63. El núcleo
El núcleo
Cyal observaba nervioso a Veshier y Eira. Tanto él como Arash y Thaydra esperaban en el borde de la plataforma. Eira estaba sentada en el suelo y Veshier tenía pegado el hocico a su frente. Las antenas de la dragona brillaban con fuerza. Ambas mantenían los ojos cerrados.
No solo la luna iluminaba el espacio a su alrededor; las grietas seguían emitiendo una luz roja.
—Los nephrores todavía tardarán un poco en aparecer, pero hay que estar alerta —dijo Arash, con los brazos cruzados.
Cyal entornó los ojos.
—Habrá que defender a Eira y a Veshier.
—Esperemos que hayan terminado antes para poder marcharnos.
Thaydra miraba a un lado y a otro, inquieta. Si el desequilibrio ya afectaba a Namhad, ¿cómo estaría la situación en el continente?
Cyal tenía la atención puesta en Arash.
—¿Podemos hablar un momento a solas?
Arash enarcó una ceja, extrañado.
—De acuerdo. Pero no muy lejos.
Bajaron por las escaleras y se situaron en la linde del bosque de glicinias. Desde ahí no perdían de vista la plataforma.
—¿Sobre qué quieres hablar, chico? —cuestionó Arash, girándose hacia él.
Cyal frunció el ceño.
—¿Sabes si le pasa algo a Eira?
—¿Qué voy a saber yo que no sepas tú?
—Hay algo que ella no me ha contado —señaló Cyal, con una mueca—. No sé sobre qué habló contigo aquel día. Tengo la sensación de que es sobre eso.
Arash cruzó los brazos.
—Me temo que no es asunto tuyo.
Cyal gruñó. Apretó los puños.
—¿Por qué?
—Si Eira no te lo ha contado, no seré yo quien lo haga a sus espaldas.
Cyal la miró, en la plataforma, con Veshier. Sintió un pinchazo en el corazón.
—¿Por qué no quiere contármelo?
Arash apretó los labios en una fina línea. Tampoco quería que Cyal pensara que Eira estaba siendo desconfiada. Entendía a la perfección por qué no quería contárselo.
—No es algo que necesites saber —intentó explicar—. Es solo algo de lo que tendremos que encargarnos ella y yo.
Eso solo alarmó más a Cyal, que giró la cabeza hacia él.
—¿En el núcleo?
Arash suspiró, resignado.
—Así es.
—Siempre habéis estabilizado el núcleo sin problema, ¿no? Quiero decir... Estabilizar el núcleo en sí no es peligroso para vosotros, ¿verdad? —preguntó Cyal, mirándolo con temor.
Arash apretó los dientes. ¿Por qué había accedido a hablar a solas con él?
Pero la preocupación reflejada en los ojos de Cyal le removió algo por dentro. Le aterraba que le pasara algo a Eira y sufría por ello de la misma manera que ella sufría por él.
—No es peligroso —dijo, asegurándose de mantener un tono neutro.
Estaba mintiendo, pero solo lo hizo para cumplir su promesa. Eira no quería que Cyal supiera nada para que no se alterara.
—Eira actuó de una forma muy extraña antes —murmuró Cyal, bajando la vista al suelo—. Como si supiera que le va a ocurrir algo...
Arash respiró hondo. Puso una mano en el hombro de Cyal y este lo miró por debajo de las pestañas.
—Estará nerviosa, chico, nada más. No le des más vueltas.
Pero Cyal no estaba convencido.
—La conozco, Arash. Nunca la había visto así, a punto de sucumbir al pánico.
Arash apretó los dedos en el hombro de Cyal.
«Has cometido el mismo error que yo, Eira, y has dejado que tu enlace se acerque demasiado —pensó con amargura—. Si nos pasa algo, los habremos destrozado».
Él seguía sufriendo, siglos después, por la muerte de Taiyo. Espiró con calculada lentitud.
—Haremos todo lo posible para que todo salga bien, Cyal —dijo Arash—. Pero, tal y como está la situación, lo que pueda ocurrir es impredecible. Es posible que Eyvel también esté tramando algo. Es normal que esté asustada. Todos lo estamos.
Cyal frunció el ceño. Sabía que había algo más, pero veía que tampoco lograría averiguarlo hablando con Arash.
—Está bien —masculló, frustrado, girándose hacia las escaleras. Echó a andar.
—Cyal.
Se paró, sorprendido. Arash lo había agarrado de la muñeca. Lo miró por encima del hombro.
—¿Sí?
—Quería darte las gracias.
—¿Por qué?
—Por haber hecho lo que yo no pude. Por cuidar de Eira, por protegerla y estar con ella. Por preocuparte de que esté bien... —Esbozó una sonrisa triste—. Por quererla de esta manera y hacerla feliz.
El corazón de Cyal se aceleró. No había esperado eso de Arash. Sin embargo, a pesar de la ilusión que le hizo oír esas palabras, entornó los ojos.
—¿Por qué me lo dices ahora?
Arash lo soltó. Tensó los hombros.
—Solo quería que lo supieras.
«Arash también está actuando de forma extraña», pensó Cyal, inquieto. Pero no serviría de nada presionar más al respecto, porque era obvio que no iba a desembuchar.
Regresaron con Thaydra, que no se había movido de su sitio. Azer estaba encaramado a su hombro.
Thaydra miró de reojo a Arash. Lo notaba un tanto rígido. Habría querido preguntarle por su conversación con Cyal en privado, pero el joven flanqueaba a Arash.
Más allá, sobre la plataforma, Veshier se apartó de Eira. El brillo en las antenas de la dragona era tenue.
«Con esto ya no tendrás problema para transformarte y usar tus poderes de oscuridad —indicó Veshier, retrocediendo un paso—. Sin embargo, si abusas de ello, puede que tus esencias de luz y oscuridad choquen de nuevo. En ese caso, habrás de volver para que lo arregle».
Eira frunció el ceño, pero no protestó.
—De acuerdo.
Veshier giró el cuello hacia los demás.
«Dado que yo también he de marcharme de este lugar, he pensado que puedo llevaros hasta el núcleo y ayudar en lo que pueda».
Arash arqueó ligeramente las cejas.
—He de admitir que eso nos vendría muy bien.
Cyal también estaría así más tranquilo. Si Eira tenía cualquier problema con la oscuridad, Veshier la curaría.
«En ese caso, partamos de inmediato».
Desde el aire, la vista era tétrica. Las grietas rojas sangraban por todo el terreno. De algunas ya brotaban los nephrores, marchitando las plantas a su paso. Escuchaban de vez en cuando rugidos lejanos de dragones.
Veshier volaba a gran velocidad atravesando las nubes que encontraba en su camino. Eira iba aferrada a las plumas de su cuello, mientras que Cyal rodeaba con sus brazos la cintura de Eira. Thaydra estaba detrás de él, y Arash iba el último.
—Tenemos que estar preparados para cualquier cosa cuando lleguemos al núcleo —dijo Arash, alzando la voz para que Cyal y Thaydra lo escucharan por encima del ruido del viento.
Eira y Veshier no tendrían problemas para oírlo—.
Aunque Lluvia esté muerta, queda Rayo. Si han conseguido curarlo, volverá.
—Por no hablar de Eyvel —masculló Cyal.
—Y los nephrores que haya en el núcleo —dijo Thaydra.
No había podido dejar de pensar en aquel sueño. El recuerdo de Arash perdiendo a Taiyo, y su muerte. En él, los nephrores habían sido mucho más poderosos junto al núcleo que los del continente.
Eira apretó las plumas de Veshier en las manos. Veshier la observó de reojo.
Los nervios espoleaban a Eira, aunque se esforzaba por no mostrarlo y mantener un rostro inexpresivo, oculto tras la máscara de hielo. No tardarían más de unas horas en llegar al núcleo. Este estaba cerca de alcanzar su punto más crítico. Llevaban dos siglos de retraso en su estabilización...
Respiró hondo. Pero sus hombros temblaron por un instante.
Cyal lo notó y la abrazó, juntándola mucho a él. Eira lo miró por encima del hombro, sorprendida, con su largo pelo blanco volando a un lado y a otro en el viento.
—Estoy contigo —le susurró Cyal, intentando sonreír para animarla.
Eira le devolvió la sonrisa, si bien fue una sonrisa tensa y apagada.
Pasaron el resto del viaje en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos.
Thaydra estaba cansada de haber entrenado todo el día. Era otro de los aspectos que la tenía inquieta. Tanto ella como Cyal llegarían al núcleo sin haber dormido en toda la noche. Al menos, a Eira y a Arash no les afectaría tanto.
Amanecía cuando Veshier habló de nuevo:
«Estamos a punto de llegar».
Todos se tensaron, salvo Arash, que reconocía la zona.
La luz que asomaba con timidez por la línea del horizonte iluminaba un paisaje de roca negra, yermo. Las montañas eran altas y, aunque Veshier sobrevoló las primeras, pronto se vieron maniobrando entre paredes de piedra afilada.
El suelo estaba agrietado. Se filtraba el brillo rojo sobre el que danzaban los nephrores, creando un espeluznante espectáculo con su cacofonía de chirridos.
—Nos dirigimos al valle —informó Arash.
Veshier comenzó a descender entre dos de las montañas situadas en el centro de la cordillera.
El corazón de Thaydra se desbocó al vislumbrar un templo derruido en la distancia, en medio del valle.
Lo reconoció de su sueño: las paredes y el techo del edificio salieron volando después de que Taiyo arreglara el flujo de energía.
Parecía que nadie lo había reconstruido desde entonces.
La bola de luz roja quedaba al descubierto, donde todos podían verla, flotando en el centro de la plataforma. Sus extremos se estiraban de un lado a otro de forma errática. Ondas de energía giraban alrededor a gran velocidad. El ambiente era denso, como cargado de electricidad.
Los nephrores abundaban en el lugar, cubriendo el suelo por completo. Thaydra palideció y Cyal apretó los dientes.
«Yo me ocupo de los nephrores —dijo Veshier, sorprendiéndolos—. Encargaos de arreglar el núcleo».
Arash no lo pensó dos veces. Saltó del lomo de Veshier y se transformó en el aire. Eira lo imitó. Pronto, un dragón negro y una dragona blanca volaban también por el cielo.
«Cyal», lo llamó Eira. Él asintió y, propulsado por el agua, aterrizó entre las alas de Eira. Cyal sonrió, aliviado al comprobar que por fin podía transformarse sin sufrir por ello.
Thaydra no lo tenía tan claro como Cyal. Si erraba en sus cálculos, caería directa a los nephrores. Se puso en pie en el lomo de Veshier. Extendió los brazos para mantener el equilibrio, tambaleándose por la fuerte corriente de aire.
«Vamos, princesa —la animó Arash, volando al lado de Veshier—. No tenemos mucho tiempo».
Thaydra asintió. Giró la cabeza hacia Azer, que se había aferrado con las garras a su hombro. Lo acarició debajo del pico.
—¿Nos esperas por aquí? —le pidió y él la miró, graznando—. ¡Vuela!
A su orden, el cuervo extendió las alas y se elevó en el aire.
Más tranquila sabiendo que Azer no se vería envuelto en un posible conflicto, Thaydra respiró hondo. Acto seguido, saltó. Se le escapó un chillido, pero logró aferrarse al cuello de Arash.
«No ha estado mal».
Thaydra habría ocultado su rostro rojo entre sus plumas de no ser por la situación.
Veshier, libre de pasajeros, aumentó la velocidad y descendió en picado. Se envolvió en un brillo verde y cayó directa sobre los nephrores.
Estos chillaron al ser empujados hacia atrás con violencia por una onda expansiva de luz esmeralda.
Las antenas de Veshier se iluminaron y la dragona irguió el cuello, rugiendo.
El suelo tembló y una gruesa y alta muralla de roca negra rodeó el templo, aislándolo por el momento de los nephrores.
Veshier se lanzó a por ellos. No podría con todos ella sola, pero los entretendría.
Arash y Eira aterrizaron en la plataforma. Cyal y Thaydra bajaron al suelo.
—Y ahora, ¿qué? —dijo Cyal, nervioso.
Arash y Eira se miraron entre sí y asintieron.
«Retroceded un poco —indicó Arash—. El núcleo todavía no ha alcanzado su punto más crítico, pero por si...».
«No tan deprisa, mi querido Aridam».
La aterciopelada voz les produjo un escalofrío. Eira gruñó al ver a una elegante dragona negra de ojos blancos materializarse delante del núcleo, tapándolo. Su silueta parecía más siniestra aún recortada por la luz roja a sus espaldas.
«Eyvel», siseó Arash, erizando las plumas.