66. Añicos
Añicos
Antes de que pudieran celebrar la huida de las hermanas, el núcleo expulsó otra onda de energía. Solo Veshier, que seguía en el aire, pudo esquivarla. Los demás salieron disparados contra la pared de la muralla a sus espaldas.
Cyal gruñó y tosió. Rodó hasta quedar boca arriba, con la mano todavía en el costado. Parpadeó hasta enfocar; notaba la cabeza demasiado ligera y el espacio era un borrón confuso. Su cuerpo se negaba a obedecer.
«Cy».
Eira apareció en su campo de visión. La dragona se agachó sobre él, acercando el rostro al del joven. El costado de Cyal tenía muy mal aspecto. Eira dejó escapar un gemido angustiado; su corazón se descontrolaba más y más a causa del pánico.
—Eira —murmuró él, suspirando y relajándose al tenerla a su lado. Cerró los ojos.
Eira se tensó al ver que había caído inconsciente. El olor a hierro de la sangre dominaba el ambiente.
«¡Veshier!», la llamó, incapaz de ocultar la salvaje desesperación en su voz.
«Estoy aquí», dijo ella, aterrizando a su lado.
Arash estaba pendiente de Thaydra, que tampoco podía levantarse. Se había golpeado la cabeza en las rocas al caer y su sien derecha sangraba en abundancia.
«Aguanta, princesa —le dijo Arash, cubriéndola con el ala en un intento de reconfortarla—. Enseguida vendrá Veshier aquí también».
Thaydra lo miraba. Trató de extender la mano hacia él, pero la cabeza le dolía demasiado. Cerró los ojos con fuerza y emitió un triste quejido.
Arash alzó la vista, alarmado, cuando la luz roja inundó el espacio por completo.
El corazón de Thaydra latía desbocado. La joven reconoció el momento de lo que presenció en aquel recuerdo.
Un desagradable chirrido se extendió por el lugar.
Las ondas de energía giraban de forma errática en torno al núcleo, cada vez más deprisa.
«¡Nos quedamos sin tiempo! —exclamó Veshier, con los ojos desorbitados. Miró primero a Arash y luego a Eira, observando a esta última con dolor en la mirada—. Id. Yo curaré a vuestros enlaces».
Arash respiró hondo. Había llegado el momento que tanto había tratado de evitar.
—Arash...
La débil voz de Thaydra le hizo bajar la vista. Ella lo miraba, con la mitad del rostro cubierta de sangre. Seguía intentando extender la mano hacia él. Él inclinó la cabeza, permitiéndole a Thaydra reposar la mano en su frente. Cerró los ojos, memorizando el suave y cálido tacto de sus dedos.
—No lo hagas —suplicó ella. Parpadeó repetidamente; se le formó un nudo en la garganta—. Por favor, no me dejes atrás.
«Princesa... —Arash clavó las garras en el suelo. A él también se le rompía el corazón. No quería separarse de ella—. Sabes que no hay otra opción. Debo hacerlo».
Thaydra rebobinaba una y otra vez en su mente el momento en el que Taiyo se había apartado de Arash para ir al núcleo. Nunca más la volvió a ver.
Ahora, Arash estaba a punto de hacer lo mismo.
Sollozó. Las lágrimas rodaron por sus mejillas.
—Arash... Por favor... Yo...
«Está bien, princesa. Confío en ti —dijo él con delicadeza—. Sé que seguirás haciéndote más fuerte. Sé que podrás con los xieri y con todo lo demás. Lo dejo en tus manos. Espero... que seas feliz».
Se le partió la voz al decir esto último. La opresión en el pecho amenazaba con asfixiarlo. Él habría querido estar más tiempo con ella. Habría querido acompañarla durante toda su vida, por muy corta que fuera su existencia mortal. Habría querido ser quien la hiciera feliz.
—Solo... —Thaydra luchó por sentarse. Arash la ayudó deslizando el ala por debajo de su espalda. Ella jadeó, mirándolo—. Solo soy feliz contigo. Arash, yo...
Él cerró los ojos.
«No lo digas».
—Te quiero.
Arash tensó la mandíbula. Notó un amargo ardor en los ojos. Al abrirlos, brillaban con lágrimas.
Thaydra resollaba. Le costaba mantener la cabeza erguida. Su visión se llenaba de puntos negros. Pero sentía que eran sus últimos instantes con Arash y no podía perder la consciencia. No sin al menos decirle antes lo que sentía.
—Te quiero. Y nunca te habría abandonado. Habría querido tener una vida contigo... —balbuceó. Su voz tembló. La angustia la azotaba con la intensidad de una tormenta que nunca se despejaría.
Arash esbozó una sonrisa triste.
«No te imaginas lo que has significado para mí, Thay. Ojalá pudiera quedarme a tu lado. Ojalá... —Exhaló su aliento de ceniza—. No tengo tiempo para decirlo como mereces, pero yo... También te quiero. Lo sé desde hace mucho».
Thaydra abrió los ojos como platos.
—¿Por qué no dijiste nada?
«Por miedo —admitió él, derrotado—. Y ahora ya es demasiado tarde. Perdóname, Thay. Al final, he sido un cobarde».
—No digas eso. Eres cualquier cosa... menos un cobarde.
El suelo tembló. Veshier los miraba, ansiosa. Los chirridos de los nephrores se escuchaban cada vez más cerca. La intensidad de la luz roja aumentaba, cegándolos.
Arash presionó el hocico contra la mejilla de Thaydra. Ella se abrazó a su cuello, sollozando. Sus lágrimas resbalaron por las escamas.
—No voy a... a poder seguir adelante sin ti —suplicó ella, desolada.
«Podrás y lo harás. Tienes una larga vida por delante.
Confío en ti para que vivas por los dos —dijo Arash, esforzándose para que no le temblara a él también la voz.
Irguió el cuello y Thaydra se vio obligada a soltarlo—.
Nunca te subestimes, Thaydra. Si conseguiste que este viejo dragón regresara a la vida tras tantos siglos de oscuridad, lograrás cualquier cosa que te propongas.
Tu luz brilla por encima de la de las estrellas.
Y yo solo puedo darte las gracias por haberla compartido conmigo.
—Le dedicó una sonrisa cargada de resignación, y sus ojos plateados resplandecieron con la intensidad de su cariño—.
Estás destinada a grandes cosas, no lo olvides.
Y aunque me rompe por dentro saber que no estaré para acompañarte en persona, soy muy afortunado por haberte conocido».
Se estaba despidiendo.
Iba a marcharse.
Iba a dejarla atrás.
El pánico se apoderó de ella.
—Arash... Arash... —Él la dejó con suavidad en el suelo. Sin el soporte de su ala, era incapaz de permanecer sentada. Thaydra trató de arrastrarse hacia él. Arash le dio la espalda y ella estiró el brazo, en vano—. ¡Arash!
«Adiós, princesa. Daré mi vida, pero mi corazón se queda contigo».
Arash respiró hondo y se obligó a ignorar sus gritos. Cada vez que la escuchaba gritar su nombre su corazón se quebraba más y más. ¿Fue así como se había sentido Taiyo justo antes de dejarlo atrás?
Mientras tanto, Eira se agachó junto a Cyal. Le dolía marcharse sin despedirse de él, pero seguía inconsciente.
«Espérame aquí, Cy —le dijo—. No tardaré en volver».
Sin embargo, él la escuchó. Cyal abrió los ojos lo justo como para que ella viera el dorado de su iris.
—Está bien —respondió casi en un susurro. Estaba agotado y apenas le quedaban fuerzas para hablar. Seguía perdiendo sangre—. Pero...
—¡Arash!
El grito desesperado de Thaydra lo interrumpió. La tierra temblaba y Cyal alcanzó a ver a duras penas a Eira dándose la vuelta.
—¿Eira? —dijo, con el temor reflejado en la voz. Algo no iba bien. Thaydra chillaba, arrastrándose hacia un Arash que se alejaba más y más. Giró la cabeza hacia ella—. ¿Thay? ¿Qué ocurre?
—¡No dejes que se marchen! —exclamó ella, con el rostro bañado en lágrimas—. ¡No van a volver!
A Cyal se le heló la sangre. Dirigió su mirada a Eira, aterrado. Ella ya caminaba hacia el núcleo, sin mirar atrás.
Lo comprendió todo. Comprendió de repente de qué habían hablado Eira y Arash. Comprendió la causa de su ataque de pánico; por qué ella había dicho que no tendría que haber dejado que se enamorara de ella. Comprendió por qué ni Arash ni Eira habían querido decirle nada.
No. No podía permitirlo.
—¡Eira!
Ignoró el dolor en el costado. Ignoró el temblor en las piernas y brazos.
Ignoró el ardor en los pulmones. Forzó a su cuerpo a ponerse en pie.
Las rodillas le fallaron y fue de bruces contra el suelo.
De no haber sido por Veshier, habría caído peor.
Se apoyó en ella y trató de seguir a Eira, pero la dragona lo retuvo sin dificultad.
El mundo de Cyal se deshacía en destellos negros y el dolor en el costado palpitaba como un hierro al rojo vivo. Aunque le faltaba el aire, insistió:
—¡Eira!
Ella se detuvo por un instante y lo miró por encima del hombro. Ver sus ojos vidriosos fue una puñalada para Cyal.
«Te quiero, Cy —susurró ella, pero su reconfortante voz llegó de igual manera a su mente—. Espero que algún día me perdones».
Sabía que el daño que le provocaría lo destrozaría. Que lo rompería de forma irremediable. Pero no había alternativa. Si no arreglaba el núcleo, morirían todos igualmente. Al menos, de esta forma, ellos vivirían.
Continuó andando, hacia Arash.
Cyal no podía dejarla ir.
—¡Detente, Eira, por favor! —gritó, jadeando—. ¡No... no voy a poder vivir sin ti! ¡¿Es que no lo entiendes?!
Eira apretó los dientes. Llegó hasta Arash, que se había quedado a esperarla en el borde de energía roja que ya tapaba el núcleo por completo. Se expandía cada vez más.
«Cyal. Me diste la felicidad que llevaba buscando toda la vida —dijo Eira, girándose para mirarlo una última vez.
Lo vio derrumbarse en el suelo. Su rostro estaba ensombrecido por una mueca de profundo dolor, su mandíbula estaba tensa por la ira y en sus ojos brillaban lágrimas de rabia—.
Gracias por haber querido estar conmigo».
Cyal sollozó. Un segundo antes tenía la absurda esperanza de llegar hasta ella. Ahora, la realidad lo go lpeaba con la fuerza de la tempestad. La distancia que los separaba era el abismo más profundo y más cruel.