Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 59. Marcas
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59. Marcas

Marcas

Cyal se despertó con la brisa fresca del amanecer.

Frunció el ceño al notar un ligero peso encima de él.

Abrió los ojos y se topó con el cielo, todavía oscuro, pero ya diluyéndose en tonos más claros.

Irguió la cabeza y su corazón se aceleró.

Por un momento se le cortó la respiración y tensó la espalda.

Había temido que fuera un sueño, pero lo que había ocurrido era muy real. Eira dormía plácidamente sobre él, con la cabeza reposando en su pecho y su largo pelo blanco alborotado cayendo a su alrededor. Estaba desnuda, cubierta solo por su camisa, abierta.

Cyal tragó saliva.

No se atrevió a moverse, por miedo a despertarla.

Miró a un lado y a otro. El resto de las prendas de Eira estaban medio ocultas, repartidas entre los arbustos de lavanda. Localizó su ropa, pero quedaba demasiado lejos para alcanzarla estirando el brazo.

Devolvió la atención a la forma durmiente de Eira y se fijó en que tenía los labios curvados hacia arriba.

Cyal sonrió también. Clavó un codo en la tierra detrás de él para quedar en parte incorporado, lo suficiente para seguir observando a Eira sin que le doliera el cuello.

Llevó la otra mano a su largo pelo blanco, peinándolo delicadamente con los dedos.

Los senos de Eira presionaban contra su torso. Su piel era fría, pero a Cyal le resultaba agradable. Su rostro, una vez más, insistió en teñirse de rojo, a juego con ese nuevo amanecer tan deseado.

Sacudió la cabeza. Había creído que los nervios desaparecerían tras la noche anterior, pero seguía sintiéndose igual: como un enamorado. De hecho, con lo ocurrido, solo la deseaba más. Cerró los ojos y respiró hondo.

Cyal nunca había experimentado una felicidad tan intensa y plena. Resultaba hasta abrumador. Acostumbrado a la crueldad del desierto, que todo lo arrebataba, era inevitable que cierto temor se aferrara a él.

—Mmm...

Cyal rio para sus adentros al escuchar el murmullo adormilado de Eira.

—¿Vas a despertar ya, doncella dormilona? —le dijo, divertido, enrollando un largo mechón de pelo blanco en el dedo índice.

—Cy... —murmuró ella, girando la cabeza para presionar la frente contra su pecho. El sueño no la soltaba.

Él enarcó una ceja.

—¿Cy? —repitió y se le escapó una carcajada—. Suena un poco ridículo, pero supongo que puedo aceptar que solo tú me llames así.

Eira al fin irguió la cabeza. Cyal rio con suavidad al ver su rostro somnoliento. Tenía los párpados solo parcialmente levantados. Lo miró a los ojos.

Cyal sonrió.

—¿Has dormido bien?

Eira parpadeó. Su mente se despejó poco a poco. Reparó en la posición en la que estaban y recordó lo sucedido la noche anterior.

Un ligero rubor cubrió sus mejillas.

—¿No me digas que ahora te vas a poner tímida? —la picó Cyal, dándole un toque en la mejilla con el dedo.

Ella sonrió.

—Ha sido la mejor experiencia de mi vida.

El corazón de Cyal dio un brinco.

—¿Sí?

—Estar contigo me hace muy feliz, Cy —confesó ella, reposando de nuevo la cabeza en su pecho. Escuchó sus rápidos latidos.

—A mí también, Eira —dijo él, observándola con el cariño en la mirada—. Lo que hicimos anoche también significa mucho para mí.

Pasaron un largo rato en un agradable silencio, simplemente disfrutando de la presencia del otro. Cyal metió la mano debajo de la camisa abierta de Eira y deslizó las puntas de los dedos por su espalda, yendo hacia arriba y hacia abajo. Sonrió cuando ella liberó un suspiro feliz.

Afloraban los cantos mañaneros de los estorninos amatista, ahogados en parte por el atronador ruido de la cascada.

El rocío cubría las hojas de los arbustos de lavanda y de los árboles de glicinias.

Los animales se preparaban para empezar el día, pero Cyal y Eira no tenían intención alguna de moverse.

Hasta que el estómago de Cyal gruñó, exigiendo su ración de comida. Al final, la noche anterior no habían cenado.

Cyal chasqueó la lengua, disgustado.

—No quiero levantarme —protestó, dejando caer la cabeza hacia atrás.

—En algún momento tendremos que hacerlo —murmuró Eira, aunque a ella tampoco le apetecía.

Cyal suspiró y se incorporó. Ella quedó sentada encima de él. Cuando Cyal subió la mano para colocar detrás de la oreja los mechones blancos que fluían delante de su rostro, se percató de algo: había una marca roja y morada en la piel blanca de su cuello.

Se sonrojó.

—Esto, Eira... —dijo, azorado.

—¿Qué ocurre? —inquirió ella, confusa.

—Tu cuello.

Eira se llevó la mano al lugar señalado por Cyal. Dio un respingo al notar la piel sensible y agrandó los ojos. Sus mejillas también se ruborizaron.

—Oh.

Recordaba cierto momento de la noche en el que Cyal la besó con demasiada intensidad justo en ese punto y la sensación que ello le había provocado.

—Bueno, no creo que nadie se fije en eso —dijo Cyal, en un intento de restarle importancia. Sonrió con picardía—. Además, te queda bastante bien.

Eira soltó una suave carcajada. Revolvió el pelo rubio del joven con una mano y puso los ojos en blanco.

—Por supuesto que tú dirías eso.

—¿Acaso no te gustó cuando te lo hice? —la provocó él, dándole un beso en la marca.

Eira sonrió, reposando la otra mano en su hombro.

—No puedo negarlo.

Cyal se apartó y la contempló. Su largo pelo blanco resplandecía bajo la pálida luz del amanecer.

Al ir bajando la vista, reparó de nuevo en las cicatrices que tenía en el pecho.

Había sido más difícil verlas en su totalidad en la oscuridad de la noche, pero bajo la luz del sol eran dolorosamente visibles.

Cyal posó los dedos en ellas.

—Ojalá llegue el día en el que podamos disfrutar así sin tener que preocuparnos por nada más.

Eira le acarició el rostro. La piel morena del joven casi brillaba con los rayos del sol. Sus ojos dorados estaban iluminados, volviéndolos tan claros que parecían blancos.

—Llegará, Cy. Estoy segura.

Cyal sonrió.

—No sé por qué, pero me encanta que ahora me llames así.

Eira le dio un beso en la frente.

—Solo yo te puedo llamar así, ¿de acuerdo?

—Vaya, vaya, Eira, ¿acaso va a resultar que eres una mujer posesiva? —dijo, mientras plantaba varios besos en su pecho, pasando por cada una de las cicatrices con delicadeza.

Eira rio por lo bajo.

—Hmm. Quién sabe. Se dice que los dragones guardan muy celosamente sus tesoros.

El pulso de Cyal se incrementó.

—Bueno, en ese caso, no te preocupes —respondió, mirándola por debajo de las pestañas—. Soy tuyo y de nadie más.

Eira sonrió. Las mariposas revolotearon en el estómago de Cyal. Nunca la había visto sonreír tanto. Se alegraba de que ya no ocultara sus emociones con él.

Sin embargo, cuando Eira bajó la vista, su sonrisa se esfumó.

Reparó también en las marcas en el pecho de Cyal, ahora bien definidas bajo la luz del día.

Las suyas eran mucho más pronunciadas, pues los cortes iban desde su hombro hasta la cadera, recorriendo el torso.

Pasó la mano por ellas, estudiando su textura rugosa.

Se estaban volviendo ya blancas por el paso del tiempo.

Tensó la mandíbula.

—Al ver esto, no me arrepiento de haber matado a Lluvia —dijo. Al fin y al cabo, era ella quien lo hirió de esa manera—. Ya no volverá a hacerte daño.

Cyal se estremeció ante la frialdad de su tono.

Eira desplazó la mano a la espalda del joven.

Torció el gesto al notar algo más aparte de las cicatrices por los cortes que recibió del nephror en la noche del ataque a Drethol.

Eran unos relieves mucho más finos y sutiles, pero Eira recordaba a la perfección todas las heridas que Cyal había sufrido desde que se conocían, y eso parecía bastante fresco.

Se echó a un lado y se asomó.

—¿Qué haces? —cuestionó Cyal.

Eira había abierto los ojos como platos. Su rostro se iba coloreando poco a poco de rojo.

—¿Eira? —la llamó él al ver que permanecía en silencio. Curioso, echó un vistazo a su espalda por encima del hombro. Lo que alcanzó a ver, sin embargo, lo hizo reír—. Ah, eso. Creo que alguien estaba disfrutando tanto que me clavó las uñas, las arrastró y...

—Lo siento —lo cortó ella, avergonzada. Se irguió de nuevo, llevándose las manos al pecho y agachando la cabeza—. ¿Te duele mucho?

Cyal esbozó media sonrisa. Llevó una mano a su mejilla y Eira apoyó la cabeza en ella, esperando su respuesta.

—No, tranquila. Solo es una prueba de que disfrutaste mucho —dijo, divertido—. ¿Qué te parece si nos damos un baño juntos antes de ir a buscar algo para desayunar? —propuso, sosteniéndola por la cintura.

—Me parece una idea excelente —dijo ella, abrazándose a su cuello.

Cyal sonrió con picardía. Con rapidez, se puso en pie y la levantó con él, travieso. Ella abrió la boca y dejó escapar un ruido ofendido.

—¿Qué pasa? —dijo él, fingiendo inocencia—. ¿No puedo llevarte?

Eira sacudió la cabeza. Todavía tenía que acostumbrarse a esa nueva cercanía entre ellos, pero le encantaba.

—Adelante.

Cyal caminó con ella en brazos hasta la orilla del lago. Eira se fijó en el brillo juguetón de sus ojos.

—Cyal... —empezó, en tono de advertencia.

Antes de que pudiera terminar, sin embargo, él la lanzó al agua.

Eira ahogó una exclamación al sumergirse, salpicando gotas en todas las direcciones.

Cyal estalló en carcajadas cuando ella sacó la cabeza a la superficie y lo fulminó con la mirada.

Su largo cabello ahora flotaba alrededor, gris y cargado de agua.

Calló de golpe al ver que Eira le dedicaba una sonrisa maliciosa.

—Tú lo has querido.

Extendió los brazos hacia él y varios látigos de agua salieron disparados en su dirección. Se enrollaron en sus muñecas y tobillos, convirtiéndose en hielo tan pronto como rozaron su piel. Eira echó las manos hacia atrás y Cyal se encontró volando por los aires hacia el lago.

Salió sacudiendo la cabeza. Se echó el pelo hacia atrás con una mano y miró a Eira con una ceja enarcada.

—¿No podías esperar a que me quitara los pantalones?

Ella se encogió de hombros.

—Es tu castigo. Además, prefiero quitártelos yo.

Los dos se observaron durante un par de segundos antes de reír. Cyal nadó hacia Eira y se situó detrás de ella. La rodeó con los brazos y ella se recostó en él, echando la cabeza hacia atrás para apoyarla en su hombro.

—Me encanta estar en el agua contigo —murmuró Eira, cerrando los ojos.

—A mí me encanta estar contigo en cualquier parte —dijo Cyal, inclinándose para darle un beso en la mejilla a Eira.

Ella sonrió, alzando la mano para llevarla a la cabeza de Cyal. El agua resbalaba por su brazo mientras acariciaba el pelo mojado del joven.

—Deberíamos darnos prisa —dijo ella, aunque sin mucha convicción.

—Los demás estarán durmiendo todavía —replicó él, descendiendo con besos por su piel húmeda, atrapando las gotas de agua con la lengua. Eira echó la cabeza a un lado y Cyal la besó en el cuello—. No nos echarán de menos.