58. La sonrisa de la luna
La sonrisa de la luna
Cyal descendió por la cuesta con rapidez. Divisó la larga melena blanca de Eira casi al final. Iba encaminada de nuevo al lago. Corrió para alcanzarla.
Ella lo observó de soslayo.
—¿Qué quería Veshier?
Cyal esbozó media sonrisa.
—Que cuide de ti. Pero no necesitaba que ella me lo pidiera para hacerlo.
Eira rio con suavidad.
—Me alegra saberlo.
Continuaron en silencio hasta la orilla del lago. El agua de la cascada caía sin pausa con fuerza, creando una espesa nube blanca de vapor en su base. El estruendo ahogaba a ratos el canto de los grillos.
Se sentaron entre la lavanda. Cyal se echó hacia atrás y apoyó las manos en la tierra. Esperó a que Eira hablara.
—¿Por qué siento esta tristeza por Tuila, a pesar de lo que ha hecho? —murmuró Eira, abrazándose las rodillas con la vista fija en el lago.
Cyal frunció el ceño. Alzó la vista al cielo estrellado.
—Porque no es tan sencillo borrar el pasado, ni lo que sentimos por las personas. Puede que no la quisieras como antes, pero no te habría dolido tanto lo que hizo si no le hubieras tenido ese cariño.
Eira se clavó las uñas en las piernas.
—Pero te atacó a ti, Cyal. Eso no se lo puedo perdonar. Y, aun así... —Respiró hondo—. Aun así...
Cyal se inclinó hacia delante al ver los hombros de Eira temblar. Había apoyado la frente en las rodillas, ocultando el dolor y la desolación que afloraban en su rostro. Cyal puso una mano en su espalda.
—Eira, lo preocupante sería que no sintieras nada. Es normal que te duela —dijo con delicadeza—. En el fondo, guardabas la esperanza de que cambiara. Y ahora, eso ya no es posible.
Eira ladeó la cabeza para mirarlo a través de su cortina de pelo. Su ojo visible brillaba con lágrimas contenidas.
—¿Cómo adivinas siempre lo que pienso?
—Soy observador, ¿recuerdas? —Pasó un brazo por sus hombros para atraerla hacia él. Eira se pegó de inmediato, abrazándolo y escondiendo la cara en su pecho. Cyal reposó la mano en su cabeza—. Especialmente observador cuando se trata de la persona que más me importa.
Eira suspiró.
—Me conoces demasiado bien —dijo contra el cuello de su camisa.
Giró la cabeza para apoyar la oreja en su pecho. Cerró los ojos y sonrió al escuchar el firme latido de su corazón. Cyal también la observaba con una sonrisa. Le acarició el pelo, despacio. Aunque ya no estaban empapados, ella todavía tenía el pelo húmedo.
—Hiciste todo lo que pudiste por ella, Eira. No te dejó otra opción. Tú querías evitarlo, pero Lluvia, con sus acciones, decidió su final.
—Lo sé —dijo ella casi en un susurro.
Solo le quedaba terminar de aceptarlo. Tuila, la que había sido su primera amiga, alguien tan importante en uno de los momentos más críticos de su larga existencia, había muerto bajo sus propias manos.
Pero antes, Tuila la había traicionado. Había provocado la muerte de Khait y de su familia.
Cuando atacó a Cyal, Eira ya no había podido contenerse.
Lluvia había sellado su propio destino.
Cyal se echó hacia atrás, arrastrando a Eira con él. Los dos se tumbaron en la tierra entre la lavanda, Cyal boca arriba, con un brazo rodeando a Eira, y ella sobre el costado, con la cabeza reposando en el pecho de Cyal y una mano en su vientre.
—¿Cómo te encuentras de...? —preguntó Cyal, más serio.
Eira supo a qué se refería.
—Estoy bien —respondió en tono bajo. Mantuvo los ojos cerrados, relajada con los dedos de Cyal acariciando su pelo—. El tratamiento de Veshier está funcionando.
Aunque había utilizado sus poderes de oscuridad en el enfrentamiento y había notado el cansancio que eso le provocaba, su vida no había corrido peligro por ello.
Cyal también cerró los ojos, más tranquilo.
—Me alegro. Recuerda que tienes una promesa que cumplir.
Eira subió la mano a su pecho y le dio un toque con el dedo índice.
—Lo mismo podría decirte yo a ti también.
—Vamos, no tenías nada por lo que preocuparte —replicó él—. Soy cabezota hasta para no morir.
Eira frunció el ceño. Cerró la mano con fuerza alrededor de la tela de su camisa.
—No bromees con eso.
—Está bien —dijo él con suavidad, poniendo la otra mano sobre la que Eira tenía en el pecho. Consiguió que aflojara los dedos—. Pero lo digo en serio, Eira. Quiero pasar muchos años contigo. —Sonrió—. Toda mi vida, de hecho. Así que puedes estar segura de que siempre lucharé por vivir.
El corazón de Eira se aceleró al imaginar una vida junto a Cyal. Viajarían por todo el continente mientras él le enseñaba lo que había cambiado en esos trescientos años, y luego...
—¿Viviremos en una casa junto al mar? —murmuró Eira, echando la cabeza hacia atrás y levantando apenas los párpados para mirarlo.
Él también abrió los ojos al notar su movimiento e irguió la cabeza para observarla, divertido.
—Veo que te acuerdas. Sí, ese es el plan. ¿Te gusta?
—Me gusta —afirmó ella.
Pero acto seguido frunció el ceño y se apartó, sentándose y dándole la espalda.
—Eira, ¿qué pasa? —quiso saber Cyal, sorprendido ante el repentino cambio. Se sentó también y se inclinó hacia delante.
Los ojos de Eira relucían con tristeza.
—Tengo que asegurarme de que de verdad quieres estar conmigo, Cyal, porque... —Eira tomó aire. Mantenía la cabeza agachada—. No solo no envejeceré contigo, sino que tampoco...
Calló y se llevó una mano a la garganta. Se le había formado un nudo.
—No puedes tener hijos, ¿verdad? —completó Cyal. Eira tensó la espalda y Cyal la tomó de la barbilla, moviendo su cabeza para que lo mirara a los ojos. Eira lo observaba con sorpresa—. Me lo dijiste cuando nos conocimos.
Eira seguía rígida. No esperaba que se acordara.
—Esa es otra de las razones por las que decía que te mereces algo mejor —empezó ella, incapaz de ocultar el pesar en su tono—. Mereces poder tener una familia, y...
—Eira, tú eres mi hogar, mi familia , mi vida entera —la interrumpió Cyal con firmeza. Eira arqueó las cejas—. ¿Crees que no lo había pensado ya?
—¿No te arrepentirás con el tiempo? —murmuró ella, resistiendo la tentación de apartar la mirada ante el temor por su respuesta.
Ella siempre afrontaba todo con valentía.
En lo relacionado con Cyal, sin embargo, se veía condicionada por el miedo.
Le aterraba perderlo. Había encontrado a una persona que la entendía a la perfección, que la ayudaba y la apoyaba sin condiciones, que daría su vida por ella y que jamás la abandonaría, como ya había demostrado en muchas ocasiones.
Le costaba creer la suerte que había tenido, así que estaba esperando a que esta cambiara, como si así pudiera anteponerse al dolor.
Cyal sonrió, transmitiéndole a Eira la misma calidez reparadora que las llamas de una hoguera.
—Sé que no lo haré —declaró él—. Cada momento contigo es un regalo. No hay nada que valga más que estar a tu lado. Mientras tenga tu amor, seguiré sintiendo que lo tengo todo.
La sonrisa de Cyal era uno de los aspectos que Eira más valoraba de él. Irradiaba la misma luz que sus ojos dorados. Se inclinó hacia él para besarlo. Él correspondió enseguida, encantado.
—Creo que podría acostumbrarme a esto —dijo Cyal.
Eira sonrió contra sus labios.
—Es agradable.
—¿Agradable? —repitió él, divertido. Su sonrisa se tornó pícara—. Para mí es... adictivo. —Llevó una mano al cuello de Eira, por debajo de su largo pelo—. ¿Puedo darte todos los besos que quiera?
—No seas tonto —rio ella—. Claro que sí...
Cyal no la dejó terminar y la besó. Los dos cerraron los ojos y Eira enredó los dedos en el cabello rubio de Cyal, ya casi seco. Esperaba un beso. Y el siguiente. Sin embargo, Eira lo sorprendió pasando una pierna por su regazo y sentándose a horcajadas encima de él.
Cyal rompió el beso, jadeando, y levantó los párpados para mirarla.
—Oye, Eira, ¿qué...?
Ella lo observaba fijamente. Puso una mano en su pecho y empujó, echándolo hacia atrás y tumbándolo en el suelo. Se acomodó sobre él, buscando el calor de su cuerpo. Cyal se tensó con expectación, con el corazón latiendo a mil por hora.
—Nunca he hecho esto —admitió ella, en un susurro—. Al menos, no desde que renací como xieri.
Cyal frunció el ceño.
—¿Y estás segura de que quieres hacerlo? ¿Ahora?
—¿Tú no quieres? —dijo ella, ladeando la cabeza.
Aunque trató de ocultarlo, Cyal reconoció el temor en sus ojos.
—No es eso —se apresuró a aclarar. Alzó la mano para ponerla en su mejilla. Era agradable tener a Eira, ligera como una pluma, sobre él—. Solo quiero asegurarme de que es lo que ambos queremos.
—En ese caso, puedes estar tranquilo: tengo claro que te quiero a ti.
La contundencia de sus palabras le provocó un cosquilleo en los dedos.
—Y yo a ti, Eira. Pero... —Torció el gesto, nervioso—. Te voy a decepcionar. Yo tampoco he hecho esto nunca. Así que...
—¿Por qué iba a ser eso una decepción? —replicó ella, acariciándole el rostro. Tras un pequeño beso, sus palabras aliviaron todas sus ansiedades—. Aprenderemos juntos, si así lo deseas.
Cyal rio con una alegría tan vasta y profunda como un océano brillando en sus ojos.
—Claro que lo deseo, Eira.
—Entonces... —empezó ella, arrastrando el dedo índice por el cuello de Cyal hasta llegar a la camisa. Desabrochó el primer botón.
Cyal se tensó; los nervios burbujeaban a flor de piel pidiendo más. Llevó una mano a la cabeza de Eira y con el otro brazo rodeó su espalda, incorporándose para besarla. Eira ahogó una exclamación contra sus labios cuando él les dio la vuelta. Rodaron por la lavanda.
Eira lo miró desde el suelo, con la respiración acelerada. Su pelo blanco estaba desparramado por la tierra.
—¿Y si soy yo el que quiere llevar el control? —la provocó Cyal, aprisionándola con las manos apoyadas en el suelo a cada lado de su cabeza. Acercó el rostro al de Eira—. ¿O no crees que este simple humano sea capaz de contentar a una majestuosa dragona?
Eira se estremeció al escuchar el tono bajo, pero sugerente, de su voz. Cyal la besó de nuevo y Eira presionó los labios contra los suyos. Se retorció debajo de él y Cyal rompió el beso para mirarla, jadeando.
—Veo que alguien se está impacientando —la picó él, divertido.
Eira se sonrojó, pero la verdad era que el fuego en su interior no hacía más que aumentar. Cyal notó una fuerte presión que lo empujaba.
Ella no dijo nada. Desabrochaba con contenida calma los botones de la camisa de Cyal.
En cuanto pudo, la arrojó entre los arbustos para dejar al descubierto su torso broncíneo.
En los meses que habían pasado juntos, su complexión atlética se había ido desarrollando.
Varias cicatrices le surcaban el pecho. Eira recorrió sus brazos, apoyados a un lado y a otro de su cabeza, con las manos.
—¿Te gusta lo que ves? —bromeó Cyal.
—Eres precioso —dijo ella con un suspiro. Deslizó los dedos por el relieve de sufrimiento que revelaban sus cicatrices.
El corazón de Cyal galopó. La sinceridad en los ojos de Eira lo conmovió. Sonrió y acarició el rostro de su compañera.
—Nadie es comparable a ti. Eres la mujer más bella que he visto, Eira. Por dentro y por fuera.
Ella ladeó la cabeza.
—¿Incluso con mis ojos rojos?
—Incluso con tus ojos rojos —declaró él con firmeza—. Porque yo los adoro. Son tan deslumbrantes como tú.
Se inclinó y atrapó sus labios en un beso largo y profundo. Eira se abrazó a su cuello y Cyal le desnudó el pecho con cuidado, como ella había hecho con él. Frunció el ceño al notar el tacto rugoso de las cicatrices entre sus senos.
Se apartó sutilmente y se irguió sobre ella.
El cuerpo de Eira siempre le había parecido el de una escultura tallada con exquisito mimo.
Pero las marcas de sus uñas eran un recuerdo muy vivo de aquellos instantes tan angustiosos en los que Cyal había creído que se arrancaría el corazón con tal de dejar de sufrir.
Por un segundo, aquel lacerante dolor lo atravesó de nuevo.
Pasó el dedo índice por las cicatrices.
Eira contuvo la respiración.
—Me voy a asegurar de que no vuelvas a pasar por esto —dijo él, con una sonrisa cargada de tristeza—. Siento que hayas tenido que sufrir tanto.
—Veshier me curará, no le des más importancia —replicó ella. Pero una ola de vergüenza la sobrevino—. Lo siento si te resultan desagradables...
—En absoluto —contestó él sin darle oportunidad de acabar—. Son parte de ti. Son parte de una batalla que vas a ganar. Y para mí eres muy bella tal como eres, Eira.
Eira sonrió, con su miedo apaciguado.
—Gracias, Cyal.
Él rio por lo bajo.
—No me des las gracias por eso. —Sacudió la cabeza y recuperó la sonrisa pícara, descendiendo—. Y ahora, ¿por dónde íbamos?
Eira suspiró al notar la caricia de sus dedos y sus labios, haciendo saltar chispas en la piel con cada beso. Él bajó poco a poco hasta su cintura.
—Cyal... —Eira resolló y se arqueó cuando él deslizó la mano por debajo de los pantalones.
—Relájate —le pidió, irguiéndose para acercar su rostro al de ella. Clavó el codo en la tierra—. Quiero que te olvides de todo y solo pienses en disfrutar.
—No es difícil centrarme en ti —dijo ella con una suave sonrisa y las mejillas rojas—. Yo...
Cyal la calló con un beso. Eira hundió los dedos en su pelo y Cyal sonrió contra su boca, acariciándole los labios con la lengua.
Eira gimió al sentir los dedos de Cyal sumergirse en aquella cálida humedad que la inundaba y lo miró con los ojos muy abiertos, asaltada por la nueva y maravillosa sensación.
—Te quiero —susurró Cyal, separándose brevemente para apoyar la frente en la de ella. Ambos jadeaban, sincronizados—. Y esta noche deseo que veas hasta qué punto.
Eira clavó las uñas en su espalda y lo besó con un gruñido grave. Cyal había despertado un salvaje fuego en ella y Eira estaba más que dispuesta a dejarlo arder.
—Me da la impresión —murmuró ella mientras la hoguera en su interior aumentaba— de que los dragones podemos ser un tanto intensos...
Cyal, sin embargo, mantuvo su sonrisa fiera.
—Creo que podré soportarlo —dijo él y su voz descendió a un susurro—. Esta noche nos pertenece, Eira.
Entre la lavanda, Cyal y Eira volvieron a besarse una y mil veces, descubriendo nuevos gestos, nuevos espacios íntimos hasta entonces ignorados.
Cruzaron esa última frontera como lo habían hecho siempre: ávidos, curiosos y sin vergüenza. Se deshicieron de sus ataduras, acallaron sus miedos y exploraron los detalles que les faltaban para entenderse aún más.
Todo lo que Eira había conocido en su vida había sido sufrimiento. Cyal haría que eso cambiara.
Y aquel era un buen comienzo.