensa y luego se relaja, y los músculos de la cara se sueltan como si alguien hubiera cortado las cuerdas que los mantenían tirantes.
Vuelve a dormir, o algo que se parece al sueño, y yo me quedo mirando el techo de la cabaña con los ojos bien abiertos ahora porque cerrarlos ya no sirve de nada.
No me mueve a lástima. La lástima es algo que se le tiene a los débiles, y Aedan Robertson no es débil: es un hombre que fue fuerte suficiente para hacer lo que ningún otro se atrevió a hacer y que pagó por ello con un precio que nadie le debería haber cobrado.
Lo que siento es otra cosa, algo que tiene que ver con reconocer un paisaje porque lo he caminado yo misma: la tierra baldía que queda después de que te quitan algo que no se puede devolver.
Mi padre yace muerto en el salón de casa y yo estoy aquí aprendiendo a matar al hombre que lo mató, y Aedan está ahí sentado pidiéndole perdón a fantasmas en sueños porque no puede pedirles perdón despierto.
No somos tan diferentes. Las diferencias son solo de grado, no de naturaleza.
Al día siguiente el entrenamiento continúa y yo no digo nada de lo que oí. No es mi lugar. Pero cuando paro un golpe que no debería haber podido parar porque vino más rápido que los anteriores, Aedan me mira con esa inclinación de cabeza que ya conozco y dice:
—Estás leyendo mejor. El hombro izquierdo, ¿verdad?
—El hombro y la cadera. Cuando vas a golpear de arriba, la cadera se gira un instante antes que el brazo. Si miro la cadera, sé de dónde viene el golpe antes de que el brazo se mueva.
Me mira un momento más largo de lo habitual, y hay algo nuevo en sus ojos, algo que no estoy segura de poder nombrar pero que me hace sentir como si acabara de pasar una prueba que no sabía que estaba rindiendo.
—Tu padre no te enseñó eso —dice, y no es pregunta.
—No. Mi padre me enseñó a sostener la espada y a golpear con fuerza. Lo demás lo estoy aprendiendo ahora.
—¿De mí?
—De ti y de ti mismo. Hablas en sueños, Aedan.
El silencio que sigue es tan espeso que podría cortarlo con la espada de práctica.
Su cara no cambia de expresión pero sus manos aprietan la espada con una fuerza que blanquea los nudillos, y durante un segundo creo que va a negarlo, que va a decir que me equivoco, que me manda al diablo y me echa de la cabaña por haber escuchado lo que no debía.
—No voy a hablar de eso —dice finalmente, y su voz es plana, controlada, como si estuviera poniendo piedras encima de algo que quiere mantener enterrado—. Ni ahora ni nunca. ¿Entendido?
—Entendido.
—Bien. Otra vez.
Lanza el golpe y yo lo paro leyendo la cadera, y seguimos entrenando como si la conversación no hubiera existido. Pero algo cambió en el aire entre nosotros, algo que no tiene nombre pero que se siente como una puerta que se abrió un centímetro y que ninguno de los dos va a cerrar del todo.