Venganza en las Highlands Capítulo 3
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Capítulo 3

El renegado de la colina norte

El camino a las colinas del norte sube durante dos horas entre robles y piedras mojadas de rocío.

Bhaltair va delante sin hablar, cortando la maleza con un cuchillo corto que lleva en el cinturón, y yo lo sigo pisando donde él pisa para no torcerme un tobillo en las raíces que cruzan el sendero como venas expuestas.

No hemos dicho una palabra desde que salimos del pueblo al amanecer, pero el silencio de mi tío no es incómodo: es el silencio de quien está preparando el terreno para algo que sabe que va a ser difícil, como quien limpia un establo antes de meter al toro.

La cabaña aparece entre dos abedules cuando el sol acaba de superar las cumbres.

Es más pequeña de lo que imaginaba, con las paredes de troncos oscurecidos por la lluvia y el techo cubierto de musgo hasta el punto de parecer que la tierra misma lo está tragando.

No hay humo saliendo de la chimenea, no hay animales en el corral que una vez fue corral y ahora es solo un rectángulo de valla caída, no hay ningún signo de vida excepto un cuervo posado en el alero del techo que nos mira llegar con la indiferencia de quien ha visto pasar demasiados caminantes sin que ninguno trajera nada interesante.

—Espera aquí —dice Bhaltair, deteniéndose a unos veinte pasos de la puerta—. Voy a llamarlo yo primero. Si entra en rabia, retrocede y no intentes intervenir.

—No me voy a quedar atrás como una—

—Rowena. —Mi nombre suena duro en su boca, sin espacio para discusión—. Déjame hacer esto a mi manera. Si le caes encima de golpe, se cerrará como una ostra y no sacaremos nada.

Muerdo la respuesta que quiero dar y asiento. Bhaltair camina hasta la puerta y golpea tres veces con el puño en la madera. No hay respuesta. Golpea de nuevo, más fuerte, y esta vez una voz ronca sale desde dentro con el tono de quien no ha hablado con nadie en días.

—Vete. No quiero lo que sea que estés vendiendo.

—No vendo nada, Aedan. Soy Bhaltair Sinclair.

El silencio que sigue dura lo suficiente para que el cuervo se canse de esperarnos y vuele hacia los árboles con un graznido que resuena entre las colinas.

Luego la puerta se abre de golpe y aparece el hombre que mi tío describe como el mejor espadachín de las Tierras Altas, y lo primero que pienso es que si no lo supiera, jamás lo creería.

Aedan Robertson tiene el cabello negro enredado hasta los hombros, la barba de varios días que cubre una mandíbula angular, y los ojos de un gris claro que me miran con la hostilidad cansada de quien ya no tiene energía para odiar de verdad pero sigue haciéndolo por inercia.

Lleva una camisa manchada de lo que podría ser whisky o sangre seca, los brazos descubiertos muestran músculos que aún son fuertes debajo de la apariencia descuidada, y en la mano derecha sostiene una jarra de cerámica que debe contener lo que huele desde la puerta: alcohol barato y desesperación.

—Sinclair —dice, y la palabra sale como si le supiera amarga—. Pensé que habías muerto con tu hermano.

—Mi hermano murió ayer. A manos de Malcolm Gunn.

Aedan parpadea una vez, lento, y luego leva la jarra a los labios y bebe un trago largo que hace que su garganta se mueva con un movimiento que sería elegante si no fuera tan claramente autodestructivo.

—¿Y qué tiene eso que ver conmigo?

—Traje a alguien que quiere hablar contigo.

—No hablo con nadie. Ya lo dije.

—Es mi sobrina.

Aedan baja la jarra y mira por encima del hombro de Bhaltair hasta encontrarme donde estoy plantada con los brazos cruzados y la barbilla levantada.

Sus ojos me recorren de arriba abajo con una lentitud que no es seductora sino evaluativa, como si estuviera calculando cuánto peso podría levantar o cuánto tiempo duraría antes de caer, y cuando termina el recorrido suelta un resoplido que podría ser risa si tuviera más sentido del humor.

—Una niña. Maravilloso. Vuelve cuando crezca, Sinclair.

Se vuelve para cerrar la puerta pero yo me muevo antes de que Bhaltair pueda detenerme, cruzando la distancia que me separa de la cabaña con pasos que son más firmes de lo que siento, y meto el pie en la puerta antes de que se cierre. El golpe me duele en la base de los dedos pero no lo muestro.

—Mi padre murió en un combate singular que Malcolm Gunn ganó haciendo trampa —digo, y mi voz sale con una fijeza que no necesito fingir—. La ley me da derecho a exigir un nuevo combate. El combate es en treinta y ocho días. No sé pelear lo suficiente para ganar y tú sí. Te necesito.

Aedan me mira con los ojos entrecerrados y la jarra todavía en la mano, y durante un momento creo que va a escucharme, que hay algo detrás de esa fachada de desprecio que responde a lo que estoy pidiendo.

Pero entonces sonríe, y es la sonrisa más desagradable que he visto en mi vida porque no tiene alegría ni crueldad ni nada que pueda reconocer: es la sonrisa de un hombre que ya no le importa nada.

—¿Te necesito? —repite, y da un paso hacia mí que me obliga a retroceder uno porque su cuerpo es grande y cercano y huele a whisky y a leña apagada—.

Niña, no necesitas a nadie. Necesitas sentido común.

Gunn te va a cortar en pedazos y yo voy a estar aquí, bebiendo, sin importarme lo más mínimo porque no eres mi problema. ¿Entendido?

—Te pagaré —digo, y aprieto los dientes para no retroceder otro paso—. Oro, tierras, lo que quieras.

—¿Tierras? —La risa que suelta ahora sí tiene algo de real, algo de amargo y roto que resuena en su pecho como un eco de algo que fue divertido hace mucho tiempo—.

¿Qué voy a hacer con tierras, pequeña? ¿Construir una casa bonita para que los pájaros vengan a cagar en el techo?

No quiero tus tierras. No quiero tu oro.

No quiero nada de lo que tienes porque no tienes nada que valga la pena tener.

—Mi palabra de honor, entonces. Si me entrenas y gano, te doy mi palabra de que el clan Sinclair te acogerá. Te daremos un hogar, un lugar, gente que—

—¿Un hogar? —interrumpe, y su voz cambia de tono, baja una octava y se vuelve algo que no esperaba: peligroso—.

¿Vas a darme un hogar, tú? ¿Sabes qué le pasó a mi hogar?

Lo quemé. Lo quemé con mi hermana dentro porque no soportaba verla vivir después de lo que le hicieron.

Así que guarda tu palabra de honor y tu hogar y tus promesas de niña buena y vete de mi propiedad antes de que te tire a patadas.

El silencio que deja esas palabras es tan pesado que siento que el aire se ha vuelto sólido alrededor de nosotras.

Miro a Bhaltair, que tiene la cara tensa y las manos cerca del cuchillo, y entiendo que hay cosas que mi tío no me contó, cosas que hacen que este hombre sea más que un renegado: es un hombre que se destruyó a sí mismo porque destruir a los demás no fue suficiente.

Y debería asustarme. Debería darme vueltas y salir corriendo hacia las colinas y no parar hasta llegar al pueblo.

Pero en lugar de miedo, lo que siento es un reconocimiento que no puedo explicar, como si mis ojos pudieran ver debajo de la basura y el alcohol y la autocompasión hasta el lugar donde sigue viviendo el hombre que fue capaz de enfrentar a todo un clan por defender a su hermana.

—No mentiste —digo, y mi voz sale más baja de lo que pretendía—. Sí mataste al hijo del jefe. Y no lo hiciste solo por venganza. Lo hiciste porque era lo correcto.

Aedan se queda quieto. No se mueve, no respira, y sus ojos grises se clavan en los míos con una intensidad que me quita el aire por un segundo.

—Vete —dice, y esta vez su voz no tiene risa ni amargura ni peligro: tiene algo que suena terriblemente parecido a una súplica.

Le sostengo la mirada durante tres latidos del corazón.

Luego me giro y camino hacia donde está Bhaltair sin correr, sin apresurarme, con la espalda recta porque es lo único que me queda.

Mi tío no dice nada mientras bajamos por el sendero entre los abedules, y no dice nada durante la primera hora del camino de regreso, y solo cuando el pueblo aparece a lo lejos se detiene y se pasa la mano por la cara con un gesto de cansancio que no le había visto antes.

—Lo siento, Rowena. Debí haberte advertido que no sería fácil.

—No tienes que disculparte.

—¿Qué vas a hacer ahora?

Sigo caminando porque si me detengo a pensar en eso que me pregunta, el peso de las treinta y ocho días que me quedan me va a aplastar contra el barro del sendero.

—Volveré mañana —digo, y no me giro para ver su expresión porque ya sé lo que voy a encontrar: preocupación, duda, quizá un poco de esa admiración a regañadientes que le vi en los ojos cuando validé mi reclamo ante los ancianos.

—¿Mañana? Rowena, el hombre te dijo que no. Te dijo que no de todas las formas posibles. ¿Qué crees que va a cambiar si vuelves?

No sé qué va a cambiar. No sé si algo va a cambiar.

Pero sé lo que vi en los ojos de Aedan Robertson cuando me dijo que me fuera, y no era indiferencia.

La indiferencia no mira así. La indiferencia no baja la voz como si le doliera hablar.

La indiferencia no se queda paralizada cuando le recuerdas por qué hizo lo que hizo.

—No lo sé —admito finalmente, y es la primera vez que le digo algo parecido a la verdad desde que empezó todo esto—. Pero voy a volver. Y al día siguiente también. Y al otro. Hasta que me escuche o hasta que se canse de echarme.

Bhaltair suspira, un sonido largo y profundo que se pierde entre los árboles, y luego vuelve a caminar a mi lado sin decir nada más.

No necesita decirlo. Sé lo que está pensando: que soy terca como mi padre, que la terquedad es una virtud hasta que te mata, que estoy corriendo hacia algo que podría salvarme o destruirme y no hay forma de saber cuál de las dos cosas será hasta que sea demasiado tarde para elegir otra.