Venganza Del Compañero Falsamente Muerto Capítulo 4
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Capítulo 4

CAMILLE

Apoyé las palmas contra la mesa de madera marcada por el uso, cuya superficie se me clavaba en la piel.

El último mensaje de Theo no dejaba de repetirse en mi cabeza: alguien había sabido que eran dos bebés.

Alguien había borrado a uno de los registros.

El hombre de la bata blanca. Aquella voz firme que atravesaba la bruma de los medicamentos y me decía que siguiera pujando, que luchara por mis bebés.

Él había estado ahí. Era el único que de verdad lo había visto todo. Si esta reunión iba a darme algo concreto, tenía que ser él.

Al otro lado de la ventana del café, la estatua de piedra se alzaba donde el mensaje decía que estaría.

Llevaba veinte minutos mirándola sin apartar la vista.

Cada vez que tintineaba la campanilla sobre la puerta, se me encogía el estómago.

El reloj de la pared se acercaba poco a poco a las nueve.

Ven sola o ella morirá. Las palabras seguían ahí, pesándome en el fondo de la mente, pero no eran lo que me mantenía en tensión.

Lo único que importaba era la posibilidad de que mi hija hubiera sobrevivido.

No podía quedarme sentada en aquella suite esperando a que Theo terminara de investigar. No si existía la más mínima posibilidad de que ella siguiera respirando en algún lugar.

La campanilla volvió a sonar y un hombre con una sudadera oscura con capucha entró, encorvado como si esperara que el mundo lo golpeara en cualquier momento.

Recorrió el lugar con la mirada y luego se dejó caer en el asiento frente a mí.

Cuando se quitó la capucha, la luz iluminó las cicatrices profundas y horribles que le retorcían el lado izquierdo del rostro y le deformaban la boca en una mueca de desprecio permanente.

—Llegaste a tiempo —dijo con voz ronca, lo bastante baja para no llamar la atención—. Bien. Eso significa que hablas en serio. Me llamo Rafe Harlan.

Aquel sonido áspero y rasposo me lastimó los oídos; no se parecía en nada a la voz firme y serena que aún escuchaba a través de la bruma del dolor y los medicamentos.

Sentí un vacío en el pecho. No era el médico. Solo un desconocido lleno de cicatrices.

El calor me recorrió la piel y la ira me oprimió el pecho. Claro que había llegado a tiempo. El precio de retrasarme era la vida de mi hija.

Obligué a mi rostro a permanecer impasible, sin apartar los ojos de aquel hombre lleno de cicatrices que estaba sentado ahí como si me hiciera un favor. Los hombres como él no aparecían de la nada con respuestas. Siempre había una trampa.

—Tú eres el hombre que me estuvo vigilando —respondí con la garganta tensa—. La pintura. Las huellas. Dijiste que tenías información sobre mi hija. Pruebas de que sobrevivió aquella noche.

Me estudió durante un largo instante y luego miró hacia la entrada cuando pasó la mesera. Esperó hasta que se alejó lo suficiente para no oírnos antes de hablar.

—Quieres pruebas de que tu niña sobrevivió a esa noche. Tengo algunas. Pero si quieres saber todo lo que sé, tendrás que ganártelo.

Deslizó un sobre gastado por la mesa. Mis dedos rasgaron la solapa antes de que pudiera contenerme.

Dentro había dos fotografías.

La primera era una imagen granulada extraída de una grabación nocturna: un recién nacido diminuto, envuelto en una tela oscura, al que alguien que no alcanzaba a distinguir sacaba del ala de maternidad.

La fecha y la hora estaban impresas en una esquina de la imagen: la noche exacta en que di a luz.

Se me cortó la respiración. Alguien había sacado a un bebé de ese hospital.

El ruido del café se desvaneció. Alguien se rio en la mesa de al lado, pero el sonido me llegó distorsionado, como si atravesara el agua. Me habían dicho que solo mi hijo había sobrevivido. ¿Podía ser ella?

Rafe me observó en silencio.

—La segunda fotografía.

La saqué. En ella aparecía una niña pequeña aferrada a la mano de una mujer en un parque. Unos rizos oscuros le enmarcaban el rostro. Mis rizos. En la base del cuello tenía una diminuta marca de nacimiento en forma de medialuna. Todas las hijas nacidas del linaje de mi madre llevaban esa marca.

—Está viva —susurré. Siete años creyendo que se había ido, que había muerto antes de que yo tuviera siquiera la oportunidad de sostenerla entre mis brazos.

Pero había estado viva todo ese tiempo. Recorrí con la yema temblorosa del dedo la diminuta marca en forma de medialuna.

Las lágrimas ardientes emborronaron la fotografía.

—¿De dónde sacaste esto? —Se me quebró la voz—. ¿Cómo te enteraste de todo?

Rafe me observó sin el menor atisbo de compasión, bebiendo su café como si habláramos del clima.

—Pasé años desentrañando los secretos de los Blackthorn.

Registros hospitalarios con entradas borradas.

Movimientos financieros que no cuadraban.

Tu destierro. El encubrimiento posterior al parto.

Todo está conectado. Victor creyó que lo había enterrado todo.

Pero no lo enterró lo bastante profundo.

Volvió a dejar la taza sobre la mesa.

—Victor encargó la Colección La Pareja Caída para conmemorar su supuestamente perfecto legado después de la tragedia.

La artista, Melissa, terminó el encargo original tres días antes de morir en un accidente automovilístico.

Pero modificó en secreto la pintura final.

Añadió las huellas. Tal vez fuera un mensaje o un grito de auxilio.

Solo logré atar cabos más tarde, cuando empecé a investigar los sucesos relacionados con su muerte.

—Cuéntame todo. ¿Dónde está? ¿Quién tiene a mi hija?

Se recostó en el asiento.

—El resto tiene un precio. Un favor. Hazme un favor y te diré dónde está tu hija y quién la tiene.

Lo miré fijamente mientras el pulso me rugía en los oídos.

—¿Qué clase de favor?

Rafe soltó un leve suspiro.

—Necesito que me traigas algo del interior de la propiedad de los Blackthorn.

Hablaremos de los detalles cuando aceptes.

Di que sí... y me aseguraré de que recuperes a tu niña.

Di que no... —Se encogió de hombros—. Y podrás pasarte el resto de la vida preguntándote qué fue de ella.

Tienes hasta la luna llena para darme una respuesta.

El calor me subió por la piel. Me incliné hacia delante.

—¿Esperas que me convierta en ladrona para ti? Déjate de juegos y dime dónde está. Ahora mismo. O te juro que haré que lamentes haberte puesto en contacto conmigo.

Durante un latido, el café pareció contener la respiración.

Un cliente volvió la cabeza hacia nosotros, pero no me importó.

Rafe ni siquiera se inmutó. En cambio, una sonrisa lenta y desagradable le retorció la boca.

Metió la mano con calma en el bolsillo y sacó el teléfono.

Tras tocar la pantalla, lo giró hacia mí. La imagen me heló la sangre.

David. Mi dulce y tierno David, de pie cerca del arco de rosas en los terrenos de la propiedad. La fotografía era reciente; la habían tomado desde arriba, sin duda como parte de una vigilancia. Alguien lo estaba observando.

—Brava, igual que tu madre. Bien. Pero yo no soy la única amenaza —dijo Rafe en voz baja—. Alguien de esa propiedad ya está pasando información. Si presionas demasiado o intentas hacerlo sin mi ayuda, apretarán la soga antes de que logres llegar hasta ella.

Aparté las manos de la mesa como si me hubiera quemado. Me hundí contra el respaldo mientras el pánico me arañaba la garganta. David. Estaban vigilando a David.

Rafe soltó una risa baja y carente de humor mientras se acomodaba el cuello de la sudadera.

Nuevas lágrimas me ardieron en los ojos y sentí un dolor en la garganta.

—¿Por qué haces esto? ¿Qué ganas haciéndole daño a mi familia?

Su sonrisa desapareció.

—Tu familia no me importa —dijo, con voz amarga mientras se tocaba la cicatriz de la mandíbula—.

Victor Blackthorn me destruyó. Trabajé como su solucionador de problemas durante quince años: me ocupaba de operaciones delicadas, encubría escándalos y silenciaba amenazas para el Alfa.

Hasta que un trabajo salió mal y él decidió que el precio de la lealtad era demasiado alto.

Me echó sin pagarme y luego envió hombres para eliminarme.

Estas cicatrices demuestran que fracasó.

Esperé años para vengarme, y tu regreso es la grieta perfecta en su armadura.

La confesión quedó suspendida entre nosotros, cargada con su dolor y con mi propio terror creciente. Quería gritar ante la crueldad de todo aquello, pero me quedé sentada, con las lágrimas aún pegadas a las mejillas, sintiendo el peso de dos almas rotas que acechaban al mismo monstruo.

—Me estás utilizando —dije con voz dolida, pero firme.

—Claro que sí —replicó—. Te encontré porque buscaba algo que pudiera usar en su contra. Resulta que tú buscabas lo mismo, así que me necesitas tanto como yo a ti.

Los ojos de Rafe brillaron con el fuego de la venganza.

—Victor odia los cabos sueltos. Y tú, Camille, esa espina clavada en su costado, eres el mayor cabo suelto que jamás dejó.

Agarré el sobre de la mesa y apenas miré a Rafe antes de atravesar las puertas del café y salir a la plaza. David. Tenía que regresar con David.

El pueblo se desdibujó a mi alrededor mientras me apresuraba hacia el auto, aferrando el sobre con tanta fuerza que los bordes se me clavaron en las palmas.

Todos los desconocidos parecían una amenaza.

Cada mirada me hacía sentir vigilada. Habían logrado acercarse lo suficiente para fotografiar a mi hijo dentro de la propiedad de los Blackthorn.

El pánico me arañó el pecho. Si podían llegar hasta él allí, ningún lugar era realmente seguro.