Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 64. Espectro
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64. Espectro

Espectro

—¿Eyvel? —repitió Thaydra con un hilo de voz.

«Serás poderosa, pero estás sola —dijo Eira irguiendo la barbilla, sin dejarse intimidar—. Apártate».

La risa burlona de Eyvel, que retumbó entre las paredes de la muralla, no le inspiró mucha confianza a Cyal. Aun así, desenvainó la espada y se situó junto a Eira, envolviendo la hoja de metal en luz.

—A Eira no le afecta tu oscuridad. Yo tengo la luz frente a la que eres vulnerable —dijo Cyal, alzando la voz sin miedo. Elevó el arma—. ¿De verdad quieres luchar?

Eyvel ladeó la cabeza, estudiándolo. Se fijó en sus ojos dorados.

«Vaya, he aquí el humano del que me hablaba Lluvia. En efecto, muy apuesto para alguien de tu especie. Aunque no esperaba menos».

Cyal frunció el ceño. Un pinchazo le atravesó la mente.

«No temas. Encontraré la forma. Te traeré de nuevo a la vida... Siempre estaremos juntos».

Cyal sacudió la cabeza, jadeando. Por un instante, todo se había vuelto oscuro y había escuchado la voz de Eyvel susurrando esas palabras.

Alzó la vista. Se estremeció al ver a Eyvel con esos ojos blancos fijos en él, observándolo con espeluznante intensidad. En el templo, lejos de donde fuera que había pronunciado esas palabras, si es que jamás lo había hecho.

«Déjate de juegos, Eyvel, y apártate», gruñó Arash, dando un paso hacia delante.

Eyvel extendió sus alas membranosas.

«¿Y por qué iba a hacer eso, mi querido Aridam? Que el núcleo estalle es mi objetivo».

—¿Cómo te salvarías tú de la explosión? —cuestionó Cyal, que mantenía los músculos en tensión.

«Se salvaría porque mi hermana nunca ha estado sola».

La nueva voz a sus espaldas hizo que todos menos Eira, que prefirió no quitarle el ojo de encima a Eyvel, se giraran de golpe.

La pupila de Arash se redujo a una fina rendija. El brillo en el que la recién llegada había aparecido se disolvía, revelando a una inmensa dragona de escamas y plumas blancas. Sus ojos azules los contemplaban con desdén.

Thaydra palideció. La reconoció de uno de los recuerdos que había visto de Arash en sus sueños.

—¿Hereshia? —balbuceó, incrédula.

—¿Qué? —soltó Cyal. Su pulso se disparó. ¿Qué estaba pasando?

«Yo puedo crear un escudo con mi luz para protegernos de la explosión —prosiguió Hereshia, muy seria—. Si os unís a nosotras, os salvaréis. Estamos a tiempo de ahorrarnos un conflicto mayor».

Arash gruñó. La rabia hervía en su interior.

«Hereshia, no esperaba esto de ti. ¿Desde cuándo?».

«Desde siempre —ronroneó Eyvel—. ¿Quién crees que me ayudó a crear al General?».

—No entiendo nada —dijo Cyal, cada vez más confuso.

Lo último que habría imaginado era que Hereshia estuviera de parte de Eyvel. ¿No era Hereshia quien había sellado al General para dar por concluida la guerra del Alzamiento?

«Quizá podamos contarles un poco para que comprendan hasta dónde llega nuestro poder —le ofreció Eyvel a su hermana—. Y así entiendan que lo que más les conviene es apartarse o luchar junto a nosotras».

—Jamás querríamos... —empezó Cyal, crispado.

«Aridam, Zheitszoh —lo interrumpió Hereshia. Miró primero a Arash y luego a Eira—. Vosotros fuisteis nuestros primeros objetivos. No era nada personal, pero Eyvel y yo queríamos la autoridad total sobre los dragones, y solo vosotros dos erais más fuertes que nosotras por aquel entonces».

Thaydra entornó los ojos.

—Fuisteis vosotras las que les arrebatasteis parte de su poder para forzarlos a establecer el sistema de letargo y enlaces —concluyó. Esa había sido su sospecha desde el principio.

Hereshia enarcó una ceja.

«No esperaba que fuera una humana la que lo dedujera». Aunque, al menos, era imposible que adivinara lo que habían hecho para conseguirlo.

«¿Qué?», rugió Arash. Requirió de un gran ejercicio de autocontrol para no abalanzarse sobre Hereshia. Jamás habría sospechado de ella.

«Una vez os quitamos de en medio, consideramos que sería buena idea tener un enemigo común que todos los dragones temieran —dijo Eyvel, moviendo la cola de un lado a otro con suavidad—.

Por lo que creé al General. Con su luz, Hereshia sería la única que podría derrotarlo, asegurándonos de que nadie se atrevería a desobedecerla, o perderían su única línea de defensa contra él. Para eso debíamos arreglar un detalle».

«Había otra dragona con la luz —dijo Arash, enseñando los colmillos y clavando las garras en el suelo de piedra. La sangre le ardía—. Zheitszoh».

La responsable de lo que le había ocurrido no solo era Eyvel. Hereshia también tenía la culpa. ¿Cómo había estado tan ciego todo ese tiempo?

«En efecto —asintió Hereshia, sin inmutarse—. También tuvimos que deshacernos de ella».

«Todos deben obedecer a Hereshia si quieren estar a salvo del General —dijo Eyvel—. Eso me permite a mí hacer lo que quiero, puesto que nadie va a oponerse a ella cuando me defienda».

Arash sabía que las dos hermanas solo estaban conversando con ellos también para entretenerlos, para dar más tiempo al núcleo a desestabilizarse si al final decidían no unirse a ellas. Al fin y al cabo, cuando murieran por la explosión, se llevarían con ellos lo que les contaran.

Y, aun así, necesitaba conocer la verdad.

«¿Qué es lo que pretendéis hacer?».

«Hereshia y yo siempre hemos fingido estar un tanto enemistadas para que nadie sospeche de nosotras —contestó Eyvel—. La guerra que provocamos entre draconianos y humanos no fue más que una extensión de esto. Ahora, sin embargo, nuestra intención es acabar con ambos».

—¿Por qué? —inquirió Cyal, apretando los dedos en torno a la empuñadura de la espada.

Eyvel se encogió de hombros.

«Los dragones acabaremos necesitando más espacio. Es hora de invadir el continente».

«Los humanos y draconianos que sobrevivan a la explosión serán salvados, en apariencia, por nosotras —continuó Hereshia.

Su voz era más potente que la juguetona de su hermana; portaba más autoridad—.

Los dragones seguiremos siendo venerados como dioses, pero tendremos más espacio.

Namhad se queda pequeña para nosotros. Como comprenderéis, la mayoría de los dragones no se opondrá a esto».

«Y, desde luego, cuidaremos mejor de la tierra del continente —añadió Eyvel, resoplando—. Los humanos y draconianos solo saben destruir».

—Sois despreciables —espetó Cyal, con la ira palpable en su voz—. Sobre todo tú, Hereshia, engañando a todos. —Incluyendo a su abuela, que la había adorado—. Si creéis que solo sabemos destruir, es que jamás nos habéis visto luchar para proteger aquello que amamos.

«Hmm. No os podéis comparar a los dragones —contestó Hereshia—.

Por algo creé a los draconianos en un intento de acercaros a nuestra gloria, pero fue un fracaso: la esencia humana permanece y os corrompe.

—Alzó la barbilla con orgullo—. Los milenios que llevo gobernando han sido los mejores para los dragones.

Solo yo sé lo que es mejor para nuestra especie».

—Yo aquí solo veo a una tirana con delirios de grandeza —replicó Cyal.

Sus palabras encendieron una chispa de indignación en los ojos de Hereshia.

«El destino quiso que fuera bendecida con mi poder de creación y con el conocimiento de nuestros ancestros para guiar a los nuestros hacia una nueva era de luz. Gaia me avala y me protege».

«Que Hereshia cuente con semejantes poderes es una señal de las fuerzas que mueven Gaia de que es la indicada para gobernar —declaró Eyvel—. Yo la apoyaré en todo para asegurarme de que esa nueva era suceda».

—¿Por qué? —preguntó Thaydra, mirando a la dragona negra.

«Porque Hereshia me salvó la vida. ¿Cómo crees que obtuve mis poderes de oscuridad y la idea de crear a los xieri?».

Eira arrugó la frente.

«Al renacer, mi luz fue sofocada por la oscuridad —murmuró Eira para sí antes de alzar la vista y la voz—. Tú también naciste siendo una dragona de luz. La oscuridad tampoco es tu elemento nativo».

«Así es. Pero fue hace tanto que ya nadie lo recuerda».

«Eyvel murió poco después de que naciéramos. Utilicé mi luz junto con mi poder de la creación en un ritual prohibido que la trajo de vuelta a la vida, pero... —Hereshia frunció el ceño—. Sus poderes mutaron y se convirtieron en oscuridad».

Cyal torció el gesto. ¿En qué habría consistido ese ritual prohibido?

Hereshia, para ser capaz de resucitar a su hermana y, además, forzar a Arash y a Eira a sumirse en los letargos, debía poseer una inmensa fuente de conocimiento que había ocultado durante milenios a todos los demás.

¿De dónde la habría sacado? ¿Realmente sería una revelación de la propia Gaia?

¿O tendría algo que ver con los ancestros que había mencionado?

«Estoy orgullosa de lo que soy», dijo Eyvel, hundiendo las garras en el suelo, impacientándose.

Si no comprendían la grandeza de Hereshia incluso después de lo que les habían revelado, si no iban a luchar junto a ellas, obstinados hasta el final, debían desaparecer. Ya los habían entretenido lo suficiente.

Una onda de energía roja salió despedida del núcleo. Eira, que seguía de cara a Eyvel, fue la primera en verla, y creó un muro de hielo en el que se estrelló, haciéndolo añicos al instante. Las paredes de la muralla temblaron.

Arash apretó los colmillos. Tenía todavía muchas preguntas, pero el tiempo se había agotado.

«Cuando arreglemos el núcleo, me aseguraré de que paguéis por todo lo que habéis hecho —gruñó, extendiendo las alas—. Ahora, apartaos».

Eyvel rio.

«Adelante, apartadnos si podéis», dijo con sorna.

«Los dragones me apoyarán en esta cruzada; saben que dependen de mí y que nadie velará mejor que yo por nuestros intereses —zanjó Hereshia, sin amilanarse por la sentencia de Arash—. Vuestra derrota no es una posibilidad: es una certeza».

Sus ojos se iluminaron.

Los latidos de Cyal se atropellaban unos con otros, salvajes y descontrolados.

El núcleo estaba cada vez más inestable y no iban a enfrentarse solo a Eyvel, que poseía una gran ventaja con la oscuridad sobre Arash, sino también a Hereshia, con su luz.

Esta era letal para Eira de la misma forma que la oscuridad era letal para Arash.

Veshier no podría ayudarlos, pues tenía que mantener alejados de ellos a los nephrores.

La determinación prendió el fuego en su mirada. Rendirse no era una opción. Lucharía para proteger a Eira, para defender el núcleo y para restaurar el equilibrio en el mundo.

Conseguiría su futuro juntos.

Nada lo iba a impedir.