Venganza en las Highlands Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

El silencio que sigue es diferente al de antes.

Este silencio tiene un peso distinto, como si las palabras que acabo de decir hubieran movido algo en el aire que respiramos todas juntas.

Las mujeres del clan no dicen nada, pero sus ojos ya no me miran con la misma incertidumbre.

Hay algo nuevo ahí, algo que se parece peligrosamente a la decisión de quienes han dejado de tener miedo porque han encontrado algo más grande que el miedo mismo.

Dejo la espada de mi padre en la mesa del salón, donde pueda verla desde la puerta.

Me acerco a su cuerpo una última vez y le cierro los ojos con la yema de los dedos.

Su piel está fría y dura bajo mi tacto, y hay un momento, un solo instante, donde quiero quedarme ahí arrodillada para siempre, con la frente pegada a su pecho manchado de sangre, fingiendo que no pasó nada, que puedo despertar mañana y que él estará en la puerta del establo riéndose de algo que dijo el viejo Campbell.

Pero ese momento pasa, como pasan todas las cosas que no podemos sostener, y me levanto con las rodillas doloridas y el corazón convertido en algo que ya no reconozco.

—Mañana al amanecer —repito, y esta vez no es una declaración: es una promesa.

Nadie me detiene cuando salgo del salón.

Nadie me dice que no. Y eso, pienso mientras camino hacia mi habitación con el sabor a hierro de la sangre de mi padre aún en la memoria, eso es lo más aterrador de todo: que ya nadie cree que pueda detenerte cuando has decidido correr hacia tu propia muerte.

Capítulo 2:

Las antiguas leyes no mueren

La capilla del clan Sinclair ha visto mejores días.

Las velas que enciendo una a una iluminan las grietas de las paredes de piedra y el altar donde mis antepasados rezaron antes de que la fe se convirtiera en algo que se practica por costumbre más que por convicción.

Los ancianos llegan en grupos de dos y tres, caminando despacio como quienes no han dormido y llevan el peso de una noche larga encima de los hombros.

Son cinco en total: Murdoch, el más viejo, que necesita un bastón para caminar y tiene la vista nublada de cataratas; Douglas, su hijo, que habla demasiado y piensa poco; Kenneth, el callado, que solo abre la boca cuando lo que va a decir vale la pena ser escuchado; Rory, el más joven de los ancianos, que tiene cuarenta años y llegó al consejo por la muerte prematura de su padre; y mi tío Bhaltair, el único que no parece sorprendido de encontrarse aquí al amanecer porque fue a quien avisé anoche.

—Cierra la puerta —le digo a Fiona, que se ha quedado fuera con las otras mujeres—. Esta conversación no sale de estas paredes hasta que yo decida que sale.

La puerta se cierra con un golpe seco. El sonido resuena en la capilla vacía y los cinco ancianos se sientan en los bancos de madera sin decir nada, esperando.

Murdoch se acomoda en el primer banco como si fuera un trono, con el bastón entre las rodillas y las manos apoyadas encima, y me mira con esos ojos opacos que de todas formas parecen ver más de lo que deberían.

—Habla, niña —dice con voz ronca—. Ya sabemos por qué nos llamaste.

—No me llames niña —respondo, y no es rebeldía: es necesidad—.

Mi padre yace en el salón con un corte que no debió recibir en un combate justo.

Malcolm Gunn rompió la Ley del Combate Singular al permitir que uno de sus hombres interviniera.

Eso me da derecho a exigir un nuevo combate según la antigua costumbre.

Douglas se echa a reír, una carcajada corta y sin gracia que resuena feo entre las paredes de la capilla.

—Un nuevo combate, dices. ¿Y quién lo va a luchar? ¿Tú? —se inclina hacia adelante con los codos en las rodillas—. Rowena, aprecio tu coraje, pero el valor no te enseña a blandir una espada. Tu padre te entrenó como un juego, nada más. Gunn te mataría antes de que pudieras levantar el arma.

—La ley no dice que el descendiente deba ser hombre —interrumpo, y noto que mi voz se endurece, que las palabras salen con el filo que necesito que tengan—. Dice "descendiente del vencido". Yo soy descendiente de Ewan Sinclair. Eso es todo lo que la ley exige.

Kenneth, el callado, levanta la cabeza. Hasta ahora ha estado mirando el suelo con las manos cruzadas sobre el regazo, pero ahora me observa con una atención que me hace sentir como si me estuviera pesando en una balanza invisible.

—La ley es antigua, Rowena —dice, y su voz es grave y pausada, como el paso de un caballo pesado—. Tan antigua que nadie la ha invocado en tres generaciones. Los clanes ya no resuelven sus disputas así. Hay tribunales, hay arbitraje, hay...

—¿Tribunales? —lo interrumpo, y esta vez no puedo evitar que el sarcasmo se cuele en mi voz—.

¿A qué tribunal vamos a acudir? ¿Al de Gunn?

¿Al de sus aliados en el norte? ¿O al de lord Mackenzie, que le debe un favor y mirará para otro lado mientras Gunn se queda con todo?

No somos estúpidos, Kenneth. Sabemos cómo funciona esto.

El silencio que sigue es incómodo. Rory, el más joven, se pasa la mano por la barba y mira a los demás ancianos como esperando que alguien más hable primero. Nadie lo hace.

—Supongamos que la ley es válida —dice Murdoch lentamente, girando el bastón entre los dedos—. Supongamos que tienes derecho al combate. ¿Cómo lo harías? ¿Irías sola a las tierras de Gunn y lo desafiarías frente a sus cincuenta hombres?

—Iría con un emisario. Un mensajero que entregue el desafío formal según la costumbre. Gunn tendría que aceptar o perder el honor que dice defender, и si pierde el honor, pierde cualquier derecho sobre nuestras tierras porque ningún clan respetará a un jefe deshonrado.

Douglas vuelve a reírse, pero esta vez la risa se le muere en la garganta cuando Bhaltair se levanta de su asiento. Mi tío es un hombre grande, no alto sino ancho, con los hombros de quien ha cargado ovejas y troncos toda la vida, y cuando se pone de pie toda la capilla parece encogerse un poco.

—Basta de risas, Douglas —dice con esa calma que es más amenazante que cualquier grito—.

Mi hermano entrenó a esta chica desde que tenía doce años.

No como un juego, como tú dices, sino porque sabía que algún día podría necesitarlo.

Ewan no era tonto. Veía lo que se avecinaba con Gunn, la ambición, la falta de escrúpulos.

Quizá no previó que lo matarían así, pero previó que sus hijos varones no vivirían lo suficiente para proteger al clan. Y por eso entrenó a Rowena.

—Entrenó a una niña —insiste Douglas, pero su voz ha perdido el tono de burla—. Eso no la convierte en guerrera.

—¿Y qué la convertiría, Douglas? —responde Bhaltair, dando un paso hacia él—. ¿Un pene? ¿Es eso lo que hace a alguien capaz de sostener una espada? Porque si es así, medio clan debería entregar las armas ahora mismo, porque he visto a hombres que no saben distinguir el filo del lomo de una hoja.

Kenneth levanta la mano pidiendo silencio. Todos callan, incluso Douglas, porque cuando Kenneth habla todo el mundo escucha.

—La pregunta no es si Rowena puede pelear —dice mirándome fijamente—. La pregunta es si podemos permitirnos el riesgo. Si la enviamos a un combate y pierde, no solo la perdemos a ella: perdemos cualquier reclamo sobre las tierras. Gunn podría decir que el asunto está cerrado para siempre.

—Si no la enviamos, el asunto también está cerrado para siempre —respondo, y doy un paso hacia el altar, hacia donde está el libro viejo de las leyes del clan que nadie ha abierto en años—.

¿Qué proponen entonces? ¿Que nos rendimos?

¿Qué le damos las tierras a Gunn y nos convertimos en sus inquilinos?

¿Qué le pedimos perdón por atrevernos a existir?

Nadie responde. Abro el libro. Las páginas están amarillentas y huelen a humedad y a tiempo, y mis dedos buscan el pasaje que memoricé de niña porque me parecía interesante, no porque pensara que lo necesitaría algún día.

Lo encuentro y leo en voz alta, con la claridad que me da saber que cada palabra es un clavo que estoy clavando en el ataúd de cualquier excusa.

—"Cuando el combate singular sea ganado por medios ilícitos, el descendiente del vencido podrá exigir un nuevo combate bajo pena de deshonor para el vencedor injusto.

El descendiente deberá presentar su reclamo ante los ancianos de su clan y estos deberán validarlo o refutarlo según las leyes antiguas.

Si el reclamo es validado, el vencedor injusto tendrá cuarenta días para preparar su defensa, y el retador los mismos cuarenta días para prepararse para el combate.

" —Cierro el libro—. No dice "hijo". Dice "descendiente".

No dice "guerrero". Dice "retador". La ley es clara.

Murdoch mueve la cabeza lentamente, como si estuviera sopesando algo pesado dentro de su cráneo.

—La ley es clara —repite, y su voz arrastra el peso de demasiados años vividos—.

Pero la ley y la realidad no siempre se miran con buenos ojos, Rowena.

Si Gunn te mata, nos quedamos sin ti y sin las tierras.

Si ganas, te conviertes en la jefa del clan Sinclair, y eso traerá problemas que ni yo puedo prever.

—No le pido que lo prevea —le digo, y camino hacia donde él está sentado, lo suficientemente cerca para que pueda verme bien a pesar de sus ojos nublados—. Le pido que valide mi reclamo. Lo demás es cosa mía.

Rory se levanta de su asiento y camina hacia la ventana. La luz del amanecer entra por los cristales empañados y le dibuja líneas de sombra en la cara.