Venganza en las Highlands
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Capítulo 1
La sangre que me tocó limpiar
La sangre ya no está caliente cuando llego al salón.
Eso es lo primero que note mi cuerpo antes de que mi mente acepte lo que ven mis ojos: el suelo de piedra está empapado de un rojo oscuro que se pega a las suelas de mis zapatos mientras camino, y en el centro de ese charco, tendido como un ciervo abatido, está mi padre.
Su espada yace a un metro de su mano abierta, como si alguien se la hubiera arrancado de los dedos después de caer.
Su rostro tiene la expresión de quien no esperaba terminar así, con la boca entreabierta y los ojos mirando al techo de roble viejo que él mismo mandó colocar hace veinte años, cuando este salón era un lugar de festejos y no un altar improvisado.
—Rowena, no entres —me dice Fiona desde el umbral, pero su voz sale quebrada, como si ella misma no supiera si me pide que me vaya o que me quede.
No le hago caso. Mis piernas se mueven solas, atravesando el salón que conozco desde que nací, pasando por la mesa larga donde comimos juntos la noche pasada, esquivando las sillas volcadas y los restos de lo que debió ser una pelea brutal.
Hay marcas de espada en las paredes, una de las antorchas cayó y el fuego se apagó solo, dejando un rastro negro de humo en la piedra.
Me arrodillo junto a mi padre y le toco la cara.
Está fría, rígida, y hay un corte profundo que le cruza el pecho de lado a lado, tan limpio que el hombre que lo hizo debió ser un maestro con la hoja.
Mi padre fue un guerrero durante treinta años. Sabía lo que significaba un corte así.
—¿Quién fue? —pregunto sin mirar a nadie.
El silencio que me responde está lleno de miradas.
Están todas ahí: Fiona, que aún no ha cumplido los quince años y se abraza a la puerta como si fuera lo único que la mantiene de pie; Isla, mi hermana mayor, que tiene los ojos hinchados de llorar pero la mandíbula apretada con esa terquedad que heredamos de nuestra madre; y detrás de ellas, agrupadas en el pasillo como ovejas asustadas, las mujeres del clan Sinclair, las esposas y las hijas y las madres que quedaron cuando los hombres salieron a defender las tierras esta mañana y no todos volvieron.
—Isla —digo, y mi voz suena más firme de lo que siento—. ¿Quién fue?
Ella se acerca despacio, como si acercarse a mi padre muerto fuera acercarse a la muerte misma, y se arrodilla a mi lado. Me pone una mano en el hombro que tiembla, y cuando habla, cada palabra sale con el peso de quien está entregando una sentencia.
—Malcolm Gunn. Llegó al amanecer con cincuenta hombres. Dijo que las tierras del norte le pertenecen por derecho de conquista, que nuestro padre le debía una deuda de honor de hace tres generaciones. Padre lo desafió a combate singular, como marca la ley. Gunn aceptó.
Sé lo que viene después. Lo he visto en los relatos, en las canciones de los bardos, en las historias que los guerreros cuentan junto al fuego.
El combate singular es sagrado: dos hombres, dos espadas, sin interferencias.
El vencedor se lleva lo que disputó. El perdedor lleva su honor a la tumba.
Pero algo no encaja, porque mi padre era bueno con la espada, not el mejor de las Tierras Altas pero sí lo suficiente para no caer ante un solo hombre, y el corte que tiene en el pecho es demasiado limpio, demasiado perfecto, como si no hubiera tenido oportunidad de defenderse.
—¿Cómo perdió? —pregunto, y noto que mi mano está sobre el pecho de mi padre, presionando la herida como si pudiera detener una sangría que ya se detuvo hace horas.
Isla aprieta los labios. Fiona solloza detrás de nosotras. Una de las mujeres del clan, la viuda de Angus MacBean, da un paso adelante y habla con la voz temblorosa de quien vio algo que no debió ver.
—Tu padre estaba ganando, Rowena. Desarmó a Gunn una vez, lo hizo caer de rodillas. Pero entonces uno de los hombres de Gunn, uno alto con una cicatriz en la mejilla, cortó la cuerda que ataba el tobillo de tu padre a la estaca del combate. Tu padre perdió el equilibrio, cayó de espaldas, y Gunn...
No necesita terminar. Veo la escena con tanta claridad que podría estar allí: mi padre en el suelo, tratando de levantarse sin poder apoyarse en el pie atado, y Malcolm Gunn de pie sobre él con la espada levantada, sonriendo porque sabe que nadie va a detenerlo.
Cincuenta hombres contra las mujeres y los niños que quedaron en el pueblo.
No había nadie para intervenir. La ley del combate singular se rompió antes de que mi padre tocara el suelo.
—¿Dónde está ahora Malcolm Gunn? —pregunto, y me levanto de rodillas con una lentitud que no siento, porque por dentro todo se mueve rápido, demasiado rápido, como un río que se desborda.
—Se fue hace dos horas —dice Isla—. Dejó a un hombre en la puerta con un mensaje: las tierras Sinclair le pertenecen a partir de hoy. Cualquiera que se oponga será tratado como traidor.
Las mujeres del clan me miran. Todas me miran.
Y en esos ojos veo algo que reconozco como algo que no debería cargar: esperanza, necesidad, una pregunta que nadie se atreve a formular en voz alta.
Mi padre tenía tres hijos varones antes que nosotras.
Todos murieron. La guerra, la enfermedad, un duelo tramposo en las fronteras del norte.
Yo fui la última en nacer, la que mi padre crió diferente porque ya no le quedaban hijos hombres a los que enseñar a sostener una espada.
Me enseñó a mí en su lugar, no porque quisiera que luchara, sino porque creía que nunca tendría que hacerlo.
La espada era un juego, una manera de conectar con la hija que se parecía más a él en el temperamento.
Nunca imaginó que yo la necesitaría de verdad.
Cruzo el salón hasta donde yace la espada de mi padre.
Es una claymore larga, con la empuñadura envuelta en cuero oscuro y la guardia con el diseño del lobo aullador que es el símbolo de nuestro clan.
La levanto. Pesa más de lo que recuerdo, o quizá mis brazos están más cansados de lo que creo.
La sostengo con ambas manos y siento la vibración del acero recorrerme como una corriente, y en ese momento algo se acomoda dentro de mí, algo que no sabía que estaba desalineado.
—¿Qué vas a hacer, Rowena? —pregunta Isla, y no suena a desafío sino a miedo, el miedo de quien me quiere y ya perdió a un padre hoy y no quiere perder a una hermana mañana.
Lo que voy a hacer tiene un nombre que aprendí de niña cuando escuchaba a los ancianos hablar de las viejas leyes, las que existían antes de que los clanes firmaran tratados y se pusieran trajes de diplomacia.
La Ley del Combate Singular dice que si el vencedor en un duelo obtuvo su victoria de forma injusta, el descendiente del vencido tiene derecho a exigir un nuevo combate.
La ley no especifica que el descendiente deba ser hombre.
Dice "descendiente", y yo soy descendiente de Ewan Sinclair, el hombre que yace en este suelo con la sangre ya seca y los ojos vacíos mirando un techo que ya no puede ver.
—Voy a hablar con los ancianos —digo, y mi voz suena extrañamente calmada, como si fuera otra persona la que estuviera hablando desde dentro de mi cuerpo—. Mañana, al amanecer. Quiero a todos presentes.
—Rowena, piensa lo que haces —interviene la viuda de Angus, dando un paso hacia mí con las manos extendidas como si quisiera calmarme—. Malcolm Gunn tiene cincuenta hombres bajo su mando. Si lo desafías, no solo te matará a ti.
—Entonces no debería haber matado a mi padre de la forma que lo hizo —respondo, y giro para mirarla a los ojos, y hay algo en mi mirada que la hace retroceder medio paso—. Si quería las tierras, debió ganarlas con honor. No lo hizo. Y la ley existe precisamente para esto.
Fiona se ha acercado sin que la oyera. Me toma la manga de la blusa y aprieta con esa fuerza desesperada de quien necesita anclarse a algo porque todo lo demás se derrumbó.
—No puedes pelear contra él, Rowena. No eres... no eres un guerrero.
La miro. Tiene los ojos rojos, la cara húmeda, y parece tan pequeña que me duele el pecho verla así. Le acaricio la mejilla con el dorso de la mano, la misma mano que sostiene la espada de mi padre, y le hablo bajo para que solo ella me oiga.
—No, no lo soy. Aún no.
Isla se interpone entre nosotras y yo, con los brazos cruzados y la expresión de quien está decidiendo si me sigue o me detiene.
—Si haces esto, te matarán —dice con firmeza—. Y entonces seré yo la que tendrá que decidir qué hacer, y Fiona se quedará sin ninguna de las dos. ¿Es eso lo que quieres?
Lo que quiero es que mi padre esté vivo.
Lo que quiero es que fuera ayer, cuando todavía podía escuchar su risa desde el establo mientras cepillaba a su caballo, cuando todavía podía discutir con él sobre si debía aprender a usar el arco además de la espada, cuando todavía podía creer que lo peor que me pasaría en la vida era un corte en el dedo durante el entrenamiento.
Pero ayer se terminó esta mañana, y lo que quedó después es esto: un salón manchado de sangre, hermanas que me miran como si fuera la última esperanza o la última locura, y una espada en mis manos que pesa demasiado para mí pero que voy a aprender a sostener como si fuera una extensión de mis huesos.
—Si no lo hago —le digo a Isla, y mi voz no tiembla aunque todo lo demás tiemble—, Malcolm Gunn se quedará con nuestras tierras y nos tratará como si fuéramos nada.
Ya lo demostró esta mañana: no respeta la ley, no respeta el honor, no respeta nada que no pueda comprar o matar.
Así que sí, es lo que quiero. Porque lo que no quiero es pasar el resto de mi vida arrodillada ante el hombre que asesinó a nuestro padre.