Capítulo 18 #3
Mi mente todavía daba vueltas por todo lo que Ethan había revelado, así que no me detuve a pensar en aquella normalidad superficial. Me dirigí al elevador, con los pensamientos enredados entre Lily, las pinturas de Melissa y la súplica desesperada de Ethan.
Cuando las puertas del elevador se abrieron en mi piso, fui hasta mi suite y abrí la puerta. James caminaba de un lado a otro en la sala. El alivio inundó su rostro en cuanto me vio.
—Señora, gracias a Dios —dijo en voz baja, pero urgente—. La estaba esperando.
—¿Qué pasó? —pregunté.
James respiró hondo. —Damian vino hace un rato preguntando por usted. Dijo que regresaría. Parecía… preocupado.
Apenas había asimilado sus palabras cuando sonó el timbre.
James me miró. Asentí brevemente y él se acercó a la puerta para abrirla un poco.
Damian estaba allí, con una mano aún levantada como si hubiera estado a punto de volver a tocar el timbre. Parecía exhausto y las sombras bajo sus ojos eran más oscuras de lo habitual. Durante un momento, ninguno de los dos habló. Entonces clavó la mirada en mí.
—Necesito hablar contigo —dijo en voz baja—. Por favor.
Apreté el teléfono. La misma ira de la noche anterior resurgió, tan cortante que por un segundo estuve a punto de decirle a James que cerrara la puerta. En cambio, me obligué a respirar y asentí otra vez.
James retrocedió, pero permaneció cerca de la entrada.
Damian entró. Habló en voz baja, sin ningún intento de suavizarla. —Esto no tiene que ver con anoche. Lo que necesito decirte afecta directamente la seguridad de David.
Sostuvo mi mirada. —Sé que todavía no confías en mí. No te estoy pidiendo que lo hagas. Te pido que me escuches.
No respondí de inmediato. Mis ojos se desviaron un instante hacia James, que seguía junto a la puerta con una expresión inescrutable. Luego volví a mirar a Damian.
—Tendrás que ganártelo —dije en voz baja.
Cambié el peso de un pie al otro y aflojé ligeramente los dedos alrededor del teléfono. —¿Qué quieres decirme?
Damian tensó la mandíbula. —Marcus vino a verme hace un rato. Mi padre organizará un gran banquete aquí dentro de tres días. Está enviando invitaciones a manadas aliadas, territorios neutrales e incluso a algunos que rara vez responden a sus llamados.
Me miró a los ojos. —Eso vine a decirte. Sea lo que sea que esté planeando… no es solo diplomacia.
Estudié su rostro. —Crees que el banquete está dirigido contra mí.
—Eso creo —respondió sin emoción—. Mi padre no hace nada tan público sin un motivo. Es un escenario. Y tú eres el blanco.
Damian bajó la voz, firme y serena. —Las cosas se pondrán difíciles. Tú y David deberían considerar seriamente la posibilidad de irse. Puedo organizarlo todo de inmediato si eso es lo que decides.
No respondí. En cambio, saqué el teléfono y busqué el contacto de Theo. Mis dedos se mantuvieron firmes mientras escribía.
Camille: Están enviando invitaciones para un banquete a todas las manadas. Confirma.
Presioné enviar.
Unos minutos después llegó su respuesta.
Theo: Ya las estoy viendo. Empezaron esta mañana. Manadas aliadas, neutrales, incluso las que suelen ignorarlo. Estaba a punto de contactarte.
Solo entonces volví a mirar a Damian.
—No. Huir ya no es una opción —dije con firmeza.
Un banquete de semejante magnitud, con invitaciones enviadas a todas las manadas… así pretende terminar con esto. Públicamente. Para siempre.
—Tus padres ya saben quién soy. No importa adónde huya. Con esa información pueden destruirme antes de que tenga siquiera la oportunidad de defenderme.
Damian clavó la mirada en la mía, con ese miedo crudo y desesperado que solo aparece cuando alguien a quien amas entra por voluntad propia en el fuego. La sala, que antes había sido un lugar reconfortante, ahora resultaba asfixiante.
—No vas a enfrentar esto sola —dijo en voz baja y firme—. Ya no. Estaré a tu lado, contra mi padre y contra cualquiera que venga por ti o por David. No espero recuperar tu confianza de la noche a la mañana. Volveré a ganármela con cada acción que tome a partir de este momento.
El silencio se prolongó mientras el pulso me retumbaba en los oídos.
Una parte de mí aún quería creerle al hombre que estaba frente a mí, aquel cuya promesa serena alguna vez había bastado para estabilizar el suelo bajo mis pies.
Ese viejo y obstinado cariño no había muerto por completo, por mucho que intentara enterrarlo.
Pero la decepción calaba más hondo. Me había ocultado la verdad.
Había apostado con la vida de David. La confianza todavía parecía muy lejana, quizá inalcanzable.
Sin embargo, sostuvo mi mirada sin titubear, y algo en sus ojos despertó la parte de mí que se negaba a dejarlo completamente afuera.
No lo perdonaría esa noche. No fingiría que el daño estaba reparado.
Pero lo observaría durante todo aquello —cada decisión, cada riesgo— y vería si por fin sus actos estaban a la altura de las palabras que ahora me ofrecía.
Saqué el teléfono. Mis dedos estaban firmes, casi de un modo antinatural, mientras recorría mis contactos. Primero Rafe. Luego Theo. Ambos llevaban meses ayudándome a descubrir la verdad.
Había llegado el momento. No más escondites. No más huidas. ¿Victor quería una batalla pública? Muy bien. Era hora de dársela.