Venganza en las Highlands Capítulo 5
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Capítulo 5

El peso del acero

Me quedo tres días en la cabaña sin que pase nada que merezca ser contado.

Aedan no habla más de lo necesario, me señala dónde dormir con un gesto de la cabeza, me deja comida en la mesa sin decirme que coma, y sale al amanecer con un hacha al hombro y vuelve al anochecer con leña suficiente para tres noches.

Yo me dedico a recuperarme del frío que me mordió los huesos aquella noche, a comer lo que me pone delante, y a observar.

Observo cómo mueve las manos cuando corta pan, cómo dobla el cuerpo para recoger algo del suelo, cómo sujeta el hacha con una facilidad que dice más que cualquier palabra sobre lo que es capaz de hacer con un arma en la mano.

Observo y aprendo, aunque todavía no sé qué voy a hacer con lo que aprendo.

Al cuarto día me despierto antes que él.

La cabaña está fría porque el fuego se apagó durante la madrugada y no me atrevo a acercarme a la chimenea para reanimarlo porque no sé dónde guarda la leña seca y no quiero hacer ruido.

Cuando Aedan abre los ojos y me ve sentada en el jergón con las piernas cruzadas y los ojos abiertos, me mira con esa expresión que ya conozco, la de quien está calculando cuánto tiempo tardaré en marcharme por mi cuenta.

—¿Cuántos días más piensas quedarte? —pregunta, restregándose los ojos con el dorso de la mano.

—Los que haga falta.

—Tengo comida para una semana. Después de eso, tendrás que bajar al pueblo.

—Traeré comida cuando suba. No es un problema.

Se incorpora despacio, con el crujido de huesos de alguien que duerme en un jergón demasiado delgado desde hace demasiado tiempo, y se sienta al borde de su cama con los pies descalzos en el suelo frío.

Me mira un momento largo y luego suelta un aire que infla sus mejillas antes de salir por la boca.

—Treinta días —dice.

No estoy segura de haberlo oído bien.

—¿Qué?

—Treinta días. Te entrenaré durante treinta días. No más. Si al final de esos treinta días no eres capaz de sostener una espada durante una hora sin que tu brazo tiemble, no habrá segundo chances, no habrá extensión del plazo, no habrá ruegos que me hagas cambiar de opinión. ¿Entendido?

El corazón me da un vuelco que procuro no mostrar en la cara. Asiento una vez, con firmeza, porque si abro la boca ahora mismo la voz me va a salir temblorosa y eso es lo último que quiero que vea este hombre.

—Bien —dice, y se levanta de la cama—. Empieza ahora. Fuera.

Salgo de la cabaña y él sale detrás de mí con dos espadas de práctica que saca de detrás de un tronco caído junto a la pared.

Son más pesadas de lo que esperaba, de madera gruesa con el filo redondeado, y cuando me lanza una me cae de las manos antes de que pueda agarrarla delante.

La levanto del suelo y el peso me sorprende otra vez, un peso muerto y torpe que no tiene nada que ver con la espada de mi padre, esa claymore larga que sostenía con reverencia los domingos después de misa y que blandía en el patio con movimientos que mi padre me enseñaba como quien enseña a bailar.

—Sosténla —dice Aedan, parado frente a mí con la otra espada en la mano como si no pesara nada—. Las dos manos, separación igual a la anchura de los hombros, filo hacia el enemigo.

Ajusto el agarre y levanto la espada. Mis brazos protestan inmediatamente, un tirón en los hombros que me hace apretar los dientes, pero la mantengo en alto.

Aedan me observa sin expresión y luego golpea mi espada con la suya.

El impacto recorre mi cuerpo entero, me sube por los brazos, me cruza el pecho y me baja por la columna, y mis pies se mueven hacia atrás sin que yo se lo ordene.

La espada baja hasta la cintura y tengo que hacer un esfuerzo visible para volverla a subir.

—Otra vez —dice.

Golpea de nuevo. Esta vez mis muñecas se doblan y la espada rota un ángulo que me hace perder el equilibrio.

Trato de recuperarme pero el peso me arrastra hacia un lado y termino cayendo de rodillas en la hierba húmeda con la espada clavada en el suelo junto a mí.

Mis manos arden. Miro las palmas y veo dos ampollas rojas que ya están formándose donde la madera presionó contra la piel.

—Levántate.

Me levanto. Recupero la espada. Vuelvo a la posición que me indicó.

Golpea una tercera vez y esta vez no solo me desarma: la fuerza del impacto me hace dar una vuelta completa antes de caer de espaldas contra el suelo.

El cielo gris gira sobre mi cabeza y el aire sale de mis pulmones con un golpe sordo que me deja sin respiración durante tres segundos que se sienten eternos.

Cuando logro inspirar, el dolor me inunda: la espalda, los hombros, las muñecas, las rodillas, todo duele a la vez como si me hubieran golpeado con una bolsa de piedras.

—¿Esto es todo lo que te enseñó tu padre?

—pregunta Aedan desde algún lugar encima de mí, y su voz no tiene compasión ni crueldad, solo una frialdad que es peor que las dos cosas juntas—.

¿Sostener una espada con buena postura y hacer girar el arma los domingos?

¿Eso crees que es suficiente para enfrentar a un hombre que ha matado a más de veinte personas en combate?

Me siento con esfuerzo porque el cuerpo no responde como quiero, y lo muerdo con la rabia que empieza a hervir debajo del dolor. No contesto porque si contesto ahora mismo voy a gritar y no quiero gritar delante de él.

—Tu padre te crió como hijo, eso lo sé. Pero te protegió, Rowena.

Te protegió demasiado. Te enseñó a sostener el arma pero no te enseñó a recibir un golpe.

Te enseñó a golpear pero no te enseñó a caer.

Te enseñó el lenguaje de la espada pero no te enseñó la conversación, y en un combate real la conversación es lo único que importa.

Porque no vas a golpear a Gunn primero. Él tiene treinta años de experiencia y un brazo que puede partir un tronco de roble.

Lo que vas a hacer es sobrevivir lo suficiente para encontrar una apertura, y para eso necesitas saber cómo recibir sin romperte, cómo caer sin perder la posición, cómo respirar cuando el cuerpo te pide que dejes de hacerlo.

Se agacha y recoge mi espada del suelo. Me la extiende con el mango hacia arriba y espera a que la agarre.

Mis manos tiemblan cuando la tomo. Las ampollas han estallado y la madera se pega a la piel abierta con un dolor agudo que me hace apretar los dientes tan fuerte que siento la mandíbula crujir.

—Treinta días —repite—. Y si al final no eres capaz de sostener esto una hora sin que te tiemble el brazo, te devuelvo a tu pueblo y les dices que busques otra forma.

—No hay otra forma —digo, y mi voz sale más baja de lo que quiero.

—Entonces mejor que empieces a aprender rápido.

El resto de la mañana es una sucesión de golpes que no puedo detener.

Aedan no me explica lo que hace, simplemente golpea desde ángulos diferentes y yo trato de parar cada uno con la espada y fallo la mitad de las veces.

Cuando no fallo, el impacto me desplaza igual porque no sé cómo anclar los pies al suelo, cómo distribuir el peso, cómo convertir la fuerza de su golpe en algo que absorba en lugar de algo que me tire hacia atrás.

Caigo tantas veces que pierdo la cuenta.

Las rodillas me sangran a través de la tela de la falda.

Las palmas de las manos están tan doloridas que cada vez que agarro la espada siento que me estoy quemando.

Al mediodía Aedan se detiene y se sienta en una piedra junto a la cabaña. Bebe de la jarra que dejó cerca y no me ofrece nada. Me quedo de pie con la espada colgando del brazo, demasiado cansada para levantarla pero demasiado orgullosa para dejarla caer.

—Siéntate —dice sin mirarme.

Me siento en el suelo, a tres pasos de él, con las piernas cruzadas y las manos quemadas sobre las rodillas. El silencio dura un rato que podría ser un minuto o una hora, no lo sé porque el dolor me ha borrado la noción del tiempo.

—¿Por qué no me enseñas antes de golpear? —pregunto, y la voz me sale ronca, como si me hubiera tragado polvo.

—Porque no se aprende a nadar en la orilla del río.

—Pero me estás ahogando.

—No estás ahogada. Si estuvieras ahogada, no podrías hablar.

Miro mis manos. Las ampollas se han convertido en algo que no quiero mirar con mucho detalle, una mezcla de piel rota y sangre seca que me hace pensar en cómo se verán después de treinta días de esto.

—Mi padre me dijo una vez que la espada es una extensión del brazo —digo, más para mí misma que para él—. Que cuando la sostienes correctamente, deja de ser un objeto y se convierte en parte de ti.

—Tu padre decía cosas bonitas —responde Aedan, y bebe otro trago largo—.

Pero las cosas bonitas no ganan combates.

La espada не es una extensión de tu brazo.

Es un trozo de metal que pesa más de lo que deberías poder levantar y que va a tratar de caerse cada vez que la muevas.

Tu trabajo no es hacerla parte de ti. Tu trabajo es obligarla a hacer lo que tú quieres durante el tiempo suficiente para que el otro hombre deje de moverse.

—Eso suena agotador.

—Lo es. Por eso te caes tanto.

El resto de la tarde es más de lo mismo.

Aedan golpea, yo paro o fallo, caigo, me levanto, repito.

Pero algo cambia hacia la quinta hora, algo sutil que no puedo nombrar pero que siento en la forma en que mis pies se colocan en el suelo antes de que mi mente les ordene hacerlo, como si el cuerpo estuviera aprendiendo por un camino que no pasa por la cabeza.

Aedan lo nota también porque cuando paro uno de sus golpes sin caerme, se detiene un segundo y me mira con la cabeza ligeramente inclinada, como si acabara de ver algo que no esperaba.

—Otra vez —dice, y golpea con más fuerza.

Paro. No caigo. Mis brazos arden pero aguanto.

—Otra vez.

Paro. Un paso atrás, pero no caigo.

—Otra vez.

Paro. Esta vez no me muevo ni un centímetro. La espada vibra en mis manos con la fuerza del impacto y siento que los huesos de los antebrazos van a romperse, pero mis pies están clavados en el suelo y mi postura se mantiene y Aedan retrocede un paso antes de darse cuenta de que lo hace.

—Esa furia —dice, y por primera vez desde que lo conozco, hay algo en su boca que podría ser una sonrisa si tuviera más práctica haciendo cosas que no sean beber y estar solo—. Esa furia es lo único que te salva, Rowena. No la pierdas.

El sol se pone detrás de las colinas cuando por fin deja de golpearme.

Me quedo de pie donde estoy, temblando de cansancio, con la espada todavía en las manos y el cuerpo gritándome que me rinda.

Aedan recoge las dos espadas y las deja junto a la cabaña.

Se detiene a medio camino de la puerta y se gira a mirarme.

—Mañana a la misma hora. Y antes de dormir, ponte algo en esas manos o mañana no vas a poder sostener nada.

Entro en la cabaña y cierra la puerta. Me quedo fuera, sola, con las manos destrozadas y las piernas que parecen de algodón, y miro la espada que dejó apoyada en la pared.

La levanto. Me duele todo lo que tiene nombre.

Pero la sostengo frente a mí con ambas manos y cuento tres segundos antes de que los brazos empiecen a temblar.

La bajo. Respiro. La vuelvo a levantar. Cuento hasta cuatro esta vez.

La bajo. La levanto una tercera vez y cuento hasta cinco antes de que el temblor sea demasiado fuerte para sostenerla.

La apoyo contra la pared y bajo al arroyo que pasa al fondo de la colina a lavarme las manos con agua fría que me hace morder el labio hasta que sangra.

No es suficiente. Pero es el primer día, y hoy levanté la espada tres veces sin caerme al final. Mañana serán cuatro.