57. Miedos
Miedos
Cyal echó de menos los fríos labios de Eira cuando ella se apartó. Pero Eira mantuvo su rostro cerca, suspendido encima del suyo. Los dos se quedaron mirándose a los ojos, rojo contra dorado, casi conteniendo la respiración. Notando las chispas.
—Discúlpame, Cyal —empezó ella, parpadeando al fin. Espiró con lentitud y Cyal se tensó. Ella desvió la mirada—. He intentado guardar las distancias, pero he sido incapaz.
Cyal frunció el ceño. Algo asustado, levantó una mano para apartar un mechón de cabello blanco pegado a la frente de Eira. ¿Acaso Eira se arrepentía del beso?
—¿Qué quieres decir?
Ambos seguían empapados. Eira se irguió. Cyal aprovechó para sentarse. Tenía el cuello rígido y le dolía el hombro izquierdo, pero no se quejó.
—Te mereces algo mejor que yo —murmuró ella, apretando los puños en el regazo y bajando la vista.
Las flores de lavanda a su alrededor estaban decoradas con las gotas de agua que habían salpicado a los arbustos. Cyal comprendió lo que sucedía: Eira no se arrepentía del beso porque no lo quisiera a él, sino por ella misma.
—Eira... —trató de decir él, apoyando la mano en su mejilla.
Eira tenía la piel fría, como de costumbre.
—Soy la Muerte Escarlata. Soy una xieri. Mi pasado...
—Eira, tu pasado es parte de ti, sí —la interrumpió Cyal, muy serio. Ella lo miró por debajo de las pestañas—. Pero no actuabas por voluntad propia. Actuabas para proteger a aquel al que considerabas parte de tu familia, ¿recuerdas?
—Eso es irrelevante. Maté a mucha gente.
—Viviste en tiempos de guerra y te utilizaron cruelmente como una herramienta.
Eira alzó la vista y clavó sus ojos rojos en él. A Cyal se le encogió el corazón ante la tristeza en su mirada. Bajó la mano de su mejilla. Sabía lo mucho que le afectaba su pasado, hasta el punto de creer que no merecía vivir, que era indigna de una segunda oportunidad.
—Cyal, eres un hombre maravilloso, con un gran futuro por delante —dijo ella. Su tono marchito le oprimió el pecho a Cyal. No soportaba oírla hablar así, tan apagada—. ¿Realmente querrías malgastarlo con alguien como yo?
Él resopló.
—¿Por qué me has besado?
Eira parpadeó ante su pregunta, sorprendida. Cyal la observaba, expectante.
—Porque... Porque te quiero —respondió ella con sencillez.
El corazón de Cyal amenazó con explotar. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para permanecer serio. Eira tensó los hombros, decidida a continuar:
—Sentí un terror indescriptible antes, cuando pensé que te perdía. Es lo que me ha hecho actuar, pero llevo mucho tiempo amándote en silencio.
Cyal arqueó las cejas.
—¿Y por qué no me lo habías dicho?
—Mi intención era que nunca lo supieras y, una vez hubiéramos resuelto el asunto del núcleo y de los xieri, marcharme —admitió ella por lo bajo—. Para que encontraras a alguien más adecuado para ti. A alguien digno de tu luz, sin el lastre de siglos de violencia y sangre. Pensé que...
La idea de separarse de Eira fue como una cuchillada para Cyal. Puso las manos sobre las de ella, que seguían apretadas en puños.
—Eira. Podrían ofrecerme el mundo entero, y aun así no elegiría a nadie que no fueras tú.
—Esbozó una sonrisa triste—. ¿Sabes? Yo llevo mucho tiempo enamorado de ti.
Si no me atrevía a decírtelo, era porque estaba convencido de que nunca podría estar a tu altura y de que jamás verías en mí algo más que un simple compañero.
—No sería capaz de querer a nadie más —replicó ella—.
Solo a ti. —La firmeza con la que lo dijo hizo que Cyal la mirara con la boca abierta—.
Eres quien ha estado a mi lado desde el principio, quien me ha aceptado como soy.
Eres el único por quien removería cielo y tierra.
Eres a quien entregaría toda mi alma... —Su semblante se ensombreció—. O lo que quede de ella.
Lo miró a los ojos, esta vez sin vacilar. Él le acarició los nudillos con cuidado, escuchando sus palabras. Sin saber qué hacer, esperó a que continuara.
—Mi corazón está sumergido en las sombras, Cyal, y si no se marchita es solo gracias a tu luz. Si a pesar de eso lo quieres, es tuyo. —Aventuró una pequeña sonrisa—. No es un gran privilegio, pero te pertenece. No podría pertenecerle a nadie más.
—Es el mayor privilegio —declaró Cyal al instante, conmovido.
Viendo que Eira había liberado algo de tensión, Cyal aprovechó para entrelazar los dedos con los suyos—.
No importa lo que insistas. Para mí no hay corazón más bello y que me haga sentir más vivo que el tuyo.
Y mientras el mío siga latiendo, y aun cuando cese, el amor que siento por ti seguirá encendido.
—Llevó una mano de Eira a su pecho. Ella percibió el pulso acelerado.
La cálida sonrisa en los labios de Cyal la reconfortó—.
Lo que siento por ti no cabe en una vida, pero tendrá que bastar con esta para demostrártelo.
—Pero...
—Eira —siguió él, clavando sus ojos dorados en los rojos de ella.
Los dos habían recuperado la seriedad—. Ambos hemos estado evitando decir lo que sentimos por razones diferentes que tienen que ver con nosotros mismos, con nuestros miedos.
Pero, si resulta que nos queremos por encima de todo, ¿acaso importa todo lo demás?
Eira arqueó sutilmente las cejas.
—Yo...
—Tú me quieres a mí. Yo te quiero a ti. ¿No basta con eso para estar juntos y enfrentar lo que venga? Nos las apañaremos, ¿no crees?
—Cyal...
—Siempre nos las apañamos —insistió él.
Su corazón dio un brinco al ver que los labios de Eira se curvaban hacia arriba. Ella lanzó una mirada furtiva hacia el lago.
—Supongo que sí.
Él también sonrió.
—Pues ya está. No le des más vueltas —pidió—.
Eira, yo te quiero, sabiendo todo tu pasado, toda tu vida desde que fuiste transformada en xieri.
Porque eres mucho más que eso. Eres quien siempre ha estado a mi lado, quien me ha ayudado y lo ha dado todo por mí.
Eres alguien a quien admiro por tu fortaleza y tu entrega a aquellos a los que amas...
—Cyal subió una mano a la mejilla de Eira.
Se fijó en que esta vez su piel estaba caliente y apreció un ligero sonrojo.
Ensanchó su sonrisa—. Mi doncella del hielo, tan sólida en tu cabezonería como tu elemento.
—Cyal... —balbuceó ella, arropada por la calidez de sus palabras.
Parpadeó repetidamente y Cyal se percató de que sus ojos estaban vidriosos.
—Echaba de menos a la Eira sensible —bromeó.
Eira soltó una pequeña carcajada. Cyal se alegró al oírla, pues significaba que estaba más tranquila.
—Solo tú consigues esto de mí.
—¿Se podría decir que mi especialidad es derretir estatuas de hielo?
—Quizá —dijo ella con una sonrisa. Suspiró, relajando los hombros y poniendo su mano sobre la de Cyal. Cerró los ojos—. Si tuviera que revivir cada herida y cada derrota, lo haría sin dudarlo solo por volver a encontrarte. —Levantó los párpados—. Contigo, siento que ha merecido la pena sobrevivir.
Por un instante, Cyal se quedó sin aire.
Sus palabras lo alcanzaron con una fuerza inesperada.
Conocía su historia, marcada por pérdidas, dolor y sacrificios que nadie tendría que soportar.
Sabía cuánto le había costado aguantar sin quebrarse.
Y, aun así, estaba diciéndole que todo había valido la pena por encontrarlo a él. Eira lo había elegido a él .
Le acarició la piel con el pulgar.
—Contigo siento que tengo un lugar en el mundo, Eira. Siempre voy a estar a tu lado. —Su voz salió ronca, cargada de emoción.
—¿Aunque no pueda envejecer contigo? —dijo ella con amargura.
Cyal bajó la vista y esbozó una sonrisa triste. Apartó la mano de su mejilla.
—Más bien serás tú la que tendrás que decidir si querrás seguir conmigo cuando envejezca.
—Envejecerás y cambiarás, sí, pero yo no me iré —replicó Eira con firmeza—. Donde estés tú, ahí estaré yo.
Cyal supo que decía la verdad.
Se inclinó hacia ella. Sus ojos rojos lo observaban. Su color indicaba que Eira era una xieri, que la oscuridad había impregnado su esencia. Era lo que aterraba a miles. Pero él adoraba sus ojos. Porque en ellos vería siempre la luz de su refugio en la tormenta.
Llevó una mano a la nuca de Eira, enredando los dedos en su cabello húmedo.
Hizo desaparecer la distancia entre sus rostros y la besó.
Su corazón se agitó cuando ella no solo no se apartó, sino que rodeó su cuello con los brazos, pegando el cuerpo al suyo.
Cyal reposó la otra mano en la cintura de Eira y los dos se fundieron por completo en aquel dulce beso, cerrando los ojos.
Se separaron sin aliento. Cyal miró a Eira y sonrió, con un hormigueo de alegría en los dedos. Y a ella, radiante como el sol, se le escapó una suave carcajada.
Cyal tenía razón. Ambos habían dudado por no valorarse a sí mismos lo suficiente. Pero, si se querían el uno al otro, sus miedos no eran relevantes. Los superarían juntos.
—Puede que yo tenga más experiencia en combate —murmuró Eira, entre besos—, pero me da la sensación de que, a pesar de ser mayor que tú, tienes más experiencia en la vida.
Cyal disfrutó de los fríos dedos de Eira recorriéndole la piel.
—Puede ser. Al menos, en las relaciones con las personas. —Al fin y al cabo, todo lo que Eira había conocido hasta despertar del hielo había sido la guerra—. Pero por eso nos complementamos tan bien, ¿no? Nos ayudamos el uno al otro y aprendemos juntos.
De nuevo, una sonrisa iluminó el rostro de Eira. Los ojos de Cyal brillaron al verla.
—Sí.
Aunque a Eira le habría gustado quedarse adherida a Cyal, el constante ruido atronador de la cascada era un recordatorio de que tenían que volver a la realidad. Se apartó y suspiró, poniendo las manos en el pecho de Cyal y agachando la cabeza.
—Será mejor que vayamos a comprobar que los demás están bien.
El semblante de Cyal se tornó serio. Frunció el ceño y asintió. Se levantaron a la vez. Cyal se tambaleó y Eira enseguida lo agarró de los brazos, preocupada.
—Tranquila. —Él sacudió la cabeza—. Solo ha sido un ligero mareo.