Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 57. Miedos #2
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57. Miedos #2

Eira se quedó en silencio, observándolo sin soltarlo.

Cyal notó lo tensa que estaba por la forma de clavarle los dedos en la piel.

En ese momento, solo parecía capaz de pensar en lo cerca que había estado de perderlo.

Su respiración se estaba acelerando cuando Cyal apartó sus manos con suavidad y la abrazó.

—Estoy bien. De verdad.

Eira asintió y relajó los músculos. Se aferró a él y apoyó la cabeza en su hombro.

Cyal acarició su pelo mojado y ella cerró los ojos.

Cuando Cyal la abrazaba así, se calmaba casi al instante.

La calidez que él le transmitía la tranquilizaba y sosegaba cualquier ventisca que se desatara en su interior. Se sentía en paz.

Escuchó el ruido de unas alas. Irguió la cabeza y se apartó de Cyal, alzando la vista. Una dragona familiar de escamas rosas y plumas verdes descendía.

Veshier aterrizó entre ellos y el lago, arrancando varias flores y hojas de los arbustos con el viento que se levantó. La dragona los analizó, recelosa.

Eira, desafiante, cogió la mano de Cyal.

«Veo que ha pasado lo que tenía que pasar», comentó Veshier con sequedad.

—¿Algún problema? —gruñó Cyal, entrelazando los dedos con los de Eira.

Veshier enarcó una ceja ante su osadía. Suspiró pesadamente y esbozó una sonrisa cansada.

«Enhorabuena. Espero que disfrutéis del tiempo que estéis juntos».

Eira apretó los dientes ante el doble significado de sus palabras. Cyal, irritado con la dragona, prefirió cambiar de tema:

—¿Sabes algo de Thaydra y Arash?

Veshier torció el gesto.

«Los atacó Rayo, el comandante xieri, y estaban heridos de gravedad».

—¿Qué? —soltó Cyal, alarmado.

«Tranquilo, chico. Los he curado, aunque todavía tardarán unas horas en despertar —explicó Veshier, y Cyal respiró con más calma.

La dragona fijó sus ojos verdes en Eira—.

He encontrado el cadáver de la comandante Lluvia con una de tus cimitarras clavadas.

Imagino que os habéis encargado vosotros de ella».

Cyal observó de reojo la reacción de Eira, preocupado. Pero ella se limitó a asentir con una máscara de hielo en el rostro.

—Ha obtenido lo que se merecía —dijo Eira con frialdad—. Espero que te hayas deshecho de su cuerpo.

«Así es —contestó Veshier con sencillez—. Pero he recuperado tus cimitarras. Supuse que les tendrías aprecio».

Cyal hizo una mueca. Sabía que Eira no estaba tan bien como quería aparentar; lo ocurrido con Lluvia le habría afectado. Pero de ese tema hablarían más tarde, cuando estuvieran solos.

—¿Puedes llevarnos con Thaydra y Arash?

Cyal estudió el rostro durmiente de Thaydra con el ceño fruncido.

Presentaba un corte en la frente, su única herida visible, que ya había cicatrizado después de que la curara Veshier.

Pero sabía que, si había acabado tan mal como había dicho la dragona, era porque había sufrido más heridas que estarían ocultas.

Al menos, parecía tranquila; su expresión estaba relajada. Arash, en cambio, que yacía junto a ella, tenía las cejas bajas y contraídas, y sus dedos estaban crispados. Los dos reposaban tumbados boca arriba en la cueva en la que Veshier pasaba las noches.

Cyal atisbó la cicatriz que había quedado en el abdomen de Arash a través del corte en su camisa. Lo habían apuñalado.

«Sus vidas ya no corren peligro, pero necesitan descansar —dijo Veshier, detrás de él—. Han perdido mucha sangre, por lo que tardarán en despertar».

Cyal asintió. Tan solo se alegraba de que Veshier hubiera llegado a tiempo para salvarlos.

Eira permanecía con los brazos cruzados, apoyada en la entrada de la cueva. Cyal la miró por encima del hombro. Ella tenía la vista fija en el exterior.

Un graznido le hizo devolver la atención a Thaydra. Cyal soltó una pequeña carcajada.

—Veo que tú te encargarás de cuidarla —dijo, refiriéndose a Azer.

El cuervo infló el pecho, orgulloso. Estaba junto a la cabeza de Thaydra.

«Fue él el que me llevó con rapidez a donde estaban —explicó Veshier—. Los xieri lograron ocultar bien su esencia de oscuridad al no transformarse. Aunque escuché los ruidos del combate, habría tardado algo más en localizarlos de no ser por él».

Cyal sonrió y acarició la cabeza del cuervo.

—Buen trabajo, Azer. Me aseguraré de que Thay te dé un generoso trozo de carne de conejo como recompensa cuando despierte.

Veshier, en cambio, gruñó.

«No me puedo creer que Eyvel haya sido tan osada».

Eira resopló.

—Yo, sí.

Veshier enseñó los colmillos.

«Mostrar el camino a nuestra tierra sagrada a los xieri... La próxima vez que vea a Hereshia discutiré muy seriamente con ella. Será su hermana, pero está sobrepasando los límites».

Eira no respondió. No recordaba nada de su vida pasada, por lo que no sabía cómo reaccionaría Hereshia. Veshier suspiró con pesar.

«Será mejor que descansemos y sigamos hablando mañana. Yo vigilaré esta noche».

Eira no protestó. Siendo una dragona, pasar una noche sin dormir no supondría ningún esfuerzo para Veshier. Se irguió y echó a andar, bajando la cuesta.

Cyal se puso en pie, dispuesto a ir tras ella.

«Cuida de Eira».

Se detuvo junto a Veshier, perplejo, al escuchar su voz. Alzó la vista para mirarla. La dragona lo observaba con la cabeza agachada, las comisuras de los labios torcidas hacia abajo y los hombros hundidos. Parecía derrotada.

Tenía que ser duro para ella. Había criado a Eira; para ella seguía siendo su hija. Pero Eira no la recordaba y se negaba a verla como su madre. A Cyal le daba la sensación de que Veshier se preocupaba de verdad.

Suavizó la mirada.

—Lo haré. Y... —Se llevó una mano al cuello, incómodo. No tenía confianza con la dragona. ¿Cómo dirigirse a ella?—. Dale tiempo a Eira. Ahora está centrada en otras cosas...

«No te preocupes, chico, lo sé —respondió Veshier. Irguió la cabeza y desvió la vista al exterior, por donde se había perdido Eira—. Cuando ella quiera que nos conozcamos de nuevo, aquí estaré. Hasta entonces, me limitaré a esperar».

Cyal asintió. Conforme con lo dicho, se marchó.