Venganza de sangre (Ley y sangre 3) Capítulo 21
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Capítulo 21

Capítulo Veintiuno

Conocía la muerte. La reconoció en el segundo en que entró en la habitación.

No tuvo que traer a la memoria la conversación de los médicos con su madre, a la que había escuchado a escondidas pocos minutos antes, justo después de haberse colado en el hospital sin ser vista.

No tuvo que pensar en frases como: «La actividad cerebral de su marido, lamentablemente, sigue disminuyendo» o «Las probabilidades de que vuelva a despertarse son prácticamente inexistentes».

Emma apartó de su mente el rostro petrificado de Constanze von Meerblom, intentó acallar sus palabras ahogadas:

—¿Y qué hacemos ahora? ¿Cuánto... cuánto falta para que él...?

La respuesta de los médicos resonaba ahora en la cabeza de Emma como un eco que simplemente no quería extinguirse.

—Es imposible decirlo. Minutos, horas, quizá también días. Aproveche el tiempo para despedirse. Dele el último adiós.

—Dele el último adiós. —Emma ya no tenía ninguna duda, al contemplar al hombre inconsciente en la cama del hospital, de que Konrad, conde de Meerblom, su padre, se iría.

No era la multitud de aparatos que pitaban a su lado, ni la boca entreabierta de la que habían retirado el tubo de respiración lo que le daba la certeza de que estaba viendo a su padre por última vez.

Ni siquiera podía explicar con exactitud cómo lo sabía. Pero en la desnuda habitación de hospital flotaba en el aire una presencia que se sentía como la última página de un libro. Incluso si esta estuviera llena de palabras, una sabía que el final estaba a punto de llegar.

Emma no estaba preparada. Pero lo quisiera o no, saldría de esa habitación de hospital hacia una nueva realidad en la que ya no tendría padre.

No podía decir qué la esperaba al otro lado de la agonía de Konrad von Meerblom y tampoco le importaba.

Estaba allí para decirle por fin a su padre lo que no había sido capaz de pronunciar en los últimos años.

—Lo siento, papá—. Emma se acercó a la cama, tomó la mano de Konrad y se inclinó sobre su rostro inmóvil—. Siento que hayamos hablado tan poco en los últimos años. Debería... debería haber intentado... debería...

Se interrumpió y contuvo el sollozo que recorrió su cuerpo como una ola. Lágrimas ardientes se formaron en sus ojos y la dejaron ciega por un momento.

—Ojalá me lo hubieras dicho, papá —acabó exclamando Emma—. ¿Por qué no me dijiste la verdad? ¿Por qué te lo guardaste para ti?

Los párpados de Konrad von Meerblom parpadearon, ¿o Emma solo se lo había imaginado? No estaba segura.

—Max me había mentido, papá. Todo el tiempo me ha mentido. Y tú —Tuvo que recomponerse de nuevo—, tú lo sabías. ¿Cómo pudiste… cómo pudiste hacerme algo así?

Emma sintió como si se abriera un abismo en su interior.

De él ascendía una sensación, un dolor que había reprimido con la esperanza de que nunca volviera a apoderarse de ella.

Ahora reconocía lo que ya había presentido tras la muerte de Max: se había estado engañando.

El dolor solo había estado adormecido, nunca había desaparecido del todo.

Pero ahora tenía que soportar cómo la pérdida, la rabia, la cólera y el odio se abrían paso hasta su conciencia y la atenazaban, como si nunca más quisieran soltar a Emma.

Llorando, apoyó la cabeza en el pecho de su padre y buscó por última vez la seguridad que había sentido junto a él de niña.

Por última vez recordó lo invencible, lo omnisciente y sereno que le había parecido su padre en otros tiempos.

De niña había pensado que no había nada que él temiera. Ahora sabía que no era así.

—Papá —susurró al cabo de un rato, tomó aire hondo y por fin buscó en su interior las palabras que sabía que le darían paz a su padre. Había llegado el momento—. Lo habría entendido.

Emma levantó la cabeza y miró a su padre una vez más. De nuevo parpadearon los párpados de Konrad y Emma pronunció con voz suave una verdad que solo ahora encontraba dentro de sí. Cuánto sufrimiento se habría ahorrado ella y les habría ahorrado a sus padres si hubiera sabido todo aquello antes.

—Entiendo por qué lo hiciste. Y te perdono. Ya no estoy enfadada contigo. Está bien.

Hasta ese momento Emma no había estado segura de si su padre aún podía oírla. Los médicos habían dicho que probablemente se encontraba en un estado crepuscular, con momentos de lucidez en los que todavía podía reconocer las voces de su familia. Este era uno de esos momentos.

Los rasgos de Konrad se contrajeron y sus labios se movieron. De su garganta salió un jadeo esforzado, como si el moribundo intentara lanzar a su hija un último mensaje. Los sonidos no formaron palabras.

Pero Emma intuyó lo que su padre quería decirle. Lo sintió en la débil presión con la que ahora le apretaba los dedos. No fue capaz de volver a hablar. En lugar de eso, escuchó las palabras en su cabeza: «Adiós, papá».

El agarre de Konrad sobre la mano de su hija se fue debilitando y sus facciones se aflojaron.

A diferencia de las películas, ningún pitido nervioso anunció la muerte.

Ningún ejército de médicos irrumpió en la habitación en un intento desesperado, por más inútil que fuera, de conseguir que el corazón del conde siguiera latiendo.

En su lugar, las líneas y los números de los monitores se hicieron poco a poco, pero de forma imparable, más planos y más bajos, hasta que al final dejaron de mostrar algo. Konrad von Meerblom había muerto.

Emma no sabía cuánto tiempo había permanecido al lado de su padre inerte.

Ya no podía distinguir los minutos de los segundos o de las horas.

Lo único que podía decir era que se había quedado demasiado tiempo.

Porque en el momento en que creyó comprender lo que acababa de suceder, en el momento en que por fin se obligó a incorporarse y a entrar en la realidad de la que su padre ya no formaría parte, sonó una voz brusca a su espalda.

—¡Emma!

Las lágrimas le goteaban de la cara cuando se dio la vuelta bruscamente. El pecho se le contrajo con dolor al ver a la persona que ahora la miraba fijamente con un brillo en los ojos que nunca antes había visto en él.

—¡Ricky!

—¡Dímelo! —escupió mientras cerraba la puerta de la habitación del hospital, empujándola contra el marco. Algunos mechones grasientos se soltaron de su peinado, por lo demás impecable, y le cayeron desordenados sobre la frente.

—¿Qué? —Emma no entendía. Sus pensamientos se desbocaban, daban vueltas sobre sí mismos. Una náusea empezó a extenderse en la boca del estómago.

—¿Qué debías perdonarle? —Cada palabra que salía de la boca de Ricky sonaba como un siseo. Sus labios dejaban al descubierto unos dientes blanqueados, que apretaba con fuerza unos contra otros.

Emma comprendió enseguida que Ricky debía de haberla estado espiando. Quizá había escuchado cada palabra que le susurró a su padre para despedirse. Muy despacio negó con la cabeza.

Pero Ricky no cedió.

—¿Qué debes perdonarle? —siguió preguntando—. ¿Qué has hecho?