Capítulo 20 #3
—Este hombre me entrenó —digo, y mi voz no es fuerte pero es clara, y el viento del norte la lleva lo suficiente para que los que están más atrás puedan oír—.
Me dio lo que necesitaba para enfrentar a Gunn.
No me dio nada más que eso: ningún trato, ninguna promesa, ninguna obligación.
Yo soy la que le debe algo, no al revés.
Y lo que le debo no se puede pagar con palabras.
Hago una pausa. El viento sopla y el brezo en las colinas se mueve en oleadas moradas bajo el cielo que se está oscureciendo otra vez porque la lluvia que prometía el olor ya está llegando, gris y fina, cayendo sobre los techos y sobre las cabezas y sobre la tierra fresca de la tumba que acabamos de hacer.
—Este hombre me dio el acero —digo finalmente—. Yo le devuelvo un hogar.
Murdoch mira a Aedan con los ojos nublados y la cara inexpresiva de quien está pesando algo que no se puede pesar con balanza.
No sonríe. No asiente con entusiasmo. Lo que hace es algo más sutil y más significativo: golpea el bastón en el suelo una vez, un solo golpe seco que resuena en la calle como un punto final.
—Que sea así —dice, y se da la vuelta y empieza a caminar hacia su casa con Kenneth a su lado, y en ese gesto de irse está toda la aceptación que Murdoch Sinclair es capaz de dar: no efusiva, no cálida, pero real, y real es más de lo que esperaba.
Bhaltair se acerca y me pone una mano en el hombro bueno y aprieta, una vez, y luego suelta y se va sin decir nada.
Isla se lleva a Fiona dentro de la casa con un brazo alrededor de sus hombros.
Las mujeres del clan se dispersan lentamente, en parejas y en grupos, y alguna me mira al pasar y asiente con la cabeza, un gesto pequeño que significa más de lo que parece.
Cuando la calle se vacía, Aedan y yo nos quedamos solos bajo la llovizna que empieza a mojarnos la ropa y el cabello.
No hablamos. No necesitamos hablar. Hay algo entre nosotros que ya no requiere palabras porque se dijo todo lo que tenía que decirse: en el claro de entrenamiento, junto al fuego de la cabaña, en el círculo de piedras, en la tumba de mi padre.
Lo que queda ahora no es algo que se pueda decir: es algo que se hace, día a día, levantándose y comiendo y entrenando y viviendo en un lugar donde antes no había nada y donde ahora hay algo que los dos construimos sin planearlo.
Caminamos juntos hacia la colina. No hacia la cabaña de Aedan sino hacia un punto más alto, el lugar desde donde se ven todas las tierras Sinclair extendiéndose hacia el norte, los campos de pastoreo, los bosques de robles, las colinas cubiertas de brezo morado que se mecen bajo la lluvia como un mar que no tiene orillas.
Nos quedamos ahí, de pie, con la lluvia cayéndole en la cara y el viento del norte soplando con fuerza y el olor a turba tan intenso que casi se puede saborear.
Aedan está detrás de mí. No me toca. No me abraza.
No pone la mano en mi cintura ni se acerca lo suficiente para que nuestros hombros se rocen.
Simplemente está ahí, a un paso de distancia, como una presencia que no necesita proximidad física para sentirse real, y esa distancia, ese paso que hay entre nosotros, es la cosa más honesta que he sentido en mucho tiempo porque no está pidiendo nada ni ofreciendo nada: solo está.
Miro las tierras y pienso en lo que mi padre me dijo una vez, hace años, cuando me enseñaba a sostener la espada y yo le preguntaba por qué el brezo huele más fuerte algunos días.
Me dijo que el brezo huele más fuerte cuando va a llover, porque la raíz absorbe más humedad del suelo cuando el agua se acerca y el olor es la forma que tiene la planta de decir lo que el cielo todavía no ha decidido decir.
Le pregunté cómo lo sabía y me respondió que su padre se lo había dicho, y el padre de su padre se lo había dicho a él, y que era una de esas cosas que no se aprenden en libros sino que se heredan como el color de los ojos o la forma de la mandíbula.
El brezo huele más fuerte. Va a llover más fuerte de lo que está lloviendo ahora.
Aedan tenía razón cuando me lo dijo antes del combate, y tenía razón cuando me dijo que no lo tocara por miedo, y tenía razón cuando cavó a mi lado sin que se lo pidiera, y tiene razón ahora cuando se queda a un paso de distancia en lugar de abrazarme como esperaría cualquier otra persona en este momento.
No pienso en venganza. La venganza se acabó en el círculo de piedras cuando la espada de Gunn tocó el barro.
No pienso en honor ni en leyes antiguas ni en nada que pueda nombrar con palabras que pertenecen a canciones o a historias.
Pienso en que el brezo huele más fuerte cuando va a llover, en que mi padre me lo dijo una vez y yo lo recordé en el momento adecuado, y en que hay cosas que se heredan y cosas que se construyen y cosas que simplemente están, como esta lluvia que cae sobre las tierras que le pertenecen a mi clan otra vez, como este hombre que está detrás de mí con las manos manchadas de la tierra de la tumba de mi padre, como este silencio que no necesita palabras porque ya tiene todo lo que necesita.
Va a llover. No me importa.