60. Reunidos
Reunidos
Le dolía el cuerpo entero, como si le hubiera pasado una estampida por encima.
Todavía sentía pinchazos en distintos puntos, resquicios que quedaban de la oscuridad que lo había invadido por dentro.
Abrió los ojos, pero tardó en reconocer el techo rocoso de una cueva.
Su mente estaba nublada y se llevó una mano a la cara, gruñendo por las pulsaciones constantes que notaba en la cabeza.
Se incorporó para quedar sentado. Estuvo así varios segundos, procesando lo ocurrido. Se habían enfrentado a Graialan y este había conseguido apuñalarlo con drialita.
Bajó la vista a su abdomen. Lo único que quedaba del ataque era una cicatriz visible a través del corte en la camisa. Veshier lo habría curado.
Su corazón se desbocó al recordar que Thaydra había estado ahí con él, luchando.
Recordó con un escalofrío sus gritos por las múltiples heridas que había sufrido mientras lo defendía.
Había caído delante de él antes de que perdiera la consciencia.
Lo último que había visto había sido su espalda ensangrentada.
Turbado, la buscó y la encontró tumbada a su derecha.
Estaba dormida; su pecho subía y bajaba con normalidad. Aun así, no se quedó tranquilo. Azer graznó a la defensiva al verlo moverse hacia ella.
—No estoy de humor, Azer —masculló Arash.
El cuervo crispó las plumas, molesto, pero retrocedió con un salto y le dejó espacio.
Arash pasó una mano por los hombros de Thaydra y la incorporó con cuidado, situando la otra mano detrás de su cabeza para que esta no colgara hacia atrás.
Recostó a Thaydra contra su pecho y echó un vistazo a su espalda.
Su camisa estaba desgarrada por completo en esa zona.
A pesar de estar en una cueva, se filtraba una generosa cantidad de luz por la entrada. Arash pasó los dedos por las múltiples marcas, rojas y recientes, en la piel de Thaydra. Comprobó que habían cicatrizado todas y no quedaba ninguna abierta.
Tensó la mandíbula, enfadado consigo mismo.
Se había jurado que no permitiría que le pasara nada a Thaydra. Pero había sido incapaz de protegerla. De no ser por el rescate de Veshier en el último momento, habrían muerto los dos.
Los xieri con tanta experiencia como Graialan eran demasiado poderosos.
El elemento de la oscuridad les daba una importante ventaja sobre él.
Era frustrante. Cuando arreglaran el núcleo, lo primero que pensaba hacer era ir a la isla Korstinia, donde se encontraba la sede de los Caballeros de Hereshia, para robarles unos cuantos puñales de drialita imbuida con luz.
Así igualaría algo más las condiciones en un combate y no volvería a verse en esa tesitura.
—¿Arash?
La suave y somnolienta voz de Thaydra lo devolvió a la realidad. Se dio cuenta de que le había clavado los dedos en la piel como consecuencia de la ira. Relajó las manos e inclinó la cabeza para observar el rostro de la chica bajo la luz velada del mediodía. Había levantado un poco los párpados.
—Sigue durmiendo, princesa —le dijo, pasándole los dedos por la frente. Se fijó en otra cicatriz nueva—. Necesitas descansar.
Thaydra parpadeó varias veces, aturdida.
—Pero... ¿Dónde...?
—Estamos a salvo, así que no te preocupes. Sigue durmiendo —repitió con más delicadeza. Thaydra había perdido mucha sangre, por lo que todavía tenía que recuperar fuerzas.
Ella, demasiado agotada como para protestar, cerró los ojos. Solo pasaron unos segundos hasta que su lenta respiración le indicó a Arash que se había dormido de nuevo.
Acomodó a Thaydra manteniendo un brazo rodeando su espalda y apoyando la cabeza en su pecho. Acarició sus mechones de pelo negro. Lo tenía sucio, lleno de tierra, pero no le importó. Se centró en quitar las hojas de lavanda que vio enredadas.
Él también estaba exhausto. No le habría venido mal dormir un poco más, pero necesitaba tranquilizarse primero. Era la razón por la que sostenía a Thaydra en sus brazos. Con ella cerca de él se sentía mejor.
Azer los observaba en silencio. El pájaro alzó el vuelo y se marchó de la cueva, pero a Arash no le preocupó. Sabía que volvería; estaba demasiado unido a Thaydra. Supuso que habría ido a buscar algo de comida.
Suspiró pesadamente. No conseguía sacudirse la sensación de fracaso. Mucho menos el miedo. Por más que él lo deseara, no podía proteger a Thaydra de todo.
Perdió la noción del tiempo. En algún momento Azer regresó, aterrizando en el suelo cerca de ellos.
Arash contemplaba el exterior de la cueva, sumido en sus pensamientos.
Escuchaba el ruido del agua cayendo por la cascada y veía asomar las columnas blancas de una de las plataformas que había más abajo en la cuesta.
Thaydra inspiró con más fuerza y Arash supo que se había despertado.
—¿Arash?
Bajó la vista y la observó.
—Estoy aquí.
Thaydra echó la cabeza hacia atrás y lo miró con los ojos entreabiertos. Le costó enfocarlo al principio por la ligera sensación de mareo. Fue un profundo alivio verlo de nuevo, sosteniéndola. Lo último que recordaba era que Arash estaba herido de gravedad e indefenso.
—¿Estás bien? —le preguntó. Su voz salió rasposa y frunció el ceño. Se llevó una mano a la garganta y se la aclaró.
—Creo que necesitas agua —dijo Arash e hizo una mueca—. Pero aquí no tenemos.
—Arash... —insistió ella, entornando los ojos.
Él sonrió.
—Sí, princesa, estoy bien, tranquila. —Se puso serio antes de continuar—: ¿Cómo estás tú?
Thaydra parpadeó y arqueó las cejas. Era cierto que, aunque tenía los músculos bastante entumecidos y sentía algo de dolor residual en la espalda y en la cabeza, no estaba tan mal como habría temido después de la paliza.
—Estoy cansada —admitió y disimuló un bostezo.
—Es normal. Veshier nos ha curado, pero no puede arreglar por arte de magia la pérdida de sangre. Tendremos que tomárnoslo con calma estos días.
—Ya.
Thaydra bajó la vista. Se llevó las manos al pecho y apretó los puños. Arash frunció el ceño.
—¿Qué te preocupa, princesa?
—Yo... —Thaydra respiró hondo y parpadeó varias veces para desterrar el ardor en los ojos—. Siento no haber podido derrotar a Rayo.
—No sigas por ahí —la cortó Arash—. Ni siquiera yo pude con él. Todavía estás entrenando; no te agobies por eso. Lo hiciste lo mejor que pudiste, aguantaste sin rendirte hasta que vino Veshier a rescatarnos. Si estamos vivos, es también gracias a ti, ¿de acuerdo?
Thaydra se quedó con la boca abierta, sorprendida. Esbozó una pequeña sonrisa.
—De acuerdo.
—Así me gusta. Va a costarme, pero conseguiré que dejes de menospreciarte.
Thaydra emitió una suave carcajada. Aunque enseguida recuperó el semblante serio.
—Bueno, Graialan solo consiguió apuñalarte porque tuviste que protegerme.
—Es posible. Pero no me arrepiento. —Arash la tomó de la barbilla para que alzara la vista. Sus ojos plateados brillaban con calidez—. Y lo volvería a hacer. Siempre voy a hacer todo lo que esté en mis manos para protegerte.
Thaydra lo miraba con los ojos muy abiertos. Su rostro se coloreaba de rojo.
—Arash, yo... —balbuceó y calló. No sabía qué decir. Hubiera sido lógico que él estuviera molesto con ella por no haber sabido esquivar el ataque de Graialan del que él tuvo que salvarla. Pero Arash no estaba enfadado en absoluto—. A veces creo que eres demasiado bueno conmigo.
Arash rio.
—Es posible —dijo una vez más—. Pero que quede entre tú y yo.
Thaydra sonrió, más animada.
Arash iba a seguir hablando, pero escuchó el ruido de pasos. Desvió la atención hacia el exterior.
Divisó a Cyal y a Eira dirigiéndose a la cueva.
Subían por la cuesta a ritmo tranquilo. Cyal sonreía y Eira, que lo observaba de reojo, también tenía un gesto de satisfacción en la cara.
El pelo de los dos estaba húmedo y revuelto, y las yemas de sus dedos presentaban varias arrugas, muestra de que habían pasado un largo tiempo en el agua.
¿A qué venía esa alegría y complicidad entre ellos?
—Estáis despiertos —exclamó Cyal al llegar a la entrada—. ¿Cómo os encontráis?
—Cansados, pero bien —dijo Arash, un tanto receloso.
Era extraño, sobre todo, ver a Eira con los hombros tan relajados y los ojos rojos resplandecientes de felicidad.
Thaydra, por su parte, se había callado, nerviosa. Agachó la cabeza para ocultar el rubor en las mejillas. Le daba vergüenza que la vieran en brazos de Arash.
—Me alegro. Mira que dejarte vencer de esa forma, dragón —lo provocó Cyal, cruzando los brazos—. ¿Te estás haciendo viejo?
Arash gruñó.
—Puedo ir a demostrarte ahora mismo lo... —Calló cuando una brisa movió el pelo de Eira hacia la izquierda, dejando su cuello al descubierto. Abrió los ojos como platos al ver la marca roja y morada, destacando en la piel blanca—. Pero ¿qué...?
Cyal siguió la dirección de su mirada y se quedó rígido. Fue su turno de sonrojarse.
—Ah, eso. Pues...
Eira dio un paso hacia delante e irguió la barbilla.
—Cyal y yo estamos juntos.
Que Eira lo declarara sin ninguna duda, con orgullo, calmó los nervios de Cyal. Sonrió con ilusión.
—Así es.
La estupefacción surcó la cara de Arash. Hasta Thaydra giró la cabeza hacia ellos, boquiabierta.
—¿Juntos? —repitió Arash, asimilando la información.
Cyal asintió.
—Es más, te podemos hacer una demostración práctica —dijo y agarró a Eira de la muñeca. La volvió hacia él y plantó un rápido beso en sus labios. Ella puso los ojos en blanco, pero su rostro estaba iluminado por la alegría. Cyal miró a Arash de nuevo—. ¿Más claro ahora?
Arash sacudió la cabeza.
—Creo que después de esto ya nada podrá sorprenderme —dijo, divertido.
Eira se merecía ser feliz después de todo lo que había sufrido. Cyal le había demostrado que era un humano que merecía la pena, alguien que sabría cuidar de ella. No le cabía duda alguna de que Eira iba a estar bien con él. Arash también se alegraba por ellos.
Thaydra sonrió, más relajada.
—Enhorabuena.
Azer graznó.
Cyal puso los brazos en jarras y los observó con ojo crítico.
—Creo que deberíais daros un baño. Y arreglar un poco la ropa...
—Gracias por tu valiosa opinión, chico —ironizó Arash—. No nos habíamos dado cuenta.
—Por supuesto, para eso estoy —dijo Cyal en el mismo tono.
Eira se acercó a Arash y a Thaydra. Arash la miró, frunciendo el ceño. La atención de Eira estaba puesta en Thaydra.
—Puedo ayudarte a bañarte, si quieres —le ofreció, sorprendiendo a la chica. Eira sabía que estaría todavía muy cansada después de haber perdido tanta sangre, por lo que no le importaba ayudarla.
Hasta Arash mostró su perplejidad ante la propuesta de Eira.
Thaydra parpadeó varias veces. Pero entonces recordó que ella misma había ayudado a Eira en su momento, y que Eira había parecido infinitamente agradecida por ello. Recordó también las palabras de Cyal y pensó que quizá, y solo quizá, Eira sí le tenía aprecio.
—E-eso... estaría bien —consiguió responder.
Lo cierto era que Arash también se quedaría más tranquilo con Eira acompañando a Thaydra. Eira le tendió la mano a la chica y esta la aceptó, agradecida.
Pero Thaydra ahogó una exclamación cuando Eira pasó una mano por su espalda y otra por debajo de sus rodillas, levantándola.
Se aferró al cuello de Eira.
—¿Qué...?
—Estás cansada —fue toda la explicación que ofreció la xieri, sin expresión alguna—. No hace falta que camines.
Después echó a andar, cargando con Thaydra en brazos sin problema. Cyal rio, viéndolas marcharse. Alcanzó a distinguir las mejillas rojas de Thaydra.
Miró a Arash, que se incorporaba con lentitud.
—¿Necesitas que yo también te lleve en brazos, dragón? —le ofreció con una sonrisa burlona.
Arash gruñó. Consiguió levantarse.
—Ni se te ocurra.
Cyal fue a su lado. Pasó el brazo de Arash por sus hombros, dejando que se apoyara en él. Arash espiró con lentitud, resignado, y no se apartó.
—Gracias.
—No es nada.