Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 65. El comienzo del fin
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65. El comienzo del fin

El comienzo del fin

Eira se desplazó envuelta en sombras a la espalda de Eyvel. Disparó un rayo de hielo, buscando congelar sus alas. Pero Eyvel también se desvaneció.

Cyal ya estaba preparado para cuando apareció encima de Eira.

—¡Ni se te ocurra tocarla!

Se movió a la velocidad de la luz y saltó sobre Eira, pero solo cortó el aire con la espada. Eyvel reapareció la izquierda de Arash y Thaydra, que intentaban rodear a Hereshia.

—¡Cuidado! —gritó Cyal.

Eyvel liberó una onda de oscuridad. Arash batió las alas y alzó el vuelo. Thaydra saltó por encima a la vez que contraatacaba con varios proyectiles de fuego.

Thaydra controlaba como podía el pánico. No había contado con enfrentarse a dos de las dragonas más poderosas de Gaia antes de poder arreglar el núcleo. Quizá había podido imaginar el tener que enfrentarse a Eyvel, o a sus comandantes. Pero enfrentarse a Hereshia parecía una herejía.

«Vas a arrepentirte de haber aparecido aquí», ladró Arash, cayendo en picado sobre Eyvel, envuelto en electricidad.

Ella soltó una risa burlona. Se desvaneció.

El suelo tembló de nuevo. Cyal embistió a Thaydra, que se había tambaleado, para apartarla de la trayectoria de la esfera de luz de Hereshia. Los dos rodaron por el suelo. Eira se situó delante de ellos, protectora. Rugió y una lluvia de carámbanos de hielo se precipitó sobre Hereshia.

Al parpadear, sin embargo, esta ya no estaba.

Cyal apretó los dientes. Podía hacer lo mismo que él para moverse a gran velocidad. Era lógico, pues ambos compartían el mismo elemento.

Se giró, alzando las manos y levantando un escudo de luz que frenó la esfera brillante de Hereshia antes de que esta pudiera alcanzar a Eira. Ella apareció sobre Hereshia envuelta en sombras y clavó las garras en su hombro, hundiéndole los colmillos en el cuello.

Hereshia se encogió con un bramido, pero logró darse la vuelta. Alzó la pata y arañó el rostro de Eira. Ella apretó los colmillos y los ojos, sacudiendo la cabeza.

—¡Eira! —la llamó Cyal, preocupado.

Se lanzó hacia ellas sin pensarlo.

Ahogó una exclamación al captar movimiento por el rabillo del ojo. Eyvel había aparecido a su derecha y deslizaba las garras hacia él. Frenó y se echó hacia atrás, pero aun así fue alcanzado en el costado. Gritó por el dolor de los desgarrones y cayó rodando al suelo.

«Siento tener que hacer esto —se disculpó Eyvel. Lo observó con un enigmático anhelo—. Sin embargo, no puedo permitir que estropees ahora todos mis planes. Mantente apartado y no tendré que atacarte más, ¿de acuerdo?».

A Eira se le heló la sangre al escuchar el grito de Cyal. Abrió los ojos de golpe y soltó el cuello de Hereshia, buscándolo con la mirada. Hereshia aprovechó la distracción: hundió las garras de luz en su abdomen. Eira se retorció y aulló al notar que la sangre empezaba a hervirle.

Cyal tosió, boca abajo, incorporándose sobre los codos. Le ardía el costado entero. Su camisa se manchaba de sangre con rapidez. Y, aun así, lo único en lo que pensó fue en el grito de Eira. Con el corazón a punto de estallar, se dio la vuelta y se sentó, ansioso por localizarla.

Se topó con el rostro de Eyvel, ahora muy cerca de él. Ella lo contemplaba, como si deseara decir algo. Pero antes de que pudiera hacerlo, Arash embistió a la dragona, alejándola de él y asestándole una buena descarga.

Thaydra, mientras tanto, había ido corriendo hacia Hereshia y Eira. Tragándose su miedo, se elevó en el aire impulsada por el fuego en sus pies. Se agarró a los cuernos de Hereshia y dirigió varias cuchillas de metal para clavárselas en el cuello. Envolvió sus manos en llamas, para abrasarla.

Hereshia se apartó de Eira, que cayó al suelo, respirando entrecortadamente.

«¡Quita de encima!», vociferó Hereshia, irritada.

Sacudió la cabeza. Thaydra se aferró a sus cuernos, pero no aguantaría mucho. La superficie blanca de los cuernos de Hereshia se estaba coloreando de marrón al ser quemada por las llamas. Con un último movimiento de su cuello, Thaydra salió volando por los aires.

La chica chilló, esperando el impacto. Pero Cyal la atrapó en sus brazos y aterrizó en el suelo con ella. Thaydra jadeó, mirándolo de reojo.

—Gracias —balbuceó con rapidez.

Cyal no dijo nada, con los ojos fijos en Eira, muy serio. Comprobó que se estaba levantando, si bien sus patas temblaban. La luz todavía la quemaba por dentro. Gotas de sangre caían de su abdomen a las rocas. Estaba herida.

«Aguanta, Eira», suplicó, abrumado. Localizó a Hereshia terminando de apagar las llamas en su cabeza unos metros más lejos.

Thaydra extendió los brazos hacia ella y arrancó las cuchillas de metal que seguían clavadas en su cuello. Hereshia gruñó, molesta. Antes de que Thaydra la cortara con ellas, Hereshia salió disparada hacia delante, en busca de su atacante.

Thaydra se quedó rígida. No iba a poder esquivarla, sus colmillos estaban a escasos milímetros de su rostro.

Ahogó una exclamación cuando Cyal tiró de ella y los desplazó a ambos a la velocidad de la luz al lado de Eira.

Thaydra se llevó la mano al hombro derecho y parpadeó varias veces para contener las lágrimas.

El hueso se había salido del brusco tirón.

—Lo siento, era la única manera de salir de esa —se disculpó Cyal atropelladamente, poniendo los dedos en el brazo de la chica, preocupado.

—E-eso da igual ahora —logró decir Thaydra. Apretó los dientes para contener un quejido del dolor.

Eira, ya en pie detrás de ellos, disparó una bola de sombras que obligó a Hereshia a desplazarse para esquivarla.

—Eira, ¿estás bien? —quiso saber Cyal, nervioso. Había momentos en los que lo único que escuchaba era el latido frenético de su propio corazón. Ya ni siquiera sentía los cortes en el costado.

«Aguantaré. Céntrate en el combate».

Arash seguía intercambiando golpes con Eyvel. La había paralizado en parte con su anterior descarga, pero aun así tenía que ser cuidadoso a la hora de acercarse a ella. Contaba, frente a él, con la ventaja de la oscuridad.

El núcleo cada vez brillaba más, tiñendo de luz roja el espacio a su alrededor. Liberó otra onda de energía que los alcanzó a todos, lanzándolos por los aires.

Eira gruñó al aterrizar. Se aseguró de que Cyal y Thaydra estaban bien y alzó la vista. Hereshia disparó una esfera de luz hacia ellos desde el cielo.

Creó un escudo de hielo para frenarla. Se hizo añicos y Eira mandó los trozos hacia Hereshia, tratando de golpear sus alas. Ella maniobró y esquivó todo, pero fue alcanzada en el pecho por la bola en llamas de Thaydra. La dragona siseó.

«Tenéis ventaja numérica y aun así no sois capaces de vencerme —señaló, observándolos con desdén—. Qué triste».

Eira la miró con frialdad.

«No presumas tanto, cuando tuviste que recurrir a golpes por la espalda para hacerte con el poder», espetó en tono gélido.

Hereshia gruñó. Descendió para esquivar el rayo que lanzó Arash.

Eira aprovechó para desplazarse hacia Eyvel.

Cyal extendió varios látigos de agua desde los brazos, llevándolos hacia su enemiga.

Cuando Eyvel se desvaneció para esquivar a Eira, arrastró consigo a Cyal, que había congelado en el último momento los látigos después de enrollarlos en torno a sus patas.

—Suerte con esto —dijo Cyal con una sonrisa burlona, aunque jadeaba ya por el esfuerzo.

Transmitió la luz a través del hielo, que llegó en un abrir y cerrar de ojos a Eyvel. Esta echó la cabeza hacia atrás y aulló.

«Duele, ¿eh?», gruñó Eira, erizando las plumas.

Y saltó sobre ella, yendo directa a por su cuello con las garras.

«¡Eyvel!», la llamó Hereshia, alarmada.

Hereshia cayó en picado hacia ellos para defender a su hermana. Eira la vio venir por el rabillo del ojo. Sabiendo que no le daría tiempo a acabar con Eyvel, se desvaneció y reapareció delante de Cyal. Sus garras chocaron con las de Hereshia.

«No te atrevas a tocarlo», siseó Eira.

«¿Enamorada de un humano, Zheitszoh? —se mofó Hereshia—. ¿Acaso sabes quién es en realidad?».

Eira solo alcanzó a pestañear, confusa.

Cyal hizo añicos el hielo y movió los brazos para clavar los trozos en el costado de Hereshia. Eira consiguió ganar terreno.

Cyal avanzó un paso hacia delante, con la intención de seguir ayudando a Eira, pero el espacio dio vueltas. Se llevó una mano al costado izquierdo, de donde continuaba saliendo la sangre. Apretó los dientes, tratando de controlar su respiración acelerada.

«¡Aparta, chico!».

La voz de Arash apenas le llegó como un murmullo. El dragón aterrizó delante de él, envolviéndolos en un escudo de electricidad que absorbió la bola de sombras disparada por Eyvel. Ella terminó de levantarse y gruñó, debatiéndose contra la desagradable sensación de la luz que la quemaba por dentro.

«Eres realmente problemático —siseó, clavando sus ojos blancos en Cyal—. No me obligues a poner todo en marcha antes de tiempo».

Hereshia se envolvió entera en luz. Eira rugió, quemándose las patas. Se apartó de ella de inmediato, pero Eyvel estaba justo detrás.

—¡Eira, cuidado! —la advirtió Thaydra, con los ojos como platos.

Rápida, disparó un rayo para al menos detener a Hereshia. Esta se quedó petrificada en el sitio, con los músculos entumecidos. Así, Eira tuvo tiempo de desvanecerse y evitar que Eyvel le desgarrara las alas.

Reapareció junto a Arash, respirando a bocanadas, y observó a Cyal de reojo, preocupada.

«Cy —lo llamó, y la suavidad de su voz reconfortó en gran medida a Cyal, que trató de sonreír a través del dolor de las heridas—. ¿Estás bien?».

—He estado peor —dijo él entre dientes.

Un nuevo rugido se incorporó a la lucha. Veshier apareció volando sobre las murallas. Varias estacas de piedra brotaron bajo Eyvel y Hereshia. Pilladas por sorpresa, fueron alcanzadas por algunas de ellas antes de lograr desplazarse.

«¡Hereshia, sucia traidora! —escupió Veshier, furiosa. Sus pulmones ardían por el esfuerzo de enfrentarse a todos esos nephrores, pero no había tiempo para descansar—. ¡¿Cómo te atreves?!».

«Veshier —rezongó ella. Su vientre estaba manchado de rojo—. No esperaba verte por aquí».

Eyvel apretó los dientes. Con Veshier, sus oponentes eran demasiados. El riesgo no merecía la pena, ninguna de las dos dragonas estaba dispuesta a perder a la otra.

«Marchémonos —le propuso a su hermana, extendiendo las alas—. El trabajo aquí ya está hecho».

Hereshia estaba de acuerdo con ella.

«Podéis tratar de detenernos todo lo que queráis —dijo, irguiendo el cuello—. Pero ya es demasiado tarde».

La sonrisa de Eyvel fue siniestra.

«El núcleo está a punto de estallar». Miró a Cyal y luego a Hereshia. Esta asintió, como si estuviera dispuesta a cumplir una promesa.

Desaparecieron, una envuelta en sombras y la otra en luz.