Capítulo 22
Capítulo Veintidós
Lo sintió. Quizá solo se lo estaba imaginando, quizá sus pensamientos simplemente podían con su cordura.
Pero una presión repentina en el pecho hizo que se incorporara de golpe.
De pronto solo podía tragar con dificultad y creyó notar un dolor que no le pertenecía.
Y desde algún lugar le asaltó la corazonada de que había pasado algo, de que a alguien tenía que haberle ocurrido algo que acarrearía un sufrimiento infinito.
—¡Emma! —jadeó y miró por pura rutina hacia la ventana que daba al pequeño patio de grava, donde ella se había despedido de él hacía un rato.
Se imaginó verla allí, se entregó incluso durante un segundo al delirio de su regreso, solo para imponerse de inmediato orden interior.
Emma no se había marchado hacía tanto como para estar ya de vuelta.
Pero, a pesar de la gran distancia, se sentía tan cerca de ella que creyó poder percibir lo que le estaba pasando por dentro. No está bien.
Aleksander se levantó del elegante sillón de cuero, fue hasta la ventana y miró hacia fuera a través de los cuarterones blancos.
Volvía a llover y nubes gruesas y oscuras devoraban la luz del día, mientras un viento indómito hacía balancearse los árboles de un lado a otro.
La madera antiquísima con la que en su día se había construido la casa frisona crujía y gemía, como si enviara un lastimero lamento a través del amplio salón.
Era tan fuerte que Aleksander percibió tarde el movimiento de un marco de ventana en la parte trasera de la casa.
Imperceptiblemente dejó caer la barbilla hacia el hombro derecho y se concentró por completo en lo que podía ver por el rabillo del ojo.
Las sombras detrás de él apenas se movían.
Podía ser perfectamente la corriente de aire que entraba por una de las viejas ventanas y hacía hincharse una de las cortinas. Pero Aleksander sabía que no era así.
Sus aletas nasales se dilataron cuando el sutil olor de champú le llegó a la nariz. Conocía ese aroma. Hizo que se le tensara cada músculo de la espalda mientras seguía fingiendo que miraba por la ventana.
La persona que había entrado en la casa por una de las ventanas traseras era buena, pero no lo suficiente. No para él.
Aleksander volvió a fijar la vista en el cristal de la ventana, enfocó el reflejo transparente y miró el cañón de una pistola que se alzaba lentamente.
No dudó ni un segundo más. Como un saco mojado se dejó caer a un lado, rodó en un movimiento fluido y al mismo tiempo se giró. Apenas volvió a sentir bajo los pies el suelo que crujía, tomó impulso y se lanzó hacia delante.
Su atacante, al parecer, no había contado con ello. En el último momento esquivó sus puñetazos y se tambaleó hacia un lado.
Aleksander no dudó, estiró la mano y agarró la pistola que, segundos antes, habría podido matarlo.
Con todas sus fuerzas intentó arrancar el arma de la mano enguantada en cuero negro, pero el agarre era demasiado fuerte, demasiado firme.
En lugar de eso, Aleksander se limitó a alzar la mano ajena por encima de sus cabezas, de modo que él y la otra persona chocaron con los torsos.
El rostro de su asesino ahora estaba a solo unos centímetros del suyo, cubierto por una fina máscara de lana.
—¡Tú! —Aleksander apretó los dientes, agarró la tela oscura con la otra mano y se la arrancó de la cabeza a su oponente.
Una cascada de cabellos largos se derramó sobre los hombros de Anne cuando esta lanzó un grito de dolor, se irguió de nuevo contra Aleksander y, aun así, fracasó ante su fuerza.
Se separaron de golpe, soltando al mismo tiempo la pistola, que cayó al suelo con un estruendo y dando vueltas, a varios metros de distancia de ambos.
Aleksander recuperó una postura firme, alzó las manos en posición defensiva y evaluó a Anne con una mirada encendida. Se quedó paralizado.
—¿Qué demonios…?
No llegó a terminar la pregunta. Anne se lanzó sobre él, alzó la pierna en el aire y apuntó directamente a su sien. Él la esquivó con destreza, giró y le lanzó un puñetazo. Pero también su puño golpeó en el vacío.
—Te has vuelto lento, Aleksander —gritó Anne con triunfo cuando volvió a encararse con él apresuradamente, los puños alzados exactamente del mismo modo. Que habían recibido el mismo entrenamiento de combate nunca había sido tan evidente como en ese momento.
—¡No lo suficiente como para que me superes!
—replicó Aleksander, se dejó caer al suelo a toda velocidad y barrió el parqué con la pierna para quitarle los pies a Anne.
Ella saltó con elegancia por encima de su patada, pero, en el instante en que volvió a tocar el suelo, Aleksander le lanzó un puñetazo.
La alcanzó de lleno en el vientre y ella retrocedió dando traspiés y jadeando, hasta estrellarse contra la pared exterior tras solo dos pasos.
Aleksander no le concedió ninguna pausa para que se repusiera, se incorporó de un salto y se lanzó contra ella con todo el peso de su cuerpo. Al hacerlo, le clavó uno de sus codos en la garganta y la mantuvo así inmovilizada. A pesar de sus habilidades, Anne ya no tenía ninguna oportunidad.
—¡Qué significa esto! —le gritó a la cara. Una furia indomable se abrió paso por su mente, ardiente y casi incontrolable. Le costó hasta la última chispa de autocontrol no estrangular a Anne en ese mismo instante—. ¿Quién te envía?
La pregunta era absurda, porque Aleksander conocía, por supuesto, la respuesta. Aun así, tenía que hacerla. Quería oír de labios de Anne que Roman había dado la orden de silenciarlo para siempre.
Pero Anne no respondió. En lugar de eso, jadeó y, con una mirada desesperada, le hizo entender que Aleksander no la dejaba respirar. Solo de mala gana aflojó un poco su agarre, apenas un poco.
—¿Qué te pasa? —preguntó de nuevo, un poco más bajo esta vez. Con la barbilla señaló su enmarañado pelo—. ¿Qué le pasa a tu pelo?
Una sonrisa repugnante se deslizó por los rasgos de Anne. Tenía sangre pegada a sus dientes, por lo demás tan impecablemente blancos.
—¿Te gusto? ¿Por fin estoy a tu altura? —susurró, lamiéndose los labios—. ¿No te ponen las rubias?
La visión de Anne, con su pelo teñido de un rubio dorado antinatural y la extraña insinuación, dejó a Aleksander desconcertado durante lo que duró un latido de su corazón.
Anne no necesitó más. Con ímpetu lanzó la rodilla hacia arriba, se la clavó a Aleksander en la entrepierna y se liberó de su agarre a toda velocidad. Al instante siguiente ya se lanzaba de cabeza, rodaba por el suelo y echaba mano al arma.
Se incorporó, estiró el brazo para apuntar con la pistola a Aleksander, pero él ya estaba sobre ella.
A pesar del dolor infinito en sus ingles, consiguió agarrar la mano de Anne con la pistola.
Apretó todo lo que pudo, hasta que ella gritó de dolor y no tuvo más remedio que dejar que él girara su propia mano, de modo que ahora Anne se apuntaba a sí misma.
Cuando Aleksander deslizó su dedo sobre el de ella en el gatillo, supo que había ganado.
Un solo movimiento en falso y ella estaría muerta. Anne lo sabía.
—¿Crees que eso va a salvarte? —Anne prácticamente le escupió las palabras—. ¿Crees que basta con que ahora me pegues un tiro?
Aleksander no respondió, sino que aumentó la presión de su mano hasta que los dedos de Anne adquirieron un tono peligrosamente amoratado. Sus dolores debían de ser insoportables, pero no bastaban para borrar la mueca maliciosa de su rostro.
—Ya no está —le susurró. Cada una de sus palabras se le clavó a Aleksander en el corazón como una puñalada.
Cuando Anne vio cuánto lo estaba haciendo sufrir, su sonrisa se ensanchó aún más, más cruel, mientras el odio hervía en el interior de Aleksander como un volcán a punto de entrar en erupción.
—¡Max ya no puede salvarte!
Aleksander no supo qué le pasó en el siguiente instante. El trueno del disparo que salió del arma lo atravesó como una onda de presión. No oyó el grito de Anne, apenas sintió cómo ella caía al suelo. Todo lo que percibía era el calor de la sangre que se extendía bajo las yemas de sus dedos.
Hamburgo, 17 de noviembre - Antepenúltimo año
—Tienes que ayudarme.
Levanta la cabeza demasiado despacio y le lanza una mirada de sus ojos grises e intensos. La expresión, de por sí siempre airada, en sus facciones se oscurece aún más cuando evalúa a la persona que tiene delante.
—¿Qué tengo que hacer? —preguntó, y cada palabra suena como una amenaza.
Pero él no se deja intimidar, apoya las manos sobre la mesa y se inclina hacia delante. Adelanta la cabeza hasta poder mirar directamente a la cara al hombre que está sentado tras el austero escritorio.
—¡Aleksander! —susurra, sin preocuparse lo más mínimo por la multitud de normas que está infringiendo al hacerlo.
Una de ellas dice que nunca, ni siquiera en el entorno en el que se encuentran ahora, puede usar nombres reales.
No debería conocerlo. Pero para la conversación que está a punto de mantener necesita tanta honestidad como sea capaz de reunir. El tiempo de las mentiras ha terminado.
—¡Christian! —sisea Aleksander, y con ello sí lo llama por su identidad falsa.
Aquí, en esta oficina diáfana aparentemente normal, en la que una multitud de personas de aspecto aburrido está sentada ante sus pantallas y apenas les presta atención, se hace llamar Christian Reiter.
Aleksander no soporta oír más ese nombre.
—¡Max! —le susurra a Aleksander, como para señalarle lo serio que es todo para él—. Te lo dije, quiero que por fin me llames Max.
—¿Qué mosca te ha picado? —Aleksander mira a su alrededor con gesto inquisitivo, se incorpora y lo agarra con brusquedad del antebrazo.
Tan discretamente como puede, lo empuja a través de la oficina diáfana hasta una pequeña cocina americana.
Con movimientos mecánicos, Aleksander empieza a manejar los muchos botones de la cafetera, que enseguida comienza a sisear y borbotear.
Cuando hace bastante ruido como para tapar su conversación, le lanza a su «colega» una mirada fulminante.
—¿Estás loco?
Él pasa por alto la pregunta, ya no le queda tiempo para explicaciones.
—¡Tengo que irme! —anuncia, y apenas logra contener la voz—. Hoy mismo. Ya no me queda tiempo.
El gesto de Aleksander no se altera. Ni siquiera le tiemblan los párpados cuando recibe y procesa la información. Solo en lo más hondo de sus ojos cree Max percibir un cambio. Conoce a Aleksander desde hace demasiado tiempo y demasiado bien como para que eso se le escape.
—¡No puede ser! —Aleksander se vuelve de espaldas y empieza a trastear ruidosamente con las tazas de café—. Es demasiado pronto. Aún no está todo preparado.
—¡Da igual!
Tiene que contenerse para no agarrar a Aleksander por los hombros y darle un buen bofetón.
Por el rabillo del ojo ve que una mujer levanta la vista de su ordenador y les lanza miradas inquisitivas.
En circunstancias normales, eso debería haberle inquietado.
Pero ya no le queda espacio para tanta cautela.
—¡Tenemos que hacerlo! ¡Hoy!
—¿Por qué? —Los labios de Aleksander se mueven, pero no sale ningún sonido. Aun así lo entiende, como si el hombre de pelo negro le hubiera gritado.
Cierra la boca, traga con esfuerzo y piensa febrilmente en su respuesta. ¿Cómo puede hacerle entender a ese hombre que esta mañana todo ha cambiado para él?
—Sabes que tengo una esposa —empieza por fin y saca el teléfono. Con unos cuantos movimientos precisos de los dedos abre un video, lo pone a reproducir y deja el teléfono delante de Aleksander sobre la encimera.
La sonrisa de Emma resplandece en la pantalla.
Su pelo rubio ondea al viento mientras a su espalda parpadean las luces de colores del Dom de Hamburgo.
Ella le había enviado ese video hacía unas semanas, durante una noche con sus amigas.
Un poco bebida y contagiosamente alegre, mira a la cámara, se ríe a carcajadas y grita:
—¡Te quiero, Max! ¡Solo quería decírtelo! ¡Hasta mañana!
Un instante después, las dos mujeres que la acompañan la agarran, ella gira sobre sí misma y alza la vista, soñadora, hacia las estrellas.
Maximilian Anders puede ver que algo sucede en Aleksander.
Igual que la primera vez que le mostró ese video, en el hombre de pelo negro y ojos grises se produce un cambio casi imperceptible.
De algún modo, sus rasgos normalmente tan duros se suavizan, sus ojos adquieren un brillo extraño y sus labios se liberan de su rígida tensión.
La visión de Emma conmueve a Aleksander, y no solo a él.
—¿Y bien? —pregunta Aleksander por fin con voz ronca después de recobrar el control.
—¡Tengo que salir! —repite Max en voz apagada—. ¡Por ella!
—¿Pero por qué ahora? ¿Por qué tiene que pasar todo hoy? —pregunta Aleksander y apenas se esfuerza ya por hablar en voz baja.
—Por esto. —Con estas palabras abre otra foto, vuelve a dejar el móvil delante de Aleksander y observa con paciencia cómo él procesa lo que ve. Pasa unos instantes hasta que cae en la cuenta.
—¿Me vas a ayudar? —pregunta.
Aleksander no responde, sino que sigue mirando fijamente la foto en silencio.
Se acerca más a él, inspira hondo y pone todo el énfasis posible en sus siguientes palabras.
—¡Tienes que ayudarme! —Más apagado y pasando por alto sus remordimientos, añade—: ¡Igual que yo a ti aquella vez!