Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 66. Añicos #2
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66. Añicos #2

—Tú también... me has hecho muy feliz, Eira —murmuró él con voz apagada, sepultado bajo el peso de la derrota.

Sabía que no había nada que pudiera hacer, y eso, lejos de consolarlo, era lo que rompía su corazón sin remedio.

Tras décadas de penuria y oscuridad, cuando Eira había encontrado la luz que encendía su vida, esta se apagaba de repente—.

Te quiero... ¡y te querré siempre! No hay nada en este mundo que haya amado más que a ti.

Eira sonrió con tristeza, reconfortada por sus palabras.

«Búscame en tus recuerdos, Cy, y nunca dejes de forjar tu camino. Mi amor por ti será eterno, aunque yo ya no esté».

Cyal la observó, temblando. Vio como se daba la vuelta y avanzaba, desapareciendo en aquella bola de energía roja. Un frío brutal le recorrió la columna, arrastrando consigo el susurro de la muerte: el frío del vacío. Eira se llevaba consigo sus ganas de vivir.

Arash clavó sus ojos plateados en Thaydra. Ella también estaba tirada en el suelo, devastada por un horrible llanto. Quiso reconfortarla, pero supo que no habría forma de hacerlo más fácil.

«Cuídate, princesa. No sé qué hay más allá de la muerte. Pero, sea lo que sea, yo siempre estaré a tu lado».

Y Arash siguió a Eira, desapareciendo también.

Thaydra chilló.

—¡No! ¡No! ¡No!

Hubo un brillo blanco en el interior de la esfera roja. La energía escarlata se concentró, comprimiéndose por un instante antes de expandirse con violencia.

Veshier cubrió con las alas a Cyal y a Thaydra, creando un escudo de luz verde. Los tres apretaron los ojos. La onda de energía los atravesó, destruyendo las paredes de roca de la muralla. Las piedras salieron volando por los aires.

Escucharon también los tétricos aullidos de los nephrores que se desintegraban al instante.

El suelo dejó de temblar. El polvo llenó el ambiente, y Cyal y Thaydra tosieron. Veshier, en contacto con ellos a través de las plumas de sus alas, hizo que sus antenas brillaran y empezó a curarlos.

El núcleo había sido reducido a una diminuta bola de luz roja que flotaba inocentemente en el aire. Cyal y Thaydra abrieron con lentitud los ojos, ambos temiendo lo que iban a encontrar.

O, más bien, lo que ya no hallarían.

No había ni rastro de Eira ni de Arash. Era como si los dos dragones nunca hubieran estado allí.

Thaydra gritó. Le temblaron los hombros y las lágrimas fluyeron de nuevo de sus ojos. Respiraba con rapidez, ahogada por la desolación que inundaba su interior. Escondió el rostro en los brazos, sollozando.

Cyal se sentó y se quedó en silencio. Se mantuvo inexpresivo, incapaz de articular palabra alguna. ¿Acaso era cierto? ¿Eira ya nunca iba a volver?

«No... No puede ser», pensó, negándose a creerlo.

Se levantó, ajeno a las protestas de Veshier, que no había terminado de curarlo todavía. Caminó hasta la bola de energía que era el núcleo de Gaia. Lo escudriñó durante varios segundos. Habían evitado la destrucción del mundo. El equilibrio había sido restaurado.

Y él quedaría roto para siempre.

Cayó de rodillas al suelo. Eira había sido su mundo, la razón de su existencia. Sin ella no era nada. Sin ella estaría vacío por completo. Sin ella, lo que le aguardara no sería una vida.

Se llevó las manos a la cabeza y la echó hacia atrás, gritando. Profirió un grito desgarrador con todas sus fuerzas, tratando de liberar, en vano, el terrible dolor que lo destruía con violencia y sin piedad. Pero era tal el tormento, que no encontró salida. Ni la encontraría jamás.

Gritó y gritó, enfurecido con el mundo, por haberle arrebatado a Eira; enfurecido con la propia Eira, por no haberle advertido de lo que ocurriría; y enfurecido, sobre todo, consigo mismo, por no haber sido capaz de protegerla.

Se echó hacia delante, apoyando las palmas de las manos en el suelo.

Cerró los ojos con fuerza y otro lamento escapó de sus labios. Las lágrimas empaparon la roca.

Se sentía un completo fracaso.

—Eira —la llamó, con la tonta esperanza de que ella respondiera—. Eira...

Pero ella ya no podía escucharlo. ¿Por qué? ¿Por qué había roto su promesa? Lo había abandonado.

Se llevó una mano al pecho y jadeó. Se clavó las uñas en la piel, buscando aliviar de alguna forma la terrible presión. Sin embargo, su ausencia sería una herida que nunca dejaría de sangrar.

Levantó los párpados con brusquedad al notar una mano en la espalda. Miró por encima del hombro. Thaydra lo observaba, con los ojos rojos e hinchados. Sus mejillas brillaban por las lágrimas.

—Thay... Dime... Dime que Eira va a volver —le suplicó Cyal. Su voz salió rasposa.

Thaydra se mordió el labio inferior y negó con la cabeza.

Cyal se levantó sobre las rodillas, a nada de volver a doblarse. Thaydra dio un paso, otro, y al final cayó contra su pecho como si su propia alma se hubiera rendido. Cyal la sostuvo, aferrándola con una fuerza que contrastaba con el insondable abismo que se había abierto en su interior.

Thaydra se abrazó a él, deshaciéndose en un llanto desgarrado.

El joven no reaccionó al principio, con la mirada perdida en el punto donde Eira había desaparecido.

Ante el grito de dolor de Thaydra, sin embargo, cedió.

Bajó una mano para rodearla. No era un abrazo firme, sino un gesto roto, pero, por muerto que se sintiera por dentro, no se veía capaz de abandonarla en aquel cataclismo.

Apoyó la barbilla en su cabeza. Era un consuelo torpe y desesperado.

—No es justo —balbuceó Thaydra—. No es justo.

Habían evitado la destrucción del mundo frenando el estallido del núcleo, pero la batalla no había terminado. Ninguno sabía cómo sobrevivir a lo que acababan de perder, pero deberían encontrar la manera.

Hereshia y Eyvel se habían ido, pero aquel solo había sido el primero de sus planes.

Ahora que este había fallado, pondrían en marcha lo que habían estado preparando: traerían de vuelta al General y avanzarían con las tropas xieri que habían ido creando y entrenando.

Arrasarían con todos los reinos humanos a su paso y obligarían a los draconianos a unirse a ellos o los destruirían también.

La amenaza se tornaba real. La guerra no había hecho más que comenzar. Y Cyal y Thaydra estaban solos, derrotados, sin fuerzas ni ánimo para enfrentarse a nada, dos enlaces sin sus dragones.

El futuro de Gaia era sombrío.