Venganza en las Highlands Capítulo 4
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Capítulo 4

Tres veces vuelvo

Bhaltair no me acompaña la segunda vez. Lo intenta, se levanta al amanecer y se pone la capa y todo, pero le digo que no y algo en mi voz lo detiene en el umbral de la puerta con la boca abierta y las palabras a medio camino.

—Si voy con alguien, parecerá que no soy capaz de ir sola. Y si no soy capaz de ir sola, no soy capaz de enfrentar a Gunn.

No le doy tiempo a discutir. Salgo del pueblo antes de que el sol toque las colinas y subo el sendero recordando cada piedra, cada raíz, cada giro que tomé ayer con mi tío.

La cabaña está exactamente donde la dejé, entre los dos abedules, con el mismo aspecto abandonado y el mismo silencio alrededor.

La puerta está cerrada. Llamo tres veces y espero.

Nada. Llamo otras tres y sigo esperando.

Desde dentro llega el sonido de alguien moviéndose, un crujido de madera que podría ser una silla o un cuerpo acostándose, y luego silencio otra vez.

—Aedan, soy Rowena Sinclair. Vine ayer con mi tío. Quiero hablar contigo.

Silencio. El viento mueve las ramas de los abedules y una hoja cae frente a la puerta como si el mundo estuviera haciendo todo lo posible por ignorarme también.

Me quedo un minuto más, dos, tres, y cuando es claro que no va a abrir, me giro y bajo por el sendero con la mandíbula apretada y las manos dentro de los bolsillos de la capa para que no vean que tiemblan de frío y no de otra cosa.

Al día siguiente subo de nuevo. Esta vez no llamo.

Me siento en el suelo de piedra que hay frente a la puerta, con la espalda contra la pared de troncos, y espero.

Pasa una hora. Pasan dos. El sol sube y calienta la cara y luego empieza a bajar de nuevo porque me quedé ahí como una idiota sin moverme, sin comer, sin beber, solo esperando.

A mediodía la puerta se abre de golpe y Aedan aparece con la jarra en la mano y los ojos rojos de quien no durmió o de quien bebió demasiado o de las dos cosas.

—¿Todavía aquí? —pregunta, y no es una pregunta realmente, es más como un acto de fe que salió mal.

—Todavía aquí.

—Vete.

—No.

—Mujer, no me obligues a...

—¿A qué? ¿A echarme? Hazlo entonces. Pero mientras no lo hagas, me quedo.

Me mira con esa expresión que ya empiezo a reconocer, la de un hombre al que le gustaría poder odiarme pero le resulta más fácil simplemente dejarme estar porque el odio requiere energía y la energía es algo que él ha decidido gastar en otras cosas.

Cierra la puerta sin más palabras y yo me quedo donde estoy hasta que el frío de la tarde me obliga a moverme.

Bajo al pueblo con los músculos rígidos y el orgullo intacto porque hoy no me ignoró: me habló, me dijo que me fuera, y eso es más de lo que conseguí ayer.

El tercer día llueve. No una lluvia suave ni una llovizna que puedas ignorar: una lluvia gruesa y fría que te empapa hasta los huesos en el tiempo que tardas en respirar dos veces. Bhaltair me ve salir por la puerta de la casa con la capa puesta y me bloquea el camino con un brazo extendido.

—No es día para subir a las colinas, Rowena. Los senderos serán un barrizal.

—Entonces iré más despacio.

—Podrías resbalar y romperte una pierna.

—Entonces arrastraré la pierna rota.

—¿Estás escuchando lo que dices? —Bhaltair baja la voz y se inclina hacia mí, y veo preocupación genuina en sus ojos, la preocupación de un hombre que ya perdió a un hermano esta semana y no quiere perder a una sobrina la siguiente—.

Eres terca, lo sé, lo heredaste de tu padre, pero la terquedad tiene un límite y el límite es cuando te matas por algo que quizá no tiene solución.

Le quito el brazo del camino con una mano y sigo andando.

La lluvia me golpea la cara con gotas que parecen piedras pequeñas y para cuando llego a la cabaña estoy empapada hasta la camisa, con el cabello pegado a las mejillas y los zapatos llenos de barro.

La puerta está cerrada. No llamo. No me siento.

Me quedo de pie frente a ella, con la lluvia cayéndome encima, y espero.

Pasa un minuto. Pasan cinco. Pasan quince.

La puerta no se abre. Aedan no dice nada.

Nada sale de la cabaña excepto el humo que ahora sube por la chimenea, que significa que está dentro, que sabe que estoy ahí, que elige no venir.

Me quedo una hora. Dos. Tres. La lluvia no para y yo no me muevo porque si me muevo, si doy un solo paso hacia atrás, él gana y yo pierdo algo que no puedo nombrar pero que sé que es más importante que quedar seca.

Cuando empieza a oscurecer y el frío se convierte en algo que ya no es incómodo sino peligroso, me siento en el suelo mojado frente a la puerta, me abrazo las rodillas y me quedo ahí, temblando, con los dientes castañeteando de una forma que no puedo controlar.

La noche cae y la lluvia sigue. No duermo porque el frío no me deja, porque cada vez que cierro los ojos el cuerpo me sacude con un escalofrío que me despierta de inmediato.

Me muevo lo menos posible para no gastar energía, me aprieto contra la pared de la cabaña buscando algo de calor que la madera mojada no puede darme, y a veces oigo sonidos desde dentro: un crujido, un paso, una tos ahogada.

Sabe que estoy ahí. Sabe que llevo horas bajo la lluvia. Y no hace nada.

El amanecer llega gris y húmedo, con la lluvia reducida a una llovizna fina que ya no moja tanto como hiela.

Mis dedos están tan fríos que no los siento, mis pies están dormidos dentro de los zapatos empapados, y hay un momento en el que me pregunto si esto es estupidez o determinación y la respuesta me da igual porque ya no puedo levantarme aunque quisiera.

La puerta se abre. Aedan sale y se queda de pie sobre mí, bloqueando la luz que viene de dentro de la cabaña, y me mira desde arriba con una expresión que no puedo leer porque tengo los ojos llorosos del frío y la falta de sueño.

—¿Todavía viva? —pregunta, y suena como si realmente no estuviera seguro de la respuesta.

—Casi —logro decir, y mi voz sale ronca, como si me hubiera tragado arena.

Se agacha y me pone una mano en la frente. Su piel está tibia contra la mía y el contraste es tan grande que cierro los ojos un segundo sin poder evitarlo.

—Estás helada. ¿Cuánto tiempo llevas ahí?

—Toda la noche.

Se queda quieto un momento, con la mano todavía en mi frente, y luego suelta un aire por la nariz que podría ser un suspiro o una maldición ahogada.

Me agarra del brazo y me levanta con una fuerza que me arranca un gemido porque los músculos rígidos protestan al enderezarse.

Me empuja hacia la puerta de la cabaña y yo entro tropezando, con las piernas que apenas me sostienen, y lo primero que noto es el calor del fuego que arde en la chimenea y lo segundo es el olor a whisky y a madera quemada y a algo que podría ser soledad si la soledad tuviera olor.

—Siéntate —dice, señalando la silla más cercana al fuego—. No te muevas de ahí.

Obedezco porque no tengo otra opción. El calor me envuelve como una manta y mis manos empiezan a doler mientras se descongelan, un dolor punzante que va de los dedos a las muñecas y me hace apretar los puños con los dientes apretados.

Aedan pone agua a calentar en una olla herrumbrosa y me mira de reojo mientras se mueve por la cabaña con una domesticidad que no encaja con el hombre que me echó tres veces en tres días.

—¿Por qué? —pregunta finalmente, sin girarse—. ¿Por qué una noche bajo la lluvia? ¿Por qué no te das por vencida como haría cualquier persona sensata?

—Porque si no puedo soportar una noche de frío, no voy a soportar un combate a muerte —repito, y es lo primero que se me ocurre pero también es lo cierto, la primera verdad limpia que he dicho desde que todo esto empezó—. Y porque necesitaba que supieras que no me voy a ir.

Deja la olla sobre el fuego y se gira para mirarme.

Su cara está iluminada por las llamas y las sombras le dibujan líneas oscuras bajo los ojos y alrededor de la boca, y en ese momento veo algo que no vi las veces anteriores: no es debilidad ni es arrepentimiento, es reconocimiento.

Me está viendo a mí y al mismo tiempo está viendo a alguien más, alguien que conoció hace tiempo y que perdió de una forma que todavía le duele.

—No te voy a entrenar —dice, y cada palabra suena como si le costara sacarla—. Pero puedes quedarte. Por hoy.

Es suficiente. Por ahora, es suficiente.