62. Luz roja
Luz roja
Arash y Thaydra se habían tumbado en el claro de glicinias en el que solían pasar todos la noche. Era una zona bastante despejada de lavanda, que dejaba la tierra húmeda al descubierto. El ruido de la cascada se oía en la distancia.
—¿Crees que tardarán mucho más? —preguntó Thaydra. Estaba boca arriba, con las manos en la tripa. Se había echado sobre la manta y Azer estaba acurrucado en su cuello.
Arash resopló.
—¿Esos dos? No cuentes con que vuelvan pronto. No quieres saber lo que estarán haciendo.
Thaydra giró el cuello con rapidez para mirarlo, escandalizada.
—¡Arash!
Él rio. Estaba tumbado junto a ella, sobre el costado izquierdo, con un codo clavado en la tierra y la mejilla apoyada en la palma de la mano.
—¿Qué pasa, princesa? No he dicho nada. Eres tú la que lo ha pensado.
Thaydra volvió la cabeza hacia el otro lado, ocultando el sonrojo.
La pequeña hoguera que habían encendido iluminaba el claro a espaldas de Arash. Las llamas crepitaban con lentitud, envolviendo con bonitos halos dorados y naranjas los racimos de flores.
—La verdad es que voy a echar de menos este lugar —comentó Thaydra por lo bajo, contemplando de nuevo el cielo, en parte oculto por las ramas de las glicinias—. Es muy bonito.
Arash sonrió.
—Cuando arreglemos el núcleo y resolvamos el asunto de los xieri, quiero llevarte a muchos sitios en Namhad que sé que te van a impresionar todavía más.
Thaydra arrugó la frente, nerviosa.
—¿No se molestarán tus compañeros dragones?
—¿Por qué?
—Que muestres todos esos lugares a una humana...
Arash se encogió de hombros.
—Sinceramente, me trae sin cuidado lo que piensen.
A Thaydra se le escapó una carcajada.
—¿Por qué no me sorprende?
—No lo sé —comentó como si la cosa no fuera con él.
Thaydra siguió observando las estrellas con una sonrisa nostálgica plasmada en los labios.
—¿Crees que Azra y mis padres me estarán viendo desde ahí arriba?
Arash suavizó la mirada.
—Seguro que sí.
—¿Los dragones sabéis qué hay después de la muerte?
Arash frunció el ceño.
—Es algo sobre lo que no solemos hablar a menudo. Al fin y al cabo, siendo inmortales, nos gusta pensar que tenemos mucho tiempo hasta enfrentarnos a lo que sea que haya después.
—¿Y los draconianos? ¿Sabes qué piensan ellos?
—Ellos creen en la reencarnación.
Thaydra arqueó las cejas.
—¿Sí? Recuerdo que Azra me contaba que eso no era posible. Que, cuando morimos, nuestra alma cruza al más allá, para pasar toda la eternidad simplemente observando cómo evoluciona el mundo.
—Yo prefiero no creer nada —dijo Arash con sencillez. Cerró los ojos—. ¿Qué más da? De una forma u otra, no averiguaremos lo que hay en realidad hasta después de morir. No tiene sentido darle vueltas antes.
—Si fuera cierto lo de la reencarnación, tampoco lo averiguaríamos.
—Razón de más para no preocuparse.
—A mí me da miedo no saber lo que hay después —admitió Thaydra por lo bajo, apretando los puños. Juntó las cejas—. ¿Y si no hay nada?
—Por eso debemos aprovechar la vida, princesa —dijo él, manteniendo los ojos cerrados.
Thaydra lo miró.
—Tú lo tienes fácil, siendo inmortal.
—Hay más oportunidades de disfrutar, es cierto. Pero también muchos más años para cargar con el dolor y el sufrimiento. Al final, es una vida solitaria.
No era difícil deducir que estaba pensando en Taiyo. Thaydra se atrevió a extender una mano y ponerla en su brazo. Arash levantó los párpados para contemplarla de reojo.
—Conmigo ya no estás solo.
Aunque era consciente de que nunca sería Taiyo. ¿Sería capaz Arash de llegar a quererla como a ella? Era mejor no hacerse ilusiones.
Arash esbozó una sonrisa triste.
—Encontrarte ha devuelto la alegría a mis días, princesa.
Pero sus palabras eran contrarias a su expresión y a su tono apagado. Thaydra frunció el ceño, afligida al adivinar lo que pasaba por su mente: su compañía solo sería temporal.
—Si es cierto que la vida continúa en el más allá —dijo, devolviendo la vista al cielo—, yo pasaría la eternidad observándote, acompañándote con mi espíritu. Y si lo que sucede es la reencarnación, entonces me gustaría volver a ser tu enlace, en el futuro.
Arash escuchó el latido alterado de su propio corazón. Se incorporó para quedar sentado, observándola con los ojos muy abiertos. Oyó las palabras de Taiyo en la voz de Thaydra: «Me gustaría volver a ser tu enlace, en el futuro».
Taiyo y Thaydra siempre le habían resultado muy parecidas: su sentido de la responsabilidad, su generosidad excesiva, su capacidad para escuchar a los demás, su inteligencia, su facilidad para aprender.
Pero eran diferentes en otros tantos aspectos: Taiyo había sido confiada, mientras que a Thaydra le faltaba autoestima; Taiyo había sido decidida, mientras que Thaydra tenía miedo, fruto de un mundo tan desconocido para ella.
Pero Taiyo creció pobre y huérfana, sin nada. Thaydra era una princesa. Las circunstancias de su infancia y juventud habían sido diferentes.
—¿Arash? —lo llamó Thaydra, preocupada tras su reacción, pues pasaban los segundos y él no decía nada.
Arash sacudió la cabeza.
—Perdona, princesa. Solo... Me has recordado a alguien.
—A Taiyo, ¿no?
¿Por qué sintió una punzada de celos? Suspiró con fuerza. Sabía muy bien por qué: estaba enamorada hasta los huesos de Arash. Y él, posiblemente, nunca correspondería sus sentimientos. Quizá, ni siquiera llegara a conocerlos.
Arash no respondió.
—A veces tengo la sensación de que escucho su voz en mis sueños —prosiguió Thaydra, con la mirada fija en las estrellas—. Pero no entiendo muy bien lo que dice.
Arash bajó la vista.
—Yo también escucho su voz.
—¿Y qué te dice?
—Tampoco la entiendo —murmuró Arash, hundiendo los hombros.
Hubo un breve silencio incómodo entre ellos que fue roto por el ruido de pasos acercándose. Eira y Cyal aparecieron en el claro, este último sacudiendo su pelo mojado. Eira peinaba su propio cabello húmedo con los dedos.
—¿Ya estáis listos para dormir? —fue lo primero que dijo Cyal al verlos. Puso los brazos en jarras—. Oye, ¿y la cena?
—Tardabais demasiado, así que nos encargamos de cazarla nosotros —respondió Arash, señalando con el pulgar los restos de carne que habían dejado junto a la hoguera.
—Entonces, no me quejo.
—Estad preparados —dijo Arash, observándolos de reojo—. Mañana nos...
El suelo tembló con violencia, interrumpiéndolo. Thaydra chilló, sentándose y aferrándose al brazo de Arash, que enseguida la apretó contra él. Azer graznó, despertándose y alzando el vuelo para posarse en la cabeza de Thaydra. Cyal se tambaleó y Eira lo agarró.
El terremoto lo sacudió todo. Varios racimos de glicinias cayeron a la tierra.
Bandadas enteras de estorninos amatista, que ya se habían refugiado para dormir, huyeron elevándose hacia el cielo.
Cyal palideció cuando varias grietas se abrieron en el suelo a su alrededor.
Thaydra ahogó una exclamación ante la violenta luz roja que salió de ellas.
El temblor cesó tan pronto como había llegado. Arash se puso en pie con rapidez, tirando de Thaydra. A ella se le heló la sangre al ver lo serio que estaba.
Cyal tuvo un mal presentimiento.
Arash confirmó sus sospechas:
—El núcleo está a punto de estallar.
Eira endureció la mirada.
—Nos marchamos.
Veshier tendría que terminar el tratamiento esa misma noche. No podían esperar más. Si Namhad se estaba viendo afectada, la situación había alcanzado su estadio crítico.