Capítulo 1 #3
—Yo la apoyo —dice sin girarse—. No porque crea que puede ganar, sino porque no veo otra opción que no sea arrastrarnos como perros ante Gunn. Si vamos a morir de todos modos, que sea de pie.
Douglas abraza la boca con una mano y mira a su padre. Murdoch permanece inmóvil durante un momento que se estira como cuerda de arco, y luego asiente, un gesto mínimo que apenas inclina su barbilla blanca hacia el pecho.
—El reclamo queda validado —anuncia, y las palabras caen en la capilla como piedras en un pozo—. Bhaltair, envíale un mensajero a Gunn esta misma mañana. Que el desafío quede formalizado.
Bhaltair asiente y se dirige hacia la puerta sin una palabra más.
Yo me quedo donde estoy, con el libro viejo todavía en las manos, y siento algo que podría ser alivio si no fuera porque debajo del alivio hay un abismo enorme que se abre y me dice que acabo de firmar mi propia sentencia de muerte.
No lo digo en voz alta. No lo necesito. Kenneth me mira desde su asiento con esos ojos que parecen ver demasiado, y sé que él lo sabe.
—Cuarenta días, Rowena —dice, y por primera vez hay algo en su voz que no es aprobación ni rechazo sino algo que se parece a la compasión—. Es poco tiempo para convertirte en lo que necesitas ser.
—Es todo lo que tengo —respondo, y dejo el libro sobre el altar con más cuidado del que mis manos quieren mostrar—. Tendrá que ser suficiente.
Salgo de la capilla con las piernas firmes y la espalda recta porque eso es lo que esperan ver mis hermanas y las mujeres del clan que esperan afuera. Fiona me alcanza en el pasillo y me agarra del brazo con esa fuerza desesperada que ya conozco.
—¿Lo lograste? —pregunta con los ojos muy abiertos.
—Lo logré.
—¿Y ahora qué?
La miro. Tiene quince años y la cara manchada de lágrimas secas y el cabello revuelto de no dormir, y en ese momento comprendo con una claridad brutal que si fracaso, ella será la siguiente.
No como guerrera, sino como algo peor: como una pieza que Gunn podrá usar para asegurar su dominio sobre las tierras Sinclair.
Las hijas de los jefes derrotados tienen un valor que no se mide en monedas.
—Ahora —digo, y aprieto su mano antes de soltarla—, encuentro a alguien que me enseñe lo que mi padre no pudo terminar de enseñarme.
El mensajero vuelve al anochecer con la respuesta de Gunn.
Bhaltair me la entrega en la cocina, donde estoy intentando comer algo aunque el estómago me rechaza la comida.
El pergamino es corto, escrito por otra mano que no es la de Gunn, probablemente un escriba que está acostumbrado a redactar tonterías con letra elegante.
Dice lo que esperaba: Malcolm Gunn acepta el desafío porque "le parece entretenido que una niña quiera jugar a ser guerrero".
El combate se realizará en cuarenta días, en la colina de las piedras sagradas, al amanecer.
Habrá testigos de clanes vecinos para que "no quede dudas de la superioridad de los Gunn sobre los Sinclair".
—Entrenado —dice Gunn según el mensajero, que repite las palabras con una mueca de disgusto—. Dijo que cuando termine contigo, nos mandará un tutor para enseñarnos a ser buenos sirvientes.
Bhaltair arruga el pergamino en su puño y yo lo tomo antes de que lo rompa.
—Guarda tu furia para después —le digo—. La voy a necesitar ahora de otra manera. Tienes que decirme quién puede entrenarme en cuarenta días a un nivel que me permita sobrevivir contra Malcolm Gunn.
Mi tío me mira largo rato, y veo en sus ojos el cálculo frío de quien está sopesando opciones y no le gusta ninguna de las que encuentra.
—Conozco a alguien —dice al final, con la reluctancia de quien sabe que está a punto de decir algo que no debería—. Pero no va a ser fácil convencerlo.
—No me importa si es fácil. Me importa si puede hacerlo.
—Puede —dice Bhaltair, y la forma en que lo dice me dice que "puede" es una palabra pequeña para lo que este hombre es capaz de hacer con una espada—. Se llama Aedan Robertson. Fue el mejor espadachín de las Tierras Altas hasta que mató al hijo del jefe de su propio clan.
—¿Por qué lo hizo?
—Porque el hijo del jefe violó a su hermana menor. Aedan lo encontró al día siguiente y lo degolló a plena luz del día, frente a medio clan. Lo flagelaron y lo desterraron. Ahora vive solo en las colinas del norte, bebiendo y alejándose de todo el mundo.
—Si es tan bueno, ¿por qué nadie lo ha reclutado para otros clanes?
—Porque nadie confía en un hombre que mata al hijo de su propio jefe, Rowena. Es un paria. Y los parias son útiles hasta que dejan de serlo.
Guardo el pergamino de Gunn en el bolsillo de mi falda y me levanto de la silla.
—Llévame a verlo mañana.
—Mañana —repite Bhaltair, y asiente con esa expresión de quien ya no puede detener algo que decidió poner en marcha—. Al amanecer. Y prepárate, porque lo que vas a encontrar no es un maestro paciente ni un hombre agradecido por la compañía. Es un lobo herido que muerde a todo el que se acerca.
Sonrío, y es la primera vez que sonrío desde que encontré a mi padre muerto en el salón.
—Bien —digo—. A los lobos heridos les entiendo. Yo también muerdo.