Capítulo 11
Capítulo Once
Un rastro de sangre.
Aleksander se detuvo y se dio la vuelta.
En realidad no tenía tiempo, en realidad no debería haberse permitido desperdiciar ni un solo segundo.
Pero cuando vio su propia sangre, cómo brillaba detrás de él en una línea intermitente sobre el asfalto y conducía directamente hasta donde estaba, no pudo evitar maravillarse.
Su camino estaba acompañado de sangre, la dejaba a cada paso, y no solo desde hoy.
Era como si la muerte hubiera sido su silenciosa compañera, su socia, su superior.
Había caminado por la vida y, aun así, siempre había llevado la muerte consigo.
Ese era el motivo por el que, desde que despertó en un hospital de Kabul, habiendo sido salvado por un pelo, nunca más se había sentido realmente vivo.
Pero eso se había acabado.
Aleksander se apretó un jirón de tela sobre la herida del brazo, escuchó y alzó la vista al cielo, donde se acumulaban nubes oscuras. Las primeras gotas de lluvia ya caían sobre su rostro y en el aire pesaba una densidad que alertaba sus instintos más primarios de la inminente tormenta.
Ninguna sirena, ningún grito, ningún ladrido de perro. Aleksander se extrañó de que nadie pareciera ir aún tras sus pasos. Su huida había sido extrañamente difícil y, sin embargo, demasiado fácil.
Desde la ventana se había descolgado hasta el patio del Dammtor ayudándose de las correas de sujeción y allí había seguido avanzando a cuatro patas.
Había podido pasar la valla interior de seguridad por un agujero que había visto en una salida con otros reclusos.
Después había trepado a una parte del muro de la prisión, algo que, gracias a los muchos alféizares, para el bien entrenado Aleksander no había sido en absoluto difícil.
Por su formación, Aleksander sabía que el Dammtor estaba equipado con detectores de movimiento en el muro, de los que con toda seguridad debía de haber activado varios.
Pero aunque la alarma sonó pocos segundos después de que abandonara el muro saltando a otro muro, el del centro de visitas, nadie lo persiguió.
En lugar de eso, las sirenas volvieron a apagarse.
Todavía ahora Aleksander no podía evitar sonreír al pensarlo.
La falta de personal en los centros penitenciarios de Hamburgo era dramática y legendaria.
Probablemente el incidente en la entrada, donde un intruso intentó acceder con una tarjeta de identificación falsificada, absorbía a tanto personal que, a la fuerza, tuvieron que dar por hecho que se trataba de otra falsa alarma.
Quizá aún no habían notado la desaparición de Aleksander del hospital penitenciario.
Con destreza, Aleksander por fin se había deslizado entre el alambre de espino y, con otro salto, había llegado a la calle.
El muro del Dammtor tenía exactamente cinco metros y medio de altura.
Cualquier otra persona se habría causado graves lesiones con un salto así.
Aleksander, en cambio, rodó sobre el asfalto sin llevarse ni un solo rasguño.
La sangre que había dejado procedía de la herida que él mismo se había causado en su celda para simular un intento de suicidio.
Aleksander se había quitado el vendaje de forma deliberada para dejar el rastro de sangre que ahora conducía entre los altos árboles de «Planten un Blomen» el elegante parque de Hamburgo que se veía desde el Dammtor.
Convencido de que gracias a ese rastro lo seguirían hasta allí, Aleksander volvió a vendarse la herida.
Aunque algo en su interior se resistía, dio media vuelta sobre sus talones y desanduvo el camino que acababa de recorrer.
Finalmente pasó junto al muro de la prisión por el lugar donde había saltado a la calle y echó a correr en dirección contraria.
Mientras seguía corriendo, su camino dejó de estar marcado por la sangre.
Y tenía una certeza: nadie lo seguiría, nadie lo acompañaría ya.
Quizá por primera vez en su vida era libre.
Cuando por fin comenzaron a sonar las sirenas y los avisadores acústicos de los vehículos de emergencia, Aleksander ya había puesto una buena distancia entre él y Dammtor.
Iba bien encaminado hacia el Schanzenviertel cuando la estación de metro de Feldstraße apareció en su campo de visión.
Un variopinto flujo de personas avanzaba hacia el túnel subterráneo.
Junto a individuos con traje y aire de autosuficiencia se mezclaban punks, estudiantes mal vestidos, madres exhaustas empujando cochecitos y escolares.
Al integrarse en la multitud, Aleksander pasó completamente desapercibido con la ropa robada que le quedaba demasiado grande.
Como arrastrado por una ola, se dejó llevar por la corriente de gente hacia las escaleras que descendían a la red de metro.
No tenía ni idea de adónde debía ir ahora.
No había planeado más allá de ese punto.
Solo sabía que, en unos instantes, subiría a la línea U3, la única que recorría gran parte de su trayecto en superficie y que describía un amplio círculo alrededor de Hamburgo. No tenía un destino definido.
Sin embargo, antes de bajar las escaleras hacia los andenes, se volvió una última vez.
Sus ojos buscaron casi por instinto la silueta de la majestuosa cúpula del Tribunal Superior Regional, que se alzaba sobre la ciudad como la mano vigilante de la justicia.
Allí tenían su sede los magistrados más importantes de la ciudad hanseática, los supuestos guardianes de la justicia y del orden.
—¿Adelante o hacia atrás? —le espetó de pronto una voz desde un lado.
Aleksander giró la cabeza y miró el rostro irritado de un hombre de pelo oscuro con traje, que intentaba en vano pasar a su lado con su maleta de ruedas.
Aleksander dudó un instante más antes de dedicarle al hombre una sonrisa sombría.
—Adelante —murmuró y se puso en marcha, decidido y seguro. Sabía exactamente adónde quería ir.