61. Pánico
Pánico
Su última semana en las cataratas Lavanda tocaba a su fin. Veshier estaba a punto de terminar el tratamiento de Eira. Arash y Thaydra ya se habían recuperado y habían vuelto a sus entrenamientos.
Cyal también se pasaba el día entrenando, pero no lograba concentrarse tanto como le hubiera gustado. Siempre acababa pensando en Eira y, demasiado impaciente por verla, iba muy pronto a esperarla a la base de las escaleras que llevaban a la plataforma donde ella estaba con Veshier.
Eira contuvo la risa al divisarlo. Cyal estaba sentado de espaldas a ella. Anochecía y el cielo empezaba a oscurecerse, dando paso a la aún tenue luz de las estrellas.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó Eira, cruzando los brazos. Se escuchó el batido de las alas de Veshier no mucho más lejos, marchándose.
Cyal se levantó y se giró para mirarla. Se llevó una mano al cuello y soltó una carcajada nerviosa.
—No querrás que responda.
Eira bajó los escalones y fue junto a él.
—No me voy a ir a ninguna parte si no vienes antes —sonrió ella.
—Aun así, tengo que asegurarme de que no hay nadie más dispuesto a arrebatarme a la dragona más hermosa del planeta —dijo Cyal, con una sonrisa juguetona.
La agarró de la muñeca y la juntó a él. Reposó la otra mano en su cintura e inclinó la cabeza para observarla—. ¿Es que tú no me has echado de menos?
Eira lo miró a los ojos. Cyal era muy alto, pero ella no quedaba muy por debajo de él. Solo tuvo que ponerse ligeramente de puntillas para plantarle un rápido beso en los labios.
—Mi deseo es no separarme nunca de ti —dijo Eira, posando las manos en el pecho del joven. Sintió en los dedos los fuertes latidos de su corazón—. Pero antes tenemos que encargarnos de diversos asuntos. Y para eso no puedes descuidar tu entrenamiento.
Cyal gruñó.
—No lo hago.
Eira enarcó una ceja.
—¿No? Detecté tu presencia aquí hace tres horas.
Cyal resopló, pillado.
—No es justo que tú puedas hacer eso conmigo, y yo contigo no.
—Ventajas de ser una dragona.
—Vamos, no seas mala —protestó Cyal, ladeando la cabeza y acunando la mejilla de Eira con la mano—. Soy solo un pobre hombre enamorado. ¿Puedes culparme?
—No seas tonto —dijo Eira, disimulando la risa—. Siempre te sales con la tuya.
Cyal sonrió y la besó. Eira le rodeó el cuello con los brazos.
—Eso es porque soy encantador, ¿no? —dijo él en cuanto se separaron.
—Peligrosamente encantador —afirmó ella. Se apartó y le tendió la mano—. ¿Nos damos un baño antes de ir con los demás?
El corazón de Cyal se aceleró. Era una tontería, pero le gustaba que Eira, tan reservada, también iniciara esos gestos. Entrelazó los dedos con los de Eira. El contraste en los tonos de sus pieles era bastante grande: él, tan bronceado, y ella, tan pálida.
—¿Solo un baño? —inquirió Cyal con una sonrisa pícara. La intensidad de su mirada hizo sentir mariposas en el estómago a Eira.
—No tendremos tiempo... —empezó ella, aunque su tono suave indicaba que en realidad no tenía ganas de protestar.
Cyal le puso una mano en la espalda y pasó la otra por debajo de las rodillas, levantándola en sus brazos. Eira sonrió, abrazándose a su cuello.
—Será cuestión de darnos prisa —dijo él, echando a andar.
—¿Ves como siempre consigues lo que quieres?
—Porque tú también lo quieres.
Eira rio con suavidad.
—Puede ser.
Desde que estaba con Cyal, se sentía como si flotara todo el rato en una nube.
Sonreía más que nunca, y la risa le salía sola.
Lo miró mientras descendían por la cuesta, todavía con las comisuras de sus labios curvadas hacia arriba.
Se fijó en la manera en la que los ojos dorados de Cyal relucían, alegres.
—¿Es necesario que me lleves en brazos? —preguntó, divertida.
—Me gusta tenerte muy cerca —respondió Cyal con sencillez.
Eira apoyó la cabeza en su hombro y suspiró, cerrando los ojos.
—Veshier concluirá mi tratamiento mañana. Y nos marcharemos directos al núcleo.
Cyal frunció el ceño. Apretó los dedos en la espalda y las piernas de Eira.
—Todo saldrá bien.
Eira apartó un poco la cabeza y abrió los ojos para mirarlo. Subió una mano a su mejilla.
—Yo me encargaré de que no te pase nada.
Cyal se detuvo, con un repentino escalofrío.
—¿Acaso hay algo que yo no sepa, Eira? —preguntó, muy serio. No quedaba ni rastro de diversión en su semblante.
Ella experimentó una desagradable presión en el pecho. No solo por haber estropeado su alegría, sino también al pensar en la razón por la cual se le habían escapado esas palabras.
—Solo quiero protegerte —dijo, frunciendo el ceño.
Cyal tensó la mandíbula.
—Y yo a ti. Recuerdas nuestra promesa, ¿no? —dijo, mirándola fijamente a los ojos—. Ninguno puede abandonar al otro.
Hubo un par de segundos de silencio. El viento revolvió sus cabellos e hizo sonar las hojas de las glicinias.
—Mi mayor deseo es estar siempre contigo —dijo Eira al fin.
Bajó la mano de su mejilla y Cyal echó de menos el tacto de sus dedos.
—Y así será. Eira... —Reanudó la marcha. Alzó la vista al cielo y espiró aire con lentitud. La miró de nuevo—. Sabes... Sabes que mi vida perdería el sentido sin ti, ¿no?
Eira se quedó rígida. Cyal, teniéndola en sus brazos, pudo notar cómo se le tensaban todos los músculos.
Y eso no le gustó.
—Eira... —dijo, en tono de advertencia.
Ella respiró hondo.
—Cyal. Si me pasara algo... —Se forzó a dirigir sus ojos rojos hacia los dorados de él—. Querría que siguieras viviendo. Y que...
Cyal paró esta vez en seco.
—Y que encontrara algo mejor, ¿no? —completó con rabia contenida—. Odio cuando dices eso. ¿Por qué crees que me sería tan sencillo reemplazarte? No podría ni querría. Nunca .
El corazón de Eira se alteró al detectar la ira en su voz.
—No es eso...
—¿Acaso no te tomas en serio mis sentimientos, Eira? —la interrumpió él con semblante sombrío.
—Cy, yo...
Él la dejó en el suelo. Le dio la espalda y apretó los puños. Eira lo observó, afligida, y se mordió el labio. Escuchó su respiración acelerada. Cyal se esforzaba por calmarse.
Con cualquier otra persona que discutiera con ella se volvería fría y cortante. Con Cyal, sin embargo, la angustia amenazaba con asfixiarla. No quería pelearse con él. Y menos, con lo que tenían por delante.
—Cyal —dijo, poniendo una mano en su hombro—. Cyal, yo solo quiero que tú estés bien. Pase lo que pase.
Los hombros del joven temblaron.
—Te quiero a ti —dijo él, con voz ahogada—. Te quiero a ti, Eira. —La miró por encima del hombro. Sus ojos brillaban con lágrimas contenidas—. Y no voy a querer a nadie más, ¿comprendes? ¡Te amo a ti!
Eira, impactada por la intensidad de sus palabras, lo contempló con los ojos muy abiertos, como si hubiera recibido una descarga. Un cosquilleo le recorrió las manos y apretó los dedos en su hombro.
—¿De verdad me quieres tanto? —murmuró casi en un susurro—. ¿De verdad me merezco que alguien como tú, tan lleno de luz, me ame de esta manera?
Cyal sintió un pinchazo en el pecho. Se giró hacia ella y la tomó de las manos. Estaban frías, como de costumbre.
—La mera idea de perderte hace que me rompa por dentro —dijo en tono bajo—. Sin ti, me quedaría vacío por completo, muerto en vida. ¿Te sirve eso como respuesta?
Eira clavó la vista en sus manos entrelazadas y jadeó. Sacudió la cabeza. La notaba demasiado ligera. El espacio a su alrededor se volvía agobiante y se cerraba en torno a ella. El calor le zumbaba en las sienes.
Cyal la observó, asustado.
—¿Eira?
—He cometido un error —musitó ella, sin mirarlo. Su respiración se estaba descontrolando—. He cometido un error, he cometido un error...
Cyal se tensó. ¿Por qué lo repetía una y otra vez?
—Eira, ¿por qué dices eso? —preguntó, inquieto.
Las rodillas de Eira temblaron. Sus dedos apretaban las manos de Cyal con fuerza. Las bocanadas de aire que tomaba eran cada vez más rápidas y cortas. Estaba hiperventilando.
Cyal se dio cuenta de que estaba sufriendo un ataque de pánico.
—Eira, tranquilízate —le pidió, acercando el rostro al de ella. Eira lo miró con ojos oscurecidos por el miedo—. Respira hondo.
—No tendría que haber permitido que te enamoraras de mí. Yo...
—Eira —Cyal la cortó con firmeza. Le soltó las manos para agarrarle los brazos, sacudiéndola. Tenía que hacerla reaccionar antes de que se desvaneciera—. Eira, por favor. Respira hondo.
Eira escuchó su voz distorsionándose. No sabía qué le estaba pasando. Nunca había experimentado algo así. Ella, que siempre había tenido el control de sus emociones, se encontraba, una vez más, con que no tenía dominio alguno sobre ellas cuando se trataba de Cyal.
Se tambaleó, mareada. Cyal clavó los dedos en sus brazos y la sostuvo.
—Cyal...
—Eira, ¡por favor! Tienes que respirar hondo.
Trató de asentir. Pero su cabeza acabó chocando con el pecho de Cyal. Él la abrazó antes de que se derrumbara y ella apretó los ojos. Cerró los puños en torno a la camisa del joven.
—Vamos, Eira. Respira hondo —le pidió Cyal otra vez, manteniendo una mano en su espalda y acariciándole el pelo con la otra. Se afanaba en frenar su propia angustia al verla así. Eira necesitaba su calma, no su miedo.
Eira intentó hacerle caso. Inspiró su familiar y reconfortante olor, una mezcla de resina, cuero y arena del desierto.
—Muy bien —dijo Cyal con suavidad, sin apartar los ojos de ella—. Otra vez.
Eira repitió la acción. El cosquilleo en sus dedos iba desapareciendo. Parpadeó, enfocando mejor. Poco a poco, todo dejaba de dar vueltas.
Suspiró profundamente.
—Lo siento.
—No te disculpes por algo que no es tu culpa —dijo él. La apartó para poder mirarla a los ojos, manteniendo las manos en sus hombros, como si se fuera a desplomar en cualquier momento—. Pero necesito saber por qué has tenido esta reacción, Eira —añadió, muy serio—. ¿Qué ocurre?
—He cometido un error —murmuró ella, bajando la vista al suelo.
Cyal frunció el ceño.
—Eso ya lo has mencionado antes. ¿Qué quieres decir?
—No tendría que haber dejado que te enamoraras de mí.
A Cyal se le revolvió el estómago.
—¿Por qué?
—Porque si me pasa algo, te habré destrozado la vida —dijo Eira, hundiendo los hombros. Apartó las manos y le dio la espalda—. Fui una egoísta permitiendo que esto ocurriera.
—No te va a pasar nada —dijo Cyal con demasiada rapidez, como si también estuviera tratando de convencerse a sí mismo—. Veshier terminará de curarte mañana y estarás bien, ¿no?
—Sí...
—¿Entonces? Eira, yo no cambiaría lo nuestro por nada —declaró con firmeza.
La abrazó por detrás, inclinando la cabeza para observar el perfil derecho de Eira—.
Quererte, y que me quieras, hace que merezca la pena el riesgo de sufrir.
Es más, si mañana nos pasara algo a cualquiera de los dos, de lo único que me arrepentiría sería de no haberte manifestado mi amor... Y de que tú tampoco lo hubieras hecho.
Eira cerró los ojos. Permanecía con el ceño fruncido.
—¿Tú crees?
—No lo creo, lo sé. Si nos dejáramos llevar por el miedo ante lo que puede pasar, no disfrutaríamos de la vida. No nos atreveríamos a hacer nada. ¿Y qué sentido tendría, entonces?
Eira levantó ligeramente los párpados. Lo miró de soslayo.
—¿Eres feliz ahora?
—Sí. Contigo, sí —contestó él sin ninguna duda—. ¿Y tú?
—Contigo, sí —repitió ella con una pequeña sonrisa.
Cyal sonrió también.
—Pues ya está. Eira, yo no voy a dejar que te pase nada. Te protegeré con mi vida, si es necesario.
—Y yo a ti, Cy...
«Pero hay cosas que están fuera de nuestro control», añadió su mente con amargura.
Cyal apoyó la barbilla en su hombro. Cerró los ojos, permitiéndose al fin liberar la tensión de su cuerpo. Eira suspiró, echando la mano hacia atrás para acariciar su pelo rubio.
—Te quiero demasiado. Por eso tengo tanto miedo —reconoció ella en un susurro.
—Lo sé. Pero yo voy a estar siempre contigo —dijo él y le dio un beso en la sien. Eira sonrió, sosegada por la calidez de sus palabras—. A cabezota no me gana nadie.
Eira ahogó una exclamación cuando la levantó de nuevo en brazos. Alzó la vista para mirarlo. Él la observaba también con una sonrisa.
—¿Sabes? —dijo, echando a andar—. He cambiado de idea.
—¿Sobre qué? —cuestionó Eira, confusa.
—No vamos a hacer nada. Vamos a sumergirnos en el lago, te voy a abrazar y no te voy a soltar durante un largo rato. Creo que ahora los dos necesitamos un momento tranquilo.
Eira rio, alegre. Reposó la cabeza en su hombro y cerró los ojos.
—Me parece bien.
Era increíble. Cyal siempre sabía calmarla y reconfortarla. Reducía las tormentas en su interior a suaves copos de nieve que se deshacían dulcemente al contacto con el suelo. A su lado, la realidad adquiría otro aspecto. Y la vida, una promesa de plenitud.
—Sé que has dicho que no me disculpara —prosiguió ella—. Pero... —Frunció el ceño—. No sé cómo he podido perder el control de esa manera.
Cyal la contempló con una sonrisa triste.
—El amor nos hace actuar de las maneras más inesperadas.
Él seguía preocupado por la reacción de Eira. Temía que detrás hubiera algo que él desconocía, pero no quiso presionarla más.
Ya lo había pasado bastante mal.
Decidió que lo que más necesitaban los dos era relajarse y olvidarse de todo; centrarse únicamente en la presencia del otro.
Podría preguntar en otro momento.